El Último de los Ilvain Capítulo 3 — Lo que Cabe en una Mochila
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Capítulo 3 — Lo que Cabe en una Mochila

La última noche en la cabaña empezó, como casi todo entre ellos, con una discusión.

Afuera había oscurecido temprano, con esa rapidez con que oscurece en los valles cuando el invierno llega antes de tiempo.

El viento del norte bajaba de la cordillera silbando por las rendijas de la puerta, y la escarcha, que ya no se molestaba en retirarse ni siquiera a mediodía, había cubierto la ventana por completo, de modo que el cristal ya no mostraba el valle sino sólo un bosque blanco de helechos de hielo.

Dentro, en cambio, el fuego ardía alto en la chimenea, y su luz naranja bailaba sobre un desorden que la cabaña no había conocido en treinta años.

Fen había vaciado la despensa, el arcón de la ropa y los cajones de la cocina, y lo había amontonado todo en el suelo, en pilas que sólo él entendía.

Mantas a un lado. Cuerdas a otro. Pan, queso y un saco de manzanas junto a la puerta.

Y en el centro de la sala, sobre la mesa, un montón aparte que él llamaba lo imprescindible.

Aldric, desde su sillón, llevaba media hora mirándolo con creciente alarma.

El problema empezó por la olla.

Era la olla ennegrecida de la cocina, la del tamaño de un torso, la que había sobrevivido a más experimentos culinarios de los que cualquier olla debería soportar.

Fen la había colocado en lo alto de lo imprescindible, con la naturalidad de quien pone el sombrero antes de salir.

Aldric se negó en redondo. Fen alegó que era su olla.

Aldric le recordó su tamaño, su peso y su historial criminal.

Fen quiso saber qué pasaría si le daba hambre de algo que sólo pudiera cocinarse en ella.

—Entonces tendrás hambre con dignidad —dijo Aldric—, como el resto de los mortales.

Fen dejó la olla junto a la puerta con la expresión de quien cede una batalla pero no la guerra. Y volvió al montón.

Lo que quedaba en él era una colección que habría desconcertado a cualquier explorador del mundo.

Había tres cucharas de madera sin ningún propósito aparente.

Una manta que tenía más remiendos que tela original.

Un frasco de vidrio vacío, limpio y con tapa, que Fen defendió con una teoría complicada según la cual Gustavo podría decidir seguirlos más adelante, porque las abejas eran mucho más resistentes de lo que la gente creía. Y el cojín.

El cojín que alguna vez había sido un abrigo y que llevaba treinta años a los pies del sillón, hundido justo donde debía estar hundido.

Aldric ganó la discusión de la olla. Perdió la del cojín. Fen tenía, para defenderlo, un argumento contra el que no existía réplica posible:

—Me duele la espalda si no lo llevo, amo. Y usted necesita que mi espalda esté bien para cargarlo a usted.

Aldric abrió la boca. La cerró. No encontró nada que decir. Y decidió, con la sabiduría de los años, no gastar las pocas fuerzas que le quedaban en la guerra de las cucharas.

Cuando el montón quedó por fin reducido a algo que cabía en dos mochilas, Aldric dio una palmada en el suelo junto al sillón.

—Ven aquí. Necesitas ver esto antes de que salgamos.

Fen se sentó a su lado, en el cojín, por última vez.

Aldric desenrolló sobre sus rodillas el mapa de la tarde anterior, y a la luz del fuego las líneas trazadas hacía décadas parecieron cobrar una textura casi viva.

Los picos de Ithrengard se alzaban en tinta parda, afilados y quebrados.

Las sombras de los valles se hundían entre ellos como pozos.

Aldric le explicó el camino siguiendo con el dedo una ruta marcada en tinta desvaída.

Primero estaban los bosques bajos, al pie de la cordillera: dos días de marcha por terreno fácil, aunque frío.

Luego venían los pasos de piedra, un laberinto de desfiladeros y galerías donde empezaban las grietas de tiempo, y donde Fen tendría que guiarlo con los oídos más que con los ojos.

Y por último, más allá, más arriba, la cima.

El Umbral.

Fen estudió el mapa con atención. Y fue entonces cuando se fijó en los márgenes.

Estaban llenos de anotaciones apretadas, escritas en una letra que no era la de Aldric.

