El Último de los Ilvain Capítulo 19 — La Primera Pregunta #2
76%

Capítulo 19 — La Primera Pregunta #2

Se quedó callado mucho rato. La montaña tembló otra vez bajo ellos. Y Fen, tendido en la nieve con el peso de Aldric sobre el pecho, oyó cómo el viejo respiraba despacio, ronco, como quien se prepara para levantar algo muy pesado.

Luego Aldric volvió la cabeza hacia la luz.

Hacia el mar de claridad del otro lado, las torres de memoria, los bosques de preguntas respondidas, la biblioteca inmensa donde mil sabios leían en voz baja.

Lo miró por última vez. Fen vio cómo lo miraba: largo, despacio, con toda la cara, la de carne y la de piedra.

Como se mira por última vez una casa en la que uno ha sido feliz, antes de cerrar la puerta y echar a andar.

Luego apartó la vista.

—A ti —dijo.

La luz se quedó quieta.

—Dejo atrás a ti —repitió Aldric, más fuerte, con su voz espesa y torcida—.

Setenta años llamando a tu puerta. Setenta años leyendo tu nombre en libros prohibidos, calculando tus estrellas, soñando con lo que había detrás.

Te dejé la juventud. Te dejé a mi maestro, que se marchó a buscarte y no volvió.

Te dejé a la única persona que me quiso, sentada a mis pies durante treinta años, mientras yo miraba hacia arriba buscándote a ti.

—Se le quebró la voz—. Ya está. Ya te he visto.

Eres más hermoso de lo que imaginé. Y no te quiero.

El Umbral no dijo nada.

Fen tampoco. Tenía la cara mojada y no sabía desde cuándo.

Nadie me había dejado atrás a mí —dijo al fin la voz, y había en ella algo que no había estado antes: asombro.

Un asombro inmenso y antiguo, como el de una montaña que ve moverse por primera vez a una de sus piedras—.

En mil aperturas, nadie. Todos me han dejado algo: un nombre, un recuerdo, un amigo, un hijo. Pero a mí nadie me ha dejado.

—Pues ya ves —dijo Aldric—. Siempre hay una primera vez.

La mitad de su boca que aún se movía se torció en algo muy parecido a una sonrisa.

La montaña volvió a rugir, y esta vez el rugido no se apagó.

Se quedó sonando, grave y continuo, como un trueno atrapado dentro de la roca.

Fen lo sentía en la espalda, en los codos, en los dientes.

Y debajo del rugido, cada vez más cerca, cada vez más claro, el estrépito de las cadenas rotas golpeando las paredes del pozo.

—Está subiendo —susurró Fen—. Aldric, está subiendo.

—Lo sé.

Siempre sube —dijo el Umbral, con la calma de lo que ha visto el mismo invierno mil veces—.

Cada vez que me abro, lo que duerme abajo despierta.

Somos la misma herida, él y yo. Una boca arriba y otra abajo.

Cuando yo respiro, él respira. Cuando yo me abro, él trepa hacia la luz.

—La columna de luz osciló—. Por eso los tuyos se quedaron abajo, pequeño.

Por eso eligieron hacerse pequeños y dejar su altura en la piedra.

Para que cada cien años yo pudiera abrirme sin que él saliera conmigo al mundo.

Mil años han sostenido esa cadena. Mil años sin fallar.

Una pausa.

Hasta que uno de ellos se rompió para salvar a dos viajeros en una caverna.

Fen sintió que se le helaba la sangre. Ithren. La estatua de Ithren, cayendo sobre el Eco con los brazos cerrados como en un abrazo. El hueco en el círculo mayor. Ese hueco no se iba a volver a llenar.

Por su culpa. Por su sangre en la piedra. Por su tropiezo.

—¿Y si llega arriba? —susurró, aunque ya sabía la respuesta.

Saldrá por mí —dijo el Umbral—. Al mundo de los hombres. No me corresponde impedirlo. Yo no tengo manos. Sólo pregunto.

Aldric se apartó de Fen con un esfuerzo enorme. Rodó sobre la nieve hasta quedar boca arriba, junto al borde del círculo, con la cara vuelta hacia la luz. Respiraba con dificultad. La piedra le había subido por la mejilla izquierda hasta el pómulo, y la barba de ese lado era granito puro.

—Una pregunta más —dijo—. Me debes una. Yo he contestado la tuya.

Pregunta.

—“Uno cruza. El otro paga el paso”. —Aldric tomó aire—. Está escrito en una piedra de los Ilvain. Lo dijo el anciano del pozo. Lo vimos en tu espejo. ¿Qué significa pagar el paso?

El Umbral tardó en responder. Cuando lo hizo, su voz sonó más baja, casi grave, como la de quien recita una ley muy vieja que no escribió él.

Me abro para dos —dijo—. Siempre para dos. Uno cruza: recibe lo que vino a buscar, entra en lo que debía ser. El otro paga: da a la herida lo que la herida necesita para seguir cerrada. Porque cada vez que alguien cruza, la herida se abre un poco más. Y alguien tiene que cerrarla.

—¿Y qué necesita la herida?

