Capítulo 18 — El Espejo Negro
Llegaron al círculo negro cuando el sol ya tocaba el borde del mundo.
Fen cruzó la explanada despacio, con la nieve crujiendo bajo sus pies viejos, y a cada paso el canto se hacía más hondo, más grave, más cercano.
Ya no le vibraba sólo en los dientes y en los huesos.
Le vibraba en el hilo dorado del dedo, que ardía ahora con una luz tan viva que proyectaba sombras sobre la nieve.
Le vibraba en la garganta rota, donde el nombre verdadero esperaba, quieto y caliente, como una brasa guardada en el puño.
Le vibraba en el pecho, donde no sabía que había espacio para tanto.
Aldric, a su espalda, no decía nada. Respiraba despacio, con un ruido ronco y áspero que a Fen no le gustaba.
Se detuvieron al borde del círculo.
Era perfecto. Redondo como una luna llena, del tamaño de un estanque de aldea, tallado en una piedra tan negra y tan pulida que no parecía piedra sino agua quieta en una noche sin viento.
Ni una grieta, ni una marca, ni un grano de nieve se posaba en su superficie.
Y en ella se reflejaba el cielo entero: el remolino de nubes girando en los bordes, el ojo despejado en el centro, la lanza de estrellas alineadas que apuntaba hacia abajo como un dedo.
Pero no se reflejaban ellos.
Fen se asomó. Buscó su propia cara en el espejo negro, su pelo gris, sus arrugas nuevas, la silueta de Aldric a su espalda. No había nada. Sólo el cielo, profundo y lejano, como si el círculo no fuera una superficie sino un agujero abierto al otro lado del mundo.
—No nos ve —susurró.
—Todavía no —dijo Aldric. La voz le salió espesa, torpe, como si hablara con la boca llena—. Todavía no es la hora.
Fen lo desató y lo ayudó a sentarse en la nieve, al borde del círculo, con la espalda apoyada en su propio cuerpo para que no se cayera. Luego se sentó a su lado. Y sólo entonces, a la luz dorada del último sol, vio lo que le había pasado a Aldric durante la subida.
La piedra le había llegado a la cara.
Le subía por el cuello en vetas grises, le cubría la mandíbula del lado izquierdo, le había alcanzado la comisura de los labios.
La mitad de la barba blanca parecía tallada en granito.
Cuando Aldric hablaba, sólo se le movía la mitad de la boca, y las palabras le salían torcidas, arrastradas, como las de un hombre que ha sufrido un golpe.
Fen se quedó mirándolo. No dijo nada. Aldric le devolvió la mirada con los ojos, que todavía eran suyos, grises y cansados.
—No me duele —dijo, con esa voz nueva, espesa—. De verdad. Ya no me duele nada.
Fen le tomó la mano. La de piedra. Se la apretó fuerte, aunque sabía que Aldric no lo sentía.
Esperaron.
El sol se hundió detrás de las montañas del oeste, despacio, como se hunde una moneda en el agua.
El cielo pasó del oro al rojo, del rojo al violeta, del violeta a un azul tan profundo que casi era negro.
El viento de la corona se calmó poco a poco, hasta que no quedó ni un soplo.
Y en el silencio que dejó, el canto del círculo llenó la explanada entera, suave y constante, como la respiración de alguien muy grande que duerme a punto de despertar.
Fen apoyó la cabeza en el hombro de piedra de Aldric.
Tenía miedo. Mucho miedo. Más que en el bosque, más que en la niebla, más que frente a la boca de la sierpe.
Porque aquellas veces el miedo tenía forma: una bestia, una voz, un abismo.
Esta vez el miedo no tenía forma. Era sólo una puerta que iba a abrirse, y una pregunta que iba a hacerse, y un nombre que iba a pronunciarse una sola vez.
Y una carta doblada, debajo de una piedra, en el fondo de su mochila.
—Aldric.
—¿Mm?
—Lo que tienes que hacer. Lo que no me puedes decir.
Aldric no contestó.
—¿Es aquí? ¿Esta noche?
Pasó un momento largo. Luego Aldric habló, muy despacio, eligiendo cada palabra con el cuidado de quien camina sobre hielo delgado.
—Esta noche, sí.
Fen cerró los ojos.
—¿Te vas a morir?
La pregunta se quedó flotando en el aire quieto de la explanada.
Fen la había tenido atascada en la garganta desde la cornisa de los Corvantos.
Desde antes. Desde la galería de los pactos, desde la grieta rota, desde el pozo de los Sinlumbre.
Llevaba días sin atreverse a hacerla, y ahora que la había hecho, tenía la sensación de haber tirado de un hilo que iba a deshacerlo todo.
Aldric tardó mucho en contestar.
—Me estoy muriendo, Fen —dijo al fin—. Desde el bosque de Velhar.
Desde que encendí aquel fuego. Tú lo sabes.
Lo sabes desde que viste las vetas por primera vez.
—Hizo una pausa y respiró con dificultad—.
Lo que tengo que hacer no es morirme. Eso va a pasar de todos modos, lo haga o no.
Lo que tengo que hacer es que sirva para algo.
Fen apretó los ojos con fuerza. No lloró. No quería llorar. Todavía no.
—No quiero que te mueras.
—Lo sé.
—No quiero.
—Lo sé, Fen. Lo sé.
