El Último de los Ilvain Capítulo 15 — El Tejedor de Nombres #2
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Capítulo 15 — El Tejedor de Nombres #2

—Un secreto —respondió.

Fen asintió. Detrás de él, oyó cómo Aldric soltaba el aire que había estado conteniendo.

—Bien —dijo el Tejedor—. Eso ha sido el principio. Ahora empieza de verdad.

Y las manos volvieron a moverse, más deprisa, y la voz se volvió más grave, y en la aguja entera los mil nombres susurrados callaron a la vez para escuchar.

Es cosa curiosa que los acertijos, que parecen juegos de niños, sean tan antiguos y tan serios como los juramentos.

Los hombres los usan para matar el tiempo en las noches de invierno; pero en los tiempos viejos, cuando el mundo era más joven y las palabras pesaban más, un acertijo podía abrir una puerta o cerrarla, salvar una vida o perderla.

Y quien se sienta a jugar con un guardián de mil años no debe olvidar nunca que el guardián no juega.

El Tejedor lo sabía. Fen empezaba a saberlo.

Las muchas manos se alzaron a la vez, trazando en el aire un dibujo complicado, y el siguiente acertijo llegó con una voz distinta, más lenta, casi triste:

Soy un puente que se cruza sin pies.

Me levanta una palabra y me derriba otra.

Hay quien me cargó sesenta años

Helado en la boca,

Y nunca me dejó caer.

Fen se quedó muy quieto. No por no saber la respuesta, sino porque la sabía demasiado bien. Detrás de él, sintió cómo Aldric contenía el aliento.

El Tejedor no elegía los acertijos al azar. Los sacaba de sus hilos. De su viaje. De lo que les había dolido.

—Una promesa —susurró Fen.

Las manos del Tejedor se inclinaron en algo parecido a una reverencia.

—Una promesa —repitió—. La de Halvard Morn, que conozco bien. Su hilo terminó hace pocos días. Lo noté. Todo el telar lo notó. —Una mano señaló hacia arriba, hacia el hilo de color ceniza que habían visto al subir—. Terminó mejor de lo que empezó. No todos pueden decir eso.

Aldric no dijo nada. Pero Fen oyó que respiraba de una forma distinta.

—Tu turno, pequeño.

Fen cerró los ojos. Le dolía la garganta como si se la hubieran raspado con arena.

Cada palabra le costaba sangre. Buscó algo que preguntar, algo que el Tejedor, que lo sabía todo de los nombres, no supiera.

Y pensó en la cabaña. En el agua cayendo despacio sobre las brasas, en la nube de vapor y ceniza, en los ojos de Aldric al mirarlo aquella mañana.

Me apagaron una mañana,

Y sigo ardiendo.

Nadie me ve, nadie me toca,

Y a veces, en la nieve,

Todavía calienta.

El Tejedor tardó en contestar. Sus manos se movieron despacio, repasando hilos, escuchando. Por un instante, Fen creyó que había ganado.

—Un recuerdo —dijo al fin la voz, y había en ella algo nuevo, algo parecido a la ternura—.

El fuego de tu cabaña. Catorce años encendido.

Lo apagaste con tus propias manos y todavía te calienta.

—Hizo una pausa—. Es un buen acertijo, pequeño.

Pero los recuerdos son hilos también. Y yo conozco todos los hilos.

Fen bajó la cabeza. El Tejedor alzó las manos una vez más.

Y esta vez, cuando habló, la voz era fría.

Se dice una vez y basta para siempre.

Los que se quieren lo temen,

Los que se odian lo desean,

Y todos, al final, lo dicen.

Tú lo dirás en la cima.

El silencio que siguió fue el más largo de todos.

Fen sentía el peso de Aldric contra su espalda, el latido lento del corazón del viejo, la respiración contenida.

Sabía la respuesta. La supo desde el primer verso.

Pero no quería decirla, porque decirla en aquella torre donde las palabras pesaban era como dejar caer una piedra en un pozo sin fondo.

—Si no respondes, pierdes —dijo el Tejedor, sin crueldad.

Fen abrió la boca. Tardó en salirle la voz.

—Adiós.

Fue apenas un soplo. Pero la aguja entera pareció oírlo, porque el murmullo de nombres se estremeció a su alrededor como un campo de trigo bajo el viento.

—¿Qué significa eso? —dijo Aldric de pronto, y su voz sonó áspera, casi furiosa—. ¿Qué es eso de “lo dirás en la cima”?

—Es un acertijo, mago —respondió el Tejedor, volviendo la capucha hacia él—. Los acertijos no prometen nada. Sólo preguntan.

—No me mientas.

—No miento nunca. Es la única ventaja de tejer nombres: uno aprende que las mentiras deshilachan la tela. —Las manos se quedaron quietas un momento—. Pero tampoco te diré más de lo que me corresponde. Mira tu propio hilo si quieres saber cómo termina. Yo no soy quien corta.

Aldric no volvió a hablar. Pero Fen sintió que le temblaban los brazos.

—Tu turno, pequeño —dijo el Tejedor—. Y es el último. Si me preguntas algo que no sepa, ganas. Si no, el nombre de barro será mío.

Fen no tenía nada.

Buscó y buscó dentro de su cabeza cansada, en sus treinta años, en sus mil años de sangre prestada, y no encontró ninguna pregunta que el Tejedor no pudiera responder.

El Tejedor conocía todos los hilos. Todos los nombres.

Todos los secretos, recuerdos y promesas de todos los que habían subido a aquella montaña.

¿Qué podía preguntarle un duende viejo, sin voz, que no supiera ya?

Se le llenaron los ojos de lágrimas. Iba a perder. Iba a perder la única palabra que Aldric le había regalado además del “gracias”. Iba a perder Fen.

Detrás de él, Aldric se movió. No habló, porque no podía; las reglas del juego eran claras, y la pregunta tenía que salir de Fen.

Pero el viejo acercó la boca a su oreja, tanto que la barba le rozó la mejilla, y respiró.

Sólo eso. Una respiración larga y cansada, con un olor muy tenue, casi imposible, que no tenía ningún derecho a estar allí, en la cima helada de Ithrengard.

Olía a té de ortiga.

Y Fen sonrió.

Levantó la cabeza. Miró la capucha del Tejedor. Y con la voz rota, en un susurro que apenas se oía por encima del murmullo de la aguja, hizo su pregunta.

—¿Cómo se llama la abeja del acantilado?

El Tejedor se quedó quieto.

—Eso no es un acertijo.

—Es una pregunta sobre un nombre —susurró Fen—. Y tú los conoces todos.

Las manos del Tejedor empezaron a moverse.

Primero despacio, luego más rápido, y luego con una prisa que Fen no le había visto en toda la noche.

Recorrieron el telar de arriba abajo, apartando hilos, levantando urdimbres, pasando los dedos por la tela del tapiz como quien busca una moneda perdida en un montón de paja.

Hilos dorados, hilos grises, hilos de todos los colores que habían existido nunca, volaron por el aire.

La capucha giraba a un lado y a otro, escuchando, escuchando.

—Una abeja —murmuraba la voz—. En un acantilado. Junto a una cabaña, junto a un estanque, al pie de la colina… —Las manos se detuvieron un instante y volvieron a moverse, frenéticas—. No hay ninguna. No hay ningún hilo. Esa abeja no existe.

—Existe —dijo Fen—. Yo la conozco.

—¡No está en mi telar!