Capítulo 17 — Los Corvantos
Salieron de la aguja por arriba, por donde nadie había salido en cien años.
La escalera terminó en un último arco estrecho, abierto hacia el cielo, y más allá sólo había viento. Viento y roca negra, y un vacío que caía por todas partes a la vez, porque habían llegado tan alto que la aguja ya no tenía más montaña alrededor. Estaban en su punta. O casi.
Fen se asomó con cuidado, con Aldric a la espalda, y vio lo que quedaba del camino.
La cima de la aguja no era una punta afilada sino una corona.
Siete picos de roca negra se alzaban en círculo alrededor de un hueco central, como los dedos de una mano que se cierra, y en el hueco, justo debajo del ojo del remolino de nubes, había una explanada redonda y lisa, cubierta de nieve, que brillaba con una luz propia, pálida y quieta.
Desde el arco donde estaban hasta esa explanada no había más que una cornisa estrecha que rodeaba por fuera el primero de los siete picos, subía por el segundo y se perdía entre ellos.
Y en los picos había nidos.
Eran enormes. Fen tardó en entender lo que veía, porque al principio le parecieron montones de ramas secas amontonadas en los salientes de la roca, como los restos de un incendio.
Luego vio que las ramas eran troncos enteros, arrancados de raíz en algún bosque lejano y traídos hasta allí. Y entre los troncos brillaban cosas.
Cosas pequeñas, cosas de metal y de cristal, de tela y de hueso.
Anillos. Colgantes. Un espejo de mano. Una muñeca de trapo con un solo ojo de botón.
Una espada rota con la empuñadura de plata.
Libros hinchados por la lluvia. Una flauta.
Una trenza de pelo rubio atada con una cinta roja.
Cientos de objetos, miles, incrustados en los nidos como piedras preciosas en un collar, brillando débilmente a la luz gris de la mañana.
No había ninguno que Fen hubiera querido tocar. Todos le parecieron tristes.
—Son de viajeros —dijo Aldric en voz baja—. De los que subieron antes que nosotros.
—¿Y qué les pasó?
Aldric no contestó.
El silencio llegó antes que ellos,
Como llega la sombra antes que la nube.
Ningún pájaro cantaba en aquellas alturas,
Y cuando por fin miraron hacia arriba,
El cielo ya no era cielo:
Era plumas, cientos de ellas,
Girando despacio
Como una promesa que tarda en cumplirse.
No graznaban. Sólo miraban.
Y esperaban a que alguno de los dos ofreciera
Algo que doliera perder.
Bajaron del remolino de nubes en espiral, lentos, sin batir las alas, dejándose llevar por el viento como hojas secas.
Eran cuervos, o algo que alguna vez había sido cuervo, pero de un tamaño que ningún cuervo del mundo de los hombres había tenido nunca: el más pequeño era más grande que un caballo, y el más grande, que bajó el último, tenía unas alas tan anchas que su sombra cubrió los siete picos a la vez.
Tenían el plumaje gris, del gris de la ceniza fría, y los picos negros y curvos como hoces. Y los ojos…
Los ojos eran lo peor. No eran negros como los de los cuervos. Eran blancos. Blancos y lisos, sin pupila, como piedras pulidas por un río, y cuando se posaban en algo, ese algo parecía volverse transparente.
Se posaron en los nidos, en los salientes de los picos, en la cornisa por donde Fen tenía que pasar. Decenas. Cientos. Plegaron las alas enormes con un ruido de velas que se arrían y se quedaron quietos, mirándolos.
Nadie graznó.
Fen sintió que Aldric apretaba los brazos alrededor de su cuello.
—No los mires a los ojos —susurró el viejo.
—¿Por qué?
—Porque te ven por dentro. Eso dicen los libros. Ven lo que llevas. No en la mochila: lo que llevas de verdad.
Fen bajó la vista. Pero ya era tarde. Lo había sentido en cuanto lo miraron: una especie de frío que no le tocaba la piel sino algo más hondo, como si unos dedos invisibles le estuvieran revolviendo el corazón en busca de algo.
Recuerdos. Deseos. Miedos. Todo lo que tenía, puesto sobre una mesa, a la vista de cien ojos blancos.
El cuervo más grande, el de las alas que tapaban el cielo, bajó de su pico y se posó en la cornisa, a diez pasos de ellos, justo en el sitio por donde tenían que pasar. La roca crujió bajo su peso. Plegó las alas despacio. Y habló.
No con el pico. La voz salió de todos a la vez, de los cien cuervos posados en los siete picos, en un susurro áspero y seco como el viento entre las hojas muertas:
Nadie pasa sin dejar algo.
Fen tragó saliva. Le dolió la garganta.
Somos los guardianes de la corona —siguió el coro de susurros—. Los Ilvain nos ataron aquí antes de hacerse pequeños. Nos pidieron que no dejáramos llegar al Umbral a nadie que no supiera lo que cuesta llegar. Y la única manera de saber lo que cuesta algo es perderlo.
Así que cobramos.
El gran cuervo inclinó la cabeza a un lado, y sus ojos blancos se posaron en Fen.
Un objeto por cada viajero. No cualquiera.
El que más os duela dejar. Si nos dais algo que no os duele, lo sabremos.
