Capítulo 5 — Las Hilanderas de Escarcha
El bosque de Velhar no tenía nada de amable.
Desde lejos, visto desde la colina de la cabaña, siempre le había parecido a Fen una mancha oscura y quieta a los pies de la cordillera, un manto de pinos viejos sin mayor misterio que el de cualquier bosque.
Pero de cerca, bajo sus ramas, era otra cosa.
Los troncos crecían tan juntos que la luz de la tarde llegaba al suelo rota en hilos delgados, y el sendero —apenas una cicatriz de tierra entre las raíces— se estrechaba a cada paso, como si el bosque lo fuera tragando poco a poco.
Y estaba el silencio. No había pájaros ni insectos, ni ese crujido constante de ardillas y ramas que llena cualquier bosque vivo. Solo el sonido de los pasos de Fen sobre la escarcha y la respiración de Aldric, pesada, contra su nuca.
—No te salgas del sendero —dijo Aldric por tercera vez desde que entraron—. Pase lo que pase, veas lo que veas.
—Ya me lo dijo, amo.
—Te lo diré cuantas veces haga falta.
Caminaron hasta que la luz se volvió gris y luego azul, y el frío empezó a morder de verdad.
Fen encontró un claro pequeño, apenas un hueco entre tres pinos enormes, y allí desató el arnés con dedos entumecidos.
Aldric quedó recostado contra un tronco, envuelto en las dos mantas, con el bastón a su lado.
Encendieron un fuego pequeño —Fen tardó una eternidad en lograrlo con la leña húmeda— y cenaron pan duro y queso en silencio.
Ninguno de los dos mencionó que el sendero, detrás de ellos, ya no se veía.
Aldric se durmió primero, vencido por el cansancio de un día entero de ser cargado, que agota de una forma que ningún orgullo quiere admitir. Fen se quedó despierto vigilando las brasas, con el frasco de aceite de pino negro que les había dado Bram apretado en la mano.
Fue entonces cuando las vio.
Primero fueron luces, pálidas y lejanas,
Temblando entre los troncos como velas en un funeral.
Luego vino el canto: no palabras de hombre,
Sino una lengua antigua, hecha de viento y piedra,
Que Fen no había oído nunca en voz alta
Y que, sin embargo, reconoció en los huesos.
Lo llamaban por un nombre que no era Fen.
Un nombre que nadie había pronunciado en mil años.
Y el bosque entero, conteniendo el aliento,
Esperó a ver si se levantaba.
Era la lengua de los Ilvain. Fen lo supo con la misma certeza con que se sabe el olor de la propia casa.
Eran las palabras de los fragmentos que había descifrado a escondidas durante treinta años, pero ahora no estaban talladas en piedra muerta: estaban vivas, cantadas por voces que sonaban como las de su propia sangre.
Vuelve. Vuelve con los tuyos. Te hemos esperado tanto tiempo.
Se puso de pie sin darse cuenta de que lo hacía.
Miró a Aldric, que dormía con la boca entreabierta y la respiración ronca, y pensó —con una claridad que después lo avergonzaría— que solo serían unos pasos, apenas lo suficiente para ver quién cantaba, y que volvería antes de que el fuego se apagara.
Dio el primer paso fuera del claro. Luego otro. Las luces retrocedían a medida que él avanzaba, siempre a la misma distancia, siempre un poco más adentro, y el canto se volvía más dulce, más cercano, más suyo.
No oyó el frasco de aceite caer de su mano sobre la escarcha.
Aldric despertó con un frío que no era de la noche.
El fuego estaba casi apagado, reducido a un puñado de brasas rojas.
Las mantas seguían sobre él, el bastón a su lado.
Pero el lugar donde Fen debía estar sentado estaba vacío, y la escarcha a su alrededor mostraba unas huellas pequeñas que se alejaban del claro, rectas y sin vacilar, hacia la oscuridad entre los árboles.
—¿Fen?
El bosque no respondió.
—¡Fen!
Nada. Solo, muy lejos, un sonido que Aldric tardó un momento en identificar y que, cuando lo hizo, le heló la sangre más que cualquier invierno: un canto, suave y hermoso, en una lengua que había estudiado en los libros toda su vida sin oírla jamás.
Y debajo del canto, apenas audible, otro sonido: un crujido lento y rítmico, como de hielo formándose sobre agua quieta.
Aldric Vann tenía ochenta y tres años. Sus piernas no lo sostenían desde hacía meses.
Su magia, desde la maldición, era apenas una chispa de lo que había sido: suficiente para encender una vela o calentar una taza de té, no mucho más.
Estaba solo, de noche, en un bosque que se tragaba los senderos, sin nadie que lo cargara.
Se arrastró.
