El Último de los Ilvain Capítulo 23 — La Carta #2
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Capítulo 23 — La Carta #2

No había dicho nada en todo ese tiempo. Había esperado, paciente como el invierno, mientras el Ilvain leía y lloraba en la nieve, y las estrellas se apartaban una a una de su sitio.

Pero ahora la columna verde y dorada se había inclinado sobre él, más delgada y más débil que nunca, temblando como la llama de una vela a punto de consumirse.

Ilyaren —dijo—. Hijo de Ithren.

El Ilvain levantó la cabeza. Tenía la carta apretada contra el pecho.

Me queda muy poco. Dos estrellas. Cuando se aparten, me cerraré otros cien años. —Una pausa—. Pero antes quiero enseñarte algo. No te lo debo, y no te lo pido a cambio de nada. Tu paso ya está pagado. Nadie más tiene que pagar por ti. Sólo quiero que lo veas antes de decidir.

—¿Decidir qué?

La luz se abrió.

El otro lado apareció igual que la primera vez: el mar de claridad sin horizonte, las islas de pensamiento, las torres de memoria, los bosques de preguntas respondidas. Y el murmullo inmenso, como el de una biblioteca donde mil sabios leen en voz baja.

Pero esta vez el Umbral no le enseñó la biblioteca. Le enseñó la orilla.

Allí, donde el mar de luz tocaba una playa de arena blanca, había figuras. Muchas. Cientos. Altas y esbeltas como juncos, hechas de claridad delgada, con los rostros alargados, los ojos rasgados y las orejas finas y puntiagudas. Estaban de pie en la orilla, quietas, mirando hacia él.

Ilvain.

No estatuas de piedra con los brazos alzados en la oscuridad, sino Ilvain vivos, o algo mejor que vivos. Hechos de luz, como él ahora. Libres.

—¿Quiénes…? —susurró el Ilvain, y no pudo terminar.

Los tuyos —dijo el Umbral—. Los que se hicieron pequeños y bajaron la montaña como tú.

Durante mil años, uno a uno, fueron muriendo en los valles de los hombres, sin voz, sin nombre, sin saber quiénes eran.

Y cuando morían, el Tejedor devolvía sus nombres a las estatuas y yo los dejaba pasar.

A todos. Cada cien años, en cada apertura, cruzaban los que habían muerto desde la anterior.

—La luz tembló—. Te han estado esperando.

Todos. Mil años en esa orilla, esperando al último.

El Ilvain no podía respirar.

Recorrió con la mirada las figuras de luz de la orilla, una a una. No conocía a ninguna. O sí. Las conocía todas, de una forma que no tenía que ver con la memoria, sino con la sangre, como se conoce el olor de la propia casa.

Y en el centro de la orilla, delante de todas las demás, había dos.

Una era alta, más alta que ninguna, de rostro sereno y orejas finas.

La conocía de piedra rota en una caverna, de un ojo caído en el suelo, de una procesión en la grieta rota que lo miraba con orgullo.

Ya no era de piedra. Cuando su estatua se rompió sobre el Eco, mil años de guardia habían terminado, y había cruzado.

Ithren.

La otra estaba a su lado, un poco más baja, con el pelo largo y claro como la luna en el agua.

La conocía de una visión junto a una grieta recién abierta, sentada en una sala de piedra con un niño muy pequeño en el regazo.

Tenía los ojos del color de la corteza cuando llueve, con algo verde en el fondo.

Los suyos.

Y le estaba sonriendo.

El Ilvain se puso de pie en la nieve sin darse cuenta. Dio un paso hacia la luz. Otro. Tenía la cara bañada en lágrimas otra vez, aunque creía que ya no le quedaban.

La mujer de la orilla alzó una mano. No para llamarlo, sino como se alza la mano para saludar a alguien a quien no se ha visto en mucho tiempo. Y abrió la boca, y dijo algo que el Ilvain no oyó con los oídos pero que le llegó igual, a través del mar de luz, de mil años, de la puerta que se cerraba.

Su nombre. El de verdad. En la voz de su madre.

Ilyaren.

Puedes entrar —dijo el Umbral en voz baja—. Ahora. Antes de que se aparten las dos últimas estrellas. Nadie paga por ti. Tu padre ya pagó hace mil años, y tu amigo esta noche. Entra, y estarás con los tuyos. Para siempre. Sin montañas, sin monstruos, sin pérdidas. Nunca volverás a estar solo.

El Ilvain se quedó quieto al borde del círculo roto.

Miró la orilla. A su madre, con la mano alzada.

A su padre, alto y sereno, que lo miraba con aquella expresión que no era lástima, sino orgullo.

A los cientos de Ilvain de luz, su pueblo, su sangre, esperándolo desde hacía mil años.

Era todo lo que había querido sin saberlo durante toda su vida.

Todo lo que el bosque de Velhar le había prometido cantando con voces falsas.

Pero esta vez no era falso. Era real. Estaba allí. A un paso.

Dio ese paso.

Uno solo. El borde de la luz le rozó la cara, cálido como el sol de una tarde de verano. Oyó el murmullo del mar. Sintió el olor de la orilla, a sal y a flores que no existían en ninguna montaña del mundo de los hombres.