Era angulosa, de trazos duros y cortantes, casi violentos, como si quien la escribió hubiera tenido prisa, o rabia, o las dos cosas.

Describía con precisión ciertos tramos de los pasos de piedra: dónde el suelo cedía, dónde el viento cambiaba de tono, dónde convenía no detenerse.

Había flechas. Advertencias. Palabras subrayadas dos veces.

Fen le preguntó quién lo había escrito.

Algo se cerró en el rostro de Aldric. Fue apenas perceptible, como una puerta que se ajusta sin hacer ruido.

—Mi maestro —dijo—. Halvard. Lo dibujó él, hace más de sesenta años, cuando intentó cruzar.

Fen quiso saber si lo había logrado.

Aldric tardó en contestar. El fuego crepitó.

—No volvió a bajar.

Luego enrolló el mapa, con más brusquedad de la necesaria, y lo ató con el cordel. No dijo nada más.

Fen tampoco. En treinta años había aprendido exactamente cuándo una pregunta merecía insistencia y cuándo merecía silencio, y aquélla merecía silencio.

Pero guardó el dato, como guardaba tantas cosas: en el mismo rincón de la memoria donde guardaba los fragmentos de las crónicas de su pueblo, los que nadie sabía que conocía.

Quedaba un problema. Era el más grande de todos, y ninguno de los dos lo había nombrado todavía: cómo iba Fen a cargar a Aldric.

No podía llevarlo en brazos. Aldric era un hombre alto, aunque los años lo hubieran encorvado, y Fen apenas le llegaba a la cintura.

Tampoco podía llevarlo simplemente a hombros, dos días de bosque y luego una cordillera entera.

Hacía falta algo más. Algo que repartiera el peso, que dejara libres las manos de Fen para agarrarse a las rocas, que sujetara las piernas muertas de Aldric para que no colgaran.

Pasaron la hora siguiente construyéndolo.

Fen desmontó el respaldo de la silla de la cocina, la de madera de roble con el travesaño roto, y le ató por detrás un par de correas de cuero viejas que salieron del fondo del arcón.

Luego, con cuerda, hizo un asiento: un cruce de nudos tensos entre el respaldo y dos palos de escoba, con un apoyo para las piernas y un lazo para cada tobillo.

Todo se sujetaba a la espalda de Fen con correas cruzadas sobre el pecho y los hombros, que él fue apretando y aflojando con infinita paciencia, a la luz del fuego, con la lengua asomándole entre los dientes por la concentración.

Fen lo llamaba “arnés”. Aldric lo llamaba “instrumento de tortura medieval”. Ninguno de los dos cedió en la nomenclatura.

La primera prueba fue, sin exagerar, un desastre.

Aldric se sentó en el artefacto con la dignidad de un rey que sube al patíbulo.

Fen se agachó, se pasó las correas por los hombros, apretó los dientes y se levantó.

O lo intentó. Dio dos pasos, se tambaleó hacia un lado bajo un peso mucho mayor de lo que su cuerpo diminuto sugería que podía soportar, dio otro paso hacia el otro lado para compensar, y estuvo a punto de estrellarlos a los dos contra la columna de libros más cercana.

Aldric soltó un grito que no era precisamente digno de un mago de su edad.

Durante un instante largo los dos quedaron enredados en cuerdas, correas y libros caídos, más parecidos a un fardo mal atado que a una expedición.

Aldric le ordenó que lo bajara. Le aseguró que aquello no iba a funcionar y que se iba a partir la espalda.

Fen respondió que su espalda había cargado cosas peores.

—¿Cómo qué?

—Como treinta años de escucharlo quejarse del té.

Aldric soltó una risa que le salió a su pesar. Fen, envalentonado, se desenredó, ajustó las correas un agujero más y volvió a intentarlo.

Esta vez dio cinco pasos. Luego diez. Luego cruzó la sala de lado a lado, esquivando las columnas de libros, dio la vuelta junto a la chimenea y volvió.

Se detenía, tomaba aire y seguía. Al cabo de la hora cruzaba la cabaña sin tambalearse, con la cara empapada de sudor y una determinación que no admitía discusión.

Aldric no dijo nada mientras lo llevaba de un lado a otro de la sala.

Pero algo se le apretó en el pecho de una forma que no supo nombrar.

