El Último de los Ilvain Capítulo 24 — El Descenso
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Capítulo 24 — El Descenso

Hay una canción que cantan en algunos valles del sur, al pie de las montañas, sobre un viajero que vuelve a casa por el mismo camino por el que se fue y lo encuentra todo cambiado, aunque nada ha cambiado salvo él.

Es una canción triste y alegre a la vez, como casi todas las que hablan de volver.

El Ilvain no la conocía todavía. Pero más tarde, cuando la oyó cantar en la posada de un pueblo pequeño junto a un río, lloró tanto que el posadero tuvo que servirle dos jarras de sidra caliente.

Porque aquella canción era su descenso de Ithrengard.

Lo primero que hizo al darse la vuelta fue mirar los nidos.

La corona de siete picos estaba en silencio.

Los Corvantos se habían ido al amanecer de la noche anterior y no habían vuelto.

Sus nidos seguían allí, enormes, hechos de troncos arrancados de bosques lejanos, con los tesoros de mil años de viajeros incrustados entre las ramas.

Anillos, colgantes, un espejo de mano. La muñeca de trapo con un solo ojo de botón.

La trenza rubia con su cinta roja. Y en el nido más alto, el del séptimo pico, un bulto pardo y deshilachado que alguna vez había sido un abrigo.

El Ilvain lo miró mucho tiempo.

Ya no había guardianes. Podía subir al nido y recuperarlo. Nadie se lo iba a impedir. Treinta años con la forma exacta de su cuerpo sentado a los pies de un sillón. Olía a fuego y a té de ortiga.

Pero no subió.

Se quedó al pie del séptimo pico, alto y luminoso, mirando el cojín.

Y comprendió algo que no habría sabido decir con palabras, ni siquiera con las de su pueblo: que ya no iba a sentarse nunca más a los pies de nadie.

Que el sillón de la cabaña estaba vacío y seguiría vacío.

Y que el cojín tenía ahora la forma de algo que había terminado.

Lo dejó allí. Entre la espada rota y el libro hinchado por la lluvia. Con los tesoros de todos los que habían subido antes.

—Adiós —le dijo, y se sintió un poco ridículo despidiéndose de un cojín. Luego pensó que Aldric se habría reído, y eso lo hizo sentirse menos ridículo.

Bajó por el pozo.

El viento de la montaña lo sostuvo otra vez, suave, obediente a su canto.

Pasó junto a la ventana y su charco de cera.

Pasó junto a la plataforma rota del Tejedor y su manto vacío, meciéndose en el travesaño.

Se detuvo allí un momento, suspendido en el aire, y alargó la mano hacia el manto de hilos.

No lo tocó. Sólo le habló, en voz baja, en la lengua de su pueblo.

—Gracias —dijo—. Por guardarlo mil años. Por no cortar.

El manto no respondió. Pero cuando el Ilvain siguió bajando, le pareció que, muy arriba, en la oscuridad del pozo, algo se movía entre los restos del telar. Algo con muchas manos, recogiendo hilos sueltos uno a uno, con infinita paciencia, para empezar de nuevo.

No lo supo nunca con certeza. Pero le gustó pensarlo.

La caverna de los Ilvain estaba igual que la había dejado. Y no.

Las dos filas de estatuas seguían con los brazos alzados en la oscuridad. El círculo mayor seguía con los brazos extendidos hacia dentro. Y en el centro, sobre los escombros de Ithren, el Eco de Piedra dormía.

Dormía de verdad. El Ilvain lo supo en cuanto se posó en la calzada.

Ya no había resplandor ámbar entre las grietas de su piel de roca.

Ya no había latido. Los tres ojos estaban cerrados, y el musgo que lo cubría, que la última vez había tenido brotes verdes allí donde las cadenas estaban rotas, se había vuelto gris y seco otra vez.

Las cadenas estaban enteras. Todas. Tensas.

Y en el suelo, por todas partes, sobre las losas, sobre los pedestales, sobre los hombros de las estatuas, estaban los hilos.

Los mil nombres que el Eco había arrancado del telar al subir y que habían caído por el pozo como una lluvia.

Estaban esparcidos por toda la caverna, apagados, como hojas en otoño.

Casi todos se habían quedado mudos. Pero algunos todavía brillaban un poco.

Y cantaban, muy bajo, cada uno su nombre, como quien murmura en sueños.

El Ilvain caminó entre ellos con cuidado de no pisarlos. Cruzó el círculo mayor. Y se detuvo ante el pedestal.

Allá arriba, sentado con las piernas cruzadas y los brazos extendidos, un viejo de piedra sostenía una cadena.

Tenía la barba más larga de un lado que del otro.

Le faltaba el meñique de la mano izquierda.

Sonreía con media boca. Y tenía en la frente, entre los ojos cerrados, una arruga honda de fastidio.

En la muñeca derecha brillaba el hilo trenzado, dorado y gris. Cantaba dos nombres muy bajito.

El Ilvain se quedó mirándolo.

—Hola —dijo.

La estatua no se movió, claro. Las piedras oyen, había dicho el Umbral, pero muy despacio.

Un año era para ellas un latido. Quizá Aldric oiría aquel hola dentro de mucho tiempo, cuando el Ilvain ya estuviera lejos.