Depende de lo que le falte. —La luz se inclinó hacia el pozo, hacia el estruendo que subía—. A veces le falta tiempo, y el que paga se queda sin sombra, caminando en círculos, dándole sus años. A veces le falta memoria, o voz, o un nombre. Esta noche…

No terminó. No hizo falta.

Esta noche, a la herida le faltaba un guardián. Un hueco en un círculo de estatuas. Alguien que sostuviera la cadena de piedra que Ithren había sostenido durante mil años.

Alguien de piedra.

Fen se incorporó de golpe. Miró a Aldric tendido en la nieve.

Le miró el brazo gris, el hombro gris, el cuello gris, la mitad gris de la cara.

Y entendió. Lo entendió todo a la vez, como se entiende un relámpago: la carta debajo de la piedra, el último silencio, hay una diferencia entre que te dejen atrás y quedarse, la paz extraña en la cara del viejo aquella mañana junto a la ventana.

—No —dijo.

Aldric no lo miró. Seguía mirando la luz.

—No —repitió Fen, más fuerte, y la voz rota le salió como un graznido—. No, no, no. Aldric, mírame. Mírame.

Aldric volvió la cabeza despacio. Lo miró. Tenía los ojos llenos de lágrimas, pero tranquilos.

—Todavía no, Fen —dijo en voz muy baja—. Todavía no. Primero lo tuyo.

—¡No quiero lo mío! ¡No quiero nada! ¡Si para que yo sea lo que era tú tienes que…!

—Fen.

Fen se calló.

—Me estoy muriendo —dijo Aldric, despacio, con su voz espesa—.

Mañana o pasado, aquí o abajo, en la nieve o en la cabaña.

Ya lo hemos hablado. Lo único que puedo elegir es para qué.

—Levantó la mano de piedra con un esfuerzo terrible y la apoyó en la rodilla de Fen—.

Déjame elegir. Por una vez en mi vida, déjame dar algo en lugar de recibirlo.

Tú me lo has dado todo. Déjame devolverte algo.

Fen negó con la cabeza. No podía hablar. Tenía la garganta cerrada.

—Y además —siguió Aldric, y la mitad de su boca se curvó otra vez—, me lo he ganado. He estado toda la vida practicando para ser una estatua. Pregúntale a cualquiera. Treinta años sentado en el mismo sillón sin moverme.

Fen soltó algo a medio camino entre un sollozo y una carcajada. Se tapó la cara con las manos viejas.

En ese momento algo subió por el pozo.

No era el Eco. Era más pequeño, mucho más pequeño, y más ligero.

Subió con la corriente de aire caliente que empujaba el monstruo desde abajo, atravesó la superficie del círculo negro como si fuera agua y salió flotando a la luz de la aurora.

Se meció en el aire, despacio, como una pluma. Luego bajó.

Era un hilo.

Un hilo corto, del largo de un brazo, y no era de un solo color.

Eran dos, trenzados tan juntos que desde lejos parecían uno: uno dorado, como la luz de la tarde sobre la hierba, y otro gris con una veta de plata.

Brillaban los dos. Cantaban los dos, muy bajito, cada uno su nombre, y los dos nombres se mezclaban en el aire en una sola canción.

Se posó sobre la mano de piedra de Aldric, que seguía apoyada en la rodilla de Fen. Y se quedó allí.

Fen lo miró sin poder respirar. Lo reconoció. Lo había visto en el telar del Tejedor, subiendo por el tapiz, entrelazándose vuelta a vuelta. Y había visto también, más arriba, la mano quieta con las tijeras de hueso abiertas, esperando.

Pero el hilo no estaba cortado. Seguía entero. El Eco había destrozado el telar, había arrancado la trama, había hecho caer mil nombres al vacío, y el hilo trenzado de Fen y de Aldric había subido hasta ellos. Entero. Sin cortar.

Quizá el Tejedor lo había salvado a propósito, con la última de sus muchas manos. Quizá había sido suerte. Fen no lo sabría nunca.

Aldric tampoco dijo nada. Miró el hilo sobre su mano. Luego miró a Fen. Y Fen vio en sus ojos que había decidido, que llevaba decidido desde la ventana de la aguja, y que nada de lo que él dijera lo iba a cambiar.

La montaña rugió otra vez, tan fuerte que el círculo negro se estremeció como un tambor.

Ya es la hora —dijo el Umbral, y su voz llenó la cima entera—. La herida se abre. El que duerme abajo está a medio camino. Y yo sólo estaré abierto hasta que la última estrella salga de su sitio.

La luz se apartó de Aldric.

Y se volvió, por fin, hacia Fen.

Fen sintió todo su peso encima: la inmensidad, la antigüedad, la paciencia sin fondo de algo que había estado abierto y cerrado mil veces antes de que él naciera.

Sintió cómo le ardía el hilo dorado en el dedo.

Sintió cómo le quemaba el nombre en la garganta, quieto y caliente, esperando, esperando, igual que había esperado mil años en un rincón del tapiz del Tejedor.

Y el Umbral, que en mil aperturas no había llamado a nadie por su nombre porque nadie lo tenía guardado tanto tiempo, habló. No preguntó. Llamó.

Y dijo un nombre.