Capítulo 13 — La Cuerda Rota #2
Sino las dos cosas a la vez, y ninguna:
Días y noches mezclados como los hilos de una tela rota,
Estaciones que caían unas sobre otras
Sin orden ni piedad.
Nieve de mil inviernos. Flores de primaveras que nadie vio.
Hojas secas de otoños que aún no habían llegado.
Y la nota rota lo llenaba todo,
Tensa, temblorosa, a punto de romperse,
Como la última cuerda de un arpa
Que alguien sigue tocando
Sabiendo que la próxima nota
Será la última.
Fen se quedó mirándola desde el borde, con el corazón latiéndole en la garganta.
—Ahí dentro no sé si soy inmune —dijo en voz baja.
—Lo sé.
—Y tú seguro que no lo eres.
—Lo sé.
Fen se ajustó las correas. Sintió el peso de Aldric en la espalda, el de la piedra de su pueblo en el fondo de la mochila, el de la pierna herida que le temblaba.
—Sin silencios —dijo Aldric.
—Sin silencios.
Y entraron.
Hay quienes dicen que el tiempo es un río.
Los sabios de los hombres lo han escrito así en muchos libros, y los Ilvain, en sus crónicas más viejas, decían que era una espiral.
Pero Fen, después de aquel día, siempre supo que no era ni una cosa ni la otra.
El tiempo era una tela. Y dentro de la grieta rota, la tela estaba desgarrada, y por los desgarrones se veían todos los hilos a la vez.
Al principio sólo fue el frío. Luego, al tercer paso, el calor.
Fen subía por el fondo del tajo, una rampa empinada de roca suelta que se alzaba hacia las nubes entre dos paredes verticales, y de pronto la nieve que le llegaba a las rodillas ya no estaba.
Pisaba hierba. Hierba verde y alta, húmeda de rocío, salpicada de flores amarillas que Fen no había visto nunca.
Olía a primavera. Un abejorro gordo le pasó zumbando junto a la oreja.
Al paso siguiente, la hierba se había secado.
Crujía bajo los pies, dorada y quebradiza, y el aire olía a polvo y a verano.
Al otro, caían hojas rojas de árboles que no estaban allí.
Y al otro, otra vez la nieve, pero una nieve distinta, azulada y dura como la piedra, de un invierno tan antiguo que el mundo ya lo había olvidado.
—No te sueltes —dijo Fen.
—No me suelto.
Pero Fen sentía lo que le pasaba a Aldric a su espalda.
Lo sentía en el peso, que cambiaba con cada paso: más liviano en la primavera, más pesado en el invierno.
Lo sentía en la respiración del viejo, que a veces se volvía más ronca y a veces más clara.
Cada estación que atravesaban le quitaba o le devolvía algo de tiempo.
Unos días. Unas semanas. Por ahora, poco.
Por ahora, la tela se desgarraba sólo por los bordes.
Pero la nota rota llenaba el tajo entero. Tensa. Vibrante. Cada vez más aguda.
Y entonces empezaron las visiones.
La primera fue en un recodo de la rampa, en un trecho de otoño. Fen levantó la vista y vio, en lo alto del tajo, una procesión.
Eran figuras altas, altísimas, esbeltas como juncos y hechas de una luz pálida y delgada, que subían por la montaña en fila, en silencio, con la cabeza inclinada.
Llevaban algo entre todas: una cadena enorme, de piedra, gruesa como un tronco, que se arrastraba detrás de ellas por la nieve.
Tenían los rostros alargados, los ojos rasgados, las orejas finas y puntiagudas.
La que iba delante, la más alta de todas, tenía una cara que Fen conocía, porque había estado de rodillas junto a su fragmento de piedra en la caverna de las estatuas.
—Ithren —susurró.
La figura se detuvo. Volvió la cabeza. Y durante un instante, a través de mil años de tela rota, el antepasado de piedra y el último de su pueblo se miraron.
Ithren no dijo nada. Pero sus ojos se posaron en Fen, pequeño, cojo, cargando a un viejo de brazos de piedra. Y en su rostro sereno apareció algo que Fen no esperaba. No era lástima. Era algo parecido al orgullo.
Luego el otoño se volvió invierno y la procesión desapareció.
—¿Lo has visto? —preguntó Aldric con la voz temblorosa.
—Lo he visto.
La segunda visión fue más arriba, en un verano abrasador.
Dos hombres bajaban por el tajo en sentido contrario, hacia ellos.
Uno cargaba al otro a la espalda, igual que Fen cargaba a Aldric.
El que iba cargado tenía los ojos cerrados y la cabeza caída.
El que cargaba era joven, de pelo revuelto y nariz torcida, con una cicatriz pequeña en la ceja izquierda.
Fen lo reconoció. Era el muchacho del pozo. El más joven de los tres Sinlumbre, cien años atrás, cuando todavía tenía sombra.
Pasaron junto a ellos sin verlos, y el muchacho iba hablando en voz baja con el hombre que llevaba a cuestas, contándole algo, animándolo, como Fen le hablaba a Aldric en los peores tramos del camino.
—Ya casi, ya casi. Aguanta. Ya casi llegamos.
Luego el verano se volvió primavera y los dos desaparecieron.
Aldric no dijo nada. Fen sintió que le temblaban los brazos alrededor del cuello.
La tercera visión fue la última, y fue la peor.
Estaban ya muy arriba. Las nubes de la cima giraban sobre ellos, tan cerca que podían tocarlas, y la nota rota sonaba tan aguda y tan tensa que a Fen le sangraban los oídos.
El tiempo cambiaba ahora a cada paso, a cada medio paso: nieve, flor, hoja, hielo, tan deprisa que las estaciones se mezclaban en un torbellino de colores sin sentido.
Y en mitad de ese torbellino, allá arriba, al final del tajo, Fen vio una figura.
Estaba sola, de pie en la nieve, junto a algo que brillaba. Una luz. Una puerta de luz. Era alta, delgada, hecha de una claridad pálida como la de la procesión de Ithren. Tenía las orejas finas y puntiagudas. Y estaba llorando.
A su lado, en la nieve, no había nadie.
Fen no pudo verle la cara. No supo si era alguien que ya había sido o alguien que todavía iba a ser. Sólo supo, con una certeza que le heló la sangre, que aquella figura estaba sola. Y que no quería estarlo.
—Aldric —dijo con la voz rota—. ¿Qué es eso? ¿Quién es?
Pero Aldric no pudo contestarle.
Porque en ese momento la cuerda se rompió.
Fue un sonido que Fen no olvidaría nunca.
La nota rota, tensa durante tantos días, se partió con un chasquido que no se oyó en los oídos sino en los huesos, en la sangre, en el fondo del alma.
Y el tajo entero se estremeció, y el tiempo, que hasta entonces se había desgarrado sólo por los bordes, se vino debajo de golpe.