Capítulo 22 — El Otro Paga
La escalera de la aguja ya no existía.
El Ilvain lo vio al asomarse al borde del círculo roto, con Aldric en brazos.
Por el centro del pozo bajaba el Eco de Piedra, despacio, hacia la oscuridad, con los tres ojos ámbar vueltos hacia arriba, hacia él, esperando la canción.
Y a su paso, las paredes de la aguja estaban destrozadas.
La espiral de peldaños que habían subido con tanto esfuerzo, los mil escalones tallados para piernas mucho más largas que las de Fen, colgaba rota en pedazos, arrancada de la roca, o había caído al vacío. No había forma de bajar caminando.
Y arriba, la segunda estrella se apartaba de su sitio.
—No llegamos —dijo Aldric en voz baja—. Por la escalera no llegamos ni aunque estuviera entera.
El Ilvain no contestó. Miró el pozo. Miró la oscuridad sin fondo, el monstruo que se hundía en ella, el resplandor ámbar que se alejaba.
Y oyó algo que no había oído nunca y que, sin embargo, reconoció: el viento del pozo.
Subía desde las raíces de la montaña, empujado por el aliento del Eco, cálido y húmedo, y al pasar por las paredes rotas de la aguja cantaba.
No con palabras. Con una nota larga, grave, sostenida, igual que las que Fen había aprendido a leer en los pasos de piedra.
Y esa nota decía: abajo.
—Agárrate —dijo el Ilvain.
Aldric lo miró.
—¿Qué vas a hacer?
—Lo mismo que en la grieta rota —dijo el Ilvain, y en su voz de campana había algo que no se oía desde la cabaña: la tozudez tranquila de quien va a proponer una locura con total seriedad—. Confiar en que la montaña me reconoce.
—Fen…
—Agárrate.
Aldric no podía agarrarse. No le quedaban brazos que le obedecieran. Pero apoyó la frente de piedra contra el cuello del Ilvain y cerró los ojos.
Y el Ilvain saltó.
Cayeron.
Durante un instante fue sólo eso: caer. El estómago en la garganta, el viento rugiendo en los oídos, la oscuridad subiendo hacia ellos como el agua de un pozo. Aldric sintió que se le escapaba lo poco que le quedaba de aliento.
Luego el Ilvain cantó.
No fue una canción larga. Fue una sola nota, grave y sostenida, la misma que cantaba el viento del pozo.
La lanzó hacia abajo con toda la fuerza de su voz nueva, y la nota rebotó en las paredes de la aguja, se multiplicó, se volvió un coro.
Y el viento que subía desde las raíces de la montaña la oyó.
Los sostuvo.
No los detuvo. Siguieron bajando. Pero ya no caían: descendían.
Despacio. Suavemente. Como baja una pluma en una tarde sin viento, meciéndose de un lado a otro, girando en una espiral lenta alrededor del centro del pozo.
El viento cálido los envolvía como una mano abierta y el canto del Ilvain los mantenía en ella.
Y a su alrededor, por las paredes de la aguja, pasaban los restos de la escalera destrozada, hacia arriba, cada vez más deprisa, como si fuera la torre la que subía y no ellos los que bajaban.
Aldric abrió los ojos.
Y vio la lluvia.
Los hilos de nombres seguían cayendo. Los que el Eco había arrancado del telar del Tejedor al subir, millones de hilos de todos los colores, bajaban por el pozo con ellos, lentos, flotando en el mismo viento que los sostenía.
Dorados, plateados, rojos, azules, grises.
Brillaban en la oscuridad como luciérnagas.
Y cantaban. Cada uno su nombre, en un susurro que se apagaba poco a poco, pero todavía cantaban, y el pozo entero estaba lleno de aquel murmullo inmenso de mil nombres cayendo hacia la raíz de la montaña.
Era hermoso. Era lo más hermoso que Aldric había visto en su vida, más que la aurora, más que el mar de luz del otro lado del Umbral.
—Fen —susurró—. Mira.
—Lo veo.
Bajaban entre los nombres como entre las estrellas de una noche de verano.
Pasaron junto a la ventana de la aguja. Aldric la reconoció por la forma del arco y por el trozo de cielo que se veía a través de él, y por algo más: en el alféizar, donde la noche anterior había estado sentado escribiendo con un cabo de lápiz, quedaba un charco de cera de vela, blanco y endurecido.
Pasó hacia arriba en un instante y desapareció.
Pasaron junto a la plataforma del Tejedor, o lo que quedaba de ella.
Un borde de piedra negra partido en dos, colgando sobre el vacío.
Restos de madera astillada. Un travesaño del telar, negro y brillante, clavado en la pared como una lanza.
Y colgando de él, meciéndose en el viento, un manto hecho de hilos de todos los colores.
Vacío.
El Ilvain lo miró al pasar. No dijo nada.
Aldric tampoco. Pero los dos vieron, un instante antes de que la plataforma se perdiera hacia arriba en la oscuridad, que del borde del manto asomaba una mano larga y fina, de dedos limpios.
Una sola. Estaba abierta, con la palma hacia arriba, como quien deja caer algo.
O como quien acaba de soltar un hilo para que suba.
