El Último de los Ilvain Capítulo 21 — Hijo de Ithren #2
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Capítulo 21 — Hijo de Ithren #2

—Lo supe en la ventana de la aguja —siguió el viejo—.

La noche antes de subir. Dejé caer una piedra por el pozo y sentí latir a esta cosa allá abajo.

Y entendí que el hueco de tu padre no se iba a llenar solo.

Que alguien tendría que bajar. —Tomó aire con dificultad—.

Me miré las manos y supe que era yo. Que para eso me había estado volviendo piedra desde el bosque de Velhar.

No era un castigo, Fen. Era una preparación.

La montaña me estaba haciendo a la medida del hueco.

El Eco rugió y empujó. El Ilvain cantó más fuerte, y el monstruo se detuvo otra vez, temblando.

—Por eso escribí la carta —dijo Aldric—. Por eso no te dejé mirar debajo de la piedra. Porque sabía que si te lo decía, harías exactamente lo que estás haciendo ahora. Ponerte delante. Querer bajar tú. —La mitad de su boca se curvó—. Te conozco, Fen. Llevo veinte días conociéndote de verdad.

El Ilvain dejó de cantar un instante.

—No —dijo, y la voz le salió rota, como la de un niño—. No, Aldric. No puedo. No me pidas esto. Te he cargado por toda la montaña para no dejarte atrás, y ahora…

—No me dejas atrás. Me quedo. —Aldric lo miró desde el suelo—. ¿Te acuerdas? Hay una diferencia.

El Eco empujó. Un trozo enorme del círculo saltó por los aires y se estrelló contra uno de los siete picos, que se partió por la mitad con un estruendo de trueno.

El Ilvain volvió a cantar, llorando, con la voz deshecha, y el monstruo volvió a quedarse quieto.

Pero se había quedado más cerca. Mucho más cerca.

Tres de sus seis brazos estaban ya fuera del pozo, clavados en la nieve de la explanada.

—Hicimos un trato —dijo Aldric.

El Ilvain no lo miró.

—En la galería de los pactos. Antes de entrar en la grieta rota. —La voz de Aldric sonó más suave—. Me diste la mano y te la di yo. Dijimos que si había que pagar algo, lo decidiríamos los dos. No tú solo. No yo solo. Los dos.

Silencio. Sólo el canto, temblando.

—Y yo te lo cumplí en la grieta —siguió Aldric—.

Cuando venía la avalancha, me preguntaste.

Te dije “juntos”. Te dejé ponerte delante.

Te dejé pagar a ti. Me costó más de lo que te imaginas, verte salir de allí con el pelo gris y las manos llenas de manchas.

Pero te lo dejé, porque era lo que habíamos pactado.

El Ilvain cerró los ojos. Las lágrimas le corrían por la cara como hilos de luz.

—Ahora te toca a ti —dijo Aldric—. Ahora te lo pregunto yo. No te lo ordeno. Te lo pregunto, porque lo decidimos los dos.

Hizo una pausa. Y Fen, a pesar del canto, a pesar del monstruo, a pesar de la estrella que se apartaba, oyó cada palabra con toda claridad.

—¿Me dejas quedarme?

La cima entera pareció contener el aliento.

El Ilvain siguió cantando. Siguió cantando durante mucho tiempo, o lo que a Aldric le pareció mucho tiempo, con los ojos cerrados y la cara bañada en lágrimas, mientras el Eco temblaba bajo el peso de su voz y arriba, en el cielo, la primera estrella de la lanza se apartaba de su sitio otro pelo, y otro, y otro.

Luego abrió los ojos.

Miró a Aldric. Al viejo tendido en la nieve, casi todo de piedra, con la mitad de la cara de granito y la otra mitad de carne cansada, con una lágrima atascada en la barba blanca.

Al hombre que le había dado su primera palabra, su primer nombre, su primer hogar.

Al que lo había tratado como a un perro durante treinta años y se había arrastrado por un bosque para buscarlo.

Al que había renunciado a la puerta de toda su vida sin mirar atrás.

Al que le había dado su último dedo vivo para guardarle una carta.

Y el Ilvain, el último de su pueblo, el que nombraba lo que no tenía nombre, supo que no había nombre en ninguna lengua para lo que sentía en ese momento. Ni en la de los hombres ni en la de los Ilvain.

Así que no lo nombró.

Asintió.

Una sola vez. Despacio. Con la cara destrozada.

Aldric cerró los ojos. Y la mitad de su boca que todavía era suya sonrió como Fen no lo había visto sonreír nunca, en treinta años ni en toda la montaña. Como sonríe un hombre que por fin ha hecho algo bien.

—Gracias —dijo.

Fen soltó un sollozo que le rompió el canto en dos.

