El Último de los Ilvain Capítulo 16 — La Última Noche
61%

Capítulo 16 — La Última Noche

Por encima del telar, la aguja se estrechaba.

La escalera seguía subiendo en espiral pegada a la pared, pero cada vuelta era más corta que la anterior, y los hilos de nombres se iban haciendo escasos, más finos y más silenciosos, hasta que al cabo de unas horas dejaron de verse del todo.

Sólo quedó la piedra negra, lisa y fría, y el hueco central de la torre, que ya no era un abismo sino un pozo estrecho por donde bajaba, desde muy arriba, una luz blanca.

Fen subía despacio. Le costaba cada peldaño.

Las rodillas viejas protestaban a cada paso, la espalda le dolía de una forma sorda y constante que ya empezaba a parecerle normal, y la garganta seguía ardiéndole cada vez que tragaba.

Pero algo había cambiado desde el telar.

Algo en la forma de caminar, en la forma de sostener la cabeza.

Aldric lo notaba a su espalda sin saber explicarlo.

Era como si Fen llevara encima un peso nuevo que, en lugar de aplastarlo, lo mantuviera derecho.

De vez en cuando, Fen levantaba la mano izquierda y se miraba el dedo anular. El hilo dorado seguía allí, enrollado tres veces, y aunque ya no cantaba, brillaba con una luz tibia que no hacía sombra.

Aldric no le preguntaba por el nombre. Sabía que no podía.

Pero a veces, cuando Fen se detenía a descansar con la frente apoyada en la roca, Aldric lo oía mover los labios sin sonido, muy despacio, como quien repasa una palabra para no olvidarla. Y en esos momentos, el viejo cerraba los ojos y no miraba. Era lo único que podía darle: no mirar.

Llegaron a la ventana al caer la tarde.

Era una abertura en la pared de la aguja, estrecha y alta como el arco de la entrada, y daba al exterior. Por ella entraba el viento de la cumbre, helado y limpio, y se veía el mundo. Todo el mundo.

Fen se asomó y se quedó sin aliento.

Estaban altísimo. Muy por encima del cráter, muy por encima del Lago Blanco, que desde allí no era más que una moneda de plata perdida en el fondo de un cuenco negro.

Más allá del borde del cráter, la montaña caía en laderas de nieve y roca hacia las nubes, y más allá de las nubes, iluminado por el sol bajo del atardecer, se extendía el mundo de los hombres: valles verdes y dorados, ríos como hilos de plata, bosques oscuros, pueblos del tamaño de granos de arroz.

Y al sur, muy lejos, apenas una mancha en el horizonte, una colina.

Fen no podía estar seguro. Pero le pareció que era la suya.

—Mira —susurró, con esa voz rota que apenas era un soplo—. Aldric. Mira. La casa.

Aldric se asomó por encima de su hombro. Miró largo rato hacia donde señalaba el dedo del hilo dorado.

—No se ve desde aquí —dijo al fin, en voz baja—. Está demasiado lejos.

—Pero está.

—Pero está.

Se quedaron los dos mirando hacia el sur hasta que el sol se hundió detrás de las montañas del oeste y el cielo se volvió de un azul profundo, casi negro, y en él empezaron a encenderse las primeras estrellas.

Arriba, en lo alto de la aguja, el remolino de nubes giraba más deprisa que los días anteriores, y en su centro, en el ojo despejado, las estrellas ya no se veían sueltas.

Se estaban juntando. Se estaban poniendo en fila.

Aldric las miró con los ojos entrecerrados. No necesitó calcular esta vez.

—Mañana —dijo—. Al anochecer.

Fen asintió. Ninguno de los dos añadió nada más.

Acamparon en el suelo de piedra, junto a la ventana, porque no había otro sitio.

No tenían fuego ni nada con qué hacerlo.

Les quedaban dos manzanas del posadero, un poco de pan duro, un pedazo de carne seca y un sorbo de agua en el odre.

Fen lo repartió en dos montones iguales, exactamente iguales, midiendo cada miga, y esta vez Aldric no intentó darle más de lo suyo.

Comieron despacio, mirando las estrellas por la ventana, con la manta sobre los hombros de los dos.

—¿Te acuerdas del zapato? —dijo Aldric de pronto.

Fen lo miró. Luego, despacio, se le arrugó la cara entera, orejas incluidas, en una sonrisa que Aldric no le veía desde la cabaña.

—Te apretaba —susurró.

—Me servía perfectamente.

—Te apretaba como la conciencia de un ladrón. Tú lo dijiste.

—Lo dije con el zapato puesto.

—Un malentendido lingüístico lamentable.

Aldric soltó una carcajada. Fue la primera risa de verdad en muchos días, una risa de las de antes, de las de las mañanas junto al fuego, y le resonó en el pecho y en la garganta y en la piedra de la aguja, y le hizo toser, y la tos no le importó.

Fen se reía con él sin sonido, con los hombros temblando y las lágrimas corriéndole por las arrugas.

—Sabía horrible —dijo Aldric cuando pudo respirar—. El zapato. Sabía a cuero hervido con cebolla.

—Te lo comiste entero.

—Porque lo habías hecho tú.

Fen dejó de reír. Se quedó mirándolo.

—Siempre me comía lo que hacías —dijo Aldric en voz más baja—.

El té de ortiga, las sopas de piedras, aquel pastel de setas que me tuvo tres días en cama.

