El Último de los Ilvain Capítulo 18 — El Espejo Negro #2
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Capítulo 18 — El Espejo Negro #2

Fen sabía qué. Lo había leído en la primera página de aquella historia, sin saber que era la suya.

¿Qué estás dispuesto a dejar atrás para entrar completo?

El hombre de la barba oscura no dudó. Se volvió despacio. Miró al muchacho, que seguía sentado en la nieve, con la cara vuelta hacia arriba, llorando de alegría.

Y lo señaló.

No dijo nada. No hacía falta. Sólo extendió el brazo y lo señaló con el dedo, como quien señala un fardo que ya no necesita.

El muchacho dejó de sonreír.

Fen vio cómo le cambiaba la cara. Primero no entendió.

Luego sí. Y luego… luego ocurrió algo que Fen no supo describir nunca con palabras.

La sombra del muchacho, que se extendía sobre la nieve a la luz de la aurora, se despegó de sus pies.

Se quedó en el suelo, quieta, mientras él se ponía de pie de un salto y echaba a correr hacia el hombre.

Y el muchacho corría, pero no avanzaba, y mientras corría su cara cambiaba: era joven, luego adulta, luego vieja, luego joven otra vez, luego las tres a la vez, superpuestas, borrosas, rotas.

El hombre de la barba oscura entró en la luz.

No se volvió a mirar. Ni una sola vez. Entró en la columna verde y dorada y se deshizo en ella como el azúcar en el agua caliente, y la aurora se lo llevó hacia arriba, hacia el ojo del remolino, hacia el otro lado del mundo.

El muchacho se quedó en la nieve, con la mano tendida hacia la luz que se cerraba. Gritaba. Fen no oía nada, pero vio la forma de la boca, abierta en una sola palabra, repetida una y otra vez:

¡Espera! ¡Espera! ¡Espera!

La luz se apagó. El círculo volvió a ser negro.

Y el muchacho, solo en la explanada, con tres caras y ninguna sombra, se volvió despacio hacia el borde de la corona, hacia la cornisa, hacia la escalera de la aguja, y empezó a bajar.

Hacia el pozo donde lo encontrarían, cien años después, caminando en círculos.

El reflejo se borró.

En el espejo negro volvió a aparecer el cielo. Sólo el cielo.

Ninguno de los dos habló durante mucho rato.

Fen tenía la cara mojada y no se había dado cuenta. Aldric miraba el círculo con los ojos muy abiertos, con la mitad de la cara de piedra inmóvil y la otra mitad temblando.

—Lo dejó —susurró Fen al fin—. Lo cargó toda la montaña. Y lo dejó.

—Sí.

—Ni siquiera lo miró.

—No.

Fen se volvió hacia Aldric. Lo miró de frente, con los ojos llenos de lágrimas, con el pliegue torcido hacia la izquierda más marcado que nunca.

—Yo no te voy a dejar atrás —dijo—. ¿Me oyes? Me pregunte lo que me pregunte esa luz. No te voy a señalar. Nunca.

Aldric no respondió enseguida. Levantó la vista hacia el cielo, hacia la lanza de estrellas, y Fen vio que en la mitad de su cara que todavía se movía había algo muy parecido a una sonrisa.

—Ya lo sé, Fen —dijo, con la voz espesa—. Ya lo sé.

—Entonces…

—Pero hay una diferencia —siguió Aldric, muy despacio— entre que te dejen atrás y quedarse.

Fen se quedó quieto.

—¿Qué quieres decir?

Aldric no contestó. Lo miró, y en sus ojos grises había una ternura tan grande y tan triste que Fen tuvo que apartar la vista.

El último silencio. Lo había prometido.

El último rayo de sol se apagó en el oeste.

Fen lo vio desaparecer detrás de las montañas, un hilo de oro que se afinaba hasta no ser nada. Y en el momento exacto en que se apagó, en el momento exacto en que el mundo quedó a oscuras bajo el remolino de nubes, la última estrella de la lanza encontró su sitio.

La alineación se completó.

No hubo ruido. Durante un instante sólo hubo un silencio absoluto, tan hondo que Fen oyó su propio corazón y el ronquido lento de la respiración de Aldric. El viento se detuvo. El remolino de nubes se quedó inmóvil sobre sus cabezas, como un torbellino congelado. Hasta el canto del círculo calló.

Luego el espejo negro se encendió.

No fue como en el reflejo. Fue mil veces más grande, más brillante, más real.

La superficie negra se volvió blanca, luego verde, luego dorada, y de su centro brotó la columna de luz.

Subió hacia el cielo con un rugido silencioso que Fen no oyó con los oídos, sino con la sangre.

Se abrió arriba en el ojo del remolino en cortinas de aurora que se derramaron por el cielo nocturno, ondulando, temblando, verde y oro y violeta, de un horizonte al otro.

El mundo entero se iluminó. Los siete picos de la corona.

La nieve de la explanada. La cara de Aldric, mitad carne y mitad piedra, bañada en luz.

El hilo dorado del dedo de Fen se encendió como una llama.

Y en ese mismo instante, debajo de ellos, la montaña rugió.

No fue la luz. Fue algo que venía de abajo, de muy abajo, de las raíces de Ithrengard.

Un estruendo sordo y profundo que subió por el pozo de la aguja, atravesó la roca y los hizo temblar hasta los huesos.

Fen sintió cómo la explanada entera se estremecía bajo sus pies.

En los siete picos de la corona, piedras sueltas se desprendieron y cayeron rodando al vacío.

Aldric cerró los ojos. Lo había sentido en la espalda de piedra, con toda claridad, a través del borde del círculo.

Allá abajo, en la caverna de los Ilvain, una cadena acababa de romperse.

El Eco de Piedra había abierto los ojos. Por primera vez en mil años, había rugido.

Y arriba, en la columna de luz, entre las cortinas de la aurora, algo se movió.

Fen no pudo verlo, porque no tenía forma.

Era sólo la luz haciéndose más densa en un punto, a la altura de sus ojos, como un rostro que se inclina para mirar a alguien muy pequeño.

Y cuando habló, la voz no salió de ninguna parte y salió de todas: inmensa, antigua, paciente, hecha del mismo canto que llevaban días oyendo. Ahora tenía palabras.

¿Quién llega a mi umbral?