Aldric levantó la mano de piedra con un esfuerzo enorme, porque ya casi no le obedecía, y la apoyó sobre la cabeza de Fen, sobre el pelo gris y lacio. No la movió. No podía. Sólo la dejó allí, pesada como una bendición.
Se quedaron así mucho rato, sentados al borde del círculo, con las estrellas alineándose sobre sus cabezas.
Fue Aldric quien lo notó primero.
No con los oídos, que ya le fallaban, ni con los ojos, que miraban el cielo.
Lo notó en el cuerpo. En la piedra. Porque desde que se había sentado en la nieve, su espalda estaba apoyada contra el borde del círculo negro, y a través del borde le llegaba algo que Fen, con su cuerpo de carne, no podía sentir.
Un latido.
El mismo de la noche anterior, el que había sentido subir por el pozo de la aguja al dejar caer el guijarro.
Lento, hondo, poderoso. Pero ahora mucho más fuerte, mucho más cerca, y más seguido.
Ya no esperaba un largo rato entre latido y latido.
Latía cada poco, como el corazón de alguien que se está despertando de un sueño muy largo.
Y venía de debajo del círculo.
Aldric bajó la vista hacia la superficie negra. Hacia el cielo reflejado en ella. Y comprendió, con un escalofrío que le recorrió lo poco que le quedaba de carne, lo que había debajo.
El círculo no estaba tallado sobre la cima de la aguja. Era su tapa.
El pozo central de la torre, el que atravesaba la plataforma del Tejedor y bajaba y bajaba hasta las raíces de la montaña, subía también hasta allí arriba.
Terminaba justo debajo de sus pies. El círculo negro era la boca del pozo, sellada con una piedra tan perfecta que parecía un espejo.
Y del otro lado de esa boca, abajo del todo, en la oscuridad sin fondo, estaba la caverna de los Ilvain.
El círculo de estatuas con los brazos extendidos.
El hueco donde había estado Ithren. Y el Eco de Piedra, despertándose.
Dos caras de una misma herida. Arriba, la puerta. Abajo, el monstruo. Y en medio, un solo pozo que las unía.
Cuando el Umbral se abriera, no se abriría sólo hacia arriba.
—Fen —dijo Aldric, y la voz le salió tan espesa que Fen tuvo que inclinarse para entenderlo—. Fen, mira el círculo.
Fen miró.
El reflejo había cambiado. El cielo se había borrado de la superficie negra como se borra el vaho de un cristal, y en su lugar, poco a poco, estaba apareciendo otra cosa. No era el cielo, ni ellos, ni nada que estuviera allí.
Era la misma explanada, cubierta de nieve y bañada en luz de estrellas. Pero no era de ahora.
En el reflejo, dos figuras cruzaban la explanada hacia el círculo. Una cargaba a la otra a la espalda. La que cargaba era joven, de pelo revuelto y nariz torcida, con una cicatriz pequeña en la ceja izquierda.
Fen dejó de respirar.
—Es él —susurró—. El muchacho del pozo. Hace cien años.
El círculo negro les estaba enseñando la última vez que se había abierto.
Hay cosas que no deberían verse nunca, y la peor de todas es el final de una historia ajena que se parece demasiado a la propia.
Fen lo supo aquella noche, sentado al borde del espejo negro.
Y aunque vivió muchos años después y vio muchas cosas hermosas y terribles, nunca olvidó lo que le enseñó el círculo.
En el reflejo, el muchacho cruzaba la explanada.
Caminaba despacio, tambaleándose, con la cabeza gacha contra el viento.
El hombre que llevaba a la espalda era mayor que él, de hombros anchos y barba oscura, y tenía los ojos cerrados y la cara gris del agotamiento.
Fen lo reconoció al instante, aunque sólo lo había visto una vez y de refilón, en la grieta rota: era el que iba cargado en aquella visión del verano, el que no hablaba, el que tenía la cabeza caída.
—Ya casi —decía el muchacho en el reflejo. No se oía su voz, pero Fen le leía los labios, porque conocía esas palabras de memoria—. Ya casi. Aguanta. Ya casi llegamos.
Llegaron al círculo. El muchacho desató al hombre y lo sentó en la nieve, en el mismo sitio donde estaba sentado Aldric ahora. Exactamente en el mismo sitio. Se sentó a su lado. Le puso la mano en el hombro.
Y esperaron. Igual que ellos.
Fen se dio cuenta de que tenía la mano de Aldric apretada con tanta fuerza que le dolían los nudillos.
En el reflejo, el cielo cambió. La lanza de estrellas se completó.
El círculo se encendió. Y de su centro brotó una luz: una columna pálida, verde y dorada, que subió hacia el ojo del remolino y se abrió en el cielo en cortinas ondulantes, como una aurora.
El muchacho y el hombre alzaron la cara hacia ella, los dos con la boca abierta, los dos iluminados.
Y la luz habló.
Fen no oyó la voz. Pero vio lo que les hizo a los dos.
Vio cómo el hombre de la barba oscura, que había llegado hasta allí con los ojos cerrados y la cara gris, se ponía de pie.
Solo. Sin ayuda. Como si la voz le hubiera devuelto las fuerzas de golpe.
Vio cómo miraba la luz con una expresión de hambre, de anhelo, de años y años de deseo acumulado. Y vio cómo la luz le preguntaba algo.