Capítulo 11 — Los Garrahondos
Hay caminos que suben y caminos que bajan.
Quien ha viajado por montañas sabe que no siempre el que sube lleva a la cima, y que a veces, para alcanzar la cumbre, hay que descender primero hasta las raíces del mundo.
Así ocurría en Ithrengard. El mapa del maestro de Aldric lo decía con toda claridad en su letra angulosa: pasada la gran caverna de los Ilvain, el único camino hacia los pasos altos atravesaba las Hondonadas, un laberinto de galerías profundas excavadas bajo el corazón de la montaña, donde el agua había trabajado durante más siglos de los que nadie sabía contar.
Junto al nombre, el maestro había dibujado una sola marca: una oreja tachada.
—¿Qué significa? —preguntó Fen.
—No lo sé —dijo Aldric—. Pero no me gusta.
Tenían comida, al menos. Las mochilas pesaban con el pan y la carne seca del posadero, y por primera vez en muchos días Fen caminaba sin que el hambre le nublara la vista.
Había recuperado algo de fuerza en las piernas, y a Aldric, aunque seguía tosiendo, le había vuelto el color a las mejillas, bajo las arrugas recobradas.
Pero ninguno de los dos hablaba mucho. Desde que habían salido de la posada, entre ellos había un silencio nuevo, distinto a los anteriores: no el de los secretos, sino el de dos personas que se están acostumbrando a llamarse de otra manera.
Fen decía Aldric con cuidado, como quien pisa una tabla recién clavada. Y cada vez que lo decía, notaba algo en la garganta: un roce, una tirantez pequeña, como si la palabra tuviera que pasar por un sitio demasiado estrecho. No se lo contó a Aldric. Se decía que era la falta de costumbre.
Las Hondonadas empezaban donde terminaba la luz.
Primero la franja de cielo sobre sus cabezas se estrechó hasta volverse un hilo.
Luego el hilo desapareció, y ya no quedó más claridad que la de la vela de Aldric, que había recobrado del suelo de la caverna, y la de las extrañas vetas de un musgo pálido que crecían en las paredes húmedas y brillaban con un verde enfermizo, tan débil que más que alumbrar parecía recordar la luz.
El suelo empezó a bajar. Al principio suavemente, después en rampas empinadas, resbaladizas, donde Fen tenía que agarrarse a las rocas con una mano mientras con la otra sujetaba las piernas de Aldric.
Y el viento se fue apagando.
Fen lo notó con un vuelco en el estómago.
Allí abajo el aire no corría: se estancaba, pesado y húmedo, oliendo a agua vieja y a piedra mojada.
El idioma de silbidos y zumbidos que había aprendido a leer en los pasos de piedra se volvía cada vez más débil, más confuso, hasta quedar reducido a un murmullo lejano que apenas distinguía de su propia respiración.
Por primera vez desde que habían entrado en la montaña, Fen caminaba casi sordo.
—No oigo las grietas —susurró—. Aquí abajo no hay viento que las cante.
—El maestro no marcó ninguna en esta parte del mapa —dijo Aldric—. Quizá no las haya.
—O quizá no llegó a oírlas.
Aldric no respondió.
Encontraron los primeros huesos al segundo recodo.
Estaban esparcidos por el suelo de una galería amplia, blancos y limpios bajo la luz de la vela, tan limpios que parecían tallados.
Huesos de ciervo, o de algo parecido a un ciervo, de patas largas y cuernos retorcidos.
Huesos de animales más pequeños que Fen no supo reconocer.
Y entre ellos, medio enterrado en el barro, un cráneo que no era de animal: redondo, de frente alta, con las cuencas vacías vueltas hacia el techo.
Todos tenían marcas. Surcos finos y paralelos, de cuatro en cuatro, grabados en el hueso como con un peine de hierro.
Fen se agachó a mirarlos, con Aldric todavía a la espalda, y vio algo más.
En las paredes de la galería, a la altura de su cabeza y más arriba, la roca también estaba marcada: arañazos largos, profundos, que subían en espiral hacia el techo, como si algo muy pesado y con muchas uñas hubiera trepado por allí. Muchas veces. Muchos algos.
—Apaga la vela —dijo Aldric en voz muy baja.
—¿Por qué?
—Porque lo que hizo esto vive aquí abajo, en la oscuridad. Y en la oscuridad nadie necesita ojos. —El viejo tragó saliva—. Creo que ya sé qué significa la oreja tachada, Fen. No dibujó una advertencia de que aquí no se oye. Dibujó una advertencia de que aquí te oyen.
Fen apagó la vela.
La oscuridad cayó sobre ellos como un manto mojado.
Sólo quedaba el resplandor verdoso del musgo en las paredes, que no alcanzaba para ver el suelo, sólo para adivinar la forma de la galería: su techo alto, sus recodos.
Fen se quedó quieto, con el corazón golpeándole en el pecho tan fuerte que temió que se oyera.
Y entonces, a lo lejos, muy a lo lejos, oyó algo.
No era el viento. Era un chasquido. Seco, rápido, repetido.
Tac-tac-tac. Tac-tac. Como uñas golpeando la piedra, o como una lengua chasqueando contra el paladar.
Venía de las profundidades de la galería, rebotaba en las paredes, volvía, se multiplicaba.
