Capítulo 12 — Los Pactos Congelados
Subieron por el pasadizo del frío durante una noche y un día, y al final de él volvieron a ver el cielo.
No fue de golpe. Primero el techo de roca se fue abriendo en grietas por donde entraba una claridad azul y helada.
Luego las grietas se hicieron ventanas, y las ventanas bóvedas, hasta que el pasadizo terminó en una galería enorme cuyo techo no era de piedra sino de hielo: una cúpula inmensa, transparente como el cristal, a través de la cual se veía la noche.
Y en la noche, por primera vez en muchos días, había estrellas.
Fen se detuvo en la entrada con la boca abierta. Había olvidado que existían.
Estaban más cerca de ellas que nunca. Tan alto habían subido por dentro de la montaña que las estrellas parecían al alcance de la mano, grandes y temblorosas, derramadas sobre la cúpula como sal sobre un paño negro.
Su luz atravesaba el hielo y bajaba hasta el suelo de la galería, blanca y fría, y lo llenaba todo de un resplandor quieto, sin sombras, como el de un sueño.
Aldric no miraba las estrellas con asombro. Las miraba con otra cosa.
—Bájame —dijo—. Necesito verlas bien.
Fen lo sentó contra la pared, sobre la escarcha. Le costó; la pierna herida se le había hinchado durante la subida y cada movimiento le mandaba un latigazo de fuego desde la cadera hasta el tobillo. No dijo nada. Se sentó junto a Aldric y esperó.
El viejo estuvo mucho tiempo mirando el cielo.
Movía los labios en silencio. Contaba. Con el único dedo que aún sentía, trazaba líneas en el aire, de una estrella a otra, y luego las trazaba en la escarcha del suelo, números y ángulos que Fen no entendía.
Borraba. Volvía a empezar. Y a medida que calculaba, Fen le veía cambiar la cara, poco a poco, como cambia el cielo antes de una tormenta.
—¿Cuánto? —preguntó al fin.
Aldric tardó en responder.
—Seis días.
—¿Seis días para qué?
—Para la alineación. Para que se abra el Umbral. —Aldric bajó la vista hacia los números de la escarcha—. Seis días, Fen. Y por el camino del mapa, desde aquí hasta la cima, hay por lo menos doce. Quizá más, contigo así.
No miró la pierna de Fen al decirlo. No hacía falta.
Fen tampoco la miró. Miró las estrellas, tan cerca, tan indiferentes, y sintió algo que no había sentido en todo el viaje, ni en el bosque, ni en la niebla, ni frente al Eco de Piedra: no miedo, sino desaliento.
Un cansancio hondo, pesado, que le subía desde los pies como el agua fría sube por la ropa de quien se ha caído a un río.
Seis días. Doce de camino. Y todo lo que habían perdido para llegar hasta allí, la miel, el dedo, la palabra, la estatua de Ithren, no alcanzaba.
—Tiene que haber otro camino —dijo.
Aldric no contestó. Fen supo por qué. Nunca había otro camino. Ya se lo había dicho él mismo en la caverna.
Pero esta vez se equivocaba. Esta vez sí lo había.
Fen lo sabía desde hacía días, desde los pasos de piedra, desde que aprendió a leer el viento.
Lo había oído muchas veces al pasar: una nota rota, rara, distinta a todas las grietas, que sonaba siempre en la misma dirección, hacia arriba, hacia la cima, como una cuerda de arpa demasiado tensa a punto de romperse.
Una grieta que no rodeaba el camino sino que lo atravesaba. Que lo acortaba.
Y que no se parecía a ninguna otra. Que sonaba mal. Que sonaba a peligro.
No se lo había dicho a Aldric. Se lo iba a decir. Abrió la boca para hacerlo.
Y entonces vio las letras.
La escarcha en aquella roca tenía una forma extraña.
No eran las flores blancas que el hielo dibuja en los cristales,
Ni las plumas que deja el frío en la piedra al amanecer.
Eran letras. Casi.
Palabras heladas en el instante mismo de ser dichas,
Suspendidas en el aire como el aliento de un invierno,
Y nunca terminadas.
Aldric reconoció el hechizo antes de que Fen lo advirtiera,
Porque conocía la voz que las había pronunciado
Hacía sesenta años.
Y supo, con el estómago encogido,
Que su maestro había llegado hasta aquí.
Y que no había vuelto.
Estaban por toda la galería. Fen no las había visto al entrar, cegado por las estrellas, pero ahora que se fijaba, las veía en todas partes.
Flotaban en el aire a la altura de la cabeza de un hombre, inmóviles, hechas de escarcha fina y brillante, como si alguien hubiera hablado en voz alta en una noche de frío terrible y cada palabra se hubiera quedado congelada al salir de su boca.
Algunas eran frases enteras. Otras, sólo fragmentos.
Y todas, todas sin excepción, estaban cortadas a la mitad.
Te daré mis años si me dejas
Juro por mi sangre que no volveré a
Toma a mi hermano en lugar de
Llévame a la cima y a cambio te entrego
Fen se levantó, cojeando, y caminó entre ellas con cuidado de no rozarlas.
Algunas eran muy viejas, tan viejas que la escarcha se había vuelto opaca y las letras eran casi ilegibles.
