El Último de los Ilvain Capítulo 20 — El Nombre Dorado #2
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Capítulo 20 — El Nombre Dorado #2

La explanada tembló bajo sus pies, pero no con el temblor del Eco.

Fue otro: un estremecimiento largo y profundo, casi de alegría, como el de un perro viejo que oye por fin los pasos de su dueño en el camino.

Los siete picos de la corona vibraron. La nieve se levantó en polvo fino y quedó suspendida en el aire, brillando a la luz de la aurora.

Y muy lejos, en las entrañas de Ithrengard, cientos de estatuas con los brazos alzados sintieron pasar aquella voz a través de la roca, y durante un instante, un instante nada más, sus caras de piedra parecieron sonreír.

Te oigo —dijo el Umbral—. Ilyaren, hijo de Ithren. Has respondido.

Y la luz bajó sobre él.

Aldric lo vio todo. Tendido en la nieve, con el cuerpo casi entero de piedra y los ojos, que todavía eran suyos, muy abiertos. Nunca pudo contarlo bien. Pero nunca lo olvidó, y hasta el final, en la oscuridad, fue lo último que tuvo delante de los ojos.

La columna de la aurora se dobló. Bajó desde el cielo como baja una cascada, verde y oro y violeta, y envolvió a Fen de los pies a la cabeza. Durante un momento no se vio nada: sólo una figura pequeña y encorvada, de pelo gris, dentro de un torbellino de luz.

Luego la figura empezó a crecer.

No de golpe. Despacio, como crece un árbol en un sueño.

Los hombros encorvados se enderezaron. La espalda se alargó.

Las piernas, cortas y viejas, se estiraron como juncos que buscan el sol.

Los brazos se volvieron largos y finos, las manos se abrieron en dedos delgados y elegantes, y las manchas pardas del dorso se borraron como se borra la escarcha de un cristal cuando entra el sol.

El pelo gris dejó de ser gris: se volvió plateado primero, luego blanco, luego de un color que no era ningún color, una claridad pálida que brillaba por sí misma.

Y el tiempo salió de él.

Aldric lo vio salir. Todos los años que la grieta rota le había metido dentro, todos los inviernos y los veranos revueltos que había cargado para salvar a Aldric, se desprendieron de su cuerpo como hojas secas de un árbol en otoño.

Flotaron en el aire un instante, grises y marchitos, y la luz de la aurora se los llevó hacia arriba.

Las arrugas se alisaron. La piel se volvió tersa y luminosa, hecha de aquella luz delgada de la procesión de Ithren.

Y la espiral del tiempo de los Ilvain, que en la grieta rota se había abierto por primera vez para dejar entrar los años, volvió a cerrarse sobre sí misma, suave y perfecta, como se cierra una concha.

Cuando la luz se retiró, en la nieve no había un duende viejo.

Había un Ilvain.

Era alto. Más alto que cualquier hombre.

Tan alto que Aldric, tendido en el suelo, tuvo que girar la cabeza para verle la cara.

Esbelto como un junco, sereno como un lago, hecho de una claridad pálida que brillaba en la noche sin necesidad de aurora.

Tenía el rostro alargado, los ojos rasgados, las orejas finas y puntiagudas.

Era, en todo, igual a las estatuas de la caverna.

Igual a la procesión de la grieta rota. Igual a Ithren.

Y era hermoso. Tan hermoso que dolía mirarlo.

Aldric se quedó mirándolo con la boca abierta, la mitad que podía abrir, sin respirar.

El Ilvain se miró las manos. Largas, finas, luminosas. Las giró despacio a la luz de la aurora, como quien mira algo que no reconoce. Se tocó la cara. Se tocó las orejas. Se miró los pies, muy lejos allá abajo, hundidos en la nieve. Luego se volvió hacia Aldric.

Y Aldric vio sus ojos.

Eran del color de la corteza cuando llueve. Con algo verde en el fondo que ahora se veía aunque no hubiera fuego cerca, porque la luz le salía de dentro.

Y en la frente, entre las cejas finas como trazos de pluma casi seca, se le había juntado un pliegue. Pequeño. Torcido hacia la izquierda.

Aldric soltó el aire de golpe. Algo le tembló en la mitad de la cara que todavía era carne. Se le llenaron los ojos de lágrimas y le corrieron por la mejilla de carne y por la de piedra, igual, sin distinguir.