Y entonces sintió algo en el pecho.

La carta. Apretada contra el corazón, doblada muchas veces, con la letra torcida de un viejo que escribía con un solo dedo. Enciende el fuego de la cabaña. No lo apagues nunca.

Y debajo, muy abajo, en las raíces de la montaña, lo sintió también, aunque no pudiera oírlo: una estatua pequeña, sentada con las piernas cruzadas en un círculo de gigantes, sosteniendo una cadena. Con los ojos cerrados. Con una arruga de fastidio en la frente.

Alguien tiene que quedar para acordarse de cómo se nombran las cosas.

El Ilvain se detuvo.

Se quedó así mucho tiempo, con la luz rozándole la cara y la carta contra el pecho, entre la orilla y la nieve. Arriba, en el cielo, la penúltima estrella empezó a apartarse de su sitio. Muy despacio.

En la orilla, Ithren lo miraba.

Y entonces, sin que el Ilvain dijera nada, su padre hizo algo. Inclinó la cabeza. Una sola vez, despacio, igual que se había inclinado en la grieta rota, igual que se habían inclinado los cien Corvantos en la corona. No era una despedida. Era un permiso.

Tú no. Tú bajarás.

A su lado, su madre bajó la mano que tenía alzada. Y sonrió todavía más. Con los ojos llenos de lágrimas de luz.

Ellos también lo sabían.

El Ilvain retrocedió. Un paso. Salió de la luz y volvió a la nieve, al frío, a la cima destrozada del mundo. Se quedó de pie al borde del círculo roto, alto y luminoso, con la carta en una mano y la otra alzada hacia la orilla.

Y dijo la palabra. La que le había anunciado el Tejedor en una aguja llena de nombres. La que todos, al final, dicen alguna vez. La que se dice una vez y basta para siempre.

—Adiós.

La dijo con la voz de su pueblo. Y la palabra cruzó el mar de luz y llegó a la orilla, y los cientos de Ilvain la oyeron. Y la repitieron todos a la vez, en un coro inmenso y suave como el viento en un bosque de pinos, alzando las manos de luz hacia él:

Adiós. Adiós. Adiós, Ilyaren.

La penúltima estrella se apartó.

Nadie me había dicho adiós dos veces en una misma noche —dijo el Umbral, y en su voz inmensa y antigua había algo que en mil aperturas no había tenido nunca. Algo parecido a la tristeza. O a la ternura—. Primero él. Ahora tú.

—¿Él me oye? —preguntó el Ilvain—. Allá abajo. ¿Me oye?

El Umbral tardó en responder. La última estrella empezaba a moverse.

Las piedras oyen, hijo de Ithren —dijo al fin—. Despacio. Muy despacio. Un año de los tuyos es para ellas un latido. Pero oyen. —La luz se hizo más débil, más delgada—. Tu pueblo te lo habría podido decir. Mil años sosteniendo una cadena, y ninguno dejó nunca de oír.

La última estrella se apartó de su sitio.

El Umbral se cerró.

No hubo ruido. La columna de luz se fue estrechando, más y más, hasta ser un hilo, luego un cabello, luego nada.

Las cortinas de la aurora se desvanecieron en el cielo como se desvanece el aliento en un cristal.

El remolino de nubes se deshizo en jirones que el viento se llevó hacia el este.

Y en el centro del círculo roto, donde durante toda la noche había brillado el otro lado del mundo, sólo quedó un agujero oscuro que bajaba hacia las raíces de la montaña.

Y silencio.

El Ilvain se quedó de pie en la nieve, solo.

Por el este, detrás de las montañas, el cielo empezaba a ponerse gris.

Luego rosa. Luego dorado. Y el primer rayo de sol del día asomó por el borde del mundo, cruzó los valles dormidos de los hombres, subió por las laderas de Ithrengard y llegó hasta la cima, hasta la corona rota, hasta la explanada revuelta.

Hasta una figura alta, hecha de luz, de pie en la nieve junto a un círculo de piedra quebrada.

Sola.

Llorando.

Era la visión de la grieta rota. La que tanto miedo le había dado. La que había visto en mitad de la avalancha de tiempo, sin saber si era alguien que había sido o alguien que iba a ser. Ahora lo sabía.

Era él.

Pero la visión no le había enseñado todo.

No le había enseñado la carta apretada contra el pecho, ni la línea dorada alrededor del dedo anular, fina como un cabello.

No le había enseñado que, mientras lloraba, estaba mirando hacia el sur, hacia una colina tan lejana que no se veía, donde lo esperaban una cabaña fría, una chimenea apagada y una abeja que volaba torcida hacia la izquierda.

Estaba solo, sí. Pero no estaba perdido.

El Ilvain se secó la cara con la mano larga y luminosa. Guardó la carta en la mochila, arriba de todo, encima de la piedra de su pueblo, donde pudiera encontrarla sin buscar. Se la echó a la espalda.

No pesaba casi nada. Ya no tenía que cargar a nadie.

Eso fue lo que más le dolió.

Miró por última vez el agujero oscuro del círculo roto, allá donde, muy abajo, en la raíz de la montaña, un viejo dormía sentado con los brazos extendidos.

Luego se dio la vuelta y empezó a bajar.