Otras parecían más recientes. Estaban escritas en lenguas distintas; Fen reconoció la de los hombres del valle, y la de los magos, que Aldric usaba en sus libros, y otras que no había visto nunca.
—Son tratos —dijo Aldric a su espalda, en voz muy baja—.
Promesas. Cada una de estas frases es un pacto que alguien empezó a hacer y no terminó.
Los libros hablan de esto. Hay lugares en el mundo donde las palabras pesan más que en otros, donde lo que se promete queda escrito en el aire.
Ithrengard es uno de ellos. Aquí arriba, si empiezas un pacto, el pacto te espera. Te espera para siempre.
—¿Y quién hace los pactos? ¿Con quién?
Aldric no contestó.
Al fondo de la galería, donde la cúpula de hielo bajaba hasta tocar el suelo, había una pared de hielo más espeso que el resto, azul y profundo como el agua de un lago en invierno. Y dentro del hielo, como un insecto atrapado en ámbar, había un hombre.
Fen se acercó despacio. Aldric no le pidió que lo llevara. No hizo falta: Fen volvió por él, lo cargó a la espalda sin decir palabra, y lo llevó hasta la pared.
El hombre del hielo estaba de pie, con el cuerpo inclinado hacia adelante, como quien da un paso hacia alguien.
Llevaba una túnica de mago, larga y oscura, cubierta de escarcha.
Tenía la barba gris y corta, la nariz afilada, la frente alta surcada de arrugas, y los ojos abiertos, grises y fijos, mirando algo que ya no estaba allí.
La mano derecha estaba extendida hacia adelante, con la palma abierta, en un gesto de ofrenda. Y la boca…
La boca estaba abierta. A medio hablar.
Y delante de ella, fuera del hielo, suspendida en el aire de la galería, flotaba una frase. La más nítida de todas. La más reciente. Escrita en la letra angulosa, casi violenta, de las anotaciones del mapa.
Llévame hasta el Umbral antes de que se cierre, y a cambio te entrego lo que más
Nada más. La última palabra no estaba.
Fen sintió que Aldric temblaba a su espalda. No de frío.
—Halvard —susurró el viejo.
Fen lo entendió al instante. El maestro. El que dibujó el mapa. El que escribió Aquí. El que, según la voz de la niebla, decía que los magos no tienen amigos, sólo herramientas.
Estaba allí. Llevaba sesenta años allí, congelado en mitad de una frase.
—¿Está… muerto? —preguntó Fen.
Aldric no pudo responder. Fue el hielo quien lo hizo.
Porque en ese momento, en el silencio blanco de la galería, bajo las estrellas, las palabras congeladas de Halvard empezaron a brillar.
Primero débilmente, luego con más fuerza, con una luz azul y fría que se reflejó en toda la cúpula.
Y una voz habló. No salía de la boca del hombre atrapado, que seguía inmóvil.
Salía de todas partes a la vez: del hielo, del aire, de las estrellas.
Era grave y lenta, paciente como el invierno, y sonaba exactamente como la voz de Halvard, pero debajo había otra cosa.
Algo más antiguo. Algo que no era un hombre.
Aldric —dijo—. Mi muchacho. Cuánto has tardado.
Aldric apretó los brazos de piedra alrededor del cuello de Fen.
Seis días, ¿verdad? Lo has calculado bien. Siempre fuiste bueno con los números. Seis días, y doce de camino. —La luz latió en las letras heladas—. Pero yo puedo llevarte. Esta misma noche. A la cima. Al Umbral. Tú y tu pequeño amigo, antes de que salga el sol.
Sólo tienes que terminar mi frase.
Hay tentaciones que llegan como un grito y otras que llegan como un susurro al oído de quien está cansado.
Las primeras son más fáciles de rechazar, porque se ven venir.
Las segundas se sientan a tu lado junto al fuego, te llaman por tu nombre, hablan con la voz de alguien a quien quisiste, y te ofrecen justo lo que más necesitas en el momento en que menos fuerzas te quedan para decir que no.
Esta fue de las segundas.
Mírate, muchacho —dijo la voz del hielo, y era la voz de Halvard, tan exacta que a Aldric se le encogió el pecho—.
Ochenta y tres años. Sin piernas. Con los brazos de piedra hasta el hombro y un dedo menos.
Y él… —la luz azul se volvió un instante hacia Fen—, él arde de fiebre.
Esa herida del muslo se le está pudriendo.
¿No lo notas en su espalda? ¿No notas cómo tiembla?
No aguantará doce días. No aguantará seis.
Si seguís a pie, llegaréis a la cima con un cadáver a cuestas. O no llegaréis.
Fen quiso decir que no era cierto. Pero tenía la frente empapada de un sudor frío que no venía del esfuerzo, y la galería, desde hacía un rato, le daba vueltas despacio, como una rueda de molino.
Yo puedo llevaros —siguió la voz—. Esta noche. En un instante. Al pie mismo del Umbral, antes de que salga el sol. Sin grietas, sin monstruos, sin hambre. Sólo tenéis que terminar la frase que él empezó. Una palabra, Aldric. Una sola.
Las letras de escarcha latieron frente a la boca abierta del hombre congelado.
Llévame hasta el Umbral antes de que se cierre, y a cambio te entrego lo que más