Capítulo 2 — La Helada que Llegó Antes de Tiempo
La escarcha no se fue con el mediodía.
Eso fue lo primero que inquietó a Aldric, aunque tardó un par de horas en admitírselo a sí mismo.
Las heladas de fin de verano, cuando las había, eran cosas tímidas y breves.
Llegaban de madrugada, pintaban de blanco la hierba y los bordes del tejado, y se retiraban en cuanto el sol asomaba por encima de la colina, dejando tras de sí un olor a tierra mojada y un goteo alegre en los aleros.
Ésta no. Ésta se quedó prendida al cristal de la única ventana como si tuviera intención de quedarse, y a medida que avanzaba el día, en lugar de retroceder, fue ganando terreno.
Los helechos blancos del cristal se hicieron más densos.
Las plumas de hielo se alargaron hasta tocar el marco.
Aldric lo miraba de reojo desde el sillón, con el libro abierto sobre las rodillas, y fingía que no lo miraba.
Fen salió a buscar leña a media tarde, como todos los días.
Tardó más de lo habitual en volver. Cuando por fin empujó la puerta atascada con el hombro y entró cargado de troncos, Aldric vio que traía las cejas fruncidas.
Eran dos líneas finas, apenas visibles sobre sus ojos oscuros, y conocía bien aquella expresión: la de alguien que ha visto algo que no encaja y no sabe cómo contarlo sin sonar alarmista.
Fen dejó la leña junto a la chimenea. Se sacudió la escarcha de las mangas. Y lo dijo sin rodeos: el estanque del pie de la colina se había congelado.
Aldric le recordó, sin levantar la vista del libro, que el estanque se congelaba todos los inviernos.
—No es invierno, amo —dijo Fen.
Aldric no respondió.
Se quedó mirando el fuego un rato largo, con el libro todavía abierto y la mirada perdida en las llamas, como si esperara que le dieran una explicación.
La verdad es que ya la sospechaba y no quería nombrarla en voz alta.
Luego, muy despacio, cerró el libro. Esta vez no fingió que lo leía.
Lo dejó sobre la mesa, junto a la taza vacía del té de la mañana, y apoyó las dos manos en los brazos del sillón.
—Mi abrigo —dijo—. Y el bastón.
El bastón era una vara de fresno, lisa y oscura, con el puño gastado por el uso.
Aldric lo odiaba. Lo había comprado en el mercado de Vado Largo la primavera anterior, cuando las piernas empezaron a fallarle en las escaleras, y desde entonces lo usaba con el mismo resentimiento con el que un rey destronado usaría una corona de latón.
Pero aquella tarde no protestó. Se levantó del sillón apoyándose en él y en el hombro de Fen, se dejó abrochar el abrigo hasta el cuello, y salieron juntos.
El aire de fuera los golpeó en la cara como un cubo de agua fría.
No era el frío húmedo y blando del otoño que tendría que haber sido.
Era un frío seco, cortante, que se metía por las costuras de la ropa y hacía crujir la hierba bajo los pies como papel viejo.
El huerto estaba blanco. Las coles se habían vuelto rígidas y brillantes, como tallas de cristal.
En el muro de piedra, la ortiga del té de la mañana se había doblado bajo el peso de la escarcha y tenía las hojas negras en los bordes.
Subieron despacio hasta el borde de la colina. Aldric tuvo que detenerse dos veces a recuperar el aliento, y las dos veces Fen se detuvo con él, sin decir nada, mirando hacia otro lado para que el viejo no tuviera que ver que lo esperaba.
Desde la cima se veía todo el valle, y más allá del valle, al norte, la cordillera.
Ithrengard.
En los días claros se dibujaba contra el cielo como una hilera de dientes rotos: picos negros y quebrados, altísimos, uno detrás de otro, perdiéndose hacia el horizonte.
Fen la había visto cada mañana de su vida en aquella casa.
Nunca le había parecido otra cosa que un paisaje.
Una pared lejana y oscura que marcaba el final del mundo conocido, como marcan los bordes de un mapa el lugar donde los cartógrafos dejan de dibujar.
Coronada de blanco en los meses más duros del invierno, gris y desnuda el resto del año.
