El Último de los Ilvain Capítulo 9 — Lo que Despertamos bajo la Piedra
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Capítulo 9 — Lo que Despertamos bajo la Piedra

La espiral de escalones subió durante dos días.

Al principio Fen los contaba, por hacer algo con la cabeza que no fuera pensar en el anciano sin dientes.

Llegó a mil cuatrocientos y lo dejó. Los escalones seguían y seguían, gastados, enormes, tallados para piernas mucho más largas que las suyas, y cada uno le costaba un esfuerzo que el anterior no le había costado.

Tenía hambre. Una hambre nueva, distinta a la de los primeros días, que ya no le rugía en el estómago sino que se le había instalado en los huesos como un frío más.

El pan se había acabado. Quedaban tres cucharadas de miel en el frasco y un puñado de raíces amargas que había arrancado de una grieta y que ninguno de los dos se atrevía a comer todavía.

Por las noches, Aldric le ofrecía su parte.

Fen la rechazaba. Aldric insistía. Fen la aceptaba y, cuando Aldric se dormía, se la volvía a dejar junto a la mano.

Ninguno de los dos hablaba de lo que había dicho el anciano del pozo.

Pero los dos lo pensaban. Fen lo notaba en cómo Aldric se callaba a veces en mitad de una frase, mirando la oscuridad, y en cómo se aferraba al arnés con más fuerza cuando creía que Fen no se daba cuenta. Como si temiera que en cualquier momento lo fueran a dejar en el suelo.

Él cruzó. Yo pagué.

A veces, de noche, Fen se preguntaba cuál de los dos habría sido el anciano. El que cargaba o el que era cargado. Y siempre llegaba a la misma respuesta, y siempre se obligaba a dejar de pensar.

Al tercer día, los escalones terminaron.

No en una sala, ni en un pasadizo, sino en el borde de un vacío. Fen se detuvo en el último escalón con el corazón en la garganta, porque delante de él la piedra desaparecía y solo quedaba oscuridad, una oscuridad tan grande que la luz de la vela de Aldric no llegaba a tocar nada.

Pero el aire le dijo lo que los ojos no podían. Se movía despacio, en círculos amplísimos, como en una catedral. El eco de su propia respiración tardaba en volver. Estaban en el borde de una caverna tan enorme que el viento no llegaba a cruzarla de una sola vez.

—Aquí no hay grietas —dijo Fen en voz baja, escuchando—. Está todo… quieto. Demasiado quieto.

Aldric levantó la vela lo más alto que pudo. La llama tembló. Y a su luz, poco a poco, a medida que los ojos se acostumbraban, empezaron a aparecer formas.

Primero un camino: una calzada ancha de losas lisas que salía del último escalón y se internaba en la oscuridad, bordeada por columnas.

Después las columnas mismas, que no eran columnas sino estatuas, figuras altísimas y delgadas, talladas en la piedra de la montaña, con los brazos alzados sobre la cabeza como si sostuvieran el techo.

Figuras de rostro alargado, ojos rasgados y orejas finas y puntiagudas.

Fen se quedó sin aliento.

Eran Ilvain. Ilvain como él, pero de antes.

Altos como juncos, esbeltos y serenos, con una dignidad en el gesto que Fen no había visto nunca en ningún ser vivo.

Había decenas, cientos quizá, formando dos filas interminables a los lados de la calzada, perdiéndose en la oscuridad hacia el centro de la caverna.

—Es un templo —susurró Aldric—. O una tumba.

Fen avanzó sin darse cuenta. Pasó junto a la primera estatua y alzó la vista. Su cabeza apenas le llegaba al tobillo de piedra. Pasó la mano por el pedestal y encontró una inscripción en la misma escritura en espiral de su piedra.

—¿Qué dice?

Aldric acercó la vela y entrecerró los ojos.

—Es un nombre. —Pasó a la siguiente. Otro. Y otro—. Son todos nombres, Fen. Cada estatua tiene uno.

—¿Son sus tumbas?

Aldric tardó en contestar.

—No. Creo que son ellos. Los que eligieron.

—Leyó otra inscripción, más larga, al pie de una estatua más grande que las demás—.

“Aquí dejamos nuestra altura, para que la piedra sostuviera lo que nosotros no pudimos”.

Fen… no creo que sean esculturas. Creo que la reducción no los hizo pequeños porque sí.

Creo que dejaron aquí lo que eran. Su grandeza.

Convertida en piedra. Para sostener algo.

Fen miró los brazos alzados de las estatuas, cientos de brazos sosteniendo el peso invisible de la oscuridad.

Y siguió la calzada con la mirada, hacia el centro de la caverna. Hacia lo que sostenían.

Tardó en entenderlo, porque era demasiado grande para verlo de una vez.

Al principio le pareció una colina, un montículo de roca y musgo gris en el centro de la caverna, del tamaño de una casa.

De diez casas. Estaba rodeado por un círculo de estatuas más grandes que las demás, y todas tenían los brazos extendidos hacia él, no hacia arriba. Como si lo empujaran contra el suelo.

Alrededor del montículo había cadenas. Cadenas de piedra, talladas en la misma roca, gruesas como troncos, que salían de las manos de las estatuas y se enroscaban sobre el musgo.

Muchas estaban rotas.

—Amo —dijo Fen, y la voz le salió tan pequeña que casi no la reconoció—. Tenemos que irnos. Ahora.

