Capítulo 14 — La Sierpe del Lago Blanco #2
A diez pasos se detuvo. Justo debajo de ellos. Fen la veía a través del hielo, enorme, inmóvil, esperando.
Luego la sierpe levantó la cabeza.
Y golpeó el hielo desde abajo.
El golpe no rompió el hielo. Lo hizo gritar.
Fue un sonido largo y agudo, como el de un árbol viejo que se parte en una helada, y bajo los pies de Fen el lago blanco se abrió en una estrella de grietas, finas como cabellos, que corrieron en todas direcciones hasta perderse de vista.
El hielo se hundió un palmo. Luego otro.
Y se quedó así, temblando, resquebrajado pero entero, sosteniendo todavía a dos viejos que no se atrevían a respirar.
Debajo, la sombra de la sierpe se retiró un poco. Esperó.
—No te muevas —susurró Aldric al oído de Fen, tan bajo que apenas era un aliento—. No muevas ni un dedo. Ha golpeado donde sintió el temblor. Si no le damos otro, no sabrá dónde estamos.
Fen no se movió.
La sierpe tampoco. Se quedó allí, bajo el hielo, a una lanza de distancia, enorme y blanca y paciente.
A veces se deslizaba despacio, trazando círculos lentos alrededor de ellos, y el hielo se oscurecía a su paso como la tierra bajo la sombra de una nube.
Luego volvía a detenerse. Escuchaba con todo el cuerpo. Esperaba el siguiente paso.
Y así pasó la mañana. Y luego la tarde.
Fen no supo nunca cuántas horas estuvieron quietos sobre el lago.
Sólo recordaría después que el sol, invisible tras el remolino de nubes, fue bajando hasta que la luz gris del cráter se volvió azul, y luego violeta, y luego negra.
Que el frío subió desde el hielo por las plantas de sus pies, por las rodillas, por la espalda, hasta que dejó de sentir el cuerpo.
Que Aldric, a su espalda, temblaba cada vez más, y luego cada vez menos, y que eso le dio más miedo que todo lo demás.
Se sentaron. tardaron casi una hora en hacerlo, moviéndose más despacio que la sombra en un reloj de sol, un dedo cada vez, para que el hielo no transmitiera nada.
Fen desató a Aldric y lo recostó contra su pecho, envuelto en la única manta, y se acurrucaron el uno contra el otro sobre el lago helado, en mitad del cráter, bajo el ojo de cielo por donde asomaban las estrellas.
Debajo, la sierpe daba vueltas.
—Vamos a morir de frío antes que de la sierpe —susurró Aldric.
—Puede ser.
—Háblame, Fen. Si me duermo, no despierto. Háblame de algo.
Fen buscó algo que decir. Tenía la cabeza vacía y el corazón lleno, y durante un rato largo no encontró nada. Luego, sin saber por qué, se oyó decir:
—¿Te acuerdas de la noche que llegué?
Aldric tardó en contestar.
—Nevaba —dijo al fin—. Una tormenta horrible. Llamaron a la puerta y pensé que era una rama. Luego volvieron a llamar.
—Era yo.
—Eras tú. —Aldric soltó una risa muy débil, apenas un soplo de vaho en la oscuridad—.
Un bicho empapado, del tamaño de un gato grande, con las orejas pegadas a la cabeza y los ojos más asustados que he visto nunca.
No decías nada. Te pregunté de dónde venías, quién eras, qué querías, y no decías nada. Pensé que eras mudo.
—Lo era.
Aldric se quedó quieto.
—¿Qué?
Fen miró las estrellas. No se lo había dicho nunca a nadie. No lo había dicho nunca en voz alta, ni siquiera a sí mismo.
—No podía hablar, Aldric. Ninguno de los míos puede.
No por nosotros mismos. —Tragó saliva—. Lo dice el prólogo de todas las crónicas viejas, aunque tú nunca lo leíste con atención: cuando los Ilvain fueron reducidos, nuestra voz quedó atada.
Sólo podemos hablar al servicio de otro.
