Capítulo 17 — Los Corvantos #2
Se arrastró. Con los codos, con los brazos de piedra que no sentía, dejando un surco en la nieve de la cornisa, se interpuso entre el gran cuervo y la mochila antes de que el pájaro diera el segundo paso.
Y se quedó allí, tendido sobre la roca, con el cuerpo encima de la solapa abierta, mirando hacia arriba a la cabeza gris del guardián, que ahora estaba tan cerca que podía oler su aliento: un olor seco, de plumas viejas y de metal.
—Eso no —dijo—. Eso no es vuestro.
Todo lo que sube a esta corona es nuestro hasta que se paga —susurró el coro—. Tú mismo lo aceptaste.
—Acepté pagar. No acepté que eligierais vosotros.
Nosotros no elegimos. Sólo vemos. —El gran cuervo ladeó la cabeza, y sus ojos blancos se posaron en Aldric con algo parecido a la curiosidad—.
Y vemos lo que hay debajo de esa piedra, mago.
Vemos cuánto te costó escribirlo. Toda una noche, con un solo dedo.
Vemos las lágrimas que emborronaron las palabras. Vemos lo que dice.
Aldric se puso pálido.
Fen, a su espalda, se había quedado muy quieto. Miraba a Aldric, miraba la mochila, miraba al cuervo. No entendía nada, y a la vez empezaba a entender algo, y ese algo le estaba helando la sangre.
—Aldric —susurró—. ¿Qué hay en mi mochila?
Aldric no se volvió.
—¿Qué escribiste?
—Fen, por favor…
—Sin silencios. Lo prometimos. ¿Qué escribiste?
Aldric cerró los ojos. Durante un momento largo no dijo nada, y el viento de la corona silbó entre los siete picos, y los cien cuervos esperaron sin moverse.
—Algo para después —dijo al fin, muy bajo—.
Algo que no puedo decirte ahora. No porque no quiera, sino porque si te lo digo, no me dejarás hacer lo que tengo que hacer.
—Abrió los ojos, pero siguió sin volverse—.
Es el último silencio, Fen. El único. Te lo juro por Halvard, por Ithren, por Gustavo, por todo lo que hemos perdido en esta montaña.
Después de esto, no habrá más. Pero éste te lo pido.
Déjame guardarlo. Hasta que llegue el momento.
Fen no respondió. Aldric no podía verle la cara. Pero oyó su respiración, entrecortada y rota, y supo que estaba llorando.
Luego oyó un susurro, tan débil que casi se lo llevó el viento:
—Está bien.
Nada más. Aldric sintió que algo se le rompía en el pecho, justo debajo de la piedra.
Muy conmovedor —dijo el coro, y no había burla en su voz, sólo una especie de cansancio antiguo—. Pero la corona no se paga con conmoción. Si no nos das lo que hay en la mochila, tendrás que darnos algo que te duela más. Y no hay nada que te duela más, mago. Lo sabemos.
—Sí lo hay.
Aldric levantó la mano derecha. La que todavía tenía cinco dedos.
La acercó a los ojos blancos del cuervo y extendió el índice, el dedo que había rozado la estela de los Sinlumbre en la sala del pozo, el que tenía en la punta aquella mancha rosada, del tamaño de una lenteja, de piel viva.
Lo único que le quedaba de piel viva en todo el cuerpo.
—Esto —dijo—. Es lo último que siento. Con esto le toqué la cara a Fen en el pozo de los Sinlumbre y sentí que estaba caliente.
Con esto le toqué la frente anoche, en el pliegue que se le hace cuando se preocupa por mí.
Es lo único que me queda para saber que está ahí.
—Le tembló la voz—. Después, será como tocarlo a través de una pared. Para siempre.
El gran cuervo se quedó mirando el dedo mucho rato.
Fen, a su espalda, había dejado de respirar.
—No —susurró—. Aldric, no. Dales la carta. Dales lo que sea, pero eso no…
—Es mío, Fen. Y lo doy yo.
El cuervo inclinó la cabeza a un lado. A otro. Los ojos blancos brillaron, revolviendo, sopesando, midiendo. Y Aldric sintió aquellos dedos fríos dentro de él, buscando, comparando el peso del papel doblado con el peso de aquella lenteja de piel.
Sí —dijo al fin el coro, en voz muy baja—. Esto duele más.
El gran cuervo acercó el pico.
Lo hizo despacio, con una delicadeza que Fen no habría creído posible en un ser tan enorme. La punta negra y curva, afilada como una hoz, rozó apenas el dedo índice de Aldric, justo en la mancha rosada. Un roce. Nada más. Como un beso.
Y la mancha se volvió gris.
Fen lo vio. Vio cómo el color rosado se apagaba desde los bordes hacia el centro, como una brasa que se enfría, hasta que no quedó nada. Sólo piedra. Gris, lisa, opaca, igual que el resto de la mano. Igual que el resto del brazo, del hombro, del cuello.
