El Último de los Ilvain Capítulo 4 — El Pueblo al Pie de la Sombra
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Capítulo 4 — El Pueblo al Pie de la Sombra

El camino del norte bajaba de la colina, cruzaba el valle entre campos helados y cercas de piedra, y después subía, despacio, hacia la sombra de la cordillera.

Fen lo recorrió durante toda la mañana con Aldric a la espalda, sin detenerse más que para ajustar las correas y beber un sorbo de agua del odre.

El aire era tan frío que le dolían los dientes al respirar.

La escarcha cubría los setos, las ramas desnudas de los manzanos, las piedras del camino, y a cada paso el suelo crujía bajo sus pies con un sonido seco, como de pan tostado.

No se cruzaron con nadie. Las granjas del valle tenían las puertas cerradas y las chimeneas humeando, y en los corrales las vacas se apretujaban unas contra otras, echando vaho por el hocico.

Una vez, en un cruce, un perro salió a ladrarles desde detrás de un muro.

Pero cuando vio lo que venía por el camino, un duende del tamaño de un niño con un viejo atado a la espalda en un respaldo de silla, dejó de ladrar y se quedó mirándolos con la cabeza ladeada hasta que desaparecieron tras la curva.

La cordillera crecía delante de ellos a cada hora que pasaba.

Desde la colina de la cabaña, Ithrengard había sido siempre una hilera de dientes lejanos en el horizonte.

Ahora dejaba de serlo. Se levantaba, se ensanchaba, tapaba el cielo del norte de un extremo a otro, y Fen empezó a distinguir cosas que nunca había visto: las laderas cortadas a pico, las cicatrices de las avalanchas, la línea oscura y apretada de los bosques bajos, que se extendía a sus pies como un manto negro.

Y por encima de todo aquello, la nieve. Blanca, inmensa, bajando por la montaña como una marea lenta.

Hacia el mediodía, en el lugar donde el camino tocaba por fin la falda de la cordillera, apareció el pueblo.

Vado Gris debía su nombre al río. Bajaba de las alturas de Ithrengard, ancho, frío y rápido, con un color de agua sucia de ceniza que le venía de los glaciares, y justo allí, al pie de la montaña, se abría en un remanso poco profundo donde se podía cruzar a pie.

Alrededor de ese vado, hacía generaciones, alguien había levantado una casa.

Después otra. Después un puñado de ellas, de piedra en la parte de abajo y de madera oscura en la de arriba, con los tejados muy inclinados para que resbalara la nieve, apretadas unas contra otras en la orilla del río como ovejas que buscan calor.

Ahora el río estaba helado en los bordes. Y todas las chimeneas del pueblo echaban un humo espeso, más del habitual. La helada había obligado a todos a quemar mucha más leña de la que tenían prevista para aquella época del año.

Fen redujo el paso al entrar en la calle principal.

Era la única, en realidad: un camino de tierra helada entre dos filas de casas, con un pozo en el centro y un abrevadero cubierto por una costra de hielo.

Había poca gente. Una mujer sacudía una alfombra en un umbral.

Dos niños arrastraban un trineo cargado de leña.

Un viejo remendaba una red sentado junto a una puerta, con una manta sobre las rodillas.

Todos dejaron lo que estaban haciendo cuando pasaron.

No hubo hostilidad en sus miradas, pero tampoco amabilidad.

Era la curiosidad cautelosa de la gente de montaña ante lo que no reconoce a la primera, y no había mucho en el mundo menos reconocible que un duendecillo del tamaño de un niño con un mago viejo atado a la espalda como un fardo.

La mujer de la alfombra se quedó con los brazos en alto.

Los niños soltaron el trineo. El viejo de la red se santiguó despacio, sin disimulo.

—No nos quedemos mucho —murmuró Aldric al oído de Fen—. Lo justo para las provisiones.

Fen asintió, pero añadió en voz baja que también convenía preguntar por el tiempo. Alguien en aquel pueblo sabría por qué la helada había llegado tan pronto.

La posada estaba al final de la calle, junto al vado.

Era la única casa del pueblo con un letrero todavía en pie: una tabla de madera colgada de dos cadenas oxidadas, en la que alguien había pintado hacía mucho tiempo un cuervo negro sentado en una rama, con la cabeza ladeada y una expresión de infinita calma.

Debajo, en letras desvaídas, se leía: El Cuervo Paciente.

Dentro hacía calor. Fue lo primero que Fen notó, y durante un instante le pareció lo más hermoso del mundo.

Una chimenea enorme ardía al fondo de la sala, y el aire olía a leña de pino, a cerveza derramada y a un caldo espeso que hervía en algún sitio.

Había cuatro mesas de roble, gastadas y marcadas por generaciones de codos, vigas bajas de las que colgaban ristras de ajos y manojos de hierbas, y una barra de madera oscura tras la que se alineaban jarras de barro.

