El Último de los Ilvain Capítulo 22 — El Otro Paga #2
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Capítulo 22 — El Otro Paga #2

El Ilvain cruzó el círculo de estatuas mayores.

Pasó junto a figuras altas y serenas de brazos extendidos, con nombres tallados en espiral en los pedestales, nombres que ahora podía leer sin ayuda y que le sonaban en la cabeza como voces de parientes lejanos.

Pasó junto a los escombros de Ithren, el ojo de piedra caído en el suelo, la oreja fina y puntiaguda.

No se detuvo. No podía detenerse, porque si se detenía no volvería a echar a andar.

Llegó al pedestal vacío.

Era un bloque de piedra negra, liso, más alto que un hombre, con la inscripción que Aldric había leído una vez a la luz de una vela: Aquí dejamos nuestra altura, para que la piedra sostuviera lo que nosotros no pudimos.

Encima no había nada. Sólo polvo, y las marcas de dos pies enormes que habían estado allí mil años.

El Ilvain se quedó mirándolo.

—Aldric —dijo.

—Ya lo sé —murmuró el viejo contra su hombro—. Ya lo sé. Súbeme.

Lo subió. Con muchísimo cuidado, como se sube a un niño dormido a una cama demasiado alta.

Lo sentó en el centro del pedestal, con la espalda derecha y las piernas muertas cruzadas delante, como se sentaba en el sillón de la cabaña los días que tenía frío.

Le colocó los brazos de piedra sobre las rodillas.

Le apartó de la frente un mechón de pelo blanco.

Le arregló la barba, la mitad de carne y la mitad de granito, con los dedos largos y luminosos.

Aldric lo dejó hacer. No dijo nada. Lo miraba.

Luego el Ilvain dio un paso atrás, y durante un instante, sólo un instante, a los dos les pareció que no iba a pasar nada. Que el pedestal no lo reconocía. Que un viejo humano, sin piernas, con un dedo de menos, no era lo bastante para ocupar el sitio de Ithren.

Entonces la piedra de la montaña respiró.

Fue un temblor muy leve, que subió desde las raíces de Ithrengard hasta el pedestal.

Y la piedra de Aldric, la que le había ido subiendo por los brazos, por el cuello, por la cara desde el bosque de Velhar, la deuda que la montaña le había estado cobrando a plazos durante veinte días, empezó a moverse.

No hacia arriba. Hacia fuera.

Salió de él como sale una raíz de una semilla.

Del hombro izquierdo brotó un brazo de piedra, gris y veteado, que se alzó despacio en el aire, se extendió hacia el centro del círculo y abrió la mano.

Luego brotó otro del hombro derecho. No eran sus brazos, o no sólo.

Eran más largos, más fuertes, hechos de la misma roca que las estatuas de los Ilvain, y se alzaron hasta quedar a la altura de las manos de las figuras que tenía a los lados.

Y las cadenas se movieron.

Las cadenas rotas de Ithren, esparcidas por el suelo sobre el lomo del Eco, se levantaron solas.

Se arrastraron por las losas con un estrépito de campanas partidas, subieron por el cuerpo de piedra y musgo del monstruo, se enroscaron sobre sus brazos plegados, y buscaron las manos abiertas de la nueva estatua. Y las encontraron.

Los eslabones rotos se soldaron. La cadena se tensó.

El Eco de Piedra soltó un sonido muy bajo, largo, que no era un rugido, sino un suspiro. Como el de alguien que lleva mucho tiempo esperando que le arropen.

—Fen.

El Ilvain se acercó al pedestal. Tuvo que alzar la cabeza para mirar a Aldric, porque ahora estaba muy alto, sentado allá arriba, con los brazos de piedra extendidos sosteniendo la cadena.

La piedra le subía por la cara. Ya sólo le quedaban los ojos, grises, y una franja de piel alrededor, y la mitad de la boca.

—Aquí estoy.

—Cántame algo.

El Ilvain se quedó quieto.

—Lo que le cantabas a esa cosa arriba —dijo Aldric—. La de dormir. Cántamela. —La mitad de su boca se curvó—. Nunca me cantaste nada. Treinta años. Ni una canción.

—No tenía voz —dijo el Ilvain, con la suya temblando—. No para cantar.

—Ahora la tienes.

El Ilvain cerró los ojos. Tomó aire. Y cantó.

Duerme, que la luz no es tuya.

Duerme, que el mundo no te espera.

Duerme, viejo, que ya has subido

La montaña más alta que hay.

Duerme, que el fuego está encendido.

Duerme, que el té ya está servido,

Aunque sepa a calcetín.

Duerme, que aquí estoy yo.

Cantó en la lengua de los Ilvain, pero Aldric lo entendió todo.

Lo entendió como se entiende una canción de cuna aunque uno no hable el idioma de la madre que la canta.

Y a medida que la voz del Ilvain llenaba la caverna, grave y dulce, rebotando en las cientos de estatuas con los brazos alzados, la piedra subió por la cara de Aldric.

Le cubrió la boca. La mitad que sonreía se quedó sonriendo en granito.