Aldric no hizo ningún ruido. Se quedó mirando su dedo. Luego, muy despacio, lo levantó y lo acercó a la mejilla de Fen, que se había arrodillado a su lado sin darse cuenta.
Lo apoyó en su cara. Esperó.
No sintió nada.
Fen vio cómo le cambiaba la cara. No fue un gesto de dolor ni de sorpresa, sino algo más callado y más terrible: la expresión de un hombre que tiende la mano hacia una puerta que ha abierto mil veces y se encuentra con un muro.
Se le llenaron los ojos. Pero no lloró. Mantuvo el dedo allí, sobre la mejilla de Fen, sin sentirla, porque retirarlo habría sido admitir que ya no servía.
Fen le tomó la mano de piedra con las dos suyas, viejas y manchadas. Se la apretó contra la cara. Contra la mejilla, contra la frente, contra el pliegue torcido hacia la izquierda.
—Yo sí lo siento —susurró con su voz rota—. Yo lo siento por los dos. Todos los días que queden. Te lo prometo.
Aldric cerró los ojos. Se quedaron así mucho tiempo, arrodillados en la cornisa, en la cima del mundo, rodeados de cien cuervos inmóviles.
Cuando se levantaron, los Corvantos se apartaron.
No volaron. Se hicieron a un lado en silencio, en los salientes de la cornisa y en los nidos de los picos, abriendo un camino entre sus cuerpos grises, y se quedaron allí, con las alas plegadas y la cabeza gacha, mientras Fen cargaba a Aldric a la espalda y echaba a andar.
Cuando pasaron junto al gran cuervo, el guardián habló por última vez. No con el coro. Esta vez fue una sola voz, la suya, grave y cansada, que sólo Fen oyó.
Último de los Ilvain.
Fen se detuvo.
Tu pueblo nos pidió que esperáramos al último —susurró el cuervo—.
Hace mil años. Nos dijo que un día llegaría uno pequeño, cargando a alguien a la espalda, y que ese día sabríamos que nuestra guardia estaba terminando.
—Los ojos blancos se posaron en el hilo dorado de su dedo—.
Llevamos mil años esperándote. No pensábamos que fueras tan viejo.
—Yo tampoco —susurró Fen.
El cuervo inclinó la cabeza. Fue una reverencia. Profunda, lenta, la reverencia de un guardián ante su señor. Y en los siete picos, los cien Corvantos la repitieron a la vez, bajando las cabezas grises hasta tocar la roca con el pico.
Fen no supo qué hacer. Inclinó la cabeza también, torpemente, y siguió andando.
La cornisa rodeaba el primer pico, subía por el segundo y bajaba entre el tercero y el cuarto.
El viento soplaba cada vez con más fuerza, y la roca bajo los pies de Fen temblaba de vez en cuando con un latido lento y hondo que venía de muy abajo, de las raíces de la montaña.
Fen lo sentía en los pies. Aldric, a su espalda, lo sentía en el pecho de piedra. Ninguno de los dos habló de él.
Tampoco hablaron de la carta. Fen sentía su peso en la mochila, debajo de la piedra, tan liviano que no pesaba nada y tan pesado que le doblaba la espalda. No la había mirado. No la iba a mirar. Lo había prometido.
Pero mientras caminaba, se repetía una y otra vez las palabras de Aldric. Si te lo digo, no me dejarás hacer lo que tengo que hacer.
¿Qué tenía que hacer Aldric?
No se atrevió a preguntar.
El sol bajaba. El remolino de nubes sobre sus cabezas giraba cada vez más deprisa, más oscuro en los bordes, más brillante en el centro.
Y en el ojo de cielo despejado, las estrellas ya no eran una línea: eran una lanza de luz blanca, tendida de un lado a otro del firmamento, que apuntaba hacia abajo como un dedo hacia la explanada del centro de la corona.
Al doblar el último pico, la vieron.
La explanada de nieve brillaba a cincuenta pasos, redonda y perfecta, bañada en la luz pálida de las estrellas alineadas.
No había nada en ella. Ni puerta, ni arco, ni columnas.
Sólo nieve, y en el centro, un círculo de piedra negra del tamaño de un estanque, liso como un espejo, que reflejaba el cielo.
Y del círculo salía el canto.
El mismo que habían oído en el Lago Blanco, pero ahora tan cerca que Fen sentía su vibración en los dientes, en los huesos, en el hilo dorado de su dedo, que había empezado a brillar con una luz cálida y viva, como una brasa soplada.
El canto ya no era lejano ni suave. Era una voz. Inmensa y paciente. Esperando.
Aldric apoyó la frente contra la nuca de Fen.
—Ya estamos —susurró.
Fen no contestó. Se quedó al borde de la explanada, con el viejo a la espalda y el sol hundiéndose en el oeste, mirando el círculo negro que reflejaba las estrellas.
Detrás de ellos, en los siete picos de la corona, los cien Corvantos alzaron el vuelo a la vez, sin un sonido, y se fueron. Por primera vez en mil años.