Tac-tac-tac. Y otro, desde otra dirección, respondiendo. Tac. Tac-tac.
—Están hablando —susurró Fen, casi sin mover los labios.
—No —susurró Aldric, contra su oreja—. Están mirando.
No tenían ojos, porque la noche no los necesita.
Tenían orejas grandes como hojas de otoño,
Finas como el papel, vueltas hacia todos los caminos,
Y bocas que chasqueaban en la oscuridad
Y escuchaban volver el eco de las cosas.
Así veían el mundo: hecho de sonido.
Cada piedra, un golpe. Cada charco, un susurro.
Cada corazón que late, un tambor
Que llama a la mesa.
No sentían odio, ni hambre de gloria, ni codicia.
Sólo hambre.
Y en las Hondonadas, el hambre era la única ley
Que la montaña no había podido encadenar.
El primero apareció en el recodo de la izquierda.
Fen no lo vio llegar. Sólo oyó el chasquido acercarse, cada vez más fuerte, más claro, y de pronto, en el débil resplandor verdoso de la pared, se recortó una silueta.
Era del tamaño de un lobo grande, pero no se parecía a ningún lobo.
Tenía el cuerpo largo y flaco, cubierto por una piel pálida, casi transparente, tan tensa sobre los huesos que se le contaban las costillas una por una.
Las patas eran largas, articuladas en demasiados sitios, terminadas en manos de cuatro dedos con uñas negras y curvas como garfios.
La cabeza era estrecha y alargada, sin ojos: en su lugar sólo había piel lisa, estirada sobre el hueso.
Y a los lados de esa cabeza ciega se abrían dos orejas enormes, desplegadas como alas de murciélago, tan finas que el musgo brillaba a través de ellas y se veía la red de venas que las recorría.
La boca estaba abierta. Dentro había dientes. Muchos. Demasiados, en demasiadas filas.
La criatura chasqueó la lengua. Tac-tac-tac. Las orejas giraron, temblaron, escucharon. Y la cabeza ciega se volvió, despacio, hacia donde estaban ellos.
Fen dejó de respirar.
Sintió a Aldric quedarse inmóvil sobre su espalda. Sintió el peso del viejo, su calor, el latido de su corazón contra la espalda, y pensó, con un terror frío y absurdo: lo va a oír. Va a oír su corazón. Va a oír el mío.
El garrahondo dio un paso hacia ellos. Otro. Las uñas negras rasparon la roca. Chasqueó otra vez, más cerca, y Fen sintió el sonido rebotar contra su propio cuerpo, contra su cara, contra sus manos, como un roce invisible. Lo estaba tocando con el sonido. Lo estaba viendo.
Pero no se lanzó.
Las orejas temblaron, confusas. La cabeza se ladeó a un lado y al otro.
Fen comprendió, sin saber cómo, lo que ocurría: estaban de pie, quietos, pegados a una pared cubierta de musgo húmedo, y el eco que volvía a la criatura era el de la piedra, no el de dos cuerpos.
Mientras no se movieran, mientras no hicieran un solo ruido, eran roca. Eran pared. Eran nada.
El garrahondo se hacercó tanto que Fen pudo oler su aliento: carne vieja y agua estancada. La cabeza sin ojos quedó a un palmo de su cara. Chasqueó una vez más. Esperó.
Y luego, lentamente, se dio la vuelta.
Dio un paso, otro, alejándose por la galería hacia el recodo de la derecha, arrastrando las uñas sobre los huesos del suelo con un ruido seco. Fen empezó a soltar el aire muy despacio, tan despacio que le ardieron los pulmones.
Estaba casi fuera de vista. Casi. Un paso más y el recodo se lo tragaría.
Entonces Aldric tosió.
No fue una tos fuerte. Fue apenas un espasmo, un carraspeo ahogado contra el hombro de Fen, del polvo de la caverna de los Ilvain que todavía le rascaba el pecho.
El viejo lo había estado conteniendo desde que apagaron la vela, con toda la fuerza de su voluntad, y la voluntad, al final, se le había acabado.
Fue un sonido pequeño. En cualquier otro lugar del mundo, nadie lo habría oído.
El garrahondo se detuvo en seco.
Las orejas giraron hacia atrás, las dos a la vez, como velas que atrapan el viento. La cabeza ciega se volvió despacio. Y la boca, la boca llena de filas de dientes, se abrió más, mucho más de lo que ninguna boca debería abrirse.
Y de ella salió un aullido.
No se parecía al de un lobo, ni al de un perro. Era un chillido largo, agudo y cortante, que rebotó en las paredes, en el techo, en los huesos del suelo, y se multiplicó por cien, por mil, recorriendo las Hondonadas de punta a punta como un toque de cuerno.
Y desde la oscuridad, desde todas las galerías, desde arriba y desde abajo, desde delante y desde detrás, le respondieron.
Tac-tac-tac-tac-tac-tac-tac.
Eran docenas.
No hay palabras en ninguna lengua, ni en la de los hombres ni en la de los Ilvain, para contar bien lo que fue aquella huida por las Hondonadas; y quienes la vivieron nunca quisieron buscarlas.
Fen, muchos años después, sólo decía que aquella noche aprendió que el miedo tiene sonido, y que suena como uñas sobre la piedra.