Capítulo 7 — Lo que Dice la Piedra
Aquella mañana, Fen no preparó té.
No quedaba ortiga, ni miel suficiente para desperdiciarla, ni mucho de nada.
Pero no fue por eso. Se despertó antes que Aldric, cuando el cielo sobre la ladera todavía era de un gris sucio y sin forma, y encendió el fuego con las últimas ramas secas que habían cargado desde el bosque.
Luego se sentó frente a las llamas y no hizo nada más.
Se sentó como se sentaba en la cabaña, con las rodillas contra el pecho y los brazos alrededor de las piernas.
Pero delante de él, sobre la tierra helada, estaba la piedra, envuelta todavía en su trapo.
Y algo en su postura había cambiado. Durante treinta años, Fen se había sentado así a esperar una orden: Fen, el té.
Fen, la leña. Fen, cállate. Aquella mañana no esperaba ninguna orden. Esperaba otra cosa.
Cuando Aldric abrió los ojos, lo encontró así. No le preguntó nada. Se incorporó con dificultad contra la roca donde había dormido y se quedó mirándolo.
—Hoy —dijo Fen, sin volverse.
Aldric extendió las manos.
Durante la noche, las vendas se le habían pegado a las ampollas de las palmas, y al moverlas sintió que la piel se le abría otra vez bajo la tela. No dijo nada. Fen desenvolvió la piedra con cuidado, como se desenvuelve algo que puede romperse, y se la puso entre los dedos.
Era más pesada de lo que parecía. Aldric la notó enseguida: un peso denso y frío, desproporcionado a su tamaño, como si dentro de aquella piedra del tamaño de una palma cupiera algo mucho más grande.
Era de un gris casi negro, pulida por manos o por siglos, y estaba cubierta por las dos caras de grabados finísimos que se enroscaban en espirales cerradas sobre sí mismas.
No había principio ni final en aquella escritura.
Cada línea volvía sobre la anterior, se doblaba, se abría y se cerraba, igual que el tiempo de los Ilvain en las crónicas más antiguas: un tiempo que no corría en línea recta, sino en espiral.
Aldric conocía aquella escritura. La había visto en los libros durante toda su vida, en copias de copias hechas por eruditos que no la entendían del todo, con los trazos deformados por generaciones de manos humanas que la copiaban sin saber lo que decía. Nunca la había visto en una piedra original.
Le temblaron las manos. Y no fue por las heridas.
Le advirtió a Fen que no sabía si podría leerla entera. Había palabras de aquella lengua que ningún libro humano había recogido nunca.
Fen le pidió que leyera lo que pudiera.
Aldric bajó la vista a la piedra y empezó.
Fue lento. Muy lento. Recorría la primera espiral con un dedo vendado, murmurando en voz baja palabras que Fen no entendía.
Se detenía, retrocedía, volvía a empezar.
A veces se quedaba mucho tiempo inmóvil sobre un solo signo, con el ceño fruncido y los labios apretados, como quien intenta recordar un nombre que tiene en la punta de la lengua.
El fuego crujía entre los dos. Allá arriba, la montaña callaba.
Y Fen lo miraba sin parpadear, con las orejas tan quietas que parecían talladas.
Por fin, Aldric habló.
La primera cara, le dijo, hablaba de la reducción.
De cuando el pueblo de Fen fue hecho pequeño.
Y no decía lo que decían las crónicas humanas, que había sido un castigo de la montaña o la venganza de algún enemigo olvidado.
Decía otra cosa. Aldric la leyó dos veces antes de atreverse a decirla en voz alta, porque contradecía todo lo que él mismo había creído durante sesenta años de estudio.
—Dice que fue un precio. Que los Ilvain eligieron ser reducidos.
Fen quiso saber por qué alguien elegiría algo así.
Aldric siguió la línea con esfuerzo. Para cerrar algo, le explicó.
Había una frase que se repetía varias veces a lo largo de la espiral, con pequeñas variaciones, como un estribillo: para sellar lo que despertamos bajo la piedra.
Lo que venía justo después no sabía traducirlo.
Era una palabra que no aparecía en ningún libro.
Un signo con forma de ojo cerrado, o de semilla, o de puño.
Fen no dijo nada. Pero Aldric vio que se le tensaban los hombros.
La segunda cara era más difícil.
Los grabados eran más finos, más apretados, y en algunos tramos el tiempo o el roce de otras manos los había gastado hasta dejarlos casi lisos.
Aldric tardó mucho en ella. Varias veces se detuvo del todo y cerró los ojos, no para descansar la vista, sino como quien necesita un momento para recuperarse de lo que acaba de leer.
Cuando por fin habló, su voz había cambiado.
Era más baja y más cuidadosa, la voz de un hombre que elige cada palabra sabiendo que no podrá retirarla.
—Esta parte está dirigida a alguien. No a los Ilvain en general. A uno en particular.
Fen le preguntó a quién.
Aldric tragó saliva.
—Al último.
El fuego siguió crujiendo. Fen se quedó muy quieto.
