Capítulo 11 — Los Garrahondos #2
Corrió. Hacia dónde, no lo sabía. La galería se bifurcaba, se retorcía, bajaba y subía, y en la oscuridad casi total, sin viento que le cantara el camino, Fen elegía los pasadizos a ciegas, por puro instinto.
A su espalda, Aldric se agarraba a él con los brazos de piedra cruzados sobre su pecho, tan fuerte que a Fen le costaba respirar.
Y detrás, a los lados, arriba, por todas partes, sonaban los chasquidos.
Tac-tac-tac-tac.
Los garrahondos no corrían como los lobos, en manada detrás de la presa.
Corrían por las paredes. Por el techo. Fen oía sus uñas raspar la roca sobre su cabeza, oía cómo las orejas enormes giraban en la oscuridad con un leve aleteo de papel, y comprendía, con un horror que le helaba la sangre, que no los estaban persiguiendo.
Los estaban rodeando. Chasqueaban para verlos, y cada chasquido les devolvía la forma de dos cuerpos que corrían, que jadeaban, que tropezaban.
Para aquellas criaturas, Fen y Aldric brillaban en la oscuridad como una hoguera en un campo de nieve.
Uno cayó del techo.
Aterrizó delante de Fen, en mitad del pasadizo, con las patas abiertas y la boca desplegada en todas sus filas de dientes.
Fen no tuvo tiempo de frenar. Chocó contra él y rodaron los tres, Fen, Aldric y la criatura, por el suelo mojado de la galería.
Algo afilado le cruzó el muslo a Fen, de la cadera a la rodilla, y sintió el calor de la sangre antes que el dolor. Gritó.
El garrahondo se le echó encima. Fen vio, en el resplandor verdoso del musgo, la cabeza ciega a un palmo de su cara, la boca abriéndose, bajando hacia su garganta.
Y entonces un brazo gris se interpuso.
Aldric, tendido en el suelo, sin piernas que lo sostuvieran, había metido el antebrazo entre los dientes de la criatura y la garganta de Fen. La boca se cerró sobre él con un crujido terrible, el crujido de mil dientes contra la piedra.
Porque era piedra. Desde la caverna de los Ilvain, desde el momento en que Aldric había empezado a reunir aquella magia que Fen le había impedido gastar, las vetas grises habían subido hasta el hombro, y el brazo de Aldric ya no era carne.
Era roca viva, dura como el granito de la montaña.
Y los dientes del garrahondo, finos y largos como agujas, se partieron contra ella.
La criatura chilló. Retrocedió sacudiendo la cabeza, escupiendo dientes rotos y sangre negra, y Aldric, con un rugido que no parecía salir de un viejo de ochenta y tres años, le descargó el brazo de piedra sobre el cráneo con todo su peso.
El garrahondo se desplomó y no volvió a levantarse.
Fen se quedó mirando a Aldric, jadeando, con la pierna sangrando. Aldric lo miró a él. Ninguno de los dos dijo nada. En la oscuridad, a su alrededor, los chasquidos se multiplicaban.
—Arriba —gruñó Aldric—. Súbeme. Vamos.
Fen lo cargó. No supo cómo. La pierna herida le quemaba a cada paso y la sangre le empapaba la ropa, pero lo cargó, y corrió, y mientras corría intentó escuchar. No los chasquidos, que lo llenaban todo, sino lo que había debajo: cualquier cosa, cualquier sonido que no fuera de aquellas criaturas.
Y lo oyó.
Muy lejos, muy abajo, casi ahogado por el estrépito de la caza, un rumor sordo y continuo, como un trueno que no termina nunca.
Agua. Mucha agua. Cayendo.
—¡Un río! —jadeó—. ¡Hay un río, Aldric! ¡Una cascada!
—¿Y de qué nos sirve…?
—¡Ven con el sonido! —gritó Fen—. ¡Y el agua hace más ruido que nosotros! ¡Si llegamos, no nos verán!
Corrió hacia el rumor. Se equivocó de camino dos veces.
Tuvo que retroceder por pasadizos donde los chasquidos venían ya de frente.
Una uña negra le arañó el hombro desde la pared.
Otra rozó la espalda de Aldric. El rumor crecía, se volvía un trueno, y Fen sentía ya en la cara el aire húmedo y frío que subía del agua.
Pero no iban a llegar.
Lo supo en el último recodo. Detrás de ellos, la galería entera hervía de chasquidos, tan cerca que oía la respiración de las criaturas, el roce de sus pieles pálidas contra la roca. Eran demasiados. Estaban demasiado cerca. Y él tenía la pierna abierta y un hombre a cuestas.
Necesitaba tiempo. Unos pocos latidos. Necesitaba que los garrahondos miraran hacia otro lado.
Metió la mano en la mochila sin dejar de correr.
Sus dedos encontraron el paño que envolvía el tarro de miel del posadero, la miel oscura que sabía a flores de ninguna montaña, la que había guardado para cuando todo terminara, para cuando pudieran sentarse otra vez junto a un fuego y hablar de Gustavo.
No lo pensó más. Se volvió y lo lanzó con todas sus fuerzas contra la pared del fondo de una galería lateral, lejos, en la dirección contraria.
El tarro estalló contra la roca con un estrépito de cristal que resonó en las Hondonadas como una campana.
Los chasquidos se detuvieron. Durante un latido, un solo latido, todas las orejas de la oscuridad se volvieron hacia aquel sonido nuevo, brillante, repentino. Y luego, con un chillido unánime, la manada entera se lanzó hacia la galería lateral, hacia el ruido, hacia la miel derramada.