Sin alguien a quien servir, somos mudos.
Yo llevaba años vagando por los valles sin decir una palabra.
Años. Buscando una puerta. Cualquier puerta.
Y ninguna se abría para un bicho empapado que no sabía decir su nombre.
Aldric no dijo nada. Fen sintió que le temblaban los brazos, y esta vez no era de frío.
—Y aquella noche tú abriste —siguió Fen—. Me miraste un rato largo, con esa cara de fastidio que ponías siempre, y dijiste…
—“Puedes quedarte si me ayudas con el fuego” —susurró Aldric—. Me acuerdo. Lo dije por decir algo. Porque no sabía qué hacer contigo.
—Lo sé. —Fen sonrió en la oscuridad—. Pero en cuanto lo dijiste, algo se soltó aquí dentro. —Se tocó la garganta con la mano manchada—. Y te contesté. ¿Te acuerdas de qué te contesté?
Aldric lo recordaba. Fen lo supo por cómo se le quebró la respiración.
—“Gracias” —dijo el viejo—. Me dijiste “gracias”.
—Fue la primera palabra de mi vida, Aldric. La primera. Me la regalaste tú. —Fen cerró los ojos—. Y luego me preguntaste cómo me llamaba, y no lo sabía, y tú dijiste “Fen”, porque habías visto que tenía barro de pantano en las piernas. Y yo pensé que era el nombre más bonito del mundo.
Estuvieron mucho tiempo callados. Debajo, la sierpe pasó una vez más, lenta, oscureciendo el hielo.
—Treinta años —dijo Aldric al fin, y tenía la voz deshecha—.
Treinta años creyendo que eras tímido. Que no hablabas mucho porque no querías.
Y yo… yo te hablaba como se le habla a un perro.
“Fen, el té”. “Fen, la leña”. “Fen, cállate”.
—Se le escapó un sollozo—. Y cada palabra que tú me decías era un regalo que yo te había dado sin saberlo, y no me di cuenta nunca. Nunca.
—Ahora te has dado cuenta.
—Ahora es tarde.
—No es tarde. —Fen le apretó la mano, la de piedra, la que no sentía—. Todavía estamos aquí.
Aldric se quedó quieto contra su pecho. Luego habló tan bajo que Fen tuvo que agachar la cabeza para oírlo.
—Fen. Ya no quiero cruzar.
Fen no contestó.
—Toda mi vida quise ver ese Umbral. Toda mi vida.
Dejé que se me pasara la juventud en los libros.
Dejé que Halvard se marchara sin preguntarle por qué.
Te dejé a ti a mis pies treinta años sin mirarte.
Todo por esa puerta. —Tomó aire—. Y ahora que la tengo delante, ya no la quiero.
Quiero volver a casa. Quiero un té de ortiga horrible junto al fuego. Quiero oírte hablar de Gustavo.
—El fuego está apagado, Aldric. Lo apagamos nosotros.
—Lo volvemos a encender.
Fen sintió que se le llenaban los ojos de lágrimas. Las dejó caer. Se congelaron en sus mejillas arrugadas antes de llegar a la barbilla.
—Tienes que cruzar —dijo al fin—. Por ti. Por Halvard, que se quedó sesenta años helado para que tú pudieras llegar. Por todo lo que hemos dejado en el camino. No puede haber sido para nada.
—¿Y tú?
Fen miró hacia el otro lado del lago, hacia la aguja negra, de donde seguía llegando, suave y constante, el canto del Umbral. Pensó en la figura que había visto en la grieta rota. Alta, hecha de luz, sola en la nieve. Llorando.
—Yo iré donde tú vayas —dijo, y no supo si era verdad.
El canto cambió al amanecer.
Fen lo sintió antes de oírlo: un temblor nuevo que no venía de debajo, sino del aire, de la roca, de la aguja negra al otro lado del lago.
El Umbral se despertaba del todo. Faltaban dos días.
Su voz, que hasta entonces había sido lejana, suave como un arpa tocada en otra habitación, se hizo de pronto más fuerte, más honda, y entró en el lago.