Con los codos, con las manos, con el bastón clavado en la tierra congelada para impulsarse, siguió las huellas de Fen centímetro a centímetro.
La escarcha le cortaba las palmas. Las raíces le golpeaban las piernas muertas.
Encontró el frasco de aceite de pino negro tirado a pocos metros del claro y lo guardó contra su pecho sin detenerse, porque detenerse habría significado pensar, y pensar habría significado admitir que no había forma de que un viejo inválido llegara a tiempo a ninguna parte.
El canto se hizo más fuerte. El crujido también.
Y entonces, entre dos troncos negros, las vio.
Eran altas, delgadas, pálidas como la luna reflejada en hielo, con rostros de una belleza tan perfecta que dolía mirarlos: rostros de Ilvain, o de lo que el bosque recordaba de los Ilvain.
Pero sus cuerpos terminaban en algo que no era humano ni élfico: demasiadas extremidades, largas y articuladas como patas de araña hechas de cristal, que se movían sin descanso tejiendo hilos blancos que se congelaban al tocar el aire.
En el centro de la red, suspendido entre los árboles, estaba Fen.
Tenía los ojos abiertos y una expresión de paz absoluta, casi feliz.
Pero la escarcha le cubría ya los pies, las piernas, la cintura, subiendo lentamente como una marea blanca.
Y a medida que subía, Aldric vio algo que lo hizo gritar sin voz: el rostro de Fen se estaba vaciando.
Las pequeñas arrugas de risa alrededor de sus ojos se alisaban.
Su expresión, siempre tan viva, tan llena de ocurrencias absurdas y de terquedad, se volvía lisa, blanca y quieta, como una página que alguien está borrando.
Las Hilanderas no se comían la carne. Se comían los recuerdos, y lo que dejaban era un cascarón feliz y vacío, colgado para siempre en el bosque.
Aldric no pensó. Destapó el frasco con los dientes, vertió el aceite sobre el extremo de su bastón y, con la última chispa de magia que le quedaba en el cuerpo —una chispa que había guardado sin saberlo durante meses, sin atreverse a gastarla—, lo encendió.
La llama que brotó no fue la de un mago viejo. Fue algo mucho más grande, alimentado por la resina y por algo que no tenía nombre en ningún libro: un fuego negro y dorado que rugió en la oscuridad del bosque como un animal despierto.
Las Hilanderas chillaron. Fue un sonido horrible, como de cristal rompiéndose dentro de una garganta, y sus rostros perfectos se deformaron en algo que no tenía nada de bello. Retrocedieron ante la llama con las patas de cristal crepitando, derritiéndose donde el fuego las alcanzaba.
Aldric se arrastró hasta la red, con el bastón en llamas en alto, y quemó los hilos uno por uno. Le ardían las manos. El humo de la resina le llenaba los pulmones. No se detuvo.
Cuando el último hilo cedió, Fen cayó sobre la escarcha como un muñeco, y Aldric lo atrapó —o más bien, cayó sobre él, que fue lo único que su cuerpo pudo hacer— y lo sostuvo contra su pecho mientras las Hilanderas se desvanecían entre los árboles, chillando, y sus luces pálidas se apagaban una a una en la distancia.
—Fen. Fen. Mírame.
Los ojos de Fen se movieron, despacio. Tardaron una eternidad en enfocarse.
—¿Amo…?
—Sí. Aquí estoy.
—¿Cómo se… llama la abeja?
Aldric no entendió la pregunta al principio. Luego sí: Fen se estaba poniendo a prueba a sí mismo, buscando en su propia cabeza qué le quedaba, qué se habían llevado.
—Gustavo —respondió Aldric, y la voz se le quebró en la palabra—. Se llama Gustavo.
Fen cerró los ojos, y una sonrisa pequeña, cansada, pero suya, le volvió a la cara.
—Menos mal —susurró—. No me habría perdonado olvidarlo.
Se quedaron allí, en la escarcha, hasta que el fuego del bastón se consumió.
Aldric tenía las palmas llenas de ampollas y cortes; Fen, los pies todavía blancos de frío.
Ninguno de los dos habló de lo que había pasado.
Ninguno preguntó en voz alta qué recuerdos, exactamente, se habían llevado las Hilanderas antes de que el fuego llegara.
Pero antes de dormirse, abrazado a su amo por primera vez en treinta años, Fen susurró algo contra la manta, tan bajo que Aldric no estuvo seguro de haberlo oído bien:
—Me llamaban por mi nombre, amo. Mi nombre de verdad. Y yo no sabía que lo tenía.
Aldric no respondió. Solo apretó un poco más los brazos, y se quedó despierto el resto de la noche, vigilando la oscuridad con los ojos abiertos y un bastón quemado en la mano, sabiendo por primera vez en su vida exactamente qué estaba dispuesto a perder.