El Último de los Ilvain Capítulo 13 — La Cuerda Rota #3
47%

Capítulo 13 — La Cuerda Rota #3

Fen lo vio venir desde arriba. No era agua, ni nieve, ni viento.

Era tiempo, años y años sueltos, sin hilo que los sujetara, bajando por la grieta como una avalancha.

Venía cargado de estaciones rotas, de inviernos y veranos revueltos, de siglos enteros sin orden ni medida.

Y a su paso, la roca de las paredes envejecía y se desmoronaba en arena, y la arena volvía a ser roca, y la roca volvía a ser arena.

Si les caía encima a los dos, Aldric no saldría vivo. Cien años. Doscientos. Quinientos. Sería polvo antes de tocar el suelo.

A Fen, quizá no. Quizá la sangre Ilvain lo protegería. Quizá el tiempo en espiral de su pueblo se doblaría a su alrededor como se dobla el agua alrededor de una roca. Quizá.

Pero no a los dos.

Fen lo supo en un instante: si se ponía delante, si envolvía a Aldric con su cuerpo, a lo mejor la avalancha pasaba sobre él y el viejo quedaba a salvo en su sombra. A lo mejor el tiempo se lo llevaba a él en lugar de a Aldric.

Y quería hacerlo. Estaba a punto de hacerlo.

Pero habían hecho una promesa.

—¡Aldric! —gritó, y tuvo que gritar por encima del rugido—. ¡Puedo ponerme delante! ¡Puedo cubrirte! ¡No sé qué me va a pasar! ¡Tienes que decidirlo conmigo!

El viejo lo miró. La avalancha estaba a veinte pasos. A quince.

—¡Juntos! —rugió Aldric—. ¡Lo que te pase a ti me pasa a mí! ¡Juntos o nada!

Fen no discutió. No había tiempo para discutir.

Se dio la vuelta. Soltó las correas. Dejó que Aldric cayera sobre la nieve y se tiró encima de él, cubriéndole la cabeza y el pecho con su cuerpo pequeño, con los brazos, con las piernas, con todo lo que tenía.

Y Aldric, desde abajo, lo abrazó con los brazos de piedra, lo apretó contra sí, y le cubrió a su vez la espalda con las manos grises, como un escudo.

La avalancha de tiempo cayó sobre ellos.

Fen no sabría decir después cuánto duró.

Quizá un instante. Quizá un siglo. Sintió pasar los años por encima como pasa el agua de un río sobre una piedra hundida: inviernos que le helaban la sangre, veranos que le secaban la piel, primaveras que le llenaban la boca de un sabor a flores y a lágrimas.

Sintió cómo le crecía el pelo y se le caía, cómo le crecían las uñas y se le rompían.

Sintió los huesos alargarse y encogerse.

Y en algún lugar muy hondo de sí mismo, en un rincón que no sabía que tenía, sintió que algo se abría.

Una espiral. Una puerta pequeña que llevaba mil años cerrada.

Por esa puerta entró el tiempo.

Y el tiempo, por primera vez en la vida de Fen, se quedó dentro.

Cuando abrió los ojos, la avalancha había pasado.

El tajo estaba quieto y en silencio. La nota rota había desaparecido; en su lugar sólo quedaba el viento de la montaña, limpio y frío, silbando entre las piedras.

Sobre ellos, a pocos pasos, la grieta se abría a una explanada de nieve bajo un cielo de nubes que giraban.

Habían llegado. Estaban casi en la cima.

Fen se incorporó despacio. Le dolía todo. Le dolían partes del cuerpo que nunca le habían dolido: las rodillas, la espalda, los nudillos, un dolor sordo y constante que no se parecía a ninguna herida. Se miró las manos.

No eran las suyas.

Eran más grandes. Más finas. La piel se le había vuelto delgada, casi transparente, con manchas pardas en el dorso, como las hojas en otoño.

Los nudillos se le marcaban, gruesos y nudosos.

Se llevó los dedos a la cara y la encontró surcada de arrugas.

Se tocó el pelo y le cayó sobre los ojos: largo, lacio, gris como la ceniza.

Fen, el Ilvain, el que no envejecía, el pequeño al que el tiempo había olvidado, era un viejo.

Se miró la pierna. La herida de las garras del garrahondo había desaparecido. En su lugar, de la cadera a la rodilla, había una cicatriz blanca, lisa y antigua, como las que dejan las heridas de hace cuarenta años.

—Fen.

Se volvió. Aldric estaba tendido en la nieve, mirándolo, con los ojos muy abiertos.

Estaba igual. Igual que antes de entrar.

Ni un día más viejo. Ni un día más joven.

Las mismas arrugas, la misma barba blanca, los mismos brazos de piedra.

Fen lo había cubierto entero. Y los brazos de piedra, cruzados sobre la espalda de Fen, habían detenido lo poco que quedaba: la roca no envejece.

Juntos. Habían pagado juntos. Pero la cuenta más grande había sido la de Fen.

Aldric alargó la mano, la que aún tenía cinco dedos, y le tocó la cara arrugada con el dedo de la mancha rosada, el único que sentía. Fen vio cómo se le llenaban los ojos de lágrimas.

—¿Cuánto? —preguntó el viejo en un susurro—. ¿Cuántos años?

Fen no lo sabía. Cerró los ojos y sintió el peso nuevo dentro de sí. Tanto tiempo. Una vida entera.

—Los suficientes —dijo al fin, y la voz también le salió distinta, más grave, más cascada—. Ahora ya somos dos viejos, Aldric. Ya no tendrás que quejarte de que yo tengo más energía que tú.

Aldric soltó una risa que se convirtió en sollozo, y se abrazaron en la nieve, al final de la grieta rota, dos viejos bajo las nubes que giraban.

Y allá arriba, detrás de las nubes, tan cerca ya que podían oírlo, algo empezó a cantar.