Bajaron durante mucho tiempo. Tanto que Aldric perdió la cuenta. El resplandor ámbar del Eco se veía siempre allá abajo, lejano, hundiéndose delante de ellos. Arriba, el círculo de luz del Umbral se hacía cada vez más pequeño, hasta volverse una estrella más en un cielo muy lejano.
Y en algún momento de aquella caída lenta, envueltos en el viento y en la lluvia de nombres, Aldric habló.
—Fen.
—Dime.
—La cabaña. Cuando vuelvas. —Tomó aire con dificultad; la piedra le había llegado ya a la sien y le costaba respirar—. El fuego. Vuelve a encenderlo.
—Lo encenderé.
—Y no lo apagues nunca. Aunque te vayas. Aunque pasen cien años. Que haya siempre fuego en esa chimenea.
—Nunca.
—Y a Bram, el de la posada. Le prometí que si bajaba le contaría qué había arriba. —La mitad de su boca se curvó—. Cuéntaselo tú. Todo. Lo del zapato también.
El Ilvain soltó una risa rota.
—Lo del zapato también.
—Y a Gustavo… —Aldric se detuvo. Se le quebró la voz—. A Gustavo dile que lo siento. Que nunca me creí que existiera. Que me equivoqué.
El Ilvain no pudo contestar. Apretó a Aldric contra el pecho y siguió cantando, con la voz temblando, mientras bajaban.
Pasó otro rato. Los nombres seguían cayendo a su alrededor, cada vez más apagados. El resplandor ámbar de abajo se hacía más grande.
—Fen.
—Dime.
—Cuando sea piedra. Del todo. —Aldric abrió los ojos y lo miró desde muy cerca, con la cara casi entera de granito—. Cuando me mires allá abajo, entre todas esas estatuas de tu pueblo… ¿Me reconocerás?
El Ilvain lo miró. Y Aldric vio que se le juntaba el pliegue en la frente, torcido hacia la izquierda.
—Tienes la barba de un lado más larga que del otro —dijo—.
Porque siempre te la rascas con la misma mano cuando piensas.
Te falta el meñique de la izquierda; se lo llevó un garrahondo.
Tienes una arruga aquí —le tocó la frente con un dedo largo y luminoso, justo entre los ojos—, que se te pone cuando algo te fastidia, y te fastidiaba todo, así que la tienes muy honda.
Tienes los ojos grises. Del gris del cielo antes de nevar.
Aldric cerró los ojos.
—Y cuando alguien te quiere —siguió el Ilvain, en voz muy baja—, pones cara de fastidio. Siempre. Porque no sabes qué otra cara poner.
—Ésa es mi cara buena —murmuró Aldric.
—Lo sé. Te la reconocería entre mil estatuas. Entre diez mil.
Aldric se quedó callado. Luego, sin abrir los ojos, sonrió. La mitad de la boca que aún podía.
El pozo se ensanchó de golpe.
Las paredes de la aguja desaparecieron y el viento cálido se abrió como un abanico.
Salieron de la boca del pozo al vacío inmenso de una caverna tan grande que el eco de la canción del Ilvain tardó muchos latidos en volver.
Abajo, muy abajo, entre la lluvia de nombres que caía con ellos, se veía el suelo.
Una calzada de losas rotas. Dos filas interminables de estatuas altas y delgadas, con los brazos alzados sosteniendo la oscuridad.
Y en el centro, un círculo de estatuas más grandes, con los brazos extendidos hacia dentro.
El Eco de Piedra ya había llegado. Estaba allí, en el centro del círculo, sobre el montículo de escombros de la estatua de Ithren, enroscado sobre sí mismo como un animal enorme que vuelve a su madriguera.
Los tres ojos ámbar seguían abiertos, mirando hacia arriba, hacia ellos.
Las cadenas rotas colgaban de su cuerpo.
Y en el círculo mayor, entre las estatuas, había un hueco.
Un pedestal vacío.
El Ilvain y el viejo bajaron hacia él despacio, entre los últimos nombres que caían. Y a medida que bajaban, las cientos de estatuas de la caverna, las que llevaban mil años con los brazos alzados en la oscuridad, parecieron volverse a mirarlos.
No se movieron. Pero Aldric habría jurado que lo miraban.
Como se mira a alguien que llega tarde a una cita, y al que se ha estado esperando mucho tiempo.
Tocaron el suelo sin ruido, como se posa una hoja sobre el agua.
El Ilvain se quedó un momento quieto sobre las losas rotas de la calzada, con Aldric en brazos, sin atreverse a dar el primer paso.
A su alrededor terminaban de caer los últimos hilos de nombres.
Se posaban en el suelo, en los hombros de las estatuas, en el musgo muerto del Eco, y se apagaban uno a uno con un último susurro, como se apagan las brasas de un fuego cuando todos se han ido a dormir.
Delante de él, en el centro del círculo mayor, el Eco de Piedra lo miraba.
Estaba enroscado sobre los escombros de la estatua de Ithren, inmenso, con los seis brazos plegados bajo el cuerpo y las cadenas rotas esparcidas a su alrededor como ramas después de una tormenta.
Los tres ojos ámbar seguían abiertos, pero ya no ardían.
Latían despacio, cada vez más despacio, como los ojos de un animal viejo que lucha contra el sueño.
No se movió cuando el Ilvain echó a andar. Sólo lo siguió con la mirada.