El Último de los Ilvain Capítulo 23 — La Carta
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Capítulo 23 — La Carta

Subir fue más fácil que bajar. Y mucho más triste.

El Ilvain se quedó un momento al pie del pozo, en el centro de la caverna, con la cara vuelta hacia la oscuridad de arriba. Allá, muy lejos, en lo alto, se veía un punto de luz verde y dorada que temblaba como una estrella a punto de apagarse. El Umbral. Todavía abierto.

Cantó.

La misma nota que el viento del pozo le había enseñado al bajar, pero al revés: no abajo, sino arriba.

Y el viento de la montaña, que ya no empujaba el aliento del Eco porque el Eco dormía, se levantó de todas formas para obedecerle.

Subió desde las raíces de Ithrengard, suave y frío, y lo alzó en brazos como él había alzado a Aldric.

Subió despacio, girando en una espiral lenta, entre las paredes destrozadas de la aguja.

Abajo, el círculo de estatuas se fue haciendo pequeño.

La última cosa que vio antes de que la oscuridad lo tapara todo fue una figura sentada en un pedestal, con los brazos extendidos, mucho más pequeña que las demás.

No apartó la vista hasta que dejó de verla.

Pasó junto a la plataforma rota del Tejedor. El manto de hilos seguía colgando del travesaño, meciéndose en el viento. La mano abierta ya no asomaba por el borde. No supo si se había retirado o si nunca había estado.

Pasó junto a la ventana. El charco de cera seguía en el alféizar.

Y salió por la boca del pozo, por el círculo negro roto, a la cima del mundo.

La explanada estaba destrozada. La nieve, revuelta y partida, mostraba los surcos que habían dejado los seis brazos del Eco.

Uno de los siete picos de la corona se había partido por la mitad.

El círculo negro, que durante mil años había sido un espejo perfecto, era ahora un anillo de piedra quebrada alrededor de un agujero.

Pero la columna de luz seguía allí. Más débil, más delgada, temblando como la llama de una vela en una corriente de aire.

Y arriba, en el cielo, la lanza de estrellas estaba casi deshecha.

Sólo quedaban tres en su sitio. Las demás se habían ido apartando, una tras otra, y volvían a ser estrellas sueltas, cada una en su rincón del cielo, como si nunca hubieran estado juntas.

El Ilvain se posó en la nieve junto al borde del círculo roto. En el mismo sitio donde se había sentado con Aldric al atardecer. Aún se veía en la nieve la marca de dos cuerpos: uno grande y pesado, otro pequeño, muy juntos.

Se sentó en ella.

Abrió la mochila.

La piedra de los Ilvain estaba arriba de todo, envuelta en su trapo. La sacó y la dejó a su lado sobre la nieve. Y debajo, en el fondo, donde Aldric la había escondido la noche anterior, encontró la carta.

Era el mapa de Halvard, doblado muchas veces hasta tener el tamaño de una mano, atado con un hilo fino de color ceniza. El Ilvain lo desató con los dedos largos y luminosos, que le temblaban. Guardó el hilo de Halvard en el bolsillo, con cuidado. Luego desdobló el papel.

Por un lado estaba el mapa: las líneas angulosas del maestro, las anotaciones violentas en los márgenes, las grietas que Aldric había ido marcando con la uña, y en el centro, rodeada por un círculo, la palabra Aquí.

Por el otro, la letra de Aldric.

Nunca la había visto así. En los libros de la cabaña, en los cálculos de estrellas, en las notas sueltas que el viejo dejaba por todas partes, la letra de Aldric era elegante, inclinada, llena de florituras de sabio.

Ésta no. Ésta era torcida, temblorosa, desigual, con letras demasiado grandes junto a otras demasiado pequeñas.

La letra de un hombre que escribe con un solo dedo, a la luz de una vela que se acaba.

En varios sitios había manchas redondas que habían emborronado una palabra, y encima, la misma palabra vuelta a escribir.

El Ilvain supo lo que eran aquellas manchas.

La luz temblorosa del Umbral cayó sobre el papel. Y leyó.

Fen:

Si estás leyendo esto, es porque ya no puedo decírtelo en voz alta. Así que perdona la letra. Escribo con un dedo, y ni siquiera ese dedo es muy bueno.

Voy a hacer algo esta noche, o mañana, cuando se abra la puerta.

No te lo voy a contar aquí, porque cuando leas esto ya lo sabrás.

Sólo quiero que sepas que lo decidí yo, despierto y tranquilo, mirando las estrellas por una ventana.

No fue un arrebato ni fue culpa de nadie.

Mucho menos tuya. Me estaba muriendo de todos modos, y he tenido suerte: me han dejado elegir para qué.

Hay cosas que tendría que haberte dicho en treinta años y no te dije. No me va a dar la vela para todas, así que te diré sólo algunas.

La noche que llamaste a mi puerta, no estaba leyendo.

Te lo dije así durante treinta años, que me habías interrumpido la lectura, pero no era verdad.

Estaba sentado a oscuras delante de una chimenea apagada.

Hacía treinta años que Halvard se había ido a la montaña y no había vuelto, y esa noche había decidido dejarlo todo: los libros, las estrellas, el Umbral.