—Ahí está —susurró—. Ahí está. El pliegue.

El Ilvain cayó de rodillas en la nieve junto a él.

—Aldric —dijo, y su voz de campana hizo temblar el aire—. Aldric, mírame. ¿Soy yo? ¿Sigo siendo yo?

Aldric lo miró largo rato, como había aprendido a mirarlo.

—Tienes los ojos del color de la corteza cuando llueve —dijo—. Las orejas se te están moviendo ahora mismo, primero la izquierda y luego la derecha. Tienes una cicatriz blanca debajo de la barbilla. —Hizo una pausa—. Y estás preocupado por un viejo testarudo. Se te nota en la frente.

El Ilvain se llevó la mano larga y luminosa a la barbilla. La cicatriz seguía allí, fina y blanca, la del día que se cayó del tejado remendando la paja. La luz de la aurora había borrado mil años de reducción y un siglo de tiempo robado, pero aquella cicatriz pequeña la había respetado.

—Eres tú —dijo Aldric—. Claro que eres tú. Aunque midas tres metros y hables como una campana.

El Ilvain se echó a reír. Una risa que resonó en los siete picos como un repique de bodas.

Y luego, sin dejar de reír, se echó a llorar, y lloró con aquella voz nueva, inmensa, que hacía temblar la nieve.

Y se inclinó, alto como era, y abrazó al viejo de piedra tendido en la nieve, con cuidado, con muchísimo cuidado, como se abraza algo que puede romperse.

Has cruzado, Ilyaren —dijo el Umbral, desde arriba—. No necesitas entrar en mí. Tu cruce era volver a ser lo que eras. Y lo eres.

El Ilvain levantó la cabeza.

Tu voz es libre. Ya no está atada a nadie. Puedes hablar por ti, cantar por ti, nombrar lo que quieras. Lo que tu pueblo perdió, el último lo ha recobrado.

Una pausa.

Pero el paso aún no está pagado.

Y en ese momento, como si la montaña hubiera estado esperando esas palabras, el rugido del Eco estalló debajo de ellos. No lejos ni a medio camino. Justo debajo.

El círculo negro se estremeció como el parche de un tambor golpeado por un puño gigante.

En la superficie lisa y perfecta, que no había tenido una sola grieta en mil años, se abrió una.

Una línea fina, recta, del borde al centro.

Por ella escapó un hilo de resplandor ámbar, sucio y caliente, que olía a tierra removida y a raíces podridas.

Otro golpe. Otra grieta. Y otra.

El Ilvain se puso en pie de un salto, con una agilidad que nunca había tenido ni de joven, y se colocó entre Aldric y el círculo con los brazos abiertos, como se había puesto una vez, pequeño y ridículo, entre Aldric y el puño del Eco en la caverna.

Una vez más, Ilyaren —dijo el Umbral—. La misma pregunta que a todos. La que te toca a ti.

La luz se inclinó hacia él.

¿Qué estás dispuesto a dejar atrás para entrar completo?

El Ilvain no dudó. Ni un instante. Se volvió hacia la luz con los ojos encendidos, alto y luminoso, con la voz de su pueblo en la garganta, y respondió con una fuerza que hizo vibrar la montaña entera:

—Nada. A nadie. No dejo a nadie atrás.

El Umbral se quedó en silencio.

Y debajo de ellos, con un estruendo como el de un mundo partiéndose en dos, el espejo negro estalló.

No del todo. Sólo por el borde. Un trozo de piedra pulida saltó por los aires y cayó rodando por la nieve. Y por el agujero que dejó, entre el resplandor ámbar y el humo y el olor a tumba abierta, asomó algo.

Una mano. Una mano enorme de roca gris y musgo muerto, de dedos largos como estalactitas, que se agarró al borde del círculo roto y apretó. La piedra crujió bajo su presa. De la muñeca colgaba todavía un eslabón de cadena Ilvain, partido.

Luego asomó otra mano.

Y entre las dos, subiendo despacio desde la oscuridad del pozo, se abrió un ojo. Ámbar. Sucio. Lento. Encendido como una hoguera.

Y miró al Ilvain.

Igual que lo había mirado una vez, mil años antes, desde el fondo de una grieta recién abierta, un niño pequeño sentado en el regazo de su madre.

Lo reconoció.