Capítulo 12 — Los Pactos Congelados #2
Aldric las leyó en silencio. Una vez. Dos. Y Fen, a pesar de la fiebre, vio cómo la comprensión le llegaba a la cara, lenta y terrible, como llega la luz del día a un campo de batalla.
—Amo —susurró Aldric—. La palabra que falta es amo. “Lo que más amo”.
Siempre fuiste el más listo de mis alumnos.
—¿Qué era? —La voz de Aldric se quebró—. ¿Qué era lo que más amaba? ¿Qué vino a entregarte?
La luz del hielo se quedó quieta un momento, como quien saborea una respuesta antes de darla.
¿De verdad no lo sabes?
Aldric no contestó.
Hace sesenta años, un mago llamado Halvard subió a esta montaña, fuera de tiempo, cuando el Umbral estaba cerrado y faltaban cuarenta años para que volviera a abrirse.
Quería cruzar. Toda su vida había querido cruzar, como tú.
Y sabía que no viviría paver la próxima alineación, igual que tú.
Así que vino aquí, a pedirme que le abriera la puerta antes de tiempo. Y yo le dije mi precio.
La luz latió.
Lo que más amaba en el mundo. Ni su magia, ni sus libros, ni sus años.
Eso le importaba menos de lo que él creía.
Lo que más amaba era un muchacho flaco de veintitrés años que lo esperaba abajo, en una casa junto a un estanque, estudiando los libros que su maestro le había dejado.
Un muchacho al que siempre le decía que los magos no tienen amigos, sólo herramientas.
Un muchacho al que nunca, ni una sola vez, le dijo que lo quería.
Aldric dejó de respirar.
Halvard vino a entregarte, Aldric. A ti.
Te habría olvidado en cuanto terminara la frase; habrías dejado de existir para él, y para el mundo, y él habría cruzado el Umbral limpio y libre y solo, que era lo que siempre creyó desear.
—La voz se hizo más baja, casi tierna—. Pero no terminó.
Llegó a “lo que más” y se calló. Y yo esperé.
Y él siguió callado. Un día. Un año. Sesenta.
Prefirió quedarse aquí, congelado a media palabra, antes que decir tu nombre como moneda.
¡Qué desperdicio, muchacho! ¡Qué desperdicio de mago!
Fen sintió que algo caliente le caía sobre el hombro. Tardó en entender que eran las lágrimas de Aldric.
—Aquí —dijo el viejo con la voz rota—. Escribió aquí en el mapa. No era una advertencia. Era… era el lugar donde decidió.
Era el lugar donde fracasó —corrigió la voz, y su ternura desapareció de golpe como el calor de una piedra al anochecer—.
Y ahora es tu turno. La frase sigue abierta.
El pacto sigue esperando. Cualquiera que la termine hereda el trato.
Termínala tú, Aldric. Di la palabra. Te llevaré al Umbral esta noche. Y a cambio me llevaré lo que más amas.
La luz se volvió lentamente, deliberadamente, hacia Fen.
No tendrás que verlo sufrir. No tendrás que cargar con su cadáver hasta la cima. No te acordarás siquiera de que existió. Será como si nunca hubiera habido nadie calentando tu té, remendando tu tejado. Cruzarás limpio. Libre. Como Halvard no se atrevió a cruzar. ¿No es eso piedad?
Aldric abrió la boca.
Y Fen, a su espalda, con la fiebre ardiéndole detrás de los ojos, comprendió de golpe dos cosas.
La primera, que el viejo no iba a decirlo, que antes se dejaría congelar allí mismo, junto a su maestro, sesenta años o seiscientos.
Y la segunda, que eso significaba que Aldric iba a morir en aquella montaña, a seis días del Umbral y doce de camino, por su culpa.
Por la pierna podrida de un duende que no sabía caminar sin tropezar.
A menos que él mismo terminara la frase.
No con el nombre de Aldric. Con el suyo.
Llévalo al Umbral, y a cambio te entrego lo que más amo, y lo que Fen más amaba en el mundo era a aquel viejo cascarrabias y ya no le importaba nada más.
Pero un pacto es un pacto, y si Fen lo heredaba, lo que el hielo se llevaría sería a Aldric, no a él…
No. Fen se obligó a pensar a través de la fiebre.
Podía ofrecerse a sí mismo. Podía decir te entrego lo que más amo, y lo que más amo es que él llegue.
Algo así. Algo que sirviera. Algo que salvara al viejo.
Se soltó de las correas. Dejó a Aldric en el suelo, contra la pared de hielo, junto a los pies congelados de Halvard. Y dio un paso hacia las letras.
—Fen —dijo Aldric—. ¿Qué haces?
Fen no se volvió. Miró las letras heladas, abrió la boca, y habló en voz alta, clara, con toda la fuerza que le quedaba:
—Llévanos hasta el Umbral antes de que se cierre, y a cambio te entrego lo que más…
Y se detuvo.
No porque quisiera. La palabra no estaba.
