El Último de los Ilvain Capítulo 8 — Los que Caminan en Círculos
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Capítulo 8 — Los que Caminan en Círculos

Dentro de los pasos de piedra no existía el día.

La luz entraba desde arriba, desde una franja de cielo blanco tan estrecha y lejana que parecía una grieta en el techo del mundo, y al bajar por las paredes se volvía gris, después azulada y al final nada.

En el fondo de los pasadizos, donde Fen caminaba, reinaba un crepúsculo permanente que no cambiaba con las horas.

Se hacía de noche solo cuando el cansancio decía que era de noche.

Fen aprendió a medir el tiempo por otras cosas: por el hambre, por el temblor de sus piernas bajo el peso del arnés, por la respiración de Aldric contra su nuca, que se volvía más lenta y más ronca a medida que avanzaba la jornada.

Y por el viento.

El viento era lo único que hablaba allí dentro.

Recorría los pasadizos como la sangre recorre las venas, empujado por la montaña desde algún corazón lejano, y al pasar por cada recodo, cada grieta, cada hueco en la piedra, cambiaba de voz.

Fen tardó el primer día entero en entender que aquello era un idioma.

Al segundo día ya lo leía casi sin pensar.

Un silbido limpio y agudo significaba un pasadizo abierto que llevaba a alguna parte.

Un zumbido grave, como de colmena, era una galería sin salida.

Y cuando la voz del viento se partía en dos, grave y aguda a la vez, como la boca que no termina de cerrarse que habían oído junto al cazador muerto, había una grieta.

Contaron once el primer día. Diecisiete el segundo.

Fen las rodeaba todas. A veces tenía que retroceder por pasadizos que ya habían recorrido y buscar otro camino, y cada vuelta atrás costaba horas que no tenían.

Aldric no se quejaba. Seguía el avance en el mapa del maestro, desplegado sobre el hombro de Fen, y marcaba con la uña cada grieta que encontraban.

Muchas coincidían con cruces que su maestro había dibujado sesenta años atrás. Otras no aparecían en ninguna parte.

—Se mueven —dijo Aldric la segunda noche, mirando el mapa a la luz de una vela que casi no se atrevían a encender—. O nacen nuevas. El mapa ya no es fiable.

—Entonces lo llevo yo —respondió Fen—. Con las orejas.

No lo dijo como una broma. En otra época lo habría sido.

Comían poco. El pan de Vado Gris se había vuelto piedra, y lo remojaban en agua de nieve derretida para poder masticarlo.

El queso se acabó el tercer día. Fen racionaba la miel, una cucharada pequeña para cada uno por la noche, y Aldric se dio cuenta, sin que Fen lo supiera, de que su propia cucharada era siempre más grande que la de Fen.

Tampoco dijo nada de eso.

Las manos de Aldric empeoraban. Las vetas grises del dorso habían subido por las muñecas y empezaban a asomarse bajo las mangas.

No dolían. Eso era lo peor: donde la piel se volvía gris, dejaba de sentir.

Cuando se agarraba a las correas del arnés, tenía que mirarse los dedos para saber si se estaban cerrando.

Por las noches, mientras Fen dormía con el sueño pesado de quien ha cargado todo el día a otro, Aldric se quitaba las vendas y se examinaba a la luz de la vela, y cada noche las vetas habían avanzado un poco más.

Conocía esas marcas. Las había visto en los libros, en los capítulos que su maestro le prohibía leer de joven: marcas de deuda. Aparecían cuando un mago tomaba de sí mismo más de lo que tenía. Cuando gastaba magia que no le quedaba, algo cobraba la diferencia. Y ese algo no se cobraba en monedas.

Se cobraba en piedra.

El tercer día, Fen lo encontró con la manga subida y las vendas en el regazo.

Se quedaron los dos quietos. Fen miró las vetas, el gris que ya le llegaba casi al codo, la piel que se había vuelto opaca y dura como el granito de las paredes que los rodeaban.

—¿Desde cuándo? —preguntó.

—Desde el bosque.

—¿Desde el fuego?

Aldric asintió.

Fen se sentó a su lado sin decir nada. Tomó la mano de Aldric entre las suyas, pequeñas y calientes, y la sostuvo un rato largo.

Aldric no la sentía. Veía los dedos de Fen apretar los suyos, pero no los sentía, y fue eso, más que cualquier otra cosa en todo el viaje, lo que le llenó los ojos de lágrimas.

—No me duele —mintió—. No te preocupes.

—Usted me dijo en la niebla que no más silencios.

—Lo dije.

—Entonces no me diga que no me preocupe. —Fen le volvió a poner las vendas despacio, capa a capa—. Dígame qué va a pasar.

Aldric miró la franja de cielo, allá arriba, tan lejos.

—Va a seguir subiendo. Despacio, creo. Si no vuelvo a usar magia, puede que tarde meses en llegar a… —se detuvo— a donde tenga que llegar. Si la uso otra vez, será más rápido.

—Entonces no la use.

—No pienso hacerlo.

Los dos sabían que era una promesa que dependía de la montaña, no de él.

El cuarto día, el viento cambió.

Fen lo notó a media mañana, o a lo que habría sido media mañana en el mundo de afuera.

Habían entrado en una galería más ancha que las anteriores, de techo alto y paredes lisas, casi talladas, que no se parecían en nada a la piedra salvaje de los pasadizos.

