Capítulo 9 — Lo que Despertamos bajo la Piedra #2
Fen se arrastró hacia él. Aldric tenía los ojos abiertos, aturdido, con sangre en la frente. Estaba vivo. Intentó incorporarse y no pudo; las piernas muertas no le respondían y las manos de piedra resbalaban en las losas.
Y el Eco de Piedra estaba encima de ellos.
Se había detenido. Los tres ojos los miraban desde lo alto, a la altura de un campanario.
La boca se abrió un poco más, y de su interior salió un aire caliente que olía a tierra removida, a raíces podridas y a tumba abierta.
Uno de los seis brazos se levantó despacio, casi con calma, y la mano de estalactitas se cerró en un puño del tamaño de un carro.
Fen se puso delante de Aldric. No sabía por qué. Era ridículo: un duende del tamaño de un niño, sin armas, sin fuerza, con los brazos abiertos delante de un monstruo del tamaño de una montaña.
—Fen. —La voz de Aldric sonó débil detrás de él—. Apártate.
—No.
—Fen. Puedo hacerlo. Me queda algo. Puedo…
Fen se dio la vuelta y vio las manos de Aldric, levantadas y temblando.
En las puntas de los dedos grises empezaba a brillar una luz débil, dorada y negra.
Y vio también las vetas. Avanzaban. En ese mismo instante, mientras Aldric reunía la magia, las vetas subían por las muñecas y los antebrazos, reptando bajo la piel como raíces hacia el codo, hacia el hombro, hacia el cuello.
—¡No! —Fen le agarró las manos, le cerró los dedos a la fuerza y apagó la luz—. ¡Me lo prometió!
—¡Nos va a matar!
—¡Entonces nos mata a los dos, pero usted no se convierte en piedra por mí!
El puño empezó a bajar.
Y Fen sintió algo.
No en los oídos. En la mano. En el corte de la palma, que todavía sangraba.
Le latía, le quemaba, como si tuviera algo dentro que quería salir.
Y a su alrededor, de las estatuas que seguían en pie en el círculo mayor, las que tenían los brazos extendidos hacia el lugar donde había dormido el monstruo, le llegó un sonido que ningún oído humano habría captado: un canto muy bajo, muy antiguo, como el que había oído en el bosque, pero sin engaño. Sin dulzura falsa. Solo una llamada.
Sangre despertó. Sangre ata.
Lo entendió en un instante. No con la cabeza. Con la sangre.
Se lanzó a un lado. El puño del Eco golpeó las losas donde habían estado un segundo antes, y la calzada estalló en una lluvia de piedra.
Fen rodó, se levantó y corrió, pero no hacia el arco, sino hacia atrás, hacia el círculo de estatuas, hacia la más grande de todas, la que tenía la inscripción que Aldric había leído: Aquí dejamos nuestra altura, para que la piedra sostuviera lo que nosotros no pudimos.
Seguía en pie. Era la única del círculo mayor que conservaba los dos brazos extendidos.
—¡Fen! —gritó Aldric a su espalda—. ¿Qué haces?
El Eco se dio la vuelta. Los tres ojos siguieron a Fen. Dejó a Aldric en el suelo, olvidado, y fue tras la sangre.
Fen llegó al pedestal. Se le doblaron las piernas y se agarró a la piedra para no caer. El monstruo venía detrás, aplastando estatuas, haciendo temblar la caverna con cada paso de sus seis brazos.
—¡Amo! —gritó Fen, sin darse la vuelta—. ¡El nombre! ¡El nombre de la estatua! ¡Léamelo!
Aldric, tirado en la calzada, con sangre en los ojos, entrecerró la mirada. Estaba lejos. La vela se le había caído en la caída y se apagaba, humeando, sobre las losas. En la penumbra, con los ojos viejos y la cabeza dando vueltas, apenas distinguía la escritura en espiral tallada en el pedestal.
—¡No la veo!
