Capítulo 10 — El Posadero sin Rostro
Salieron de la caverna de los Ilvain por el arco del fondo, y durante un día entero no hablaron.
Fen caminaba sin arnés. La correa rota ya no tenía arreglo, y lo que quedaba de cuero y cuerda solo servía para llevar a Aldric a cuestas de la forma más primitiva, con los brazos del viejo alrededor de su cuello y las piernas muertas colgando a los lados, sujetas con un nudo sobre el pecho.
Era peor que el arnés. Mucho peor. A cada paso, Fen sentía que se le partía la espalda en dos.
Aldric tenía la frente vendada con el último trozo limpio de manta. La herida no era profunda, pero sangraba cada vez que tosía, y tosía mucho. El polvo de la caverna se le había quedado en los pulmones.
Y el hambre ya no era hambre. Era otra cosa, más silenciosa y más peligrosa.
Fen se había comido las raíces amargas la noche anterior, sin decírselo a Aldric, y había vomitado hasta el amanecer.
Ahora no sentía el estómago. Sentía las manos flojas, la cabeza ligera, los bordes del mundo borrosos y grises, y a veces, en la oscuridad de los pasadizos, veía luces que no estaban.
Por eso, cuando vio la luz de verdad, no le creyó a sus ojos.
Era una ventana. Una ventana cuadrada, con marco de madera y cristales amarillos, brillando en la pared de roca al final de un pasadizo. Detrás del cristal se movía una luz cálida, anaranjada, la luz inconfundible de una chimenea encendida.
Fen se detuvo.
—Amo —susurró—. ¿Usted también la ve?
Aldric levantó la cabeza de su hombro con esfuerzo.
—La veo.
—No puede haber una casa aquí dentro.
—No.
—Entonces no deberíamos acercarnos.
—No.
Ninguno de los dos se movió durante un rato. Luego el viento cambió de dirección y les trajo un olor.
Pan. Pan recién horneado, con la corteza tostada. Y debajo del pan, algo más: carne asada, cebolla, un guiso espeso de los que se dejan al fuego todo el día. Y miel. Miel de verdad.
Fen sintió que las piernas se le movían solas.
—Fen —dijo Aldric, pero sin fuerza—. Fen, espera…
Fen no esperó. No podía. Caminó hacia la ventana, y a medida que se acercaba, la ventana se volvió una pared, y en la pared había una puerta de roble con herrajes de hierro negro, y sobre la puerta un letrero de madera colgado de dos cadenas, con letras pintadas a mano en un dorado ya descascarado.
LA ÚLTIMA MESA
Hospedaje para Viajeros
Se Aceptan Todas las Monedas
La puerta se abrió antes de que Fen pudiera tocarla.
Tenía la voz de un abuelo que cuenta cuentos junto al fuego,
La paciencia de quien ha esperado mucho tiempo
Y la cortesía perfecta de quien sabe
Que tarde o temprano todos los caminos
Terminan en su puerta.
Tenía manos, y tenía delantal,
Y tenía una sonrisa en la voz.
Lo único que no tenía era cara.
Era alto y delgado, vestido con una camisa blanca impecable, un chaleco de terciopelo verde oscuro y un delantal de lino almidonado atado a la cintura.
Tenía las manos largas y pálidas, de dedos finos, cruzadas con elegancia delante del pecho.
Y sobre el cuello almidonado de la camisa, donde debía estar su rostro, solo había una superficie lisa, sin ojos, sin nariz, sin boca, pálida y pulida como la cáscara de un huevo.
Aun así, sonrió. Fen no habría sabido explicar cómo, pero lo supo: el posadero sonreía.
—Bienvenidos —dijo, y la voz salía de algún lugar detrás de aquella superficie lisa, cálida y grave, con un deje de alegría—.
Bienvenidos, bienvenidos. Qué alegría. Hace tanto tiempo que no pasaba nadie.
Pasen, pasen, por favor. Hace frío en los pasadizos.
Hace frío en toda la montaña, pero aquí no. Aquí nunca hace frío.
Se hizo a un lado con una reverencia.
Detrás de él había una sala de posada como las de los cuentos.
Una chimenea enorme de piedra, con un fuego alto que crepitaba.
Vigas de madera oscura en el techo, de las que colgaban ristras de ajos, jamones y manojos de hierbas secas.
Mesas de roble pulido con bancos a los lados.
Y en la mesa más cercana al fuego, servida como si los hubiera estado esperando, una cena para dos: una hogaza redonda de pan dorado, todavía humeante; una olla de guiso espeso con trozos de carne y zanahoria; un plato de queso; manzanas rojas; un tarro de miel.
Y dos jarras de té. Té de ortiga.
Fen se quedó mirando las jarras.
—¿Cómo sabía…?
—Oh, yo sé muchas cosas —dijo el posadero, con una risa amable—. Es mi oficio. Un buen posadero sabe lo que desea su huésped antes de que el huésped lo sepa. Pasen. Siéntense. Coman. Deben estar hambrientos.
—No tenemos con qué pagar —dijo Aldric desde la espalda de Fen. Su voz sonaba ronca, pero firme—. No nos queda una sola moneda.
—¿Monedas? —El posadero ladeó la cabeza sin rostro—. Mi letrero dice que acepto todas las monedas, señor mago. No solo las de metal. No se preocupe por eso ahora. Primero se come. Luego se habla de cuentas. Así se hacen las cosas en una buena casa.
