El Último de los Ilvain Capítulo 6 — La Niebla que Pregunta
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Capítulo 6 — La Niebla que Pregunta

Salieron del bosque de Velhar al tercer día, cuando ya ninguno de los dos creía que el bosque tuviera un final.

Los árboles se abrieron de pronto, sin aviso, como una cortina que alguien descorre, y ante ellos apareció la primera ladera verdadera de Ithrengard: una pendiente larga de roca gris y hierba escarchada que subía hasta perderse en un cielo del mismo color.

Allá arriba, mucho más lejos de lo que Fen había imaginado, se adivinaban los pasos de piedra.

Fen se detuvo en el borde del bosque y respiró hondo, como quien sale del agua después de demasiado tiempo sumergido.

Todavía cojeaba. Los pies le habían recuperado el color, pero no del todo la sensibilidad, y cada paso sobre la roca helada le mandaba un pinchazo que prefería no mencionar.

Aldric, a su espalda, tampoco mencionaba sus manos: las llevaba vendadas con tiras de una de las mantas, y cada vez que se aferraba a las correas del arnés apretaba los dientes en silencio.

No habían hablado de aquella noche. Ni de las Hilanderas, ni del nombre que el bosque había cantado. Ese silencio los acompañaba como un tercer viajero.

—Aquí empieza la montaña de verdad —dijo Aldric—. Descansemos antes de subir.

Descansaron sobre una roca plana, comiendo en silencio lo poco que les quedaba del queso. Fue Fen quien notó el cambio primero, porque las orejas se le quedaron quietas antes de que su cabeza entendiera por qué.

No llegó como llega siempre la niebla,

Desde abajo, trepando el valle con pasos de gato.

Esta bajó desde arriba, lenta, deliberada,

Como si el cielo hubiera decidido acercarse

Para escuchar mejor.

No traía el frío de la altura.

Traía otro frío, más antiguo:

El de una pregunta que se ha evitado durante treinta años

Y que, por fin, ha encontrado quien la pronuncie.

La niebla los alcanzó en menos tiempo del que tardaron en ponerse de pie. Se tragó la ladera, el borde del bosque, la roca donde estaban sentados, hasta que el mundo quedó reducido a un círculo blanco de apenas unos pasos, dentro del cual solo existían ellos dos.

Y entonces la niebla habló.

No con una voz, sino con muchas: voces que parecían venir de dentro de la cabeza más que de fuera, suaves, pacientes, casi cariñosas.

Aldric Vann.

Aldric se tensó en el arnés.

Treinta años bajo tu techo. Treinta años cocinando tu comida, remendando tu tejado, cuidando tu fuego. ¿Alguna vez le preguntaste su nombre completo?

Aldric abrió la boca y no le salió nada.

No lo sabes. Nunca te importó saberlo. Lo llamaste Fen porque era corto, porque era cómodo, como se le pone nombre a un perro. Y el bosque, en una sola noche, supo de él lo que tú no supiste en treinta años.

—Cállate —murmuró Aldric.

La niebla no se calló. Cambió de voz. Y esta vez, la voz que habló fue una que Aldric no había oído en más de sesenta años: grave, áspera, con un acento del norte que él mismo había intentado imitar de joven.

Te lo advertí, muchacho. Los magos no tienen amigos. Tienen herramientas. Y las herramientas, tarde o temprano, se rompen o te traicionan.

Era la voz de su maestro. El que dibujó el mapa. El que nunca volvió de la montaña.

Pregúntale qué lleva en su mochila.

Fen también la oía. Pero a él la niebla le hablaba de otra forma.

Pequeño Ilvain. Hijo de reyes reducidos a sirvientes.

Fen apretó los puños.

¿De verdad crees que te lleva a la cima por cariño? Mira sus manos. Mira sus piernas. Te necesita igual que necesita el bastón. Cuando llegue al Umbral, cruzará solo. Y tú te quedarás en la nieve, del otro lado, como se queda el bastón junto a la puerta.

—Eso no es cierto —dijo Fen en voz alta.

¿No? ¿Te ha dicho alguna vez que te quiere? ¿Te ha dado las gracias una sola vez en treinta años, por un solo té, por una sola manta?

Fen no respondió. Porque no. Nunca. Ni una sola vez.

Él sabe lo que es el Umbral para tu pueblo. Lo ha leído en sus libros. Lo sabe desde siempre. Y nunca te lo dijo, porque un sirviente que recuerda que fue rey deja de servir.

La niebla se espesó. El círculo de mundo visible se redujo todavía más.

Fen, sin darse cuenta, había empezado a caminar. No hacia arriba ni hacia el bosque, sino hacia un lado de la ladera, hacia donde la niebla era más blanca. No sabía, porque la niebla no le dejaba verlo, que a veinte pasos de allí la roca terminaba de golpe en un precipicio de cien metros.

—Fen. —La voz de Aldric sonó áspera a su espalda—. ¿Qué llevas en la mochila?

Fen se detuvo.

—¿Qué?

—En tu mochila. No en la mía. Algo que escondiste la noche antes de salir. —La voz de Aldric no era la suya. Era más fría, más dura, como si alguien le estuviera prestando las palabras—. ¿Qué es? ¿Qué me estás ocultando?

