Capítulo 20 — El Nombre Dorado
Hay nombres que se dan y nombres que se ganan.
Hay nombres que se gastan de tanto usarlos,
Como las monedas o los escalones,
Y nombres que se guardan tanto tiempo
Que se olvida hasta que existieron.
Pero hay un nombre, uno solo,
Que no se da ni se gana ni se gasta.
Es el que ya eras antes de que nadie te llamara.
Y cuando alguien lo pronuncia por fin,
Después de mil años de silencio,
No suena como una palabra.
Suena como una puerta que se abre por dentro.
Ilyaren.
Eso fue lo que dijo el Umbral.
Fen no lo oyó con los oídos. Lo oyó con todo lo demás.
Con la sangre, que se le detuvo en las venas y luego echó a correr en sentido contrario, como un río que se acuerda de su fuente.
Con los huesos, que vibraron como las cuerdas de un arpa tocada por una mano muy grande.
Con el hilo dorado del dedo, que estalló en una luz tan viva que iluminó la nieve de la explanada hasta los siete picos de la corona.
Y con algo más hondo que la sangre y los huesos, algo que no tenía nombre en ninguna lengua de los hombres y que en la de los Ilvain se decía con la misma palabra que raíz y que principio.
Ilyaren.
No era un nombre como Fen. Fen era barro de pantano en las piernas de un bicho empapado, una palabra dicha al azar en la puerta de una cabaña por un hombre que no sabía qué otra cosa decir. Era pequeño, tibio, suyo, como una manta vieja.
Ilyaren era otra cosa. Era grande. Era antiguo.
Era una palabra que se había dicho por primera vez en lo alto de aquella misma montaña, hacía mil años, bajo un cielo que todavía no tenía estrellas con nombre humano.
Y cuando el Umbral la pronunció, Fen sintió que dentro de ella había otras palabras dobladas, como los pliegues de una tela, y que se estaban abriendo una tras otra.
Ilyaren, el que nombra lo que no tiene nombre.
Ilyaren, el más pequeño.
Ilyaren, hijo de Ithren.
Fen se quedó sin aire.
Lo vio todo a la vez, sin orden, como se ve el fondo de un lago cuando de pronto se aclara el agua.
Vio una sala de piedra en lo alto de la montaña, antes de que la montaña se llamara Ithrengard.
Vio figuras altas, esbeltas como juncos, hechas de luz delgada, reunidas en círculo y hablando en voz baja con caras graves.
Vio que tenían miedo. Vio lo que temían: una grieta en el corazón de la roca, recién abierta, de la que subía un resplandor ámbar y sucio, y un latido.
Los Ilvain la habían abierto. Buscando algo.
Queriendo llegar más hondo, saber más, nombrar lo que había debajo de todas las cosas.
Y habían despertado algo que no tenía nombre y no lo quería.
Vio cómo decidían. Vio cómo el más alto de todos, el de rostro sereno y orejas finas, el que conocía de piedra rota en una caverna, se ponía de pie y decía que había que cerrarlo.
Que la única cadena lo bastante fuerte para sostenerlo era la de su propia altura.
Que tendrían que dejarla allí, en la piedra, para siempre.
Y vio a un niño.
Pequeño. Muy pequeño, aunque todavía no reducido, del tamaño que tienen los niños Ilvain cuando aún no han aprendido a hablar.
Estaba sentado en el regazo de una figura de luz con las orejas finas y los ojos del color de la corteza cuando llueve, y miraba hacia arriba, hacia el rostro sereno de Ithren, sin entender nada.
Vio cómo Ithren lo tomaba en brazos. Vio cómo se inclinaba sobre él y le susurraba algo al oído. Y lo oyó, mil años después, en la cima de la misma montaña: Tú no. Tú bajarás. Alguien tiene que quedar para acordarse de cómo se nombran las cosas.
Vio al Tejedor, con sus muchas manos, recibiendo un hilo dorado de manos de Ithren y guardándolo muy hondo en un rincón del tapiz.
Vio al niño bajando la montaña solo, cada vez más pequeño con cada paso, a medida que la reducción caía sobre él como caía sobre todo su pueblo.
Sin voz. Sin nombre. Sin recuerdos. Sólo con el tiempo en espiral de su sangre, que no lo dejaba envejecer, doblándose sobre sí mismo una y otra vez, un siglo y otro y otro, mientras vagaba mudo por los valles de los hombres buscando una puerta que se abriera.
Mil años.
Mil años vagando, hasta una noche de tormenta y una cabaña al pie de una colina, y un viejo cascarrabias que le dijo: Puedes quedarte si me ayudas con el fuego.
Fen volvió a la nieve de golpe, jadeando, con la cara bañada en lágrimas.
Aldric lo miraba desde el suelo. No sabía lo que Fen había visto, pero le había visto la cara mientras lo veía, y eso le bastaba.
—Ithren —susurró Fen, con la voz rota—. Aldric. Ithren era…
No pudo terminar. Pero Aldric lo entendió.
Fen vio que lo entendía, que en su cabeza cansada iban encajando las piezas: la estatua más grande del círculo, la inscripción, el ojo de piedra caído en el suelo, del tamaño de Fen, con una oreja fina y puntiaguda igual a la suya.
Y la estatua que se movía por primera vez en mil años cuando Fen apretaba contra el pedestal la palma ensangrentada y gritaba su nombre.
