Capítulo 19 — La Primera Pregunta
No tiene puertas, porque no las necesita.
No tiene manos, porque nunca ha tomado nada:
Son los que suben quienes le entregan lo que traen.
No es cruel, ni es amable.
Es como el mar, o como el tiempo,
Que estaban antes y seguirán después.
Se abre una vez cada cien años,
Conoce el nombre de todos los que llegan
Y a todos les hace la misma pregunta,
Tan sencilla que parece una cortesía,
Tan honda que nadie la ha contestado
Sin dejar algo suyo en la nieve.
La voz no se oía. Se sabía. Llegó a Fen como llega la certeza de que está amaneciendo antes de abrir los ojos: por la piel, por la sangre, por un rincón del pecho que no tenía nombre.
Era inmensa y muy antigua, pero no era cruel ni amable.
Era como el mar o como el tiempo: estaba ahí, y había estado siempre, y seguiría estando cuando ellos ya no estuvieran.
Fen no pudo moverse. Se quedó sentado en la nieve con la cara vuelta hacia la columna de luz, sintiendo cómo el hilo dorado le ardía en el dedo, cómo el nombre verdadero le quemaba en la garganta rota, cómo toda su sangre de mil años se volvía hacia aquella luz igual que las flores se vuelven hacia el sol.
Fue Aldric quien respondió.
Se incorporó contra el cuerpo de Fen con un esfuerzo que le hizo crujir la piedra del cuello.
Alzó la cabeza hacia la aurora. Y habló con su voz espesa y torcida, que ya sólo le salía por media boca, pero con una claridad que Fen no le había oído nunca: la claridad de un hombre que ha ensayado una frase durante toda la vida sin saber que la estaba ensayando.
—Aldric Vann —dijo—. Hijo de Oren y de Mirabel. Nacido en Vado Largo, a orillas del Lisse. Alumno de Halvard Morn. —Tomó aire—. Buscador del Umbral.
La luz se inclinó hacia él. No se movió, porque no tenía forma para moverse, pero Fen sintió que se inclinaba, como se inclina una madre hacia la cuna de un niño que habla dormido.
Te conozco —dijo el Umbral—. Te vi subir.
Aldric se quedó quieto.
Te vi a los dieciocho años, en una casa junto a un estanque, leyendo mi nombre en un libro que tu maestro te había prohibido.
Te vi a los treinta, mirando las estrellas desde un tejado con una vela y un lápiz, calculando cuándo volvería a abrirme.
Te vi a los cincuenta, abriendo la puerta a un pequeño empapado en una noche de tormenta.
Te vi a los setenta, dejando de mirarlo.
Te vi esta noche en el bosque, arrastrándote para buscarlo.
—Una pausa, larga como un invierno—. Llevas setenta años llamando a mi puerta, Aldric Vann.
Setenta años. Pocos han llamado tanto tiempo. Pocos han llamado tan fuerte.
A Aldric le temblaba la mitad de la cara que aún era suya.
—¿Y qué hay al otro lado? —preguntó. Fen oyó en su voz algo que llevaba días sin oír: hambre. El hambre antigua, la de sus libros, la de sus noches sin dormir, la que le había robado la juventud—. ¿Qué es lo que vine a buscar?
El Umbral se lo mostró.
Fen lo vio también, aunque no fuera para él. La columna de luz se abrió como se abre una cortina, y a través de ella, durante un instante que duró un siglo, se vio el otro lado.
No era un reino, ni un palacio, ni un paraíso de los que cantan los bardos.
Era un lugar donde las cosas eran lo que eran del todo.
Un mar de luz que se extendía hasta donde no había horizonte, y en el mar, islas de pensamiento, torres de memoria, bosques hechos de preguntas que por fin tenían respuesta.
Figuras altas caminaban por la orilla. Ilvain, o algo como Ilvain, esbeltas como juncos y hechas de claridad.
Y más allá de ellas, más lejos, otras formas que Fen no supo nombrar: grandes, lentas, luminosas, que parecían haber estado allí antes que el mundo.
Y había un murmullo. Un murmullo inmenso, como el de una biblioteca donde mil sabios leen en voz baja a la vez.
Era el sonido de todo lo que se sabe. De todo lo que se había sabido y se sabría.
Cada estrella con su nombre. Cada piedra con su historia.
Cada pregunta que Aldric se había hecho en setenta años de noches en vela, con su respuesta, esperándolo.
Fen miró a Aldric. El viejo tenía los ojos llenos de aquella luz.
Tenía la boca abierta, la mitad que podía abrir.
Y en su cara había una expresión que Fen conocía, porque la había visto en el reflejo del espejo negro, cien años atrás, en la cara de un hombre de barba oscura que se ponía de pie sin ayuda.
Anhelo. Hambre. Años y años de deseo acumulado.
Fen sintió que el corazón se le encogía en el pecho.
Todo esto es tuyo —dijo el Umbral—. Si entras. Todo lo que buscaste. Todo lo que no supiste. Todo lo que Halvard no llegó a ver. Te está esperando.
Aldric no respondió. Seguía mirando.
Fen quería gritar. Quería agarrarlo del brazo de piedra y sacudirlo y decirle mírame, mírame a mí, no a eso.
Pero no podía moverse. Y además, no tenía derecho.
Aquello era lo que Aldric había buscado toda la vida.
