Capítulo 10 — El Posadero sin Rostro #3
—Las orejas se le mueven solas cuando algo le hace gracia —siguió Aldric, más deprisa ahora, con los ojos todavía cerrados—, primero la izquierda y luego la derecha, nunca las dos a la vez.
Y cuando tiene miedo se le quedan quietas, pegadas hacia atrás, como las de un zorro.
Así las tenía la mañana de la helada. Así las tenía en la niebla.
Tiene una cicatriz blanca muy pequeña debajo de la barbilla, del día que se cayó del tejado remendando la paja, y nunca me dijo cómo se la hizo porque creía que yo no la había visto.
La vi. Y las cejas… —se le quebró la voz— las cejas son dos líneas tan finas que parecen dibujadas con una pluma casi seca, y cuando se preocupa por mí se le juntan en el medio, y se le forma un pliegue justo aquí —se tocó su propia frente lisa, en el lugar exacto—, un pliegue pequeño, torcido hacia la izquierda.
Lo he visto cada día de este viaje. Cada día. No he mirado otra cosa.
Abrió los ojos. Tenía la cara, la poca que le quedaba, mojada.
—Durante treinta años no lo miré —dijo—. Tiene razón en eso. Pero llevo veinte días mirándolo como si se me fuera a acabar el tiempo de hacerlo. Porque se me va a acabar. Y necesito lo que me queda.
El posadero se quedó muy quieto junto al fuego.
Luego, despacio, levantó una mano larga y pálida y se la pasó por la frente lisa, como quien se quita el sudor. Cuando la apartó, las dos líneas finas ya no estaban allí.
Fen sintió un cosquilleo sobre los ojos. Se llevó los dedos a la frente y las encontró: sus cejas, finas como trazos de pluma casi seca, en su sitio.
—Justo es —dijo el posadero en voz baja—. Justo es. —Y se volvió hacia Fen—. Ahora tú, pequeño. Descríbeme el suyo.
Fen ni siquiera cerró los ojos. Lo miró de frente, a su amo sin arrugas, y habló durante mucho tiempo, y no se equivocó en nada; pues si hay algo en el mundo que Fen había mirado cada día de su vida, sin descanso y sin que nadie se lo pidiera, era aquel rostro.
Y cuando terminó, el posadero se pasó la mano junto a la boca que no tenía, y las pequeñas arrugas en abanico volvieron a la cara de Aldric Vann, y con ellas todas las demás, la frente surcada, las patas de gallo, y hasta la herida de la caverna, que volvió a sangrar un poco, como sangran las cosas que están vivas.
El posadero no dijo nada durante un largo rato. Se quedó de pie junto a la chimenea, con su rostro liso vuelto hacia las llamas, y a Fen le pareció, aunque nunca pudo estar seguro, que aquella figura sin cara estaba llorando a su manera.
—Hace mucho —dijo al fin— vine aquí con alguien.
Como ustedes. Y un día el posadero de entonces me pidió que describiera su rostro, y no pude.
No lo había mirado bastante. Me lo quitaron todo.
Y ella siguió su camino sin mí. —Se volvió hacia ellos—.
Los dejo ir. Pagaron con justicia. Pero el trato fue un trato, y una posada no da nada por nada.
Me quedaré con una sola cosa. Una que ninguno de los dos necesita ya.
Estoy seguro de ello. Mi palabra lo garantiza.
—¿Qué cosa? —preguntó Fen.
—Ya lo sabrás.
Y no dijo más. Pero les llenó las mochilas de pan, de queso, de carne seca y de manzanas; les dio un odre de vino dulce y otro de agua; y le entregó a Fen, envuelto en un paño, el tarro de miel oscura que sabía a flores de ninguna montaña. Luego les abrió la puerta de roble.
Afuera estaba el pasadizo, frío y gris como siempre.
Fen cargó a Aldric a la espalda, y el peso le pareció más liviano que nunca, aunque no era así.
Dieron diez pasos. Veinte. Cuando Fen se volvió a mirar, no había puerta, ni ventana, ni letrero: sólo roca desnuda, como si nunca hubiera habido nada.
—Amo —dijo Fen, y se detuvo.
No. No lo había dicho.
Lo intentó otra vez. Abrió la boca para decir la palabra que había dicho diez mil veces, cien mil veces, la primera palabra de cada mañana y la última de cada noche durante treinta años; y la palabra no estaba.
No es que no pudiera pronunciarla: es que no la encontraba.
Donde antes había estado, en algún rincón de su lengua y de su memoria, sólo quedaba un hueco liso, pálido y pulido como la cáscara de un huevo.
Aldric, a su espalda, lo había entendido antes que él.
—Se la llevó —dijo en voz muy baja.
Fen se quedó quieto en el pasadizo. Sintió algo extraño en la garganta, un nudo, una resistencia, como si alguna cosa muy antigua, muy honda, se hubiera tensado dentro de él al perder aquella palabra, del mismo modo que se tensa una cuerda cuando se corta otra que tiraba en sentido contrario.
No supo qué era. Tampoco lo preguntó entonces.
Pero lo recordaría más tarde, cuando ya fuera tarde para preguntar.
Tragó saliva. Buscó otra palabra. Y la que encontró, la única que había en el lugar vacío, se le hizo extraña en la boca, grande y nueva, como un traje prestado que aún no le queda bien.
—Aldric —dijo.
Era la primera vez en treinta años.
El viejo no contestó. Apoyó la frente arrugada, su frente, contra el hombro de Fen, y se quedó así un largo rato, mientras avanzaban juntos por la oscuridad hacia el corazón de la montaña.
Y aunque ninguno lo supo entonces, el posadero había dicho la verdad, como la había dicho siempre: ninguno de los dos volvería a necesitar aquella palabra nunca más.