El Último de los Ilvain Capítulo 13 — La Cuerda Rota
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Capítulo 13 — La Cuerda Rota

No hablaron del atajo aquella noche. Aldric no lo permitió.

—Primero la pierna —dijo, y en su voz había algo que Fen no le había oído nunca, ni siquiera en los peores momentos del viaje: una autoridad sin orgullo, la de quien manda no porque se crea por encima, sino porque sabe que alguien tiene que hacerlo—.

Luego hablaremos de caminos. Un camino no sirve de nada si quien lo va a recorrer se muere antes de dar el primer paso.

Fen quiso protestar. No tuvo fuerzas.

La galería de los pactos estaba en silencio.

Donde antes se alzaba la pared de hielo azul con el maestro atrapado dentro, sólo quedaba un montón de nieve blanda, y el viento que entraba por las grietas de la cúpula la iba esparciendo poco a poco por el suelo.

Las frases heladas que colgaban en el aire, cientos de promesas a medias de cientos de viajeros, se habían desprendido todas cuando el pacto de Halvard se rompió.

Ahora cubrían el suelo como una escarcha fina, de letras rotas que ya no decían nada.

Arriba, a través de la cúpula, las estrellas seguían en su sitio. Cinco días y medio.

Aldric se arrastró hasta Fen sobre los codos y se puso a trabajar.

No fue fácil. La mano izquierda ya no le servía para nada: era piedra hasta el hombro, dura y gris, con un muñón liso donde había estado el meñique.

La derecha estaba casi igual. Sólo le quedaba un dedo que sintiera algo, el índice, con aquella mancha rosada del tamaño de una lenteja en la punta.

Así que Aldric sujetó a Fen contra el suelo con el peso muerto del brazo de piedra, apoyado sobre su hombro como una losa, y con aquel único dedo vivo empezó a despegarle la venda.

Tardó una eternidad. La tela se había pegado a la herida durante la subida desde las Hondonadas, y cada tirón arrancaba un gemido de Fen.

Aldric no se detuvo. Trabajaba con una paciencia infinita, hilo a hilo, con la cara muy cerca de la pierna para ver en la penumbra y la lengua asomándole entre los dientes, igual que Fen cuando construyó el arnés en la cabaña.

Lo que apareció debajo hizo que el viejo apretara los labios hasta volverlos una línea blanca.

El corte de las garras del garrahondo le cruzaba el muslo de la cadera a la rodilla. Estaba hinchado y rojo, con los bordes oscuros y un olor dulzón que Fen conocía de los animales enfermos del valle. La fiebre venía de allí. Fen le aseguró que no era tan grave.

—Calla.

Aldric destapó con los dientes el odre de vino dulce que les había dado el posadero y lo vertió sobre la herida.

Fen gritó. Se mordió el puño para no gritar más, y aun así gritó, porque el vino ardía como fuego líquido y le llegaba hasta el hueso.

Aldric no se detuvo. Fue limpiando la herida entera, sorbo a sorbo, apartando la suciedad con el dedo de la mancha rosada, mientras con el brazo de piedra lo mantenía quieto contra el suelo helado.

No le temblaba el pulso. Era lo único de su cuerpo que todavía le obedecía del todo.

Cuando terminó, Fen temblaba de pies a cabeza y tenía la cara mojada.

Aldric le vendó la pierna con el paño limpio que había envuelto la miel del posadero.

Tuvo que hacer el nudo con los dientes. Y luego, sin decir nada, se quitó de los hombros la última manta que les quedaba y se la echó a Fen por encima.

Fen protestó débilmente que él la necesitaba más.

—Por primera vez en treinta años, no discutas conmigo. —Aldric se recostó a su lado contra el montón de nieve donde había estado Halvard—. Duerme. Mañana hablaremos.

Fen durmió.

Soñó con la cabaña, con el fuego que había ardido catorce años seguidos, con una abeja llamada Gustavo que volaba en círculos, torcida hacia la izquierda, alrededor de un pozo sin fondo.

Soñó con la estatua de Ithren, alta como un junco, que lo miraba desde muy arriba con su único ojo de piedra y le preguntaba algo que él no llegaba a entender.

Y cuando despertó, con la luz gris del alba entrando por la cúpula de hielo, la fiebre había bajado un poco y Aldric estaba despierto, mirándolo.

—Ahora —dijo el viejo—. Cuéntamelo todo.

Fen se lo contó.

Le habló de la nota rota que llevaba días oyendo en el viento, desde los pasos de piedra.

Sonaba distinta a cualquier otra grieta: no se partía en dos, no era hueca ni quieta, sino tensa y vibrante, como una cuerda de arpa estirada hasta el límite.

Venía siempre de la misma dirección: hacia arriba, hacia la cima.

Fen creía que era una grieta que subía recta por dentro de la montaña, como una chimenea.

Si la seguían, llegarían arriba en uno o dos días. No en doce.

Aldric le preguntó cómo sabía eso.

Fen se encogió de hombros bajo la manta. No lo sabía. Lo oía. Igual que había sabido el nombre de Ithren antes de que Aldric lo leyera en el pedestal. Había cosas de aquella montaña que le hablaban por dentro, y no sabía explicarlo mejor.

Aldric se quedó callado mucho rato, mirando por la cúpula las estrellas que se apagaban una a una con el amanecer. Luego le preguntó, sin reproche, por qué no se lo había dicho antes.

