Capítulo 8 — Los que Caminan en Círculos #2
Estiró la mano, y Aldric vio lo que le estaba ofreciendo. La piedra bajo los pies del muchacho no estaba gastada: era nueva, con aristas vivas, recién tallada. Una hoja seca que el viento había arrastrado hasta allí se estaba poniendo verde, desenrollándose como si volviera a la rama.
—Un paso —dijo el muchacho—. Solo un paso de este lado, viejo, y te devolvemos las piernas. Te devolvemos las manos. Te devolvemos cuarenta años. Podrás subir a la cima tú solo, caminando, como siempre soñaste. Sin cargar a nadie. Sin que nadie te cargue.
Fen sintió el cambio en el cuerpo de Aldric antes de que Aldric dijera nada. Se le tensaron los brazos alrededor de sus hombros. Se le detuvo la respiración.
—Amo.
Aldric no contestó.
—Amo, míreme.
—Él no te necesita —dijo el hombre maduro, mirando ahora a Fen—. Nunca te ha necesitado por quién eres. Te necesita por las piernas que no tiene. Devuélveselas nosotros, y serás libre. Por fin. ¿No es eso lo que quieres, pequeño Ilvain?
Fen apretó los dientes. Y entonces, en vez de responderle al Sinlumbre, hizo lo único que había aprendido en la niebla.
Le preguntó.
—¿Quiénes eran ustedes antes?
El hombre maduro se quedó quieto. El muchacho dejó de sonreír. El anciano bajó la mano.
Durante un momento largo, nadie dijo nada. Luego el anciano habló por primera vez, con una voz que era apenas un roce de hojas secas.
—Éramos dos.
Fen sintió que algo frío le recorría la espalda.
—Subimos juntos, hace cien años —siguió el anciano—. Cuando el Umbral se abrió la última vez. Yo lo cargaba a él. Como tú cargas a este. —Sus ojos, iguales a los de los otros dos, se posaron en Aldric—. Llegamos arriba. Y el Umbral nos preguntó.
—¿Qué les preguntó?
El anciano sonrió de nuevo, pero esta vez no había nada amable en su boca desdentada.
—Él cruzó —dijo—. Yo pagué.
Los tres volvieron a caminar a la vez, de golpe, y el canto partido volvió a llenar la sala, más fuerte que antes, casi furioso.
Fen tardó un momento en reaccionar. Tenía el cuerpo helado. Uno cruza. El otro paga el paso. La piedra lo había dicho. Y ahí estaba lo que significaba pagar: cien años caminando en círculos alrededor de un pozo, joven, adulto y anciano a la vez, para siempre, sin sombra.
Pero no había tiempo para pensar en eso. Tenía que cruzar.
Se obligó a mirar a los Sinlumbre, no como fantasmas, sino como lo que eran: un mecanismo, un reloj.
El muchacho, el hombre y el anciano, siempre en el mismo orden, siempre a la misma distancia.
Donde pasaba el muchacho, el tiempo retrocedía.
Donde pasaba el anciano, el tiempo avanzaba. ¿Y entre los dos?
Se concentró. Escuchó la nota partida. Y la oyó: en el hueco que quedaba entre el paso del anciano y la llegada del muchacho, durante un instante, la nota grave y la aguda se cancelaban. Durante un latido, el círculo callaba.
Un latido de tiempo quieto. Ni hacia adelante ni hacia atrás.
—Amo —dijo—. Voy a cruzar. Agárrese fuerte y no toque nada.
—Fen…
—No toque nada.
Esperó. El muchacho pasó frente a ellos, sonriendo, con la mano extendida. Después el hombre. Después el anciano, arrastrando los pies, dejando atrás un aire que olía a polvo y a hojas podridas.
Silencio.
Fen corrió.
Cruzó el anillo en cuatro zancadas, con Aldric rebotando en el arnés. Sintió el tiempo a su alrededor como una corriente de agua quieta. El silencio duró. Duró. Estaba casi al otro lado…
Y Aldric extendió la mano.
No lo decidió. Fen lo supo después, al verle la cara: fue su cuerpo, no él. Una mano muerta, de piedra, que durante un instante vio a su alcance lo que había perdido y se estiró sola, como se estira la mano de un hombre que se ahoga.
Las puntas de sus dedos rozaron la estela pálida que el muchacho había dejado al pasar.
Aldric gritó.
No de dolor. Fue un grito de algo que Fen no supo nombrar: asombro, horror y hambre a la vez.
Durante un segundo, la mano de Aldric fue joven.
Las vetas grises desaparecieron. La piel se volvió tersa, rosada, viva, y Aldric sintió: el aire frío, la piedra, el calor del cuerpo de Fen bajo la otra mano. Sintió todo.
—Quédate —susurró el muchacho, que se había dado la vuelta y ahora caminaba hacia atrás, mirándolo con ojos enormes—. Quédate y será así siempre.
La mano de Aldric se quedó extendida.
Un segundo. Dos.
Fen no se detuvo. No podía detenerse. El silencio del círculo se estaba acabando; oía acercarse la nota aguda del muchacho, que doblaba la curva para cerrar el anillo. Si Aldric no retiraba la mano, el tiempo los alcanzaría a los dos.
—¡Amo!
Y Aldric cerró los dedos, con esfuerzo, como si pesaran toneladas. Los apretó contra su pecho. Y dejó que la mano volviera a ser suya.
Fen salió del círculo y cayó de rodillas sobre el primer escalón del otro lado.
Detrás de ellos, los Sinlumbre gritaron. Fue un sonido largo, triple, de rabia y de pena, que retumbó en la sala y se perdió en el pozo. Luego volvieron a caminar, joven, adulto y anciano, en su círculo sin fin, y el canto partido volvió a ser solo una nota más en el viento de la montaña.
Fen desató el arnés con dedos temblorosos y se dio la vuelta.
Aldric estaba tendido sobre los escalones, respirando con dificultad. Tenía la mano derecha apretada contra el pecho. Fen se la abrió con cuidado.
La mano de piedra seguía siendo de piedra. Las vetas no se habían ido. Pero en la punta del dedo índice, en el lugar exacto que había rozado la estela, quedaba una pequeña mancha de piel rosada, del tamaño de una lenteja.
Aldric la miró un largo rato. Luego apoyó ese único dedo, con mucho cuidado, sobre la mejilla de Fen.
—Lo siento —dijo.
Fen no sabía si le hablaba de haber estirado la mano o del calor de su cara, que por primera vez en días podía sentir.
No le preguntó.
Pero mientras subían por la espiral de escalones, alejándose de la sala del pozo, Fen seguía oyendo la voz del anciano sin dientes, cien años de pena caminando en círculos.
Él cruzó. Yo pagué.
Y abajo, en la oscuridad, justo antes de que la espiral los llevara fuera de su alcance, el muchacho le gritó una última cosa, con su voz clara y alegre de quince años:
—¡Cuando llegues arriba, pequeño, pregúntale al Umbral quién paga! ¡Pregúntaselo antes de que te pregunte a ti!