Capítulo 16 — La Última Noche #2
Pero Ithren ya no estaba en su sitio. Su estatua se había roto sobre el Eco para salvarlos a ellos. En el círculo quedaba un hueco.
Y ese hueco no se iba a volver a llenar. A menos que alguien ocupara su lugar.
Aldric se miró las manos a la luz de las estrellas.
La de piedra, con su muñón gris donde había estado el meñique.
La otra, casi toda de piedra también, salvo por el dedo índice con su mancha rosada del tamaño de una lenteja.
Se miró los brazos, el pecho, el cuello que ya no sentía.
Y por primera vez desde el bosque de Velhar, no los miró con miedo.
Los miró como se mira una herramienta.
Durante toda la vida, Halvard le había enseñado que los magos no tienen amigos, sólo herramientas.
Y durante toda la vida, Aldric había tratado como una herramienta a quien más lo quería.
Ahora, al final del camino, la montaña le devolvía la lección del revés: el cuerpo que se le estaba volviendo piedra, la deuda que había contraído para salvar a Fen en el bosque, podía ser por fin la herramienta que sirviera para algo.
Podía sostener. Como sostenían las estatuas.
Como había sostenido Ithren durante mil años.
Uno cruza. El otro paga el paso.
Aldric cerró los ojos. Se quedó así mucho tiempo, al borde del pozo, sintiendo subir el latido del Eco a través de la piedra.
Luego volvió a arrastrarse, despacio, hasta donde dormía Fen.
Sabía que estaba rompiendo una promesa. Sin silencios. Lo habían jurado en la niebla, lo habían repetido en la grieta rota, se lo habían dicho el uno al otro tantas veces que se había vuelto una especie de saludo. Y ahora él iba a callar lo más importante de todo.
Pero también sabía una cosa con toda certeza: si se lo decía a Fen, Fen no lo dejaría.
Fen se pondría delante, como en la grieta rota, como frente al Eco de Piedra, como siempre.
Fen pagaría en su lugar. Y el Umbral lo llamaría por un nombre que había esperado mil años, y Fen no respondería, porque estaría ocupado salvando a un viejo que de todos modos se estaba muriendo.
Aldric no iba a permitirlo. Esta vez no.
Buscó en el bolsillo interior del abrigo y encontró lo que buscaba: un cabo de lápiz de grafito, gastado hasta no ser más largo que un dedo, que llevaba consigo desde hacía cuarenta años para anotar sus cálculos de estrellas.
Luego sacó de la mochila el mapa de Halvard, lo desplegó con cuidado sobre las rodillas y le dio la vuelta. El reverso estaba en blanco.
Encendió la última vela que les quedaba, un cabo de apenas dos dedos. La protegió del viento de la ventana con su propio cuerpo.
Y empezó a escribir.
No fue fácil. La mano de piedra no servía para nada, y la otra apenas se cerraba.
Tuvo que sujetar el lápiz entre el índice de la mancha rosada, el único dedo que sentía, y el pulgar de roca, y guiarlo letra a letra con una lentitud desesperante, como un niño que aprende.
La letra le salía torcida, temblorosa, muy distinta de la caligrafía elegante de sus libros. No le importó.
La primera línea le costó casi media hora.
Fen: si estás leyendo esto, es porque ya no puedo decírtelo en voz alta.
Luego las palabras vinieron más deprisa.
Escribió durante mucho tiempo. La vela se consumió hasta convertirse en un charco de cera y una mecha que apenas humeaba.
Afuera, las estrellas giraron despacio sobre la cumbre, cada vez más juntas, cada vez más en fila.
Aldric no las miraba. Escribía. A veces se detenía, se quedaba mirando la pared, y se le caía una lágrima sobre el papel que emborronaba una palabra; entonces esperaba a que se secara y volvía a escribirla encima.
A veces sonreía. Una vez se rió en voz baja, tapándose la boca con la mano de piedra para no despertar a Fen, y siguió escribiendo con los hombros temblando.
Cuando terminó, la vela se había apagado del todo y la luz gris del alba empezaba a entrar por la ventana.