En el suelo había marcas. Fen se agachó a mirarlas y vio que eran escalones: gastados, redondeados, casi borrados por el tiempo, pero escalones al fin. Alguien los había tallado.

—Ilvain —susurró Aldric—. Esto lo hicieron ellos. Antes de la reducción, cuando eran grandes. Esto era un camino.

Fen pasó la mano por la piedra con una expresión que Aldric no le había visto nunca. No era alegría. Era algo más hondo y más triste, como quien reconoce su propia letra en una carta que no recuerda haber escrito.

Siguieron los escalones. Subían en una espiral amplia que se internaba en la montaña. Y a medida que subían, el viento fue callando.

No de golpe. Se fue apagando poco a poco, voz por voz, como se apagan las conversaciones de una sala cuando entra alguien a quien todos temen.

El silbido de los pasadizos abiertos desapareció.

El zumbido de colmena también. Al final solo quedó una nota, una sola, grave y aguda a la vez, partida en dos, sosteniéndose en el aire sin variar.

Pero no venía de un punto. Venía de todas partes.

Fen se detuvo. Las orejas le temblaban.

—Amo —dijo muy bajo—. No encuentro dónde está la grieta.

—¿Qué quieres decir?

—Que no está en un sitio. Está… —tragó saliva— está alrededor.

Delante de ellos, la espiral de escalones terminaba en una sala circular, enorme, con el techo perdido en la oscuridad. En el centro, el suelo se hundía en un pozo sin fondo, un agujero perfectamente redondo del que subía un aire que no era frío ni caliente, sino viejo.

Y alrededor del pozo, algo se movía.

Primero fue el frío que no venía del viento.

Luego las voces: varias, superpuestas,

Como si tres personas contaran la misma historia

En tres momentos distintos de su vida.

Fen pudo verlas antes que nadie:

Un mismo rostro repetido tres veces,

Joven, adulto y anciano,

Caminando en círculos alrededor de una grieta sin fondo.

No pedían ayuda.

Pedían tiempo:

El único bien que ya no podían robar

De ningún otro modo

Que no fuera la compañía.

Eran tres, y eran uno.

Fen lo entendió al mirarlos con más atención.

No eran tres personas distintas, sino la misma persona repetida en tres edades: un muchacho de unos quince años, delgado, con el pelo revuelto; un hombre maduro, de hombros anchos y barba corta; y un anciano encorvado, casi transparente, con la piel tan fina que se le veían las venas como hilos azules bajo el papel.

Tenían los mismos ojos, la misma nariz torcida, la misma cicatriz pequeña en la ceja izquierda.

Caminaban alrededor del pozo, uno detrás de otro, sin detenerse ni cambiar el paso, trazando un círculo perfecto sobre la piedra, que estaba gastada en ese punto como el borde de un escalón pisado por mil años. Dejaban tras de sí una estela pálida, un brillo tenue que tardaba en apagarse.

Y cantaban. No con palabras, sino con esa misma nota partida en dos que había silenciado el viento.

—Sinlumbre —susurró Aldric—. Los libros los llaman así. Los que no tienen sombra, porque la dejaron del otro lado de una grieta.

—¿Son peligrosos?

—Los libros no dicen que hagan daño. Dicen que buscan compañía. —Aldric hizo una pausa—. Y que quien les hace compañía ya no se va.

Fen miró la sala. El círculo de los Sinlumbre ocupaba casi todo el suelo, entre el pozo del centro y las paredes. Al otro lado, justo enfrente de ellos, la espiral de escalones seguía subiendo. No había otra salida. Para seguir, tenían que cruzar el círculo.

Y el círculo era la grieta.

Fen la sentía ahora con claridad. No era una fisura en un punto como las demás: era un anillo, una herida en el tiempo que daba la vuelta completa al pozo, y los Sinlumbre caminaban sobre ella como prisioneros en el patio de una cárcel.

A él no le haría nada. Podía cruzarla diez veces sin que le pasara un solo día.

Pero llevaba a Aldric a la espalda.

—No puedo cruzar con usted —dijo en voz baja—. Lo va a tocar.

—Lo sé.

—Si lo dejo aquí, cruzo, busco otro camino y vuelvo…

—No hay otro camino, Fen. Lo sabes tan bien como yo.

Los Sinlumbre se detuvieron.

Los tres a la vez, en el mismo instante, dejaron de caminar y giraron la cabeza hacia ellos. El canto se cortó. En el silencio que dejó, Fen oyó su propio corazón y la respiración entrecortada de Aldric.

El muchacho habló primero.

—Viejo —dijo, y su voz era clara, joven, llena de una alegría que no le cabía en la cara—. Viejo, ¿te duelen las piernas?

Aldric no respondió.

El hombre maduro dio un paso hacia ellos, sin salir del círculo.

—Las manos se te están volviendo piedra —dijo con una voz grave y amable, casi paternal—. Lo sabemos. Lo vemos. No tiene por qué ser así.

—No lo escuche, amo.

El anciano no habló. Solo sonrió, con una boca sin dientes, y señaló con un dedo tembloroso hacia el lado del círculo donde caminaba el muchacho.

—Ahí —dijo el joven, siguiendo el gesto—. Donde yo camino, el tiempo va hacia atrás. Mira.