Aldric leyó la frase despacio, palabra por palabra. Decía que cuando quedara uno solo de ellos, el Umbral lo llamaría por su nombre verdadero. Y que si respondía, le sería devuelto lo que habían sido.
Levantó la vista. Quiso decirle que no sabía si quedaban otros, que no sabía si Fen era…
—Siga leyendo, amo.
Aldric dudó.
—Siga.
Bajó los ojos otra vez. Las últimas líneas eran las más gastadas de toda la piedra, casi borradas por el roce de los siglos, como si alguien las hubiera acariciado muchas veces con los dedos a lo largo de mucho tiempo.
Aldric tuvo que inclinar la piedra hacia el fuego para que la luz rasante le mostrara el relieve de los signos.
Las leyó dos veces. Y cuando las dijo en voz alta, no las tradujo como poesía, sino tal como eran.
—“El Umbral no se abre para uno. Se abre para dos. Uno cruza. El otro paga el paso.”
Nadie habló durante mucho tiempo.
Fen extendió la mano. Aldric le devolvió la piedra.
Fen la envolvió en el trapo con movimientos lentos y precisos, doblando cada esquina sobre la anterior, como quien amortaja algo.
La guardó en el fondo de su mochila. Luego se levantó y empezó a recoger el campamento: sacudió las mantas, apagó el fuego con tierra, revisó una por una las correas del arnés.
En ningún momento miró a Aldric a los ojos.
Aldric le dijo que tenían que hablar de aquello. Que no sabían qué significaba pagar. Que podía ser cualquier cosa: un objeto, un recuerdo, un…
—Ahora no, amo.
No había rabia en su voz, ni miedo. Sólo un cansancio muy viejo, mucho más viejo que Fen, como si aquella respuesta la hubiera dado alguien antes que él, mil años atrás, en aquella misma montaña.
Aldric no insistió.
Pero mientras Fen lo ayudaba a subir al arnés, notó por primera vez lo que llevaba días sin querer ver.
Al pasar el brazo por encima del hombro de Fen, la manga del abrigo se le subió un poco, y la venda se le desplazó sobre el dorso de la mano.
Debajo, la piel no había sanado. Las ampollas del bosque seguían abiertas, rojas en los bordes.
Los dedos seguían fríos, aunque había pasado la noche junto al fuego.
Y en el dorso, donde la venda no llegaba a cubrir, había aparecido algo que no estaba allí la noche de las Hilanderas.
Manchas. Grises. Finas como vetas en una piedra.
Aldric las miró un instante. Luego se bajó la manga.
Aquel fuego negro y dorado del bosque de Velhar no había salido de la nada. Algo había pagado por él.
No se lo dijo a Fen.
Subieron todo el día por la ladera.
Era una pendiente larga y ancha que se alzaba desde el borde del bosque de Velhar hacia el cielo, sin un árbol ni un refugio en toda su extensión.
Al principio había hierba, dura y amarillenta, escarchada en las puntas, que crujía bajo los pies de Fen como paja seca.
Luego la hierba se volvió rala, a mechones, entre piedras sueltas del tamaño de un puño.
Después sólo hubo piedra: roca gris y desnuda, cada vez más quebrada, cada vez más empinada, con vetas de hielo azul brillando en las grietas como venas bajo la piel.
El cielo, blanco desde el amanecer, fue bajando a lo largo del día hasta que parecía rozarles la cabeza.
No hacía viento. O no lo hacía al principio.
Fen caminaba despacio, midiendo cada paso sobre la roca helada, con Aldric a la espalda y la respiración convertida en nubes de vaho.
De vez en cuando se volvía a mirar atrás.
El bosque de Velhar se iba quedando abajo, una mancha negra y apretada al pie de la ladera, cada vez más pequeña.
Hacia media tarde, el viento llegó.
No venía en ráfagas, como el viento de los valles.
Venía en un gemido continuo y grave, sin pausas, que parecía salir de muy dentro de la montaña y rozar la ladera como el aliento de algo enorme que duerme.
Fen lo sentía en la cara, en las orejas, en los dientes.
Y a medida que subían, aquel gemido se fue llenando de matices: se volvía más agudo al pasar entre dos rocas y más hondo al barrer una explanada, silbaba en las grietas y zumbaba en los huecos.
Fen se detuvo de golpe en mitad del sendero.
Tenía la cabeza ladeada y las orejas tensas, vueltas hacia la izquierda. Aldric le preguntó qué pasaba. Fen no contestó enseguida. Le pidió que escuchara.
Aldric escuchó. Al principio sólo oyó el viento, el mismo gemido de toda la tarde.
Luego, poco a poco, lo distinguió. A unos veinte pasos a la izquierda del sendero, en un tramo de roca que no se diferenciaba en nada del resto, el gemido se partía en dos.
Una nota grave y otra aguda, sonando a la vez, desafinadas, como si el aire pasara por una boca que no terminaba de cerrarse.
Y justo en aquel punto, sólo allí, la luz se veía rara, un poco torcida, como se ven las cosas a través de un cristal mal hecho o del aire caliente sobre una hoguera.
—Una grieta —susurró Fen—. La primera.