El Último de los Ilvain Capítulo 7 — Lo que Dice la Piedra #2
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Capítulo 7 — Lo que Dice la Piedra #2

Nunca había visto una, pero lo supo igual que había reconocido en el bosque la lengua de los Ilvain: con los huesos.

La sentía como se siente en los pies la corriente de un río antes de meterse en el agua.

Y supo también, sin que nadie se lo explicara, que a él no le haría nada.

Podría cruzarla diez veces sin que le pasara un solo día.

A Aldric, sí.

La rodearon con un margen muy amplio. Fen se desvió del sendero hacia la derecha y dio un rodeo de casi una hora por un tramo de roca suelta que se movía bajo los pies, con Aldric agarrado a sus hombros y los dos en silencio, escuchando cómo la nota partida se alejaba poco a poco a su espalda.

En el camino encontraron al cazador.

Estaba sentado contra una roca, al otro lado de la grieta, como si se hubiera detenido un momento a descansar.

Tenía las piernas estiradas sobre la piedra y la espalda apoyada contra la roca.

Llevaba ropa de cazador de montaña: botas de cuero casi nuevas, un abrigo de lana gruesa en buen estado, un arco sin cuerda cruzado sobre las rodillas y una cantimplora de cuero colgada del cinturón.

Y dentro de aquella ropa no quedaba nada más que un esqueleto.

Amarillento. Frágil. Con los huesos de las manos tan finos y gastados que parecían de papel, y los de la cara hundidos bajo una capucha que el viento había echado hacia atrás. La ropa tenía, como mucho, una semana. El cuerpo, cien años.

Fen se quedó mirándolo sin decir nada.

Aldric, desde el arnés, se fijó en la mano derecha del esqueleto. Los dedos huesudos todavía sostenían algo contra el regazo: un pedazo de pan de centeno, duro, mordido una sola vez.

Explicó en voz baja lo que había pasado. El hombre había cruzado la grieta sin saber que estaba allí. Se había sentado al otro lado a comer. Y el tiempo lo había alcanzado antes del segundo bocado.

Fen le preguntó si era uno de los cazadores de Bram.

Aldric tardó en responder. Miró las botas nuevas, el arco, la cantimplora. Y luego, largo rato, la cara hundida bajo la capucha.

—Puede ser. Bram dijo que uno de ellos subió solo, hace una semana. Y que todavía no había bajado.

Ninguno de los dos dijo el nombre. No hizo falta.

Fen se agachó, con Aldric todavía a la espalda, y cerró con cuidado la mandíbula del esqueleto, que colgaba abierta sobre el pecho. Era un gesto absurdo e inútil, que no cambiaba nada. Lo hizo igual.

Luego se quedó un momento quieto, mirando el pan en la mano huesuda.

—Amo —dijo—. Si alguna vez me equivoco de camino allá arriba… si alguna vez lo meto en una de ésas sin darme cuenta…

Aldric le dijo que no se iba a equivocar.

—Pero si me equivoco.

Aldric miró el esqueleto, el pan mordido, las botas nuevas.

—Entonces no será culpa tuya, Fen. Será de la montaña. Y yo habré llegado más lejos de lo que habría llegado solo.

Fen no contestó. Se enderezó, se ajustó las correas del arnés y siguió subiendo.

Hacia el atardecer llegaron al final de la ladera.

La montaña cambiaba allí por completo, como si alguien hubiera trazado una línea en el suelo.

La pendiente de roca suelta terminaba al pie de una pared vertical, negra, que se alzaba hacia el cielo blanco hasta perderse en la niebla.

Y en la pared se abrían pasadizos. Eran estrechos, sombríos, altísimos, cortados en la roca como a hachazos, y se internaban en la montaña en todas direcciones, como las galerías de un nido de hormigas gigantes.

De ellos salía el viento, gimiendo, con cien voces distintas.

Los pasos de piedra. El corazón de Ithrengard.

Aldric desplegó el mapa de su maestro sobre el hombro de Fen.

En aquel tramo, el pergamino estaba cubierto de anotaciones en aquella letra angulosa, casi violenta: flechas, advertencias, palabras subrayadas dos veces en una lengua de magos que Fen no sabía leer.

Y en el centro, rodeada por un círculo trazado con tanta fuerza que la pluma casi había rasgado el pergamino, había una sola palabra.

Aldric nunca había querido traducírsela a Fen.

Ahora lo hizo.

—Dice Aquí.

Fen le preguntó qué significaba.

—No lo sé —dijo Aldric—. Es lo último que escribió.

Detrás de ellos, muy abajo, el bosque de Velhar se había vuelto una mancha negra sin forma.

Más allá quedaban el río gris, las casas de Vado Gris, la posada del cuervo y la colina de la cabaña, ya invisibles en la luz que se apagaba.

Y sobre todo aquello, lenta, silenciosa, empezaba a caer la primera nevada verdadera del año.

Caía en copos grandes y lentos, que bajaban girando del cielo blanco sin ninguna prisa.

Caía sobre el sendero por donde habían subido, y borraba las huellas de Fen una a una, de abajo arriba.

Caía sobre la ladera, sobre la grieta de las dos notas, sobre la roca donde un cazador seguía sentado con su pan mordido y su cantimplora al cinto, y lo iba cubriendo poco a poco, como una manta.

Fen se dio la vuelta y la vio caer.

No dijo lo que los dos estaban pensando: que aquella nieve no se iba a derretir en meses, y que el camino de vuelta ya no existía.

Aldric tampoco lo dijo.

Fen se ajustó el arnés una última vez. Sintió el peso de su amo a la espalda y el de la piedra en el fondo de la mochila. Y entró en la oscuridad de los pasos de piedra sin mirar atrás.

La montaña los recibió en silencio. Y el viento, detrás de ellos, cerró la puerta.