Fen bajó la vista.

—Porque suena mal, Aldric.

Le explicó que todas las demás grietas sonaban a tiempo que se escapa, hacia adelante o hacia atrás.

Aquélla no. Aquélla sonaba a tiempo roto, a algo que se había partido y no se había curado nunca.

No sabía qué pasaba si uno entraba ahí. No sabía si a él lo protegería lo mismo que en las otras.

Y a Aldric, desde luego, no lo protegería nada.

Aldric no necesitó que se lo explicara más.

Lo resumió él, en voz baja, repasándolo como quien suma una cuenta que no quiere que le salga.

Era una locura, y los dos lo sabían. Una locura que podía matarlos a los dos.

Pero el camino del mapa eran doce días, les quedaban cinco, y Fen tenía una pierna que se estaba pudriendo.

Fen no respondió. No hacía falta.

Aldric se pasó la mano de piedra por la cara, con un roce áspero de roca contra la barba. Cuando volvió a hablar, lo hizo muy bajo.

Le recordó la piedra de su pueblo: uno cruza, el otro paga el paso.

Y el anciano del pozo de los Sinlumbre: él cruzó, yo pagué.

Cada vez que se acercaban a la cima, la montaña les decía lo mismo de una forma distinta: que para llegar arriba, uno de los dos tenía que perder.

Y ahora Fen le proponía meterse en una grieta que ni siquiera él entendía.

—¿Y si es ahí? ¿Y si ése es el precio? ¿Y si uno de los dos entra y sólo sale el otro?

Fen lo había pensado. Muchas veces. Todas las noches desde el pozo de los Sinlumbre.

—Entonces saldrás tú.

—No.

Aldric se incorporó contra el montón de nieve, con una fuerza que no parecía caberle en el cuerpo.

—Escúchame bien, porque esto no te lo voy a repetir.

Hace treinta años que te tengo a mi lado y en treinta años no te he dado nada.

Ni un nombre, ni las gracias, ni una mirada.

Me lo has dado tú todo. El té, la manta, el fuego.

Me has cargado por un bosque, por una montaña, por las entrañas de la tierra.

Me has sacado de una niebla que quería tirarme por un precipicio y de unas fauces que querían arrancarte la garganta.

—Le temblaba la voz—. No vas a pagar tú también la última cuenta. No te dejo. Me niego.

Fen se quedó mirándolo. Y luego, despacio, sonrió. Era la primera vez que sonreía de verdad desde la posada.

—No puedes negarte.

Se lo explicó con toda calma, como quien enuncia una verdad evidente.

Aldric no podía caminar, y él sí. Si Aldric no quería ir por la grieta, no irían.

Pero entonces no llegarían. Aldric moriría allí, a cinco días de la puerta que llevaba toda la vida buscando, y Fen moriría con él, porque no pensaba bajar sin él.

La montaña se quedaría con los dos, no cruzaría nadie, nadie pagaría, y todo aquello habría sido para nada.

O podían ir por la grieta. Y a lo mejor pasaba algo terrible. Y a lo mejor no. Y a lo mejor llegaban.

Aldric abrió la boca. La cerró.

—Me estás chantajeando.

—Sí —dijo Fen—. Lo aprendí de un mago muy terco.

Aldric soltó una carcajada rota que le hizo toser. Tosió hasta quedarse sin aire, y cuando terminó tenía los ojos húmedos, y no sólo por la tos.

—Está bien —dijo al fin—. Está bien. Iremos. Pero con una condición. Si hay que pagar algo ahí dentro, lo decidimos los dos. No tú solo. No yo solo. Los dos. Sin silencios.

Fen le tendió la mano. Aldric se la estrechó con la suya de piedra, que no sentía nada. Y aun así, Fen tuvo la certeza de que la estaba sintiendo.

—Sin silencios —dijo.

Salieron de la galería de los pactos al mediodía, por una abertura de la cúpula de hielo que daba a la cara exterior de la montaña.

El viento del exterior los golpeó como un puño.

Estaban muy alto, más de lo que Fen había imaginado: bajo sus pies, la ladera caía en un abismo de nieve y roca que se perdía entre nubes, y más allá de las nubes, muy abajo, se adivinaban los valles del mundo de los hombres, verdes y pequeños como un recuerdo.

Y arriba, todavía lejos, todavía imposible, se alzaba la cima de Ithrengard: una aguja de roca negra envuelta en un remolino de nubes que giraba lentamente, siempre en la misma dirección, como el agua alrededor de un desagüe.

—Ahí está —dijo Aldric en voz baja—. El Umbral.

Fen no respondió. Estaba escuchando.

Siguió la nota rota por la cornisa exterior de la montaña durante tres horas, cojeando, con la pierna vendada ardiéndole a cada paso y Aldric a la espalda.

El viento lo empujaba hacia el vacío. La nieve le llegaba a las rodillas.

Pero la nota se hacía cada vez más clara, más fuerte, más tensa, hasta que casi le dolían los oídos.

Y al doblar un espolón de roca, la encontró.

No era una grieta como las otras.

Las otras eran heridas del tiempo;

Ésta era un tajo.

Subía por la cara de la montaña, recta como una lanza,

Hasta perderse entre las nubes de la cima,

Y por dentro no había oscuridad ni luz,