—¡Léala!
El Eco levantó dos brazos a la vez.
Aldric leyó. No con los ojos, que no le daban para tanto. Leyó con la memoria de sesenta años de libros, de copias de copias, de fragmentos de crónicas estudiados a la luz de mil velas, reconociendo la forma de la espiral más que las letras.
—¡Ithren! —gritó—. ¡Se llama Ithren!
Ithren. Ithrengard. La guardia de Ithren.
La montaña llevaba su nombre.
Fen apretó la palma herida contra el pedestal y gritó el nombre con todo el aire que le quedaba en el pecho.
—¡ITHREN!
La estatua se movió.
Fue un solo movimiento, lento, inmenso, el primero y el último en mil años.
Los brazos de piedra extendidos se cerraron, bajaron, y con ellos bajaron las cadenas que todavía colgaban de sus manos, enormes, gruesas como troncos.
Se enroscaron alrededor del Eco de Piedra con un estruendo que hizo temblar la montaña entera, sujetando dos de sus brazos contra su cuerpo, luego tres, luego cuatro.
El monstruo se revolvió. Tiró. Las cadenas crujieron.
Y la estatua de Ithren se inclinó hacia adelante, con los brazos cerrados alrededor de su prisionero como en un abrazo, y cayó sobre él con todo su peso.
El impacto lanzó a Fen contra el suelo. El polvo lo llenó todo. Durante un momento largo solo hubo oscuridad, el sonido de las piedras que seguían cayendo y el eco del golpe que retumbaba por las galerías de la montaña, alejándose, perdiéndose.
Luego, silencio.
Fen tardó en levantarse. Cuando lo hizo, tosiendo, con los ojos llenos de polvo, vio el montículo otra vez en el centro de la caverna.
Estaba inmóvil. Cubierto por los restos de la estatua de Ithren, destrozada en mil fragmentos que lo enterraban como un cairn.
Las cadenas volvían a estar tensas. Los tres ojos ámbar se habían cerrado.
Pero entre las piedras, muy tenue, todavía se adivinaba un resplandor. Latía despacio, como un corazón dormido.
No lo habían matado. Solo lo habían vuelto a encerrar. Por ahora.
Fen caminó entre los escombros hasta donde había estado la estatua.
Del gran Ithren, alto como un junco, sereno, con los brazos alzados durante mil años, solo quedaba el pedestal vacío y un fragmento del rostro caído en el suelo, del tamaño de Fen.
Un ojo rasgado. Parte de una oreja fina, puntiaguda.
Igual a la suya.
Se arrodilló junto a él y no lloró. No le quedaban fuerzas. Se quedó mirándolo, con la mano herida apoyada en la mejilla de piedra, hasta que oyó a su espalda un roce lento sobre las losas.
Era Aldric. Se había arrastrado desde la calzada, con los codos, con la frente ensangrentada, dejando un rastro en el polvo, como en el bosque. Llegó hasta él y se quedó tendido a su lado, jadeando.
Durante mucho rato ninguno habló.
—Lo gastaste —dijo Aldric al fin—. Lo último que quedaba de él. Para salvarme.
—Para salvarnos.
—Fen…
—Él lo habría querido. —Fen acarició el borde del ojo de piedra—. Dejó su altura aquí para sostener algo. Hoy la gastó sosteniéndonos a nosotros. No creo que eso sea desperdiciarla.
Aldric le puso la mano sobre el hombro, la mano gris, de piedra, que no sentía nada. Y Fen, por primera vez, apoyó la cabeza contra ella como si pudiera sentirla.
A su alrededor, cientos de Ilvain de piedra seguían con los brazos alzados en la oscuridad. Pero en el círculo mayor, donde antes había estado el más grande de todos, quedaba un hueco. Y Fen supo, sin que nadie se lo dijera, que ese hueco no se iba a volver a llenar.
A menos que alguien ocupara su lugar.