Si nos engañáis, lo sabremos. Y si no nos dais nada…
—Todos los cuervos, a la vez, abrieron las alas un palmo, con un ruido como de trueno lejano—.
…el viento de la corona es muy fuerte, y la caída es muy larga. Muchos lo han comprobado.
Fen miró los nidos. Miró la muñeca de trapo con un solo ojo, la trenza rubia, la flauta. Y comprendió, con un escalofrío, que no todos los objetos de los nidos habían sido ofrendas. Algunos eran lo único que había quedado de sus dueños.
—Está bien —dijo Aldric en voz alta, y su voz sonó firme, casi tranquila—. Pagaremos.
Fen se volvió a mirarlo por encima del hombro. El viejo tenía la cara pálida, pero los ojos serenos.
—¿Qué les vamos a dar?
—Lo que nos pidan. —Aldric le apretó el hombro con la mano de piedra—. Hemos pagado cosas peores, Fen. Podemos pagar esto.
Fen fue primero.
Desató a Aldric y lo sentó con cuidado contra la roca del arco, fuera del alcance de la cornisa.
Luego se quitó la mochila y la abrió. Dentro no quedaba casi nada: el odre vacío, la última manzana, la manta doblada.
La piedra de los Ilvain envuelta en su trapo, arriba de todo.
Y debajo, apretado en el fondo, algo blando y deshilachado que llevaba cargando desde la cabaña, a pesar de todo, a pesar de los bosques y las cavernas y los lagos helados.
El cojín.
El cojín que había sido un abrigo, y que tenía la forma exacta de treinta años de uso.
Hundido justo donde debía estar hundido.
Fen lo había defendido contra Aldric la última noche en la cabaña con un argumento que no admitía réplica: me duele la espalda si no lo llevo, amo.
Y lo había cargado todo el camino, aunque pesara, aunque ocupara sitio, aunque nunca lo hubiera sacado de la mochila ni una sola vez.
Porque era lo único de la cabaña que quedaba.
Lo único que olía a fuego y a té de ortiga.
Lo único que conservaba, en sus fibras gastadas, la forma de su cuerpo sentado a los pies de un sillón.
Lo sacó. Lo sostuvo un momento contra el pecho.
Luego caminó por la cornisa hasta el gran cuervo, con las rodillas temblando, y lo dejó en el suelo delante de él.
El cuervo lo miró largo rato con sus ojos blancos. Fen sintió otra vez aquellos dedos fríos revolviéndole por dentro, buscando, sopesando.
Treinta años —susurró el coro—. Treinta años sentado a los pies de alguien que no te miraba. Treinta años esperando. —Una pausa—. Sí. Esto duele.
El cuervo se inclinó, tomó el cojín en el pico con una delicadeza sorprendente y alzó el vuelo. Lo llevó hasta el nido más alto, en el séptimo pico, y lo dejó allí, entre una espada rota y un libro hinchado por la lluvia. Luego volvió a posarse en la cornisa.
Fen se quedó mirando el nido, donde un bulto deshilachado y pardo, que alguna vez había sido un abrigo, esperaría ahora para siempre entre los tesoros perdidos de otros.
No lloró. No le quedaban lágrimas para un cojín. Pero volvió junto a Aldric con los hombros caídos, y Aldric no le dijo nada, sólo le tomó la mano cuando se sentó a su lado.
Ahora el viejo —dijo el coro.
Aldric se incorporó cuanto pudo contra la roca. Metió la mano en el bolsillo del abrigo y sacó algo pequeño que Fen no reconoció al principio: el cabo de lápiz de grafito, gastado hasta no ser más largo que un dedo.
—Llevo cuarenta años con esto —dijo—. Con él calculé la alineación. Con él anoté todo lo que sé de las estrellas. Es lo único que me queda de…
No.
El susurro fue seco, cortante. El gran cuervo había girado la cabeza. Pero no miraba a Aldric.
Miraba la mochila de Fen, abierta en el suelo junto a ellos.
No es eso lo que más te duele perder, mago. Lo sabes tú y lo sabemos nosotros. —Los ojos blancos se entrecerraron—. Lo que más te duele está ahí dentro. Debajo de la piedra.
Fen se volvió hacia la mochila sin entender.
—¿Debajo de la piedra? —susurró—. Ahí no hay nada. Sólo…
Alargó la mano hacia la solapa.
—¡No!
El grito de Aldric resonó entre los siete picos como un trueno. Fen se quedó helado, con la mano en el aire. Nunca había oído a Aldric gritar así. Ni en el bosque, ni en la niebla, ni frente al Eco de Piedra.
Los cien cuervos giraron la cabeza hacia el viejo a la vez.
Y el gran cuervo, despacio, sin prisa, avanzó un paso por la cornisa hacia la mochila abierta.
Hay momentos en que un hombre que ha sido cobarde durante toda su vida descubre que no lo era tanto.
Casi nunca llegan cuando uno los espera, ni en el campo de batalla, ni frente al dragón, ni en ninguno de los grandes escenarios que cantan las baladas.
Suelen llegar en lugares pequeños y ridículos, delante de una mochila abierta, al borde de un abismo, cuando lo único que se juega es una hoja de papel doblada.
Así le llegó a Aldric Vann.