Y detrás de la barra, un hombre.

Era corpulento, ancho de hombros y de cintura, con una barba entrecana que le llegaba al pecho y unas manos enormes, llenas de cicatrices viejas, blancas y finas.

Eran manos que habían agarrado mucha roca helada y mucha cuerda tensa.

Tenía la cara curtida por el viento, surcada de arrugas en torno a los ojos, como la de quien ha pasado media vida mirando lejos bajo el sol de la nieve.

Y caminaba un poco rígido, apoyándose en la barra al moverse, con el cuidado de alguien cuyas rodillas ya no le obedecen como antes.

Se llamaba Bram. Durante cuarenta años había guiado a cazadores y comerciantes por los senderos bajos de Ithrengard, hasta que las rodillas le dijeron basta. Desde entonces servía caldo a quienes volvían de la montaña, y escuchaba lo que contaban.

Los miró entrar sin decir nada. Miró a Fen, luego a Aldric, luego el respaldo de silla atado a la espalda de uno con el otro sentado encima. Y en su cara apareció una mezcla de sorpresa y de algo que se parecía mucho a la lástima.

No preguntó quiénes eran. Les sirvió dos cuencos de caldo caliente, que Fen aceptó con más entusiasmo del que la situación merecía. Luego se apoyó en la mesa con las dos manos y fue directo al grano.

—¿Van a la montaña?

—Vamos a cruzarla —corrigió Aldric.

Bram se rió. No fue una risa alegre.

—Nadie cruza Ithrengard en esta época, mago. Y este año menos que nunca.

Les contó lo que sabía. La helada había llegado seis semanas antes de su tiempo.

Los cazadores que subían cada otoño a revisar las trampas altas habían bajado tres días atrás, antes de lo previsto, con las barbas blancas de escarcha y noticias que nadie quería oír: en los pasos de piedra ya había hielo donde nunca lo había antes de la primera gran nevada.

Los arroyos altos estaban congelados. Los animales habían bajado de las cumbres semanas antes de lo normal.

—Lo sabemos —dijo Fen, con la boca todavía llena de caldo—. Por eso vamos ahora y no cuando sería sensato.

Bram lo miró un momento. Luego volvió a mirar a Aldric.

—¿Y qué hay allá arriba que valga ese riesgo?

Aldric no respondió enseguida. Bram no era un hombre al que conviniera mentirle; se le notaba en las manos, en esas cicatrices finas, que había subido a aquella montaña más veces que la mayoría de los magos que Aldric conocía habían abierto un libro.

Pero tampoco era el momento de explicar la historia entera del Umbral a un desconocido, por honrado que pareciera.

—Algo que sólo se abre una vez cada cien años —dijo al fin—. Y yo no voy a estar aquí para la próxima.

Algo cambió en la cara de Bram al oír aquello.

No era comprensión. No podía serlo, porque no conocía el resto de la historia.

Pero era el reconocimiento silencioso de un hombre viejo que oye a otro hablar de su propio tiempo agotándose.

Ése es un idioma que entiende sin explicaciones cualquiera que haya enterrado a suficiente gente.

Bram se quedó callado un momento, mirando a Aldric.

Luego arrastró una silla, se sentó frente a ellos con un gemido de las rodillas y apoyó los codos en la mesa.

Había decidido ayudarlos. Contra su propio juicio, se le notaba en la cara. Pero lo había decidido.

Les habló del camino. Los bosques bajos, les dijo, estaban bien, o lo estaban hacía tres días: fríos, oscuros, pero sin más peligro que perderse si uno se salía del sendero. El problema empezaba más arriba, en los pasos de piedra. Allí era donde los cazadores hablaban de las grietas.

—Y no me refiero sólo al hielo.

Fen dejó de comer. Las orejas se le quedaron muy quietas.

Bram bajó la voz, aunque en la sala no había nadie más que pudiera oírlos.

Allá arriba, les dijo, pasaban cosas que no deberían pasar.

Se oían voces donde no había nadie. El viento cantaba en tonos que no eran de viento.

Había tramos del camino donde un hombre podía sentarse a descansar un rato y levantarse con el pelo más blanco que cuando se sentó.

Los cazadores viejos lo sabían y rodeaban esos sitios sin hablar de ellos, como se rodea en el bosque la guarida de un oso.

Y luego estaba Osvaldo.

Osvaldo era el cazador más viejo del pueblo después del propio Bram, y el más terco.

El otoño anterior había bajado de las trampas altas blanco como una sábana, jurando que había visto algo en los pasos de piedra: tres sombras caminando en círculos alrededor de una grieta.

Tres sombras con la misma cara. Una joven, una madura y una vieja.

Nadie le creyó. Osvaldo también juraba haber oído hablar a un oso una vez, y el pueblo entero se había reído de aquello durante años.