Todo. Me decía a mí mismo que era por no desperdiciar comida.

Por no tener que discutir. —Miró las estrellas—.

Mentira. Era porque ponías una cara, cuando me lo dabas…

una cara de estar seguro de que iba a salir bien.

Aunque nunca saliera bien. Y yo no soportaba la idea de quitarte esa cara.

Fen no contestó. Le tomó la mano de piedra y se la apretó.

Hablaron hasta muy tarde. De la cabaña, de la gotera que marcaba el tiempo en el rincón, del tejado que Fen remendaba cada otoño subido a una escalera tres veces más grande que él.

Del invierno en que se congeló el pozo y tuvieron que derretir nieve durante tres meses.

De la vez que un zorro se metió en la despensa y Fen lo persiguió por toda la colina con una sartén. De Gustavo. Sobre todo de Gustavo.

—Tenía una pata más corta que las otras —susurró Fen—. Por eso volaba un poco torcido.

—Las abejas tienen seis patas, Fen. ¿Cuál de ellas?

—La del medio. La de la izquierda.

—¿Y cómo lo sabes?

—Porque volaba torcido hacia la izquierda.

Aldric se rió otra vez, más bajito.

—Tiene sentido —dijo—. Tiene todo el sentido del mundo.

Y luego, cuando las estrellas ya estaban altas y la aguja se había llenado de un silencio azul y frío, dejaron de hablar de la cabaña y se quedaron un rato sin decir nada, hombro con hombro bajo la manta.

Fue Fen quien habló primero.

—Aldric.

—¿Mm?

—Mañana. Si el Umbral me llama… si me devuelve lo que fue mi pueblo…Aldric no durmió.

Se quedó quieto mucho rato, con la cabeza de Fen apoyada en su hombro de piedra, sintiendo en el cuello el peso tibio de su respiración y en el pecho, por debajo de la manta, un frío que no venía de la noche.

Venía de dentro. Subía despacio desde la clavícula, fibra a fibra, como sube la escarcha por el cristal de una ventana en las madrugadas de invierno.

Ya le llegaba al cuello. Lo sentía, o más bien dejaba de sentirlo: un lado de la garganta se le había vuelto sordo, duro, ajeno, y cuando tragaba notaba una rigidez nueva, como si alguien le hubiera abrochado un collar de piedra bajo la piel.

La deuda del bosque de Velhar seguía cobrándose sola, sin prisa y sin descanso.

Y Aldric, que había leído en su juventud todos los capítulos que Halvard le prohibía, sabía muy bien dónde terminaban esas cuentas.

No le quedaban meses. Le quedaban días. Quizá menos.

Con mucho cuidado, para no despertar a Fen, apartó la cabeza del duende de su hombro y la recostó sobre la mochila.

Fen murmuró algo en sueños, una palabra sin sonido, y siguió durmiendo con el dedo del hilo dorado apretado contra el pecho.

Aldric se quedó mirándolo un momento. Luego se arrastró con los codos, despacio, hasta el borde del pozo central de la aguja.

Se asomó.

Arriba, muy arriba, el hueco se abría al remolino de nubes y a las estrellas que se ponían en fila.

Abajo no había nada. Sólo oscuridad, una oscuridad tan profunda y tan quieta que parecía sólida, como el agua de un pozo en una noche sin luna.

Aldric sabía que la aguja se hundía en el corazón de Ithrengard, atravesaba la plataforma del Tejedor y seguía bajando mucho más, hacia las raíces de la montaña. Lo que no sabía era cuánto.

Buscó a tientas por el suelo hasta encontrar un guijarro. Lo dejó caer.

Contó. Diez. Veinte. Cuarenta. Sesenta.

No oyó el golpe. Pero al cabo de un tiempo muy largo, tanto que ya había dejado de esperar, le llegó desde el fondo del pozo algo distinto: no un sonido, sino un temblor.

Una vibración leve y lenta que subió por la piedra de la aguja, le recorrió los codos y los brazos muertos y se le quedó en el pecho.

Una vez. Y luego, al cabo de un largo rato, otra.

Como un latido.

Aldric se quedó muy quieto. Miró hacia abajo, hacia la oscuridad sin fondo, y le pareció ver, tan lejos que podía ser una ilusión de sus ojos cansados, un resplandor. Ámbar. Sucio. Lento. Que se encendía con cada latido y se apagaba con cada pausa.

Lo reconoció. Lo habría reconocido en cualquier parte del mundo.

El pozo de la aguja bajaba hasta la caverna de los Ilvain.

Hasta el círculo de estatuas con los brazos extendidos.

Hasta el montículo enterrado bajo los restos de Ithren.

Y lo que dormía allí debajo ya no dormía tan profundo como cuando lo dejaron.

El Umbral se estaba despertando, y con él, allá abajo, en las raíces de la montaña, algo más se despertaba también.

Para sellar lo que despertamos bajo la piedra.

Eso decía la piedra de Fen. Los Ilvain habían dado su altura para encadenarlo.

Y el Umbral y el Eco, pensó Aldric de pronto con un escalofrío, estaban hechos de la misma cosa.

Eran dos caras de una misma herida. Cuando se abriera la puerta de arriba, las cadenas de abajo se aflojarían.

Por eso los Ilvain habían dejado allí toda su grandeza: para que la puerta pudiera abrirse cada cien años sin que el monstruo saliera con ella.