Dobló el mapa. Una vez. Dos. Tres. Hasta dejarlo del tamaño de una mano. Lo ató con el hilo de color ceniza de Halvard, que se desató con cuidado de la muñeca, y apretó el nudo con los dientes.
Luego abrió la mochila de Fen.
Dentro, arriba de todo, donde Fen la había puesto después de la niebla, estaba la piedra de los Ilvain envuelta en su trapo.
Aldric no la tocó. Deslizó el mapa doblado por debajo, entre la piedra y el fondo de la mochila, donde Fen no lo vería hasta que buscara algo con cuidado, y volvió a cerrar la solapa.
Se quedó un rato mirando la mochila cerrada.
—Perdóname —susurró—. Es el último silencio. Te lo prometo.
Fen despertó con la primera luz.
Abrió los ojos y lo primero que vio fue a Aldric, sentado contra la pared junto a la ventana, envuelto en la manta, mirando el cielo. Tenía la cara cansada, más cansada que nunca, pero tranquila. Había algo en ella que Fen no supo reconocer. Una especie de paz.
—¿No has dormido? —susurró Fen.
—Un poco —mintió Aldric—. Estaba mirando las estrellas. Ya casi están en fila.
Fen se incorporó, con las rodillas crujiendo, y se sentó a su lado.
Siguió la mirada de Aldric por la ventana.
El remolino de nubes sobre la aguja giraba ahora tan deprisa que parecía un torbellino, y en su centro, en el ojo de cielo despejado, las estrellas ya no eran estrellas sueltas.
Eran una línea. Una cuerda de luz tendida de un lado a otro del cielo, que apuntaba hacia abajo, directamente hacia la cima de la aguja.
Esta noche. Al anochecer.
Fen no se dio cuenta de que Aldric tenía la muñeca desnuda, sin el hilo de Halvard. No se dio cuenta de que la vela se había consumido entera. No se dio cuenta de nada. Estaba mirando el cielo.
Y fue entonces cuando vio la pluma.
Entró por la ventana despacio, llevada por el viento, meciéndose en el aire como una hoja en otoño.
Era gris, de un gris de ceniza, y era enorme: más larga que el brazo de Fen, con el cañón grueso como un dedo y las barbas duras y brillantes como el hierro.
Dio dos vueltas en el aire y se posó en el suelo de piedra, entre los dos, sin hacer ruido.
Fen y Aldric se quedaron mirándola.
Afuera, más allá de la ventana, algo pasó volando. No lo vieron bien; fue sólo una sombra que tapó la luz un instante y siguió de largo. Una sombra muy grande. Luego pasó otra. Y otra.
Ningún pájaro cantaba.
No terminó. Aldric esperó.
—Seré distinto —siguió Fen, muy despacio—. Más alto. Otra cara, quizá. Otra voz. Como Ithren. Como los de la procesión. —Tragó saliva, y le dolió—. ¿Me reconocerás?
Aldric no contestó enseguida. Se volvió hacia él y lo miró a la luz de las estrellas que entraba por la ventana. Lo miró largo rato, sin prisa, como había aprendido a mirarlo en aquel viaje.
—Tienes los ojos del color de la corteza cuando llueve —dijo—.
Con algo verde en el fondo que sólo se ve cerca del fuego.
Las orejas se te mueven primero la izquierda y luego la derecha.
Tienes una cicatriz debajo de la barbilla que me escondiste veinte años.
Y cuando te preocupas por mí, se te junta un pliegue aquí, en la frente, torcido hacia la izquierda.
Le tocó la frente con el único dedo que sentía, el de la mancha rosada.
—Ahí —dijo—. Justo ahí. Ahora mismo lo tienes.
Fen cerró los ojos.
—Aunque midas tres metros y hables como una campana —siguió Aldric—, aunque brilles como la luna y tengas la voz de Ithren, ese pliegue lo vas a tener. Porque no te sale de la cara, Fen. Te sale de preocuparte por un viejo testarudo. Y eso no te lo va a quitar ninguna puerta.
Fen apoyó la cabeza en el hombro de piedra de Aldric. No dijo nada más.
Al cabo de un rato, se durmió.