Capítulo 21 — Hijo de Ithren
El Eco de Piedra salió del pozo como sale el sol de detrás de una montaña: despacio, inmenso, imposible de detener.
Primero las manos, agarradas al borde roto del círculo.
Luego los brazos, seis, uno tras otro, articulados en demasiados puntos, que se clavaron en la nieve de la explanada y la partieron hasta la roca.
Luego la cabeza. Una cabeza sin forma de cabeza, un peñasco de granito y musgo muerto del tamaño de una casa, con tres ojos ámbar ardiendo en la parte alta y una boca horizontal llena de dientes de montaña rota.
De su cuerpo colgaban todavía las cadenas de los Ilvain, partidas, arrastrándose sobre la nieve con un estrépito de campanas rajadas.
Y de entre las grietas de su piel de roca brotaba aquel resplandor sucio, lento, como el fuego visto a través del barro, que latía con el mismo pulso que la columna de luz del Umbral.
Dos caras de una misma herida. Aldric lo entendió al verlos juntos: el Eco no era un monstruo que buscara la luz. Era la sombra de la luz. Su reverso. Lo que quedaba debajo cuando alguien, mil años atrás, había querido nombrar lo que no tenía nombre.
El Eco se alzó sobre el borde del círculo, más alto que los siete picos de la corona, tapando las estrellas. Y rugió.
Esta vez sí. En la caverna de los Ilvain no había hecho ningún ruido, sólo el de la roca rompiéndose.
Pero ahora, libre de mil años de cadenas, a la luz de la aurora, abrió la boca en toda su anchura y de ella salió un sonido que no era un sonido: era un temblor de tierra hecho voz, un alud, el crujido de mil glaciares partiéndose a la vez.
La nieve de la explanada saltó en el aire.
Los siete picos se estremecieron. Y allá abajo, en el mundo de los hombres, en valles que dormían bajo la noche, los perros se despertaron aullando y los niños lloraron en sus cunas sin saber por qué.
Aldric, tendido en la nieve, sintió que se le deshacía lo poco que le quedaba de carne.
Y entonces el Ilvain cantó.
Ven, piedra, que te conozco.
Te conocí antes que a mi nombre.
Te vi abrirte en la raíz del monte
Cuando era tan pequeño que aún no hablaba.
Ven, piedra, que te nombro.
No como te nombraron los que te temían,
Sino como te nombra quien te ha visto dormir.
Duerme.
Duerme, que la luz no es tuya.
Duerme, que el mundo no te espera.
Duerme, que aquí estoy yo.
No era una canción de los hombres. No tenía rima ni compás.
Era la lengua de los Ilvain, que Fen nunca había hablado y que ahora le salía de la garganta como si la hubiera hablado siempre.
Cada palabra era una nota, y cada nota era un nombre, y cada nombre era una orden que la piedra no podía desobedecer, porque la piedra había aprendido a obedecer aquella lengua mil años antes de que existieran los hombres.
La voz del Ilvain llenó la cima. Grave, clara, inmensa. Vibró en la nieve y en la roca, en los siete picos, en la columna de luz. Y llegó al Eco de Piedra.
El monstruo se detuvo.
Tenía un brazo levantado, uno de los seis, a punto de descargarlo sobre la explanada donde yacía Aldric. Y se quedó así, con el puño de estalactitas suspendido en el aire, temblando. Los tres ojos ámbar parpadearon. La boca, abierta para rugir otra vez, se quedó abierta en silencio.
El Ilvain dio un paso hacia él. Luego otro. Cantando sin parar.
Duerme, que la luz no es tuya. Duerme, que aquí estoy yo.
El Eco retrocedió. Un palmo. Dos. Los seis brazos se aflojaron sobre el borde del círculo roto. La cabeza enorme bajó un poco, como la de un toro cansado. Y el resplandor ámbar que le brotaba de las grietas se atenuó, parpadeó, se volvió más lento.
Aldric lo miraba desde la nieve con los ojos muy abiertos. No podía creerlo. Su pequeño Fen, el que no sabía cocinar, el que le hervía los zapatos, el que le ponía nombre a las abejas, estaba de pie ante el monstruo más antiguo de la montaña, alto y luminoso, cantándole una nana.
Y el monstruo lo escuchaba.
Pero no se iba.
Aldric se dio cuenta pronto. Mucho antes que Fen.
Lo vio en los ojos del Eco, que se habían quedado quietos pero no apagados.
En los seis brazos, que se habían aflojado pero no soltaban el borde del círculo.
En el resplandor ámbar, que se había vuelto lento pero seguía latiendo, al mismo ritmo que la luz del Umbral.
El canto lo sujetaba. No lo vencía.
Y cada vez que el Ilvain tomaba aire entre dos versos, cada vez que la voz se le quebraba un instante de cansancio, el Eco volvía a empujar. Un palmo hacia arriba. Un brazo más fuera del pozo. Una grieta más en el borde del círculo.
Mientras yo esté abierto, él subirá —dijo el Umbral, desde arriba, sin cambiar de tono—. Tu voz lo detiene, hijo de Ithren. Pero una voz se cansa. Una voz se apaga. Tu padre lo sabía. Por eso no le cantó para siempre. Se quedó.
El Ilvain siguió cantando. Pero Aldric vio cómo se le tensaban los hombros al oírlo. Cómo le temblaba un poco la voz.
