Capítulo 14 — La Sierpe del Lago Blanco
Hay una clase de cansancio que no se quita durmiendo.
No viene de los músculos ni de los huesos, sino de algo más hondo: del peso de los años que uno lleva encima.
Los viejos lo conocen bien, y los jóvenes no lo entienden hasta que les llega.
Fen lo conoció aquella mañana, al final de la grieta rota, y lo conoció de golpe, sin aviso, como quien recibe una herencia que no ha pedido.
Le costó levantarse. Nunca le había costado levantarse.
Durante mil años de su pueblo y treinta de su propia vida, el cuerpo de Fen había sido ligero, ágil, incansable, capaz de trepar a un tejado en un suspiro o de cargar a un mago por un bosque entero.
Ahora las rodillas le crujían. La espalda se le quejaba.
Las manos, esas manos nuevas, delgadas y manchadas, tardaban en cerrarse cuando él quería cerrarlas.
Y cuando se agachó a recoger las correas del arnés, se mareó y tuvo que apoyarse en la roca hasta que el mundo dejó de dar vueltas.
Aldric lo miraba desde la nieve sin decir nada. Pero Fen sabía lo que pensaba. Lo sabía porque él mismo lo había pensado mil veces, a los pies del sillón, viendo al viejo tardar cada mañana un poco más en levantarse: así se siente. Así se siente cada día.
—No me mires así —dijo Fen, con esa voz nueva, más grave y cascada, que todavía no reconocía como suya.
—¿Cómo te miro?
—Como te miraba yo a ti.
Aldric bajó la vista. Luego, sin decir nada, levantó la mano de piedra y le hizo un gesto hacia el cielo.
—Ayúdame a sentarme de frente. Necesito ver las nubes.
Salieron de la grieta a una explanada de nieve limpia, bajo un cielo que no se parecía a ningún cielo que Fen hubiera visto.
Las nubes de la cima giraban sobre ellos en un remolino lento e inmenso, del gris más oscuro en los bordes al blanco más puro en el centro, y en el centro mismo, allá arriba, justo encima de la aguja negra de la cumbre, se abría un ojo de cielo despejado.
A través de él, aunque era de día, se veían las estrellas.
Aldric las estudió largo rato. Contó. Calculó. Trazó líneas en la nieve con el dedo que sentía.
—Tres días —dijo al fin, y en su voz había algo que Fen no le oía desde la cabaña: esperanza—. Tres días, Fen. La grieta nos ha ahorrado más de lo que creía. Tenemos tres días hasta la alineación.
Fen asintió en silencio. Tres días. Había pagado con años para comprar días. No sabía si había sido buen negocio. Pero ya estaba hecho.
—Y el camino —siguió Aldric, volviéndose hacia el mapa de Halvard, que desplegó sobre las rodillas—. Desde aquí, según el maestro…
Se calló.
Fen se asomó por encima de su hombro. El mapa terminaba allí.
No había más. Las anotaciones angulosas de Halvard llegaban hasta la galería de los pactos, hasta la palabra Aquí, y después el pergamino estaba en blanco.
El maestro nunca había pasado de ese punto.
Nadie que hubiera dibujado un mapa había pasado de ese punto.
—Entonces lo buscamos nosotros —dijo Fen.
Caminaron por la explanada hacia el norte, hacia la aguja negra, y a los pocos cientos de pasos la nieve se acabó de golpe, en un borde afilado como el de una mesa. Fen se detuvo en él y miró hacia abajo.
La cima de Ithrengard no era una punta. Era un cuenco.
Ante ellos se abría un cráter enorme, redondo, de paredes negras y verticales que bajaban cientos de pies hasta un fondo liso y blanco que brillaba bajo la luz gris como el esmalte de un plato.
En el centro del cuenco, muy lejos, se alzaba la aguja negra de la cumbre, sola, recta, envuelta en la base de su propio remolino de nubes.
Y entre el borde donde estaban y la aguja, llenando el fondo del cráter de pared a pared, se extendía un lago.
Un lago helado. Blanco como la leche. Liso como un espejo empañado. Tan grande que la orilla de enfrente, al pie de la aguja, apenas se distinguía.
—El Lago Blanco —susurró Aldric—. Las crónicas lo mencionan. No sabía que existiera de verdad.
—¿Qué dicen las crónicas?
Aldric tardó en responder.
—Que nunca se derrite. Y que nunca hay que cruzarlo.
Fen buscó con la vista otro camino. Recorrió el borde del cráter de un extremo a otro.
Las paredes eran lisas, verticales, sin cornisas ni senderos.
Para rodear el lago por la orilla habría que bajar al fondo y caminar pegados a la roca, en un círculo enorme, y el círculo era tan grande que Fen calculó a ojo, con la experiencia de treinta años de medir distancias con sus pasos, que les llevaría no menos de cinco días. Quizá seis.
Tenían tres.
Y entonces lo oyó otra vez. El canto.
Venía del otro lado del lago, de la base de la aguja negra, arrastrado por el viento que giraba en el cráter.
No era una voz, ni muchas. Era algo parecido a una campana que no se ha tocado, a un arpa que suena sola, a la nota que queda vibrando en el aire cuando alguien ha dicho una palabra muy antigua.
Era suave, lejano, hermoso. Y le hablaba a Fen.
No a Aldric. A él. Lo supo en los huesos, igual que supo el nombre de Ithren en la caverna. Era una llamada, aunque todavía no decía su nombre.