No se había movido porque la llamara un Ilvain cualquiera. Se había movido porque la llamaba su hijo.
Aldric cerró los ojos. De la mitad de su cara que todavía era carne cayó una lágrima que se perdió en la barba blanca.
—Te estaba esperando —susurró—. Mil años con los brazos alzados. Y cuando por fin llegaste…
—Se rompió para salvarme.
—Para salvarnos —dijo Aldric—. Para salvarnos a los dos.
Ilyaren —volvió a decir el Umbral, y la montaña tembló con su voz—. Hijo de Ithren. El último. Te he llamado.
Una pausa inmensa.
Responde.
Fen abrió la boca.
Y no le salió nada.
No era como en la galería de los pactos, donde la palabra le faltaba. La palabra estaba allí, dorada y ardiente, en el fondo de su garganta, en la punta de su lengua, esperando. No le faltaba el nombre. Le faltaba la voz.
Lo intentó otra vez. Tomó aire con todas sus fuerzas, empujó desde el pecho, desde el vientre, desde los pies. Sólo le salió un soplo. Un roce áspero de aire contra la garganta rota, sin sonido, sin forma.
Lo intentó otra vez. Y otra.
Nada.
El pánico le subió por el pecho como el agua fría. Se llevó las manos a la garganta. Miró a Aldric con los ojos desorbitados.
Y entonces entendió por qué.
No era sólo la herida del Lago Blanco, la cuerda que se le había roto al cantar.
Era algo más viejo. Mucho más viejo. Lo decían las crónicas, lo había dicho él mismo sobre el hielo, abrazado a Aldric: Nuestra voz quedó atada.
Sólo podemos hablar al servicio de otro.
Sin alguien a quien servir, somos mudos.
Un Ilvain no podía hablar por sí mismo.
Y responder a su propio nombre era lo único en el mundo que un Ilvain no podía hacer por nadie más que por sí mismo.
Fen se quedó inmóvil en la nieve, con la boca abierta y las manos en la garganta, bajo la luz inmensa del Umbral, mientras el nombre le ardía dentro sin salida. Mil años esperando para oírlo. Y cuando por fin lo llamaban, no podía contestar.
Responde —repitió el Umbral. No había impaciencia en su voz. Sólo la constancia de una ley—. Si no respondes antes de que salga la última estrella, el nombre se quedará conmigo. Y tú serás lo que eres ahora hasta el final de tus días.
La montaña rugió. Más cerca. El estrépito de las cadenas rotas golpeando las paredes del pozo ya se oía con toda claridad, subiendo, subiendo.
Fen miró a Aldric con los ojos llenos de lágrimas y negó con la cabeza. No puedo, dijo sin voz. No puedo. No puedo.
Aldric se incorporó.
Fen no supo nunca de dónde sacó las fuerzas.
Ya no le quedaba casi nada de carne: la piedra le cubría los brazos, los hombros, el cuello, media cara.
Pero se incorporó sobre un codo en la nieve, despacio, con un crujido de roca que resonó en la explanada, y se acercó a Fen hasta que sus caras estuvieron a un palmo.
—Escúchame —dijo, con su voz espesa y torcida—. Escúchame bien, Fen. ¿Te acuerdas de lo que te dije aquella noche en la cabaña? ¿La primera?
Fen asintió sin voz. Puedes quedarte si me ayudas con el fuego.
—Te até con eso —dijo Aldric—. Sin saberlo. Te di algo a quien servir, y eso te dio la voz. Treinta años hablando porque me servías a mí. —Tomó aire con esfuerzo—. Pues ahora te pido una última cosa. La última que te voy a pedir en la vida. Es un servicio. Es para mí.
Fen lo miró.
—Contesta —dijo Aldric—. No por ti. Por mí. Porque yo te lo pido. Porque quiero verte. Porque he cruzado una montaña entera para verte ser lo que eres, y no me voy a ir sin verlo.
Le apoyó la frente de piedra contra la frente arrugada.
—Ayúdame con el fuego, Fen. Una última vez.
Y Fen sintió que algo se soltaba en su garganta.
Igual que aquella noche de tormenta, en la puerta de la cabaña, cuando un viejo con cara de fastidio le había dado algo a quien servir y la voz le había brotado sola, la primera palabra de su vida, gracias.
Igual. Algo se soltó, algo muy viejo, atado hacía mil años con una cadena invisible, y la voz subió desde el fondo de su pecho como sube el agua de una fuente cuando por fin alguien aparta la piedra.
No era por él. Era por Aldric. Era el último servicio.
Y por eso podía decirlo.
Fen se volvió hacia la luz. Se puso de pie en la nieve, viejo, cojo, con el pelo gris y las manos manchadas, delante de la columna de la aurora, que lo miraba desde mil años de altura. Abrió la boca.
Y respondió.
—Ilyaren.
La voz que salió de su garganta no era la suya.
O sí lo era, pero no la que había tenido nunca.
No era el soplo roto del Lago Blanco, ni el graznido cascado de los últimos días, ni siquiera la voz ligera y rápida de las mañanas en la cabaña, la de un desayuno tiene derecho a oler como quiera.
Era otra. Honda. Clara. Sonaba como una campana tocada en un valle al amanecer, y como el viento en un bosque de pinos viejos, y como el agua de un río de montaña al romper contra las piedras. Todo a la vez.
Y la piedra la oyó.