Buscó en la lengua, en la memoria, en el fondo de la garganta. Allí donde debía estar sólo encontró el hueco. Liso, pálido, pulido como la cáscara de un huevo. El posadero se la había llevado. Una que ninguno de los dos necesita ya. Estoy seguro de ello. Mi palabra lo garantiza.
Fen lo intentó otra vez. Y otra. La boca se le abría y se le cerraba y no salía nada.
El hielo se rió. Fue una risa larga, fría, que hizo temblar la cúpula y caer una lluvia de escarcha sobre ellos.
¡El pequeño no puede decirla! ¡Alguien le ha robado la palabra! —La luz se volvió hacia Aldric, y la voz de Halvard se volvió dura, burlona—. Entonces sólo quedas tú, muchacho. Y el tiempo corre. Seis días. Cinco y medio. Mira cómo tiembla.
Pero Aldric no miraba a la luz. Miraba a Fen, de pie frente a las letras, temblando de fiebre, con la boca todavía abierta en una palabra que no podía decir y que había intentado decir por él. Por él.
Y entonces, despacio, Aldric se dio la vuelta hacia la pared. Apoyó la frente contra el hielo, justo a la altura del rostro de su maestro, tan cerca que su aliento empañó la superficie azul.
—Halvard —dijo en voz baja, sin mirar a la luz, como si la luz no existiera—. Maestro. Soy yo.
El hielo no respondió. La luz latió, inquieta.
—No tiene que seguir callado —siguió Aldric—.
Ya está. No voy a terminar su frase. Ni la mía.
Nadie la va a terminar nunca. —Tragó saliva—.
Usted me enseñó que los magos no tienen amigos.
Me lo dijo cien veces. Y yo le creí. Cincuenta años creyéndole.
Tuve a mi lado a alguien que me quería, y lo traté como a una herramienta, porque eso era lo que usted me había enseñado.
—Se le quebró la voz—. Pero usted no se lo creía.
Vino aquí a cambiarme por una puerta y no pudo.
Se quedó sesenta años helado antes que decir mi nombre.
Eso no es fracasar, maestro. Eso es lo contrario.
¡Basta! —rugió la voz, y ya no se parecía en nada a Halvard—. ¡Termina la frase o márchate, pero no…!
—Yo era lo que usted iba a entregar —dijo Aldric, y levantó la voz por encima del rugido, clara, firme, la voz de un mago que dice una verdad en un lugar donde las palabras pesan—.
Y yo, que soy la moneda, digo que no. No me doy.
No me presto. No estoy en venta. Esta promesa se queda como la dejó: sin terminar.
Y así, sin terminar, se la devuelvo a quien la hizo.
Que sea lo que fue, maestro: la promesa que un hombre bueno decidió no cumplir.
El hielo crujió.
Un crujido largo, hondo, que recorrió la pared de arriba abajo como un relámpago blanco.
Las letras suspendidas frente a la boca de Halvard temblaron, se volvieron opacas y se deshicieron en polvo de escarcha que cayó al suelo como nieve.
Y con ellas, por toda la galería, las demás frases a medias, cientos de promesas rotas de cientos de viajeros a lo largo de los siglos, se estremecieron a la vez, como si algo que las sostenía hubiera perdido el pulso.
La luz azul gritó. Luego se apagó.
La pared de hielo se partió. Halvard cayó hacia adelante, rígido, sesenta años de escarcha rompiéndose en sus ropas, y Aldric lo recibió contra su pecho con los brazos de piedra.
Por un instante, un instante nada más, Fen vio cómo los ojos grises del maestro se movían.
Enfocaban. Miraban el rostro arrugado del viejo que lo sostenía, y lo reconocían.
La boca de Halvard, abierta durante sesenta años, soltó por fin el aliento que había guardado.
No era escarcha. Era aire caliente, humano, el último. Y dentro de él, apenas un susurro, iba la palabra que había callado durante toda una vida.
—…amo.
Ya no era un pago. El pacto se había roto. Nadie podía cobrarla. Era sólo lo que había sido siempre: lo que un maestro no supo decir a tiempo a su alumno.
Luego el cuerpo de Halvard se deshizo en nieve entre los brazos de Aldric, suave y blanca, y el viento que entraba por las grietas de la cúpula se la llevó despacio hacia las estrellas.
Aldric se quedó mucho tiempo con los brazos vacíos. Fen se sentó a su lado. No le dijo nada. Le apoyó la cabeza en el hombro de piedra y dejó que la fiebre le cerrara los ojos.
Pasó una hora, o dos. Las estrellas se movieron un poco sobre la cúpula. Cinco días y medio.
—Fen —dijo Aldric al fin, con la voz ronca—. Doce días de camino. No vamos a llegar.
Fen abrió los ojos. Miró la cúpula, las estrellas, el camino que ya no tenían. Y escuchó, allá fuera, en el viento de la montaña, aquella nota rota, tensa como una cuerda de arpa a punto de partirse, que llevaba días oyendo y callando.
Sin silencios. Lo había prometido en la niebla.
—Hay otro camino —dijo.