Cuando salga la última estrella, me cerraré —siguió el Umbral—. Y si él está fuera cuando me cierre, se quedará fuera. En tu mundo. Sin nadie que lo sujete.
El Ilvain miró hacia arriba sin dejar de cantar. La lanza de estrellas seguía tendida en el cielo, pero ya no estaba perfecta. La estrella del extremo, la primera que había llegado a su sitio, empezaba a apartarse. Muy despacio. Un pelo. Otro pelo.
Quedaba poco.
El Ilvain dejó de cantar un instante. Sólo un instante, lo justo para decir una frase, y el Eco empujó otra vez, y otro trozo del borde del círculo saltó por los aires.
—Es mi sitio —dijo, y su voz de campana sonó rota por primera vez—. Aldric, el hueco de la caverna. El de mi padre. Es mi sitio. Soy su hijo. Yo lo vacié. Yo tengo que llenarlo.
Aldric sintió que se le paraba lo poco que le quedaba de corazón.
—No.
—Tengo la voz. Tengo la sangre. Tengo su nombre dentro. Si bajo y ocupo su lugar, si me vuelvo piedra como él…
—No, Fen.
—…lo sujetaré para siempre. Como él. Y tú podrás bajar la montaña. Podrás volver a la cabaña y…
—¿Con qué piernas? —dijo Aldric, y su voz espesa sonó casi furiosa—. ¿Con qué brazos? ¿Con qué cara? Mírame, Fen. No voy a bajar ninguna montaña. No voy a volver a ninguna cabaña. Lo sabes.
El Ilvain no contestó. Volvió a cantar, porque el Eco había sacado un brazo más del pozo y la nieve se partía bajo su puño. Cantó con todas sus fuerzas, con lágrimas en los ojos, y el monstruo volvió a detenerse, temblando.
Aldric esperó a que tomara aire entre dos versos.
—Fen —dijo—. Lo que viste. Cuando el Umbral te llamó. Cuando se te puso aquella cara. ¿Qué te dijo tu padre?
El Ilvain siguió cantando. Pero Aldric vio que lo había oído, porque se le quebró la voz en mitad de una palabra.
—Te dijo algo —insistió Aldric—. Te lo vi en la cara. Antes de que bajaras de la montaña, cuando eras tan pequeño que aún no hablabas. Te tomó en brazos y te dijo algo. ¿Qué fue?
El Ilvain cerró los ojos. Durante un instante, sólo un instante, dejó de cantar. Y la frase le salió sola, en voz baja, casi un susurro, como la había oído mil años atrás junto al oído:
—“Tú no. Tú bajarás. Alguien tiene que quedar para acordarse de cómo se nombran las cosas”.
El Eco rugió y empujó. El borde del círculo se partió en dos. Un brazo gigantesco salió del pozo y se clavó en la nieve a cinco pasos de Aldric.
Y el Ilvain volvió a cantar, con más fuerza que nunca, desesperado, llorando, mientras el monstruo se detenía otra vez a un palmo de destrozarlos.
Pero la frase se había quedado flotando en el aire de la cima. Y Aldric, tendido en la nieve, la miraba como se mira una llave que por fin encaja en la cerradura.
—Ahí lo tienes —dijo en voz muy baja—. Tu padre ya lo decidió, Fen. Hace mil años. Él se quedó para que tú bajaras. Se rompió en la caverna para que tú llegaras hasta aquí. Mil años sosteniendo una cadena, para que su hijo pudiera volver a nombrar las cosas.
Se incorporó sobre un codo, con un crujido de roca.
—¿Y ahora vas a bajar tú a ocupar su sitio? ¿Vas a deshacer lo único que él quiso?
El Ilvain cantaba sin mirarlo. Pero las lágrimas le corrían por la cara luminosa como gotas de luz.
—Alguien tiene que quedar para acordarse de cómo se nombran las cosas —repitió Aldric—. Y ése eres tú. No yo. Yo no sé nombrar nada. Treinta años y ni siquiera supe preguntarte cómo te llamabas.
Levantó la mano de piedra. Con un esfuerzo enorme la acercó a la pierna larga y luminosa del Ilvain, que estaba de pie a su lado, y la dejó allí. No lo sentía. Pero lo tocaba.
—Yo sólo sé sostener —dijo—. Es lo único que he aprendido en esta montaña.
La primera estrella de la lanza se había apartado ya un dedo entero de su sitio.
Es una cosa extraña, y pocos la saben, que el amor más grande no siempre es el que retiene.
A veces es el que suelta. Los padres lo aprenden cuando los hijos se marchan, y los viejos cuando se despiden de los jóvenes.
Casi nadie lo aprende sin dolor, porque soltar se parece demasiado a perder, y sólo mucho después, cuando el dolor se asienta, se descubre que no eran lo mismo.
Fen lo aprendió en la cima de Ithrengard, con un monstruo delante y una estrella que se apartaba de su sitio.
—Escúchame —dijo Aldric, y esta vez no esperó a que el Ilvain tomara aire entre dos versos.
Habló por encima del canto, con la voz espesa y torcida, pero tan firme que la nieve pareció aquietarse para oírlo—.
Sin silencios. Te lo prometí en la cornisa.
Te dije que el último era aquél, y lo era. Así que ahora te lo digo todo.
El Ilvain siguió cantando. Pero Aldric vio que le temblaba la voz.