Esta vez también se rieron. Osvaldo aguantó las burlas todo el invierno, toda la primavera y todo el verano.

Y hacía una semana, harto de que en la posada le preguntaran por sus sombras cada vez que pedía una cerveza, había cogido su arco, su manta y su cantimplora vieja, la de cuero con sus iniciales grabadas a punta de cuchillo junto al tapón, y había subido solo a la montaña para demostrar que tenía razón.

Todavía no había bajado.

—Es terco —dijo Bram, encogiéndose de hombros—. Ya bajará.

Pero Fen vio que al decirlo miraba hacia la ventana, hacia la montaña, y que sus manos grandes se habían cerrado sobre la mesa.

Aldric le preguntó si él creía en las sombras de Osvaldo.

Bram tardó en contestar.

—Le creo lo suficiente para no subir yo mismo sin necesidad.

Se levantó, con otro gemido de rodillas, y fue detrás de la barra. Volvió con dos cosas.

La primera era un rollo de cuerda. Era gruesa, trenzada, de un color pardo oscuro, más pesada y más áspera que las cuerdas viejas con las que Fen había hecho el arnés.

Cuerda de montaña de verdad, les dijo, de la que aguanta el peso de un hombre sobre un precipicio sin deshilacharse.

La otra era un frasco pequeño de cristal oscuro, tapado con un corcho y lacrado con cera.

Dentro se movía un líquido espeso, negro como la brea.

Era aceite de resina de pino negro, les explicó. Si algo los seguía de noche, tenían que quemarlo. No sabía si serviría contra lo que hubiera allá arriba, pero servía contra los lobos.

—Y a veces —añadió— con eso basta para no averiguar si era algo peor.

Fen tomó las dos cosas con una gratitud que no necesitó palabras. Aldric, que llevaba toda la vida siendo el que sabía las cosas y no el que las recibía, sintió una vez más aquella incomodidad ya familiar de depender de la generosidad ajena. Le dijo a Bram que no tenía mucho con qué pagarle.

—No le pedí que pagara —respondió Bram, con una sonrisa breve y cansada—. Le pido que me cuente, si baja, qué encontró allá arriba. Cuarenta años mirando esa montaña desde aquí abajo, y nunca he sabido qué hay en la cima. Me conformo con la historia.

Aldric se lo prometió.

Compraron el resto de las provisiones en la tienda del pueblo, un cuarto oscuro detrás de la herrería donde una mujer de manos rojas vendía de todo un poco.

Pan duro de centeno, de ése que aguanta semanas sin enmohecerse.

Queso curado envuelto en un paño. Un odre de agua de más.

Lo pagaron con las pocas monedas que Aldric había conseguido meses atrás vendiendo algunos de sus libros menos queridos a un librero de paso.

Y Fen, para diversión resignada de Aldric, insistió en comprar también un frasco pequeño de miel, por si Gustavo tuviera algún pariente en algún rincón de la montaña que necesitara ayuda.

Aldric decidió no discutir aquella teoría por puro cansancio.

Salieron de Vado Gris con la tarde ya cayendo.

Cruzaron el vado por las piedras planas del remanso, con el agua helada lamiendo los bordes y el río rugiendo más allá, gris y rápido.

En la otra orilla empezaba el sendero, que subía por una ladera de hierba escarchada hacia los primeros árboles.

Y encima de todo, mucho más cerca que nunca, la cordillera se alzaba como una pared gris y blanca que parecía completamente indiferente a los dos viajeros diminutos que se disponían a cruzarla.

Fen se volvió una sola vez, al llegar a lo alto de la ladera.

Bram estaba en la puerta de la posada, bajo el letrero del cuervo, con los brazos cruzados sobre el pecho, mirándolos marchar.

Estaba demasiado lejos para verle la cara.

Pero Fen tuvo la impresión de que miraba también un poco más arriba, hacia la montaña, como quien busca en ella a alguien que tarda en volver.

Y no supo decidir si aquel gesto era de esperanza o de despedida.

El sendero se estrechaba al acercarse a los árboles. Fen caminó un rato en silencio, sintiendo el peso de Aldric a la espalda y el nuevo peso de la cuerda y del frasco en la mochila. Luego preguntó, sin volverse, si Aldric creía que lo de las sombras era cierto.

Aldric tardó en responder. El frío ya empezaba a filtrarse entre los troncos, aunque apenas estaban entrando en el primer tramo del camino.

—Ithrengard tiene seis mil años guardando secretos, Fen. Sería más extraño que no fuera cierto.

No dijeron nada más.

El bosque los recibió con esa clase de silencio que no es paz, sino espera. Y en algún lugar muy por encima de ellos, entre la niebla que ya empezaba a enroscarse alrededor de los picos más altos, algo, o alguien, pareció darse cuenta por un instante de que habían llegado.