Era la palabra. La primera. La que él le había dicho a Aldric en la puerta de la cabaña, empapado, mudo, hacía treinta años. Y ahora se la devolvía Aldric, en la cima del mundo, al final de todo.

El paso se paga donde está el hueco —dijo el Umbral, desde arriba, y su voz no había cambiado en toda la noche, pero Fen creyó oír en ella algo nuevo, algo parecido al respeto—.

No aquí. Abajo. En el círculo de tu padre, hijo de Ithren.

El que paga debe ocupar su sitio antes de que yo me cierre.

Si no llega a tiempo, el paso quedará sin pagar.

Y el que duerme abajo no volverá a dormir.

El Ilvain miró el pozo. El círculo roto, el monstruo que lo llenaba, la oscuridad sin fondo que se abría detrás de él.

Luego miró la escalera de la aguja, la que bajaba en espiral por la pared interior, pasando por la ventana, por la plataforma rota del Tejedor, por los mil escalones, por el vacío. Hasta las raíces de la montaña.

Luego miró a Aldric, que no tenía piernas, ni brazos que le obedecieran, ni fuerzas para arrastrarse un palmo más.

Y comprendió que sólo había una forma de hacerlo.

—Entonces lo llevo yo —dijo.

Nunca, en mil aperturas —dijo el Umbral despacio—, el que cruza ha cargado al que paga.

—Siempre hay una primera vez —dijo el Ilvain.

Y a Aldric, tendido en la nieve, se le escapó una carcajada que le sacudió todo el cuerpo de piedra.

El Ilvain se agachó.

Ya no era pequeño. Ya no tenía que atarse un arnés a la espalda ni hacer un nudo sobre el pecho, ni doblarse bajo el peso, ni tambalearse con las rodillas crujiendo.

Pasó un brazo largo y luminoso por debajo de los hombros de Aldric, el otro por debajo de las rodillas muertas, y lo levantó de la nieve como quien levanta a un niño dormido para llevarlo a la cama.

Aldric pesaba mucho. Era casi todo piedra. Pero el Ilvain no se tambaleó.

Por primera vez en todo el viaje, no lo llevaba a la espalda. Lo llevaba en brazos, contra el pecho, con la cara del viejo apoyada en su hombro. Así podía verlo. Así podía mirarlo mientras bajaban.

—Esto es nuevo —murmuró Aldric contra su hombro—. Treinta años llevándome el té, y ahora me llevas a mí como a un recién nacido.

—Calla —dijo el Ilvain, con la voz rota y los ojos llenos de lágrimas—. Por primera vez en treinta años, no discutas conmigo.

Aldric se rió otra vez, bajito. Y se calló.

El Ilvain se volvió hacia el Eco de Piedra.

El monstruo lo miraba con sus tres ojos ámbar, inmenso, medio fuera del pozo, con tres brazos clavados en la nieve y tres agarrados al borde roto del círculo.

Temblaba bajo el peso de un canto que ya no sonaba.

Esperaba. Y en sus ojos antiguos había algo que Fen no esperaba ver: no rabia, ni hambre, sino una especie de cansancio.

El cansancio de algo que ha sido encadenado mil años y ya no recuerda por qué quería salir.

El Ilvain tomó aire.

Y cantó otra vez. Pero no la nana de antes.

Esta vez cantó otra cosa, algo que le subió desde el fondo de la sangre sin que lo buscara.

Una canción de bajar. De volver. De caminar hacia abajo, hacia la raíz, hacia la oscuridad, sin miedo.

Una canción que los Ilvain, mil años atrás, habían cantado mientras bajaban por aquella misma montaña con las cadenas a cuestas, a hacerse pequeños.

Abajo, piedra, abajo.

Vuelve a la raíz donde naciste.

Yo bajo contigo.

Yo te llevo a casa.

El Eco de Piedra retrocedió.

Un brazo. Otro. Soltó la nieve de la explanada, soltó el borde roto del círculo. Se deslizó hacia atrás, hacia abajo, hacia la oscuridad del pozo, despacio, con los tres ojos ámbar fijos en el Ilvain que cantaba. Como un animal viejo y enorme que sigue a su pastor de vuelta al establo.

El Ilvain dio un paso hacia el círculo roto.

Detrás de él, muy arriba, la lanza de estrellas seguía tendida en el cielo. Pero ya no era perfecta. La primera estrella se había apartado dos dedos de su sitio, y la segunda empezaba a moverse también.

Quedaba poco. Muy poco.

Fen apretó a Aldric contra el pecho, miró por última vez la columna de luz del Umbral, el mar de claridad del otro lado que nunca iban a ver, y siguió al monstruo hacia la oscuridad.

Cantando.