—¿Y qué moneda quiere? —insistió Aldric.
El posadero se quedó un momento en silencio, como si pensara. Luego abrió las manos, con un gesto de absoluta sencillez.
—Solo lo que no vayan a necesitar —dijo—. Nada más. Nunca pido nada más que eso. No me llevaré nada que les haga falta para su viaje, tienen mi palabra. ¿No les parece un precio justo?
Fen miró a Aldric por encima del hombro. Aldric le devolvió la mirada. Los dos habían leído los mismos cuentos, o Fen los había escuchado a escondidas mientras Aldric los leía. Los dos sabían que nunca, en ninguna historia, ese tipo de trato terminaba bien.
Pero el pan humeaba. Y Fen llevaba tres días sin comer.
Y Aldric, a su espalda, tosía sangre.
—Aceptamos —dijo Aldric. Fen lo miró sorprendido, pero el viejo sostuvo la mirada—. Él necesita comer, Fen. Y yo necesito que tú puedas cargarme mañana. Si no comemos, no llegamos. Aceptamos.
—Maravilloso —dijo el posadero, y dio una palmada suave—. Trato hecho. Siéntense, siéntense.
Comieron.
Fen no recordaba haber comido nunca así.
El pan estaba caliente por dentro y crujía por fuera; el guiso le quemó la lengua y no le importó; la miel era espesa y oscura, con un sabor a flores que no existían en esa montaña.
Comió hasta que le dolió la barriga y siguió comiendo.
Aldric, más despacio, comió también, y Fen vio cómo le volvía el color a la cara, cómo se le aflojaban los hombros.
El posadero no comía. Iba y venía por la sala, atizando el fuego, rellenando las jarras, sirviendo más guiso sin que se lo pidieran.
Hablaba mientras tanto, con esa voz cálida y paciente, de cosas sin importancia: de los viajeros que había hospedado a lo largo de los siglos, de los cazadores, de los magos, de una princesa que se perdió una vez en los pasadizos y se quedó una semana contándole historias.
—¿Y qué fue de ella? —preguntó Fen, con la boca llena.
—Siguió su camino —respondió el posadero—. Como todos. Todos siguen su camino. Yo solo me quedo con lo que no necesitan.
Después de cenar, el posadero les mostró una habitación en el piso de arriba, con dos camas de verdad, con colchones de plumas, sábanas de lino y mantas gruesas de lana.
Ayudó a Fen a acostar a Aldric con una delicadeza sorprendente para unas manos tan largas.
Dejó una vela encendida sobre la cómoda.
—Que descansen —dijo desde la puerta—. Mañana, cuando despierten, habrá desayuno. Y luego hablaremos de cuentas.
Cerró la puerta sin hacer ruido.
Aldric se durmió casi de inmediato. Fen tardó más. Se quedó sentado en su cama, escuchando. La posada crujía como crujen las casas viejas, con ese ruido tranquilo de la madera que se asienta. El fuego seguía ardiendo abajo. Todo estaba en calma.
Y sin embargo, algo le molestaba. Algo pequeño, que no terminaba de ver.
Se levantó para apagar la vela. En la pared, junto a la cómoda, había un espejo pequeño, ovalado, con marco de plata ennegrecida. Fen se miró de pasada, más por costumbre que por otra cosa.
Y se quedó quieto.
En el espejo estaba él: las orejas puntiagudas, los ojos oscuros del color de la corteza mojada, la nariz pequeña, el pelo revuelto por el viaje.
Pero algo faltaba.
Tardó un momento largo en darse cuenta de qué era. Se acercó más al espejo. Se tocó la frente con los dedos, justo encima de los ojos, donde siempre habían estado sus cejas, esas dos líneas finas y apenas visibles que Aldric había visto fruncirse tantas veces.
La piel estaba lisa.
Sin cejas. Sin marca. Sin rastro. Como si nunca hubieran estado ahí.
Detrás de él, en la cama, Aldric murmuró algo en sueños. Fen se dio la vuelta despacio, con la vela temblando en la mano, y miró el rostro de su amo a la luz de la llama.
Tenía los ojos cerrados. La nariz. La boca. La barba blanca.
Y las arrugas. Las arrugas de la frente, las de alrededor de los ojos, las de risa en la comisura de los labios, las que Fen conocía mejor que las líneas de sus propias manos después de treinta años.
Ya no estaban. La piel de Aldric estaba lisa, tersa y pálida, como la cáscara de un huevo.
Abajo, en la sala, alguien tarareaba una canción junto al fuego.
Es cosa sabida entre quienes han viajado mucho que las peores noches no son las más frías ni las más oscuras, sino las más cómodas.
En una cama dura el viajero duerme con un ojo abierto y la mano cerca del bastón.
En una cama de plumas duerme como un niño, y los niños no vigilan la puerta.
Eso lo sabía Fen, y lo sabía Aldric, pues ambos habían leído o escuchado cien historias que empiezan con una posada cálida y terminan muy lejos de ella.
Pero el hambre es mala consejera y el cansancio es peor, y aquella noche los dos habían escuchado a ambos.
Fen no volvió a dormir.
Se quedó sentado al borde de la cama con la vela en la mano, mirando el rostro liso de su amo, mientras abajo el tarareo junto al fuego se convertía poco a poco en una canción. La voz del posadero subía por las escaleras, cálida y sin prisa, y Fen, aunque no quería, escuchó la letra:
Pasa, viajero, que afuera hiela,
Deja el camino, deja la espuela;