El Último de los Ilvain Capítulo 15 — El Tejedor de Nombres
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Capítulo 15 — El Tejedor de Nombres

La aguja negra de Ithrengard no se escalaba por fuera.

Eso lo supieron al día siguiente, cuando Fen, con la garganta en carne viva y las rodillas crujiendo, rodeó su base de roca en busca de una senda y no encontró ninguna.

La piedra subía lisa y vertical hacia el remolino de nubes, pulida como el ébano, sin una grieta donde apoyar un dedo.

Ni siquiera la nieve se agarraba a ella.

Pero en la cara norte, donde el viento del cráter soplaba con más fuerza, había una puerta.

No tenía hojas ni herrajes. Era un arco estrecho, alto, apuntado como una hoja de sauce, tallado en la roca negra con una precisión tan perfecta que parecía haber crecido allí.

Sobre el arco, en la escritura en espiral de los Ilvain, había una sola línea.

Aldric la leyó en voz alta, porque Fen ya no podía leer nada en voz alta.

—“Quien suba, que suba con su nombre”.

Fen se tocó la garganta. Aldric lo miró.

—No sabemos qué significa —dijo el viejo.

Fen negó con la cabeza. Sí lo sabían. O al menos lo temían.

Entraron.

Dentro de la aguja había una escalera. Subía en espiral, pegada a la pared interior de la torre, tan estrecha que Fen rozaba la roca con un hombro y el vacío con el otro.

En el centro, el hueco de la aguja caía hacia abajo en una oscuridad sin fondo y subía hacia arriba en una claridad lejana, blanca, como la de un pozo visto desde el fondo.

Y por toda la pared, desde el suelo hasta donde alcanzaba la vista, había hilos.

Al principio Fen creyó que eran telarañas. Luego vio que brillaban.

Eran finísimos, más finos que un cabello, y estaban tendidos de un lado a otro del hueco central, de la pared a la pared, cruzándose, entrelazándose, formando una red inmensa que subía por toda la aguja como el entramado de un tapiz.

Cada hilo tenía un brillo distinto: unos dorados, otros plateados, otros de un rojo apagado, de un azul pálido, de un verde casi negro.

Y cuando Fen pasaba cerca de uno, le parecía oír algo. Un susurro. Una palabra.

Un nombre.

—Son nombres —dijo Aldric en voz baja, y Fen supo que él también los oía—. Cada hilo es un nombre. Escucha.

Fen escuchó. Pasaron junto a un hilo dorado y oyó, muy débil, Ithren. Pasaron junto a uno gris y oyó un nombre que no conocía, largo y antiguo. Pasaron junto a uno de color de ceniza, muy fino, casi roto, y oyó, con un escalofrío, Halvard.

Aldric se detuvo ante ese hilo mucho rato. No lo tocó.

Subieron durante horas. Los hilos se hacían más densos a medida que subían, más brillantes, más ruidosos, hasta que la aguja entera parecía llena de un murmullo de mil voces que decían mil nombres a la vez, un coro de susurros que no terminaba nunca.

Fen sentía que se le iba la cabeza. Le dolían las piernas, le ardía la garganta, y de vez en cuando tenía que detenerse, apoyar la frente contra la roca fría y esperar a que se le pasara el mareo.

Aldric no le decía nada en esos momentos.

Sólo le ponía la mano en el hombro. La mano de piedra, que ya no sentía.

Las vetas grises le habían llegado a la clavícula.

Fen las había visto la noche anterior, cuando lo acostó en la orilla del lago: subían por el cuello del viejo como raíces por una pared, despacio, pero sin detenerse.

Aldric no había usado magia desde la caverna de los Ilvain.

No importaba. La deuda seguía cobrándose sola.

Ninguno de los dos habló de eso.

Llegaron a una sala al anochecer, o a lo que habría sido el anochecer en el mundo de afuera.

La escalera terminaba en una plataforma que atravesaba de lado a lado el hueco de la aguja, como el suelo de una torre. Era redonda, amplia, de piedra negra pulida. Y en el centro de la plataforma, bajo una lluvia de hilos que caían desde arriba como la cabellera de un gigante, había un telar.

Era enorme. Más alto que tres hombres, de una madera tan vieja que se había vuelto negra y brillante como la piedra.

Los hilos de toda la aguja convergían en él, bajaban por el aire y se tensaban entre sus travesaños, y sobre ellos, a medio tejer, colgaba un tapiz que no terminaba nunca: una tela inmensa, de mil colores, en la que se adivinaban figuras, formas, rostros, paisajes, que cambiaban cada vez que Fen parpadeaba.

Delante del telar, sentado en un taburete bajo, había alguien.

Tenía muchas manos, y todas trabajaban.

Unas pasaban la lanzadera, otras tensaban la urdimbre,

Otras cortaban hilos con unas tijeras de hueso

Tan viejas como la montaña.

No tenía ojos, porque no le hacían falta;

Los nombres no se ven, se escuchan.

Llevaba mil años tejiendo el tapiz de los que suben,

Y conocía cada hilo por su voz,

Cada voz por su dueño,

Cada dueño por su final.

Y cuando alguien llegaba hasta su telar,

No le preguntaba quién era.

Se lo decía.

La figura dejó de tejer.

Era difícil de mirar. Se envolvía en un manto hecho de sus propios hilos, largo hasta el suelo, que brillaba con todos los colores del tapiz y que le cubría también la cabeza y el rostro como una capucha.

Bajo el manto se movían manos. Fen contó seis.