Quizá lo oiría dentro de cien años, cuando el Umbral volviera a abrirse. No importaba. Se lo dijo igual.

—Me voy a casa —siguió—. Voy a encender el fuego. Le contaré a Bram lo del zapato. Buscaré el libro de tapas verdes. —Se le quebró la voz—. Y haré té de ortiga. Horrible. Para que puedas seguir quejándote.

Metió la mano en el bolsillo y sacó el hilo fino de color ceniza. El de Halvard. Lo había guardado allí, en la cima, al desatar la carta.

Subió de un salto al pedestal, ligero como una pluma, y se agachó junto a la estatua. Ató el hilo de Halvard a la muñeca de piedra, junto al hilo trenzado. Dos vueltas. Un nudo. Lo apretó con los dientes.

—Así no estás solo —dijo—. Él también te esperó mucho.

El hilo de Halvard no cantaba. Estaba en silencio, como las cosas que han terminado bien. Pero al quedar junto al hilo trenzado, pareció que brillaba un poco más.

El Ilvain se quedó un rato sentado junto a la estatua, en el borde del pedestal, con las piernas largas colgando en el vacío. Apoyó la cabeza en el hombro de piedra. Estaba frío. No sentía nada.

Pero lo tocaba.

Cuando bajó del pedestal, uno de los hilos del suelo le llamó la atención.

Estaba a los pies de la estatua, entre las losas rotas, medio enterrado en el polvo.

No era dorado, ni plateado, ni gris. Era de un color pardo y verde, como la hierba de una ladera en otoño.

Y cantaba distinto a los demás. No cantaba un nombre con una voz.

Cantaba el mismo nombre con tres voces a la vez: una joven, una madura, una anciana. Superpuestas. Desafinadas. Rotas.

El Ilvain se agachó y lo recogió.

Lo conocía. No el nombre, que no había oído nunca, sino las voces. Las había oído en una sala circular, alrededor de un pozo sin fondo, caminando en círculos.

¡Cuando llegues arriba, pequeño, pregúntale al Umbral quién paga! ¡Pregúntaselo antes de que te pregunte a ti!

El muchacho de la ceja partida. El que había cargado a otro hasta la cima cien años atrás. El que se había quedado sin sombra.

El Ilvain sostuvo el hilo en la palma de la mano. Tres voces cantando un solo nombre, como un coro que no lograba ponerse de acuerdo.

Y entendió lo que tenía que hacer.

Guardó el hilo en la mochila, junto a la carta, con mucho cuidado. Se despidió de la estatua de Aldric con la mano. Y echó a andar por la calzada de losas rotas, entre las dos filas de Ilvain de piedra con los brazos alzados, hacia la espiral de escalones que bajaba hacia los pasos de piedra.

Hacia la sala del pozo.

A su espalda, en la oscuridad de la caverna, cientos de estatuas lo vieron marchar. Y en el círculo mayor, en un pedestal que había estado vacío, un viejo de piedra con una arruga de fastidio en la frente siguió sosteniendo su cadena.

Si las piedras oyen, aquel viejo oyó sus pasos alejarse durante mucho, mucho tiempo.

La espiral de escalones, la que les había costado dos días subir, la bajó en una tarde.

No porque corriera. Bajaba despacio, peldaño a peldaño, igual que había subido.

Pero sus piernas eran ahora largas como las de su pueblo, y los escalones, tallados mil años atrás para pies de Ilvain, tenían por fin la medida justa.

Cada paso era exacto. Cada peldaño lo recibía como una mano recibe a otra conocida.

Y mientras bajaba, pensaba en lo que le habían costado aquellos mismos escalones cuando era pequeño y viejo y tenía hambre, y llevaba a Aldric atado a la espalda y contaba los peldaños para no pensar en el anciano sin dientes.

Mil cuatrocientos, había contado. Y lo había dejado ahí.

Ahora los contó todos. Tres mil doscientos once.

Se lo habría dicho a Aldric. Aldric habría puesto cara de fastidio y le habría dicho que no le importaba lo más mínimo cuántos escalones tuviera una escalera. Y luego, a la mañana siguiente, le habría preguntado si estaba seguro de la cifra.

El Ilvain sonrió en la oscuridad. Y siguió bajando.

Llegó a la sala del pozo al anochecer, o a lo que sería el anochecer allá fuera.

La reconoció antes de verla. El viento de los pasos de piedra se fue apagando a medida que se acercaba, voz por voz, como se apagan las conversaciones de una sala cuando entra alguien a quien todos temen.

Y al final sólo quedó una nota. Una sola.

Grave y aguda a la vez, partida en dos, que venía de todas partes.

La sala circular. El techo perdido en la oscuridad. El pozo sin fondo en el centro, del que subía un aire que no era frío ni caliente, sino viejo.

Y alrededor del pozo, caminando en círculos, tres figuras con la misma cara.

El muchacho de quince años, delgado, con el pelo revuelto.

El hombre maduro, de hombros anchos y barba corta.

El anciano encorvado, casi transparente.

Los tres con los mismos ojos, la misma nariz torcida, la misma cicatriz pequeña en la ceja izquierda.

Caminando uno detrás de otro sobre el anillo de tiempo roto, sin detenerse, cantando la nota partida.

Se detuvieron al verlo.