Le cubrió la nariz, las mejillas, la frente. La arruga honda entre los ojos, la de fastidio, la que se le ponía cuando algo le molestaba y le molestaba todo, se quedó grabada en la piedra, tan honda como había sido siempre.

Sólo le quedaban los ojos.

Miraban al Ilvain. Grises. Del gris del cielo antes de nevar.

Y en el centro del círculo, sobre los escombros de Ithren, los tres ojos ámbar del Eco de Piedra también lo miraban. Latiendo despacio. Cada vez más despacio.

El Ilvain siguió cantando. No se detuvo, aunque las lágrimas le corrían por la cara como hilos de luz, aunque la voz se le rompía en cada verso.

Cantó el último verso de la nana, el que decía aquí estoy yo, y lo cantó tres veces, cuatro, cinco, porque no quería terminar, porque terminar era lo único que no podía hacer.

Aldric parpadeó.

Una vez. Muy despacio.

Y al mismo tiempo, en el centro del círculo, el Eco de Piedra cerró los tres ojos.

Los ojos de Aldric no volvieron a abrirse.

El silencio que quedó en la caverna fue el más grande que Fen había oído nunca. Más grande que el del bosque de Velhar, que el del lago, que el de la aguja. Era un silencio completo, redondo, sin fisuras, como el de una casa cuando el último de sus habitantes se ha dormido.

El Ilvain dejó de cantar.

Se quedó de pie ante el pedestal, mirando hacia arriba.

En lo alto había una estatua. Pequeña para aquel círculo, mucho más pequeña que las figuras altas y esbeltas de los Ilvain que tenía a los lados: la estatua de un viejo sentado con las piernas cruzadas, la barba más larga de un lado que del otro, un dedo de menos en la mano izquierda y los brazos extendidos hacia delante sosteniendo una cadena.

Tenía la boca torcida en media sonrisa. Y en la frente, entre los ojos cerrados, una arruga honda.

De fastidio.

Su cara buena.

El Ilvain la miró mucho rato. Luego se acercó, alargó una mano larga y luminosa y la apoyó en la rodilla de piedra, como había apoyado Aldric tantas veces la suya en la de él.

Estaba fría. No sentía nada.

Pero la tocaba.

Fue entonces cuando lo vio.

En la muñeca derecha de la estatua, donde antes había estado atado el hilo de Halvard, colgaba otro.

Corto, del largo de un brazo, de dos colores trenzados tan juntos que parecían uno: dorado como la luz de la tarde sobre la hierba, y gris con una veta de plata.

Se le había quedado enredado en la mano de piedra desde la cima, desde que subió flotando por el pozo, y había bajado con ellos sin que ninguno de los dos se diera cuenta.

Seguía entero. Nadie lo había cortado.

El Ilvain lo tomó con cuidado. El extremo dorado le rozó el dedo anular, el del anillo de hilo que le había puesto el Tejedor, y los dos se reconocieron.

Se enroscaron. Se trenzaron el uno en el otro sin que él hiciera nada, hasta que el hilo corto de la muñeca de Aldric y el anillo dorado de su dedo fueron un solo hilo, tendido entre la mano de piedra y la mano de luz.

El Ilvain no lo soltó. No lo cortó. Lo miró mucho rato, brillando débilmente en la oscuridad de la caverna, cantando muy bajo dos nombres a la vez, y entendió por qué el Tejedor no había cerrado las tijeras.

Luego, con muchísimo cuidado, desenrolló la parte dorada de su dedo y la ató a la muñeca de la estatua, junto a la gris. Dos vueltas. Un nudo. Lo apretó con los dientes, como había visto hacer a Aldric con el hilo de Halvard.

El hilo trenzado se quedó allí, en la muñeca de piedra, brillando.

En el dedo del Ilvain, sin embargo, quedó una marca. Una línea dorada, fina como un cabello, alrededor del anular. Como la huella que deja un anillo cuando se lleva mucho tiempo.

No se borró nunca.

Desde muy arriba, desde la boca del pozo, más allá de la oscuridad, llegó una voz. Débil, lejana, antigua.

El paso está pagado.

Y luego, más débil todavía:

Hijo de Ithren. Aún estoy abierto. Pero no por mucho.

El Ilvain no levantó la cabeza. Se quedó al pie del pedestal, con la mano en la rodilla de la estatua, mucho tiempo.

Luego se acordó de la carta.

La sentía en la mochila, debajo de la piedra de su pueblo, tan liviana que no pesaba nada y tan pesada que le doblaba la espalda. Aldric le había dicho: algo para después.

Después era ahora.

Pero no la abrió. No allí, en la oscuridad, al pie de una estatua con los ojos cerrados. Aldric la había escrito a la luz de las estrellas, junto a una ventana, en lo alto del mundo.

Allí era donde tenía que leerla.

El Ilvain se puso de pie. Miró la estatua por última vez. Y no le dijo adiós.

Le dijo lo que le había dicho cada noche durante treinta años, a los pies de un sillón, antes de apagar la vela. La frase de siempre, con una palabra cambiada, porque la otra ya no la tenía.

—Buenas noches, Aldric.

Y alrededor, en la oscuridad inmensa de la caverna, cientos de estatuas de los Ilvain con los brazos alzados parecieron, sólo un instante, bajar la cabeza.