Luego ocho. Luego dejó de contar. Eran manos largas, finas, de dedos ágiles y uñas limpias, y ninguna se estaba quieta: aunque la figura había dejado de tejer, sus manos seguían trenzando hilos invisibles en el aire, como las de una anciana que no sabe estar ociosa.

La capucha se volvió hacia ellos.

—Aldric Vann —dijo una voz. No era de hombre ni de mujer. Era suave, clara, un poco cansada, como la de quien ha leído en voz alta durante demasiadas horas—. Hijo de Oren y de Mirabel. Nacido en Vado Largo, a orillas del Lisse, en un invierno de hambre. Alumno de Halvard Morn. Buscador del Umbral.

Aldric se tensó sobre la espalda de Fen. Nadie había pronunciado el nombre de su madre en sesenta años.

—Tu hilo está aquí —siguió la voz, y una de las manos señaló un hilo del telar, gris con una veta de plata—. Largo. Muy largo. Pero se está volviendo piedra por el final.

La capucha se volvió hacia Fen.

Y se quedó en silencio.

Las manos dejaron de moverse. Todas a la vez. Por primera vez desde que habían entrado, la figura se quedó completamente quieta, y el murmullo de nombres de la aguja pareció callar con ella, como si toda la torre estuviera conteniendo el aliento.

—Tú —dijo al fin la voz, más despacio—. Tú no tienes hilo.

Fen no se movió.

—Llevo mil años tejiendo el tapiz de los que suben a esta montaña, y tú no tienes hilo —repitió el Tejedor, y una de sus manos se alzó hacia él, despacio, sin tocarlo, como quien acerca los dedos al calor de una llama—.

Tu voz no tiene nombre. Sólo uno prestado, pequeño, de barro.

“Fen”. Un nombre que te dio un hombre que no sabía qué otra cosa decirte.

—La mano se retiró—. Pero debajo… debajo hay algo.

Lo oigo. Un nombre viejo, de los míos, de los que tejí hace mil años con mis propias manos antes de que tu pueblo se hiciera pequeño. Un nombre dorado.

Fen sintió que le temblaban las rodillas.

—Lo tienes tú —dijo Aldric con la voz ronca—. Su nombre verdadero. Lo tienes aquí.

—Lo tengo. —Las manos del Tejedor volvieron a moverse, inquietas—.

Guardado. Lejos. En un rincón del tapiz donde nadie lo encontraría.

Los Ilvain me pidieron que guardara sus nombres cuando se hicieron pequeños, para que nadie pudiera usarlos contra ellos.

Todos. Y yo los guardé. Uno a uno, los fui devolviendo a sus estatuas cuando sus dueños murieron. Todos menos uno.

La capucha se inclinó hacia Fen.

—El último.

Nadie habló. El murmullo de la aguja había vuelto, débil, lejano.

—Dáselo —dijo Aldric—. Es suyo.

—Nada es de nadie en este telar hasta que se gana —respondió el Tejedor, y había en su voz algo que no era crueldad, sino una especie de pena antigua, como la del guardián que cumple una ley que no escribió—.

Esa fue la condición de tu pueblo, pequeño, no la mía.

Ellos la eligieron: que quien viniera a reclamar un nombre tendría que demostrar que sabía qué es un nombre. Que sabía lo que vale.

—¿Cómo? —susurró Fen. Apenas un soplo, una palabra rota.

Las manos del Tejedor se detuvieron otra vez. Luego, despacio, una de ellas tomó una lanzadera del telar y la sostuvo en alto, como quien alza una copa.

—Con acertijos —dijo—. Es la costumbre. Yo te preguntaré, tú me preguntarás.

Quien no sepa responder, pierde. Si gano yo, me quedaré con el único nombre que tienes: “Fen”.

Lo tejeré en mi tapiz y ya no será tuyo.

Nadie podrá volver a llamarte así. Ni siquiera él.

—Una mano señaló a Aldric—. Si ganas tú, te daré el nombre dorado. El verdadero.

Aldric apretó los brazos alrededor del cuello de Fen.

—No —dijo—. No apuestes ese nombre, Fen. Es…

Es lo único que te di, iba a decir. Fen lo supo sin que terminara la frase.

Pero Fen ya se había sentado en el suelo, frente al telar, con las piernas cruzadas, como se sentaba cada mañana en el cojín a los pies del sillón. Desató a Aldric y lo recostó contra su espalda, para que pudiera ver. Y miró la capucha del Tejedor sin miedo.

Asintió.

—Que así sea —dijo el Tejedor—. Yo empiezo.

Las manos trazaron un dibujo en el aire, lento, y la voz se volvió solemne, como la de quien recita algo muy antiguo:

Lo llevas desde el primer llanto,

Los otros lo gastan más que tú,

Pesa menos que un suspiro,

Y si te lo roban sigues vivo,

Pero nadie te encuentra ya.

Fen no tuvo que pensarlo. Llevaba toda la vida sin uno verdadero.

—Un nombre —susurró.

—Bien —dijo el Tejedor, y había algo parecido a una sonrisa en su voz—. Ahora tú.

Fen cerró los ojos. Pensó en la niebla. En los treinta años de preguntas tragadas. En la piedra envuelta en un trapo en el fondo de una mochila. Y habló, con aquella voz rota que apenas se oía, tan despacio que cada palabra le costaba un esfuerzo:

Cuanto más lo guardas, más pesa.

Cuanto más tiempo lo callas, más crece.

En cuanto lo sueltas, ya no es tuyo,

Y ya no pesa nada.

Las manos del Tejedor se quedaron quietas un momento.