Fen corrió en la dirección contraria.
Salió a la cascada.
Era una caverna alta y estrecha, partida por la mitad por una cortina de agua que caía desde una grieta del techo, blanca y rugiente, hasta perderse en un abismo sin fondo.
El ruido era ensordecedor. Ya no se oía nada más: ni los chasquidos, ni la respiración, ni los latidos del corazón.
Sólo el trueno del agua. Y a lo largo de la pared, justo detrás de la cortina, corría una cornisa estrecha, resbaladiza, apenas del ancho de un pie.
Fen se metió en ella sin pensarlo. El agua los empapó al instante, helada. Avanzó de lado, con la espalda contra la roca y Aldric aplastado entre él y la piedra, paso a paso, sobre el vacío.
A mitad de la cornisa se volvió a mirar.
Al borde de la caverna, donde terminaba el pasadizo, había aparecido un garrahondo.
Sólo uno. Más grande que los demás, con las orejas desgarradas por viejas peleas y una cicatriz blanca que le cruzaba el hocico ciego.
Estaba quieto. Chasqueaba, pero el chasquido se perdía en el trueno del agua, y las orejas giraban confusas, sin encontrar nada.
Y entonces levantó la cabeza y olfateó.
Fen vio el hocico temblar. Vio cómo la cabeza se volvía, despacio, hacia la cornisa. Hacia la sangre que le chorreaba por la pierna y goteaba sobre la roca mojada.
El jefe de la manada no necesitaba oír. Tenía la sangre.
Saltó a la cornisa.
Avanzó hacia ellos pegado a la pared, con las uñas clavadas en la roca, más rápido de lo que Fen podía retroceder.
Fen se echó hacia atrás, resbaló, se sostuvo.
El garrahondo abrió la boca. Fen ya no tenía nada que lanzar, ninguna miel, ningún truco.
Sólo el vacío a un lado, la piedra al otro, y aquellos dientes cada vez más cerca.
—Fen —dijo Aldric junto a su oído, y aunque el agua rugía, Fen lo oyó con toda claridad—. Agárrate a la pared. Fuerte.
—¿Qué vas a…?
—Agárrate.
Fen se agarró.
El garrahondo saltó.
Y Aldric soltó una mano del hombro de Fen, la mano de piedra, y la estiró en el aire, en el hueco entre la roca y el abismo, justo donde la criatura iba a caer.
Los dientes se cerraron sobre ella con un crujido que ni la cascada pudo tapar.
Y Aldric, con el brazo atrapado en la boca de la bestia, tiró.
No hacia sí, sino hacia el vacío.
El garrahondo perdió el apoyo de las uñas. Durante un instante quedó suspendido en el aire, colgado del brazo de piedra de Aldric, pataleando, chillando. Luego algo cedió con un chasquido seco, y la criatura cayó.
Cayó a través de la cortina blanca y se perdió en el abismo sin un sonido que pudiera oírse sobre el trueno del agua.
Fen no se movió durante mucho tiempo. Se quedó pegado a la roca, empapado, temblando, con Aldric aplastado contra su espalda. Luego, muy despacio, avanzó hasta el final de la cornisa, hasta un hueco en la pared donde el agua ya no llegaba y el ruido era un poco más soportable, y allí se dejó caer.
Desató a Aldric. Lo recostó contra la roca. Y le miró la mano.
Le faltaba un dedo.
El meñique de la mano izquierda, la de piedra, se había partido limpiamente a la altura del nudillo cuando el garrahondo cayó. Donde antes estaba el dedo sólo quedaba un muñón de roca gris, liso, sin sangre. Nada. Como una estatua a la que se le rompe una esquina.
Aldric lo miró con una calma extraña.
—No me duele —dijo, y esta vez era verdad, y eso era lo peor—. No lo he sentido.
Fen no pudo contestar. Buscó con la vista en el suelo del hueco, por si el dedo había caído allí. No estaba. Se lo había llevado el abismo, junto con la bestia, junto con la miel, junto con tantas otras cosas que la montaña les iba quitando una a una, sin prisa, como quien cobra una deuda a plazos.
Le vendó la pierna con lo que quedaba de su propia camisa. Aldric lo ayudó con su única mano que aún tenía cinco dedos. Ninguno de los dos habló.
Cuando terminaron, Fen se dio cuenta de que el aire había cambiado. Ya no olía a agua estancada. Del fondo del hueco, donde la roca se abría en un pasadizo que subía en pendiente, bajaba un soplo frío, limpio, cortante. Era el frío de las alturas.
Y con el frío, muy tenue, volvía el viento.
Fen cerró los ojos y escuchó. Un silbido.
Un pasadizo abierto, que subía. Y más allá, lejos, una nota que no había oído nunca: ni grave ni aguda, ni partida en dos, sino quieta.
Congelada. Una nota que no se movía, como un sonido que alguien hubiera dejado a medias y el frío hubiera atrapado en el aire.
—Aldric —dijo, abriendo los ojos—. Allá arriba hay algo.
Aldric no respondió. Estaba mirando el mapa de su maestro, desplegado sobre las rodillas, a la luz de la vela que Fen había vuelto a encender. Tenía el dedo sin sensibilidad posado sobre un punto del papel, justo encima de las Hondonadas.
Sobre ese punto, el maestro había escrito una palabra.
Aquí.