Era la vergüenza de ser cargado, sí, la de un hombre que había sido fuerte y ya no lo era.

Pero había algo más, más difícil de sostener, parecido a la gratitud.

Y había algo más difícil todavía, que se parecía al amor y que llevaba treinta años sin encontrar el momento de decirse en voz alta.

Esa noche, Aldric se durmió en el sillón.

Ya no subía a la cama con facilidad, y hacía semanas que no lo intentaba. Ninguno de los dos había mencionado nunca ese detalle en voz alta. Fen le echó la manta por encima, le quitó las botas y le puso un leño más al fuego.

Pero él no se acostó.

Esperó a que la respiración del viejo se volviera lenta y ronca.

Luego cruzó la sala de puntillas, entre las mochilas hechas y los montones deshechos, hasta un cajón pequeño en el fondo del aparador.

Aldric nunca lo abría. Estaba lleno de cosas que nadie usaba: cordeles, botones, llaves de cerraduras que ya no existían.

Fen metió la mano hasta el fondo y sacó un bulto envuelto en un trapo.

Era una piedra.

Tenía el tamaño de su palma. Era pulida, de un gris casi negro, fría al tacto aunque llevara años junto a la chimenea, y estaba cubierta de grabados finísimos que se enroscaban en espirales cerradas sobre sí mismas, en una escritura que ningún libro de la cabaña sabía traducir.

Fen la había encontrado años atrás en el mercado del pueblo, en el puesto de un buhonero que vendía herraduras viejas y botones de hueso.

Se la había cambiado por casi nada. El buhonero no sabía lo que tenía entre manos.

Fen sí lo sabía. O al menos sabía lo suficiente.

Había pasado muchas noches como aquélla, a la luz de las brasas, comparando los grabados con los fragmentos de crónicas que había escuchado leer a Aldric a lo largo de los años.

Había descifrado pocas palabras. Pero las que había logrado entender hablaban del Umbral.

De una pregunta que se hacía en la cima. Y de un precio.

Se quedó un rato mirándola, con el trapo abierto sobre las rodillas y el reflejo del fuego temblando en las espirales. Luego la envolvió otra vez con cuidado.

No la guardó en la mochila de Aldric. La guardó en la suya, en el fondo, debajo de todo, donde nadie más que él pudiera encontrarla.

Al amanecer apagaron el fuego.

Lo hizo Fen, con el cuidado con que se hacen las cosas que uno preferiría no hacer nunca.

Llenó un cubo en el pozo helado del huerto, lo cargó hasta la chimenea y se quedó un momento delante de las brasas, mirándolas.

Catorce años. Catorce inviernos sin dejar que se consumieran ni una sola noche.

Luego echó el agua despacio, un chorro fino, viendo cómo las brasas se apagaban una a una entre silbidos, en una nube de vapor y ceniza que subió por la chimenea y dejó la sala de pronto fría y gris.

Aldric lo observaba desde el sillón, ya vestido, con el abrigo abrochado hasta el cuello y el bastón sobre las rodillas. Y por primera vez notó, de verdad, no de pasada, que aquel fuego había sido quizá la cosa más constante en la vida de Fen. Más constante incluso que él mismo.

No dijo nada. Pero cuando Fen se dio la vuelta, con los ojos un poco más brillantes de lo que el humo podía justificar, Aldric alargó una mano y la apoyó un instante sobre su hombro pequeño.

Fue suficiente.

Salieron con la primera luz.

Aldric iba ya sentado en el arnés, a la espalda de Fen, con las piernas atadas por los tobillos y el bastón cruzado sobre el regazo.

Fen llevaba las dos mochilas colgadas por delante, una encima de la otra, como un buhonero.

Cerraron la puerta de la cabaña sin llave: no había nadie a kilómetros que fuera a robarles nada.

Y junto a la puerta, del lado de dentro, se quedó la olla ennegrecida, derrotada, esperando.

Empezaron a bajar la colina hacia el camino del norte. La escarcha crujía bajo cada paso, blanca y silenciosa, y el aliento de los dos se volvía humo en el aire helado. Abajo, el estanque seguía congelado, liso y gris como una lámina de estaño.

Y a lo lejos, al norte, más allá del valle y de los bosques, Ithrengard los esperaba con sus picos ya vestidos de un invierno que no debía haber llegado tan pronto.