Aquello era la razón de todo el viaje. De la cabaña abandonada, del fuego apagado, del bosque, de la niebla, de los monstruos.
¿Quién era él para pedirle que no lo mirara?
Así que no dijo nada. Se quedó sentado en la nieve, mirando a Aldric mirar el otro lado del mundo.
Y entonces la luz se volvió hacia él.
¿Y tú?
Fen dio un respingo. La presencia del Umbral estaba ahora sobre él, inmensa, ineludible, como el peso del cielo entero sobre la cabeza.
¿Quién eres tú, pequeño viejo que no tienes sombra de nombre?
Fen abrió la boca. Por costumbre, por treinta años de costumbre, estuvo a punto de decir Fen. Lo tuvo en la lengua. Era el nombre que Aldric le había dado en la puerta de la cabaña, por el barro de pantano en las piernas. El nombre que había defendido en el telar del Tejedor. Suyo.
Pero se lo tragó.
Porque el Umbral lo sabía. Lo sabía igual que lo había sabido el Tejedor.
Y porque la voz de la piedra y la voz del Tejedor coincidían: el Umbral lo llamará por su nombre verdadero.
Y si responde… Y Fen entendió, con una claridad que le llegó de la sangre y no de la cabeza, que no le tocaba a él decir quién era. Le tocaba esperar a que lo llamaran.
Así que cerró la boca. Y no dijo nada.
La luz se quedó un momento suspendida sobre él. Fen sintió cómo lo estudiaba, cómo lo sopesaba, cómo tocaba con dedos invisibles el hilo dorado de su dedo.
Sabes callar —dijo el Umbral, y había en su voz algo parecido a la aprobación—. Bien. Tu pueblo sabía. Aún no es tu hora, pequeño. Primero él.
Y la luz se volvió otra vez hacia Aldric.
Fue entonces cuando la montaña volvió a rugir.
Más fuerte que antes. Mucho más fuerte. El estruendo subió por el pozo de la aguja como una ola por un acantilado, y la explanada entera se sacudió bajo ellos.
Fen cayó de lado en la nieve. Aldric, sin poder sostenerse, se desplomó sobre él.
En los siete picos de la corona, rocas enteras se desprendieron y cayeron dando tumbos al vacío.
Y en la columna de luz, por un instante, algo cambió.
La luz se volvió hacia abajo.
Fen lo vio en el borde del círculo, donde la columna tocaba la piedra negra. El espejo ya no reflejaba sólo el cielo. Reflejaba también el pozo. Lo que había debajo. Como si el círculo fuera una ventana abierta en las dos direcciones a la vez.
Y por esa ventana, muy abajo, en la oscuridad del pozo de la aguja, se veía algo que subía.
Era enorme. Llenaba el pozo de pared a pared.
Trepaba con seis brazos articulados en demasiados puntos, clavando dedos como estalactitas en la roca negra, arrancando pedazos de pared a cada movimiento.
Tenía tres ojos ámbar encendidos como hogueras.
Y de su cuerpo de roca y musgo muerto colgaban todavía los restos de las cadenas de los Ilvain, rotas, arrastrándose tras él, golpeando las paredes del pozo con un estrépito de campanas partidas.
El Eco de Piedra. Subiendo hacia la luz.
Y en su camino, Fen vio con un horror que le heló la sangre la plataforma del Tejedor. El telar. La gran tela de mil colores. Las muchas manos, alzadas en el aire, quietas, esperando la llegada del monstruo.
El Eco la atravesó como si fuera papel.
El telar estalló. La plataforma se partió en dos.
Y los hilos de nombres, miles, millones, todos los nombres de todos los que habían subido a aquella montaña en mil años, se soltaron de la trama y cayeron por el pozo hacia la oscuridad como una lluvia dorada, plateada, roja, azul, gris, cantando cada uno su nombre en un último susurro, apagándose uno a uno en la caída.
Fen no pudo ver si el Tejedor se había salvado. La luz se apartó del pozo antes.
Pero Aldric sí lo había visto. Fen lo supo por la forma en que se le quedó quieto el cuerpo encima de él.
Por la forma en que dejó de mirar el otro lado del mundo, el mar de luz, la biblioteca inmensa de todas las respuestas, y volvió la cabeza hacia abajo.
Hacia el pozo. Hacia el monstruo que subía.
Hacia el hueco que había quedado en el círculo de estatuas, allá abajo, en el lugar donde antes estaba Ithren.
Ahora —dijo el Umbral, y su voz no había cambiado, como si el rugido de la montaña no fuera con él—. Ahora la pregunta, Aldric Vann. La misma que le hice al primero.
La luz se inclinó hacia el viejo tendido en la nieve.
¿Qué estás dispuesto a dejar atrás para entrar completo?
Dicen los sabios de los hombres que a cada uno le llega, una vez en la vida, una pregunta para la que se ha estado preparando sin saberlo.
Y dicen también que casi nadie la reconoce cuando llega, porque viene disfrazada de otra cosa: de oferta, de amenaza, de simple conversación junto al fuego.
Pero a Aldric Vann le llegó sin disfraz, en la cima del mundo, bajo una aurora que no había visto ningún hombre vivo, y la reconoció al instante.
Llevaba setenta años esperándola. Y en ese momento se dio cuenta de que la respuesta que tenía preparada ya no le servía.