—Lo sé. La calzada sigue. Al otro lado debe haber una salida. —Aldric señaló con la vela un punto lejano, donde parecía abrirse un arco en la pared de la caverna—. Tendremos que pasar junto a él. No hay otro camino.

—Nunca hay otro camino —murmuró Fen.

Caminaron por la calzada entre las estatuas, en un silencio tan absoluto que Fen oía el roce de la tela del arnés con cada paso.

Se acercaron al montículo. De cerca era todavía peor.

Bajo el musgo se adivinaban formas: algo parecido a una espalda, algo parecido a un hombro, una curva enorme que podía ser una rodilla.

El musgo estaba seco, gris, muerto desde hacía siglos.

Pero en algunos puntos, justo donde las cadenas estaban rotas, había brotes nuevos. Pequeños. Verdes.

Fen no quería mirar. Mantuvo los ojos en la calzada, en el arco lejano, en cada paso. Pasaron junto al círculo de estatuas mayores. Pasaron junto a la primera cadena rota.

Fue una tontería lo que lo cambió todo.

Una losa suelta. Una piedra que cedió bajo el pie de Fen, agotado, hambriento, con las piernas temblando después de tres días de escalones. Tropezó. Cayó de rodillas. Se apoyó con la mano para no aplastar a Aldric, y la palma se abrió contra el borde afilado de una losa rota.

No fue una herida grande. Apenas un corte. Pero una gota de sangre cayó sobre la piedra.

Sangre Ilvain, en el suelo del templo Ilvain, junto a lo que los Ilvain habían sellado mil años atrás.

Fen se quedó mirando la gota. La vio hundirse en la piedra como si la piedra tuviera sed.

Aldric sintió el temblor antes de oírlo:

Una vibración que le subió por las piernas muertas

Como si la montaña respirara

Por primera vez en mil años.

Las estatuas no se movieron.

Pero una cadena crujió.

Y luego otra.

Algunas cosas no deben despertarse por curiosidad,

Sino solo por necesidad verdadera.

Esta no despertó por ninguna de las dos.

Despertó porque reconoció el olor

De quienes la habían encerrado.

El montículo se abrió.

No se levantó ni se movió. Se abrió: en la parte más alta, donde el musgo era más espeso, se partió una grieta horizontal, larga como un árbol caído. Del interior salió una luz ámbar, sucia, lenta, como el fuego visto a través del barro.

Era un ojo.

Y el ojo miró a Fen.

Fen corrió.

No pensó ni decidió nada. Sus piernas se movieron solas, con Aldric rebotando en el arnés, por la calzada hacia el arco lejano, mientras detrás de ellos la caverna entera empezaba a gritar.

No era un grito de garganta. Era el sonido de la roca al partirse, de mil años de piedra rompiéndose a la vez.

Las cadenas estallaron una tras otra con estampidos secos, como troncos que se quiebran en una helada, y los fragmentos salían disparados en todas direcciones.

Uno pasó junto a la cabeza de Fen, tan cerca que sintió el viento que levantaba.

Otro se estrelló contra una estatua, que perdió un brazo y se inclinó despacio, con dignidad, antes de desplomarse sobre la calzada detrás de ellos.

—¡No mires atrás! —gritó Aldric—. ¡Corre!

Fen miró atrás.

El montículo se estaba levantando. Lo que había parecido una colina era una espalda, y la espalda se arqueaba, se desenroscaba, sacudiéndose el musgo muerto como un perro se sacude el agua.

Debajo había roca viva, gris y negra, con vetas de un ámbar sucio que latía como sangre bajo la piel.

De los costados salieron brazos, y no eran dos.

Eran seis, largos, articulados en demasiados puntos, terminados en manos de dedos como estalactitas.

Se apoyaron en el suelo y levantaron el cuerpo.

Y en lo alto, donde se había abierto el primer ojo, se abrieron otros dos, y luego una boca: una grieta horizontal llena de piedras afiladas, dientes rotos de montaña, sin labios, sin lengua, sin fondo.

No rugió ni habló. No les ofreció ningún trato ni les hizo ninguna pregunta.

Los miró con sus tres ojos ámbar. Y empezó a avanzar.

Era lento, al principio. Cada movimiento le costaba, como a quien lleva mil años sin moverse.

Pero con cada paso ganaba soltura, y cada paso suyo equivalía a veinte de Fen.

El suelo temblaba bajo sus manos. Las losas de la calzada saltaban de su sitio.

Las estatuas que encontraba en el camino no las rodeaba: las aplastaba, las partía, las apartaba con un golpe de brazo como quien aparta ramas secas, y los Ilvain de piedra caían uno tras otro, con los brazos todavía alzados.

Fen corría. Le ardían los pulmones. Le temblaban las rodillas. El hambre de tres días se le vino encima de golpe, y sintió que las piernas empezaban a fallarle, que el mundo se volvía gris por los bordes.

El arco estaba lejos. Demasiado lejos.

—No vamos a llegar —jadeó.

—Vas a llegar.

—No vamos a llegar, amo.

Detrás de ellos, un brazo de piedra golpeó la calzada tan cerca que la onda los levantó del suelo. Fen cayó. Rodó. El arnés se torció, una correa se partió con un chasquido, y Aldric salió despedido hacia un lado y cayó sobre las losas con un golpe sordo que Fen oyó por encima de todo el estruendo.

—¡Amo!

Aldric no se movía.