El Último de los Ilvain Capítulo 14 — La Sierpe del Lago Blanco #3
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Capítulo 14 — La Sierpe del Lago Blanco #3

El hielo empezó a vibrar.

No en un punto, sino en todas partes a la vez, con una nota grave y continua que subía de la superficie blanca como el zumbido de una colmena inmensa.

Y debajo de ellos, la sierpe se agitó. Dio una vuelta rápida, confusa.

Otra. Golpeó el hielo lejos de ellos, a cien pasos, donde no había nada. Luego en otro sitio. Luego en otro.

—No sabe dónde estamos —susurró Aldric—. Todo el lago tiembla. No nos distingue.

—Mientras dure el canto.

—¿Y cuánto va a durar?

Fen no lo sabía. Pero se dio cuenta de algo. La nota del Umbral no era constante: subía y bajaba, se apagaba a ratos, como la respiración de alguien dormido. Y en cada pausa, la sierpe se detenía, y escuchaba, y buscaba.

Si caminaban durante el canto, estaban a salvo. Si caminaban durante la pausa, estaban muertos.

A menos que la pausa no llegara nunca.

Fen cerró los ojos. Escuchó la nota del Umbral.

La reconoció. Era la misma que había oído en el bosque de Velhar, en boca de las Hilanderas, pero sin engaño.

La misma que cantaban las estatuas en la caverna de Ithren.

La lengua de su pueblo, hecha música. La voz que, según las crónicas, antes hacía temblar la piedra.

Sólo al servicio de otro.

Fen abrió los ojos. Se echó a Aldric a la espalda, despacio, durante el canto. Ató el nudo sobre el pecho. Se puso de pie con las rodillas crujiendo.

Y cuando la voz del Umbral empezó a apagarse, Fen abrió la boca y siguió cantando.

No sabía la letra. No sabía la melodía. La encontró por dentro, igual que había encontrado el nombre de Ithren, y le salió de la garganta como el agua sale de una fuente que llevaba mil años cerrada.

Era una nota grave, antigua, temblorosa, cascada por la vejez y por el frío.

Pero era la nota exacta. Y el hielo del lago la recogió y la hizo suya, y siguió vibrando en todas partes a la vez, y la sierpe, debajo, siguió dando vueltas ciegas sin encontrarlos.

Fen caminó. Y cantó.

Caminó durante horas sobre el lago blanco, arrastrando los pies viejos, con Aldric a la espalda, cantando sin parar.

Cuando el Umbral cantaba, Fen cantaba con él.

Cuando el Umbral callaba, Fen cantaba solo.

Le ardía la garganta. Le sangraban los labios agrietados.

La voz se le quebraba, se le iba, volvía. No se detuvo.

Aldric, a su espalda, le hablaba al oído en un susurro, igual que el muchacho de la grieta rota le hablaba a su compañero cien años atrás:

—Ya casi, Fen. Ya casi. Aguanta. Ya casi llegamos.

Y Fen aguantó.

La orilla creció delante de ellos, negra y rocosa, al pie de la aguja. Cien pasos. Cincuenta. Treinta. Veinte. Fen sentía la voz deshaciéndose en su garganta como un hilo que se deshilacha, fibra a fibra. Diez pasos.

Y la voz se le rompió.

No se le cansó. Se le rompió. Algo cedió dentro de su garganta con un dolor agudo, como una cuerda que se parte, y la nota se cortó en seco. Y en el silencio que dejó, el hielo dejó de vibrar.

Debajo, la sierpe se detuvo. Escuchó.

Y los encontró.

Fen oyó el hielo reventar detrás de él. No se volvió.

Corrió los últimos pasos como no había corrido nunca, ni de joven, con el cuerpo viejo gritando de dolor, mientras a su espalda el lago estallaba en una lluvia de hielo y agua negra, y algo enorme, blanco, sin ojos, salía de las profundidades con la boca abierta en toda su anchura, filas y filas de dientes translúcidos brillando a la luz gris.

Los pies de Fen tocaron roca.

Se lanzó hacia adelante y cayó de bruces sobre la orilla, con Aldric encima.

Detrás de ellos, la boca de la sierpe se cerró en el aire con un chasquido que retumbó en todo el cráter, a un palmo de las piernas muertas de Aldric.

La bestia se quedó un instante suspendida sobre el borde del hielo roto, inmensa, chorreando agua negra.

Luego se hundió.

El lago se cerró sobre ella. El agua negra se calmó. Y el silencio volvió al cráter, roto sólo por el canto lejano del Umbral, que seguía sonando en lo alto de la aguja como si nada hubiera pasado.

Fen se quedó mucho tiempo tumbado en la roca, sin moverse. Luego se dio la vuelta. Aldric estaba a su lado, jadeando, vivo. Lo miraba con los ojos llenos de lágrimas.

—Fen —dijo—. Fen, lo has hecho. Has cantado. Nos has salvado.

Fen abrió la boca para contestarle.

No salió nada. Sólo un soplo de aire, un roce áspero, apenas un susurro sin forma, como el viento entre las hojas secas.

Lo intentó otra vez. Y otra. Se llevó la mano a la garganta, que le ardía como si se hubiera tragado una brasa, y volvió a intentarlo con todas sus fuerzas.

—Al… dric…

Fue un hilo de voz. Cascado, roto, casi inaudible. Pero era algo.

Aldric le tomó la cara con las dos manos, la de piedra y la otra, y lo miró durante mucho tiempo. No dijo nada. No hacía falta. Los dos estaban pensando lo mismo. En la piedra de los Ilvain. En la última línea antes del precio.

El Umbral lo llamará por su nombre verdadero. Y si responde…

Fen apenas tenía voz para responder.

Y faltaban dos días.