—¿Y usted? —La voz de Fen tampoco era del todo suya—. ¿Qué me ha ocultado usted en treinta años sobre mi pueblo? ¿Sobre el Umbral? ¿Sobre lo que significa para mí?

La niebla se enroscó a su alrededor con algo parecido al placer.

Así. Así. Díganselo todo. Que cada palabra sea una piedra.

—Suéltame —dijo Aldric de pronto—. Bájame del arnés. Ahora.

—¿Para qué? ¿Para que se quede aquí solo, en la niebla, sin poder caminar?

—Para no seguir siendo una carga para alguien que me esconde cosas.

Fen empezó a desatar las correas con dedos temblorosos. No hacia la roca plana, sino allí mismo, a pocos pasos del borde que ninguno de los dos podía ver. Y la niebla, paciente, esperó.

Fue una piedra suelta la que los salvó. Al desatar la última correa, Fen retrocedió un paso, su talón pisó el borde y un trozo de roca se desprendió bajo su pie. Cayó en la blancura. Los dos se quedaron escuchando.

Tardó mucho, muchísimo, en oírse el golpe allá abajo.

Aldric fue el primero en entender. Se aferró a Fen con las manos vendadas, con una fuerza que no sabía que le quedaba, y lo arrastró hacia sí, lejos del borde, hasta que ambos quedaron tirados sobre la roca helada.

—No la escuches —jadeó—. Fen, no la escuches. No quiere que peleemos. Quiere que nos caigamos.

La niebla siseó, y las voces se volvieron más fuertes, más insistentes, hablando las dos a la vez.

Pregúntale su nombre. Pregúntale qué lleva. Pregúntale por qué nunca le diste las gracias. Pregúntale…

Y entonces Aldric hizo lo único que la niebla no esperaba. Respondió.

—No sé tu nombre completo, Fen —dijo en voz alta, clara, por encima del coro de susurros—. Nunca te lo pregunté. Tenía miedo de que, si sabía quién eras de verdad, tendría que admitir que no eras mío. Que nunca lo fuiste.

La niebla vaciló.

—Y sí, leí sobre el Umbral y tu pueblo en mis libros.

Hace años. Debí decírtelo. No lo hice porque tenía miedo de que, si lo sabías, quisieras ir sin mí.

O sin mí de vuelta. —Se le quebró la voz, pero no se detuvo—.

Y nunca te di las gracias. Por nada. En treinta años.

Ni por el té, que es horrible, ni por la manta, ni por el fuego, ni por cargarme hasta aquí con los pies congelados. Gracias, Fen. Gracias por todo.

La niebla retrocedió. Fue apenas un palmo, pero Fen lo vio: el círculo de mundo visible se había ensanchado.

Y entendió.

La niebla no se alimentaba de mentiras, sino de silencios: de todo lo que no se dice, de todas las preguntas que se tragan durante años hasta volverse veneno. La única forma de vencerla era vaciarla, contestando.

—Llevo una piedra —dijo Fen, con la voz temblando—.

Una piedra tallada en la lengua de mi pueblo.

La encontré hace años y nunca se la enseñé porque tenía miedo de que me la quitara.

O de que la leyera y descubriera cosas de mí antes que yo.

Habla del Umbral y de una pregunta. —Tragó saliva—. Y habla de un precio.

La niebla retrocedió otro palmo. Luego otro.

—Y sí, amo, a veces pensé que me llevaba como se lleva un bastón. Muchas veces. —Fen se secó la cara con la manga—. Pero anoche usted se arrastró por un bosque entero, sin piernas, con las manos quemadas, para buscarme. Los bastones no hacen eso. Y nadie se arrastra por un bastón.

La niebla emitió un sonido largo y hueco, como el aire que se escapa de un pulmón que ya no tiene nada que decir.

Y se deshizo.

No se retiró ni subió de vuelta al cielo: simplemente dejó de estar, como se deshace una pregunta cuando por fin alguien la contesta.

En su lugar quedó la ladera, fría, gris, inmensa, con la luz de la tarde cayendo limpia sobre la roca.

A menos de un paso de donde estaban tirados, el precipicio se abría hacia un vacío tan profundo que el fondo no se veía.

Se quedaron un largo rato sin moverse, respirando, uno al lado del otro sobre la piedra helada.

—Amo.

—¿Sí?

—Lo del té horrible. ¿Eso también era verdad?

Aldric soltó una carcajada, rota, desesperada, que le sacudió todo el cuerpo y acabó convertida en otra cosa, algo más parecido al llanto.

Fen se río con él, porque no sabía qué otra cosa hacer, y durante un rato largo, al borde de un abismo, en la ladera de una montaña que quería matarlos, los dos se rieron como no lo habían hecho nunca.

Esa noche acamparon lejos del borde. Antes de dormir, Fen sacó la piedra de su mochila y la puso, sin decir nada, en las manos vendadas de Aldric.

Aldric la sostuvo un largo rato a la luz del fuego sin intentar leerla.

—Mañana —dijo al fin, devolviéndosela—. Cuando tú quieras. Es tuya.

Fen la guardó de nuevo en la mochila, pero esta vez arriba de todo y no al fondo.