—El Umbral —dijo Aldric, que también lo oía, aunque de otra manera—. Se está despertando. Faltan tres días y ya está llamando.
—A mí —dijo Fen en voz baja.
Aldric lo miró, y Fen vio que lo había entendido. Cuando quede uno solo de nosotros, el Umbral lo llamará por su nombre verdadero.
No dijeron nada más. Buscaron un sendero para bajar, y lo encontraron: una escalera tallada en la pared del cráter, estrecha, gastada, casi borrada, de escalones altos y largos.
Ilvain. Bajaba en zigzag hasta la orilla del lago.
La bajaron durante toda la tarde, peldaño a peldaño, Fen con las rodillas crujiendo y Aldric a la espalda, y llegaron abajo al anochecer.
Acamparon en la orilla, contra la roca, sin fuego. No había nada que quemar.
Esa noche, antes de dormir, Fen se acercó al borde del lago y miró el hielo.
Era espeso, muy espeso. Blanco en la superficie, pero de cerca, a la luz de las estrellas que se veían a través del ojo de las nubes, tenía una transparencia lechosa que dejaba adivinar lo que había debajo. Fen se arrodilló, con las rodillas protestando, y limpió la escarcha con la manga.
Debajo había formas.
Oscuras. Quietas. Atrapadas en el hielo a distintas profundidades, como hojas en un bloque de ámbar.
Al principio no las distinguió. Luego sí.
Un ciervo de cuernos retorcidos, con las patas dobladas en mitad de un salto.
Un oso enorme, de pelaje blanco. Un pájaro con las alas abiertas.
Y más abajo, más hondo, siluetas que tenían dos piernas y dos brazos.
Todos estaban partidos. Por la mitad, o en tres trozos, o en más. Como si algo los hubiera mordido y hubiera soltado lo que no le gustaba.
Fen se levantó despacio y volvió junto a Aldric sin decir nada.
—¿Qué has visto? —preguntó el viejo.
—Sin silencios —dijo Fen, más para sí que para Aldric. Y se lo contó.
Aldric escuchó en silencio. Cuando Fen terminó, se quedó mucho tiempo mirando el lago, blanco y quieto bajo las estrellas.
—Algo vive ahí abajo —dijo al fin.
—Sí.
—Y tenemos que cruzar por encima.
—Sí.
—Y tú ya no eres…
—No —dijo Fen—. Ya no soy ágil. Ni rápido. Ni ligero. Si algo sale del hielo, no voy a poder correr como en las Hondonadas. —Se miró las manos—. No voy a poder correr en absoluto.
Aldric no respondió. Se quedaron los dos mirando el lago hasta que se durmieron.
Empezaron a cruzar al alba.
El hielo aguantaba. Era grueso como un muro y resbaladizo como el cristal, y Fen caminaba despacio, arrastrando los pies para no caerse, con Aldric a la espalda.
El viento del cráter giraba a su alrededor sin descanso, levantando remolinos de nieve en polvo que se deshacían en el aire.
Y el canto del Umbral, al otro lado del lago, sonaba cada vez más claro, más cercano, más dulce.
Durante la primera hora no pasó nada.
Durante la segunda, tampoco. La orilla de la que habían salido se fue quedando atrás, pequeña y gris.
La aguja negra crecía delante de ellos. Fen empezaba a creer, contra toda razón, que quizá las crónicas se equivocaban.
Que lo que había partido a aquellos animales había muerto hacía siglos. Que el lago no era más que un lago.
Fue en la tercera hora, en el centro exacto del lago, cuando el hielo empezó a cantar también.
No hacía ruido. No lo necesitaba.
Bajo el hielo, en la oscuridad sin fondo del lago,
El sonido no sirve y la luz no llega.
Sólo llega el temblor.
Un paso sobre el hielo es un golpe de tambor.
Dos pasos, una llamada.
Y un viajero que cruza despacio, arrastrando los pies,
Cargando a otro, cansado y viejo,
Es una canción que dura horas
Y que dice, en el único idioma que ella entiende:
Aquí.
Aquí estoy.
Ven.
Fen lo sintió antes de oírlo. Un temblor debajo de los pies, tan leve que al principio creyó que eran sus propias rodillas. Luego otro, más fuerte. Y luego, a unos cien pasos por delante de ellos, en mitad del hielo blanco, una sombra.
Pasó por debajo. Oscura, alargada, más larga que diez hombres puestos en fila. Se deslizó bajo la superficie sin prisa, como un pez enorme bajo el cristal de un estanque, y el hielo se oscureció a su paso y volvió a aclararse.
Luego se dio la vuelta.
Fen vio cómo la sombra giraba, despacio, trazando una curva amplia bajo el hielo. Y cómo, al terminar la curva, empezaba a avanzar hacia ellos.
—No te muevas —susurró Aldric—. Si caza por el temblor…
—Ya nos ha oído —dijo Fen—. Llevamos tres horas oyéndonos.
La sombra se acercaba. Cincuenta pasos. Treinta.
Ya no era una sombra; se distinguía la forma bajo el hielo, blanca sobre blanco, pálida como un gusano de las profundidades, con un cuerpo largo y segmentado que se ondulaba como el de una serpiente, y a los lados filas y filas de algo que parecían aletas o patas o ambas cosas a la vez.
Y una cabeza. Chata, ancha, sin ojos, con una boca que ocupaba la mitad del cuerpo.