Todo. Iba a quemar mis cuadernos a la mañana siguiente. No tenía a nadie. No quería a nadie.

Y entonces llamaste.

Te dije que podías quedarte si me ayudabas con el fuego. Creíste que te estaba haciendo un favor. Yo también lo creí durante mucho tiempo. Pero el fuego que encendiste esa noche, y todos los que encendiste después, es lo que me mantuvo vivo treinta años. No te recogí yo a ti. Me recogiste tú a mí.

Nunca te di las gracias por eso. Te las doy ahora. Es poco y tarde, pero es lo que hay.

Otra cosa. Me dijiste en la niebla que a veces pensabas que te llevaba como se lleva un bastón.

Tenías razón. Muchos años fue así, y lo siento más de lo que sé escribir.

Pero quiero que sepas cuándo dejó de ser así.

No fue en el bosque, ni en la niebla, ni en ningún sitio de esta montaña.

Fue mucho antes, una mañana cualquiera, cuando me serviste un té de ortiga con miel de una abeja imaginaria y pusiste esa cara tuya de estar seguro de que iba a salir bien.

Me lo bebí entero, y era horrible, y pensé: “Si este bicho se va algún día, no sé qué voy a hacer".

No te lo dije, claro. Te dije que el té estaba horrible. Que lo estaba.

Desde esa mañana no te miraba menos porque no me importaras. Te miraba menos porque me daba miedo lo mucho que me importabas. Eso es peor, ya lo sé. Pero es la verdad, y te prometí no más silencios.

Ahora las cosas prácticas, que siempre se me dieron mejor.

Enciende el fuego de la cabaña. No lo apagues nunca.

Hay leña seca bajo el alero del norte, y en el tercer estante de la despensa, detrás de los frascos de lentejas, hay una bolsa con monedas que guardé para una emergencia.

Cómprate un sillón. Uno de verdad. El mío tiene los muelles rotos y te va a quedar pequeño.

Mis libros son tuyos. Quémalos si quieres.

No te lo reprocharía. Pero hay uno, el de tapas verdes del estante de arriba, que tiene dibujos de estrellas en los márgenes.

Ése no lo quemes. Los dibujos los hacía Halvard cuando yo era niño, para enseñarme a contar.

Me gustaría que alguien los mirara de vez en cuando.

A Bram, el de la posada, cuéntale la historia. Toda. No le ahorres lo del zapato; esa parte le va a gustar.

Y a Gustavo dile que me equivoqué. Que sí existe. Que lo supe siempre, pero que un mago tiene una reputación que mantener.

Hay una última cosa. La más importante. La he dejado para el final porque es la que más me cuesta, y porque el Umbral, el posadero y esta montaña maldita me han enseñado que las cosas importantes se dicen al final o no se dicen.

Hay una palabra que perdiste en la posada. El posadero dijo que ninguno de los dos la volvería a necesitar, y tenía razón: tú no volverás a decírmela como me la decías, y está bien. Nunca la quise así. Nunca quise ser tu amo.

Pero esa misma palabra tiene otro sentido, uno que yo nunca usé contigo en voz alta. Que nunca usé con nadie, ni con Halvard, ni con mi madre. Y que tú no puedes decir, porque te la robaron.

Así que la digo yo. Por los dos. Y la escribo aquí, en papel, donde ningún posadero pueda llevársela:

Te amo, Fen.

Te he amado desde aquella mañana del té. Y te amaré, supongo, lo que duren las piedras.

Ya está. Ya lo he dicho. No ha sido tan difícil. Tendría que haberlo hecho hace treinta años.

Aldric.

P. D.: El té sigue siendo horrible. Hazlo igual. Es la única forma que tengo de seguir quejándome.

El Ilvain se quedó mirando el papel mucho tiempo.

Volvió a leer la última parte. Una vez. Dos. Diez. Recorrió con la punta del dedo largo y luminoso las letras torcidas de aquellas dos palabras, te amo, como recorría Aldric en la piedra de los Ilvain la escritura en espiral que no sabía traducir.

La palabra estaba allí. La que le había robado el posadero. Escrita con un solo dedo, a la luz de una vela, por un viejo que se volvía piedra, en el reverso del mapa de un maestro que había callado esa misma palabra durante sesenta años.

Abrió la boca para decirla en voz alta.

No pudo. El hueco seguía allí, liso y pulido, en el lugar donde había estado.

Pero no importaba. Ya no hacía falta decirla. Estaba escrita.

El Ilvain dobló la carta con muchísimo cuidado, tantas veces como había estado doblada, y la apretó contra el pecho, justo encima del corazón.

Y lloró.

Lloró como no había llorado en toda la montaña, ni en el bosque, ni en la niebla, ni en la caverna al pie del pedestal.

Lloró con la voz nueva que le habían devuelto, una voz de campana que resonó en los siete picos de la corona y bajó rodando por las laderas de Ithrengard hasta el mundo de los hombres, donde, muy lejos, en un valle que todavía dormía, una mujer que se había levantado a por agua se detuvo junto al pozo sin saber por qué, con los ojos llenos de lágrimas.

Arriba, en el cielo, se apartó otra estrella.

Quedaban dos.

Cuando por fin dejó de llorar, la luz del Umbral lo estaba mirando.