El Último de los Ilvain Capítulo 10 — El Posadero sin Rostro #2
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Capítulo 10 — El Posadero sin Rostro #2

Mesa te sirvo, cama te doy,

Nada te pido de lo que soy.

Sólo me quedo lo que no uses:

Ceja que nadie frunce ni acuse,

Arruga vieja que nadie besa,

Cara que nadie mira en la mesa.

Rostro por rostro, siglo tras siglo,

Voy remendando el mío en sigilo;

Y el día que tenga cara completa,

Me iré de viaje por esa puerta.

Cuando la canción terminó, Fen ya había entendido. Apagó la vela, se sentó en el suelo junto a la cama de Aldric, con la espalda contra la madera, y esperó el amanecer con los ojos abiertos, como no lo había hecho desde la noche de las Hilanderas.

No hubo amanecer, porque en el vientre de la montaña no lo hay nunca; pero hubo un momento en que el fuego de abajo se avivó y el olor del pan volvió a subir por la escalera, y Fen supo que era de mañana.

Despertó a Aldric con suavidad. El viejo abrió los ojos, que aún eran suyos, grises y cansados, y se llevó una mano a la frente.

Ya no encontró la venda, ni la herida, ni una sola de las líneas que el tiempo le había trazado allí durante ochenta y tres años.

No dijo nada. Pero Fen vio que la mano le temblaba.

Bajaron. El posadero los esperaba junto a la mesa, donde el desayuno humeaba como si nunca hubiera dejado de hacerlo, y los recibió con la misma reverencia de la víspera.

Tenía el delantal limpio y las manos cruzadas.

Y sobre la superficie lisa de su rostro, donde antes no había nada, se dibujaban ahora dos líneas finas y oscuras, apenas visibles, allí donde un hombre tiene las cejas.

Fen las reconoció. Eran las suyas.

Y un poco más abajo, junto a donde habría estado la boca si la hubiera tenido, se marcaban unas arrugas pequeñas en abanico, de las que sólo deja la risa. Esas eran de Aldric.

—Buenos días —dijo el posadero, y la cortesía de su voz no había cambiado en nada—. ¿Han descansado? Me alegra. Siéntense, siéntense. Coman primero. Luego ajustaremos cuentas, como les prometí.

—Las cuentas ya las está cobrando —dijo Aldric, sin sentarse. Fen lo sostenía, pero el viejo se había erguido cuanto podía, y en su voz había algo que Fen no oía desde hacía muchos años: la voz de un mago—. Anoche, mientras dormíamos. Y sin preguntar.

—No pregunté porque no hacía falta, señor mago.

El trato estaba hecho. Ustedes lo aceptaron.

—El posadero ladeó la cabeza, y las cejas robadas se alzaron en un gesto de sincera extrañeza—.

Dije que sólo tomaría lo que no fueran a necesitar.

Y díganme con franqueza: ¿para qué necesitan un rostro dos viajeros que caminan en la oscuridad?

Aquí dentro no hay espejos, ni amigos, ni nadie que los mire.

Y ustedes mismos… —se volvió hacia Fen, y su voz se hizo más dulce, más triste, casi compasiva— ustedes mismos no se miran.

Él no te ha mirado de verdad en treinta años, pequeño.

Lo sé. Lo he visto en su cara. Esas arrugas de risa que llevo aquí no se las ganó contigo: las traía de antes, de sus libros, de su juventud.

Y tus cejas, que tanto frunces cuando te preocupas por él, ¿cuántas veces las ha notado?

Nadie echa de menos lo que no mira. Por eso me lo llevo. Es justo. Es lo pactado.

Hubo un silencio en la sala, sólo roto por el crepitar del fuego. Y Fen, que había pasado la noche entera pensando en aquello, no supo qué contestar, porque en el fondo de su corazón temía que el posadero tuviera razón.

Fue Aldric quien habló.

—Un posadero —dijo despacio— no rompe su palabra. ¿Es así?

—Así es —respondió el posadero, y por primera vez hubo en su voz algo parecido al orgullo—.

Es lo único que me queda. Perdí mi cara hace más siglos de los que puedo contar, y con ella mi nombre, y con él casi todo lo demás.

Pero mi palabra la he guardado. Nunca he tomado de un huésped algo que le hiciera falta. Nunca.

—Entonces le digo que nos hace falta.

—Demuéstrelo.

La palabra cayó sobre la mesa como una moneda.

—Es fácil decir que uno necesita algo —continuó el posadero, rodeando la mesa con pasos lentos—.

Todos lo dicen cuando están a punto de perderlo.

Pero yo soy un hombre de cuentas, señor mago, y en mis cuentas no entran palabras, sólo hechos.

Si de verdad necesita el rostro de su compañero, si de verdad lo ha mirado, descríbamelo.

Sin volverse. Sin mirarlo ahora. Descríbame su cara tal como la lleva dentro.

Si lo consigue, le devolveré lo que tomé de él, y usted tendrá el derecho de pedir lo mismo para sí.

Si no… —abrió las manos— si no, me lo quedo todo, y ustedes seguirán su camino sin rostro, como tantos otros antes que ustedes.

Tampoco es tan terrible. No lo notarán mucho. Nadie los mira.

Fen sintió que el suelo se le movía bajo los pies. Miró a Aldric. Aldric no lo miró a él.

Cerró los ojos.

Durante un largo rato no dijo nada, y Fen pensó que había perdido.

Pensó en las mañanas de té junto al fuego, en treinta años sentado sobre el cojín a los pies del sillón, en todas las veces que Aldric había hablado sin levantar la vista del libro.

Pensó en lo que había dicho el prólogo de su propia vida, aunque él no lo supiera: con cuidado, pero sin la costumbre de mirarlo dos veces.

Y entonces Aldric empezó a hablar.

—Tiene los ojos del color de la corteza cuando llueve —dijo—. No marrones: más oscuros, con algo verde en el fondo que sólo se ve cuando está cerca del fuego. Los abre mucho cuando va a proponer una tontería, y los entrecierra cuando sabe que la tontería va a salir mal pero la va a proponer igual.

El posadero se detuvo.