El Último de los Ilvain Capítulo 15 — El Tejedor de Nombres #3
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Capítulo 15 — El Tejedor de Nombres #3

—Porque no la tejiste tú —dijo Aldric en voz baja, y el Tejedor se volvió hacia él. El viejo tenía la cara mojada, pero sonreía—. La tejió él. Hace años, una mañana cualquiera, mientras me servía un té horrible. Se llama como él quiso que se llamara.

El Tejedor se quedó completamente inmóvil.

Durante mucho tiempo nadie se movió. Las manos colgaban quietas a los costados del manto de hilos. La capucha estaba vuelta hacia Fen. Y la aguja entera, los mil nombres susurrados, guardaba silencio.

—Tú tejes nombres —dijo al fin el Tejedor, muy despacio, como quien descubre algo que había olvidado hacía mucho—.

Sin telar. Sin hilo. Con la voz. —Una de las manos se alzó hacia Fen, sin tocarlo—.

Hace mil años que nadie tejía un nombre fuera de mi telar.

Los Ilvain lo hacían. Antes. Cuando eran grandes.

Ponían nombre a las montañas, a los ríos, a las estrellas. Yo sólo guardaba lo que ellos creaban.

La mano bajó.

—¿Cómo se llama? —preguntó, y había en su voz algo que Fen no esperaba: curiosidad. Hambre. Asombro de niño.

Fen sonrió con los labios agrietados.

—Gustavo.

El Tejedor soltó un sonido que Fen tardó en reconocer, porque no se parecía a nada que hubiera oído en toda la montaña. Era una risa. Suave, antigua, un poco oxidada, como una puerta que no se abre desde hace siglos.

—Gustavo —repitió—. Gustavo. —Y todas sus manos se juntaron delante del manto en un gesto que parecía de rendición y de gratitud a la vez—. Has ganado, pequeño tejedor. Has ganado limpiamente.

Una de las manos se hundió en el tapiz. Muy hondo. Más de lo que el telar parecía tener de fondo, como si el tapiz no fuera una tela sino una puerta a un lugar muy lejano. Y cuando salió, entre los dedos finos y limpios, sostenía un hilo.

Era dorado. No como el oro de los hombres, sino como la luz de la tarde sobre la hierba en verano.

Era corto, apenas del largo de un palmo, y brillaba con un resplandor cálido que llenó la plataforma entera y se reflejó en la roca negra de la aguja como el sol en el agua.

Y cantaba. No susurraba como los demás. Cantaba en voz baja, en la lengua de los Ilvain, una sola palabra que Fen no alcanzaba a oír del todo.

El Tejedor se inclinó hacia él. Le tomó la mano, la vieja mano manchada, con dos de sus manos largas y frías. Y le enrolló el hilo dorado alrededor del dedo anular, una vuelta, dos, tres, con un cuidado infinito, como quien pone un anillo.

Luego acercó la capucha a su oído y susurró algo.

Aldric no lo oyó. Nadie lo oyó más que Fen.

Pero Aldric vio lo que le pasaba a la cara de Fen al oírlo.

Lo vio, y no lo olvidó jamás. Fue como ver amanecer sobre un valle que llevaba mil años a oscuras.

Los ojos de Fen se abrieron mucho, y en el fondo, en ese fondo verde que sólo se veía cerca del fuego, brilló algo que no había estado allí nunca.

Las orejas se le movieron solas, primero la izquierda y luego la derecha, nunca las dos a la vez.

Y durante un instante, sólo un instante, a Aldric le pareció que Fen, sentado en el suelo de la aguja, viejo, cojo, sin voz, era muy alto.

Luego pasó.

—Escúchame bien —dijo el Tejedor, apartándose—.

Un nombre verdadero sólo se dice en voz alta una vez.

La primera vez que lo pronuncies será la única, y tendrá que ser para responder a quien te llame.

Si lo dices antes, si se lo dices a alguien, aunque sea a él, se deshará en tu boca como la escarcha y no volverá.

—Hizo una pausa—. Guárdalo. Hasta la cima.

Fen se volvió hacia Aldric. Abrió la boca. La cerró. Tenía los ojos llenos de lágrimas.

Sin silencios. Lo habían prometido.

—Lo tengo —susurró—. No puedo decírtelo.

Aldric le tomó la mano, la del hilo dorado, con la suya de piedra.

—Me basta con que lo tengas —dijo.

Antes de dejarlos marchar, el Tejedor hizo dos cosas más.

La primera fue subir con dos de sus manos hasta lo alto del telar y cortar, con las tijeras de hueso, un hilo fino de color ceniza. Lo bajó con cuidado y se lo tendió a Aldric.

—Ya terminó —dijo—. No tiene sentido que siga en mi tapiz. Llévatelo.

Aldric lo tomó. Era el hilo de Halvard. No susurraba ya. Estaba en silencio, como están en silencio las cosas que han terminado bien. Aldric se lo ató a la muñeca de piedra, con torpeza, con la mano que aún tenía cinco dedos, y Fen lo ayudó a apretar el nudo.

La segunda cosa la hizo mientras ellos se preparaban para seguir subiendo.

Fen, cargando otra vez a Aldric a la espalda, se volvió a mirar el telar una última vez.

Y vio que el Tejedor había empezado a tejer algo nuevo.

Un hilo dorado, fino, que antes no estaba allí, y que se iba entrelazando despacio, vuelta a vuelta, con uno gris que tenía una veta de plata.

Los dos hilos subían juntos por el tapiz. Muy juntos. Tanto que desde lejos parecían uno solo.

Y un poco más arriba, en la parte del tapiz que todavía no estaba tejida, una de las manos del Tejedor se había quedado quieta, suspendida en el aire, con las tijeras de hueso abiertas.

No cortó. Todavía no. Sólo esperaba.

Fen apartó la vista y empezó a subir.