Pero ahora no estaba gris.
La nieve había bajado. Mucho. No se limitaba a coronar las cumbres, como otros inviernos: descendía por las laderas en lenguas blancas, anchas y largas, y cubría los hombros de la montaña, sus flancos, hasta la línea oscura de los bosques bajos.
Era como si durante la noche alguien hubiera volcado sobre la cordillera un invierno entero, seis semanas antes de su hora.
Aldric se quedó mirándola sin moverse, con las dos manos apoyadas en el puño del bastón.
—Eso no debería estar ahí todavía —murmuró, más para sí que para Fen.
Fen le preguntó qué significaba.
Aldric tardó en contestar. El viento le agitaba la barba blanca y le enrojecía la punta de la nariz, y durante un momento largo pareció que no había oído la pregunta.
Cuando por fin habló, su voz tenía un peso que Fen no le oía desde hacía años.
No era el tono de fastidio de las mañanas, ni el tono paciente de las discusiones sobre zapatos y abejas.
Era otra cosa, más antigua y más cansada.
—Significa que se nos acabó el tiempo antes de lo que pensaba.
Volvieron a la cabaña en silencio.
Fen no se atrevió a romperlo, aunque las orejas le temblaban con la ansiedad de tener demasiadas preguntas y ningún lugar apropiado donde ponerlas. Aldric caminaba delante, despacio, clavando el bastón en la hierba helada a cada paso, y no se volvió ni una vez.
Dentro, se dejó caer en el sillón sin quitarse el abrigo.
No tomó el libro. Se quedó un momento con los ojos cerrados, recuperando el aliento.
Luego levantó un brazo y señaló el estante más alto de la pared del fondo, allí donde los libros estaban más cubiertos de polvo y las telarañas llevaban años sin que nadie las molestara.
Era un estante al que Aldric, en otros tiempos, llegaba con sólo ponerse de puntillas. Ahora no llegaba ni con la escalera.
No hizo falta que dijera nada. Fen trepó por las columnas de libros con la agilidad de siempre, como una ardilla por un tronco, apartó una telaraña con la mano, y bajó con lo que Aldric señalaba: un rollo de pergamino viejo, atado con un cordel, con los bordes quebradizos como hojas secas.
Aldric lo desató con dedos torpes. Lo desplegó sobre la mesa, sujetando las esquinas con la taza, el tintero, el libro y una piedra que usaba de pisapapeles.
Era un mapa.
Un mapa de la cordillera, dibujado a mano hacía muchísimos años, con una tinta parda que el tiempo había vuelto casi del color del pergamino.
Los picos de Ithrengard se alzaban en el papel en trazos rápidos y angulosos, casi violentos.
Había valles sombreados, pasos marcados con líneas de puntos, ríos que nacían y morían entre las rocas.
Y en los márgenes, apretadas unas contra otras, anotaciones en una letra que no era la de Aldric: una letra dura, inclinada, de trazos cortantes, que ya casi no se distinguía de las manchas de humedad.
En el centro del mapa, sobre el pico más alto, había un punto marcado con otra tinta. Más negra. Más reciente. Y debajo, en la letra elegante de Aldric, tres palabras.
El Umbral de Ceniza.
Aldric se quedó mirando ese punto un largo rato. Luego levantó la vista hacia Fen.
—Siéntate —dijo.
Fen se sentó en el taburete junto a la mesa. Lo hizo despacio, porque el tono de Aldric, serio y sin la ironía que solía disfrazar hasta sus peores noticias, ya le había dicho que lo que venía no iba a ser fácil de escuchar.
Aldric empezó por una pregunta. Quiso saber si Fen se acordaba de lo que le había explicado hacía años sobre el Umbral.
Fen se acordaba. Lo recordaba mejor de lo que Aldric podía imaginar, porque durante treinta años había escuchado a escondidas cada vez que el viejo leía en voz alta sobre él, sentado en su cojín a los pies del sillón, fingiendo dormir.
El Umbral de Ceniza era una puerta que se abría una vez cada cien años en lo más alto de Ithrengard.
Aldric lo estudiaba desde antes de que Fen llegara a aquella casa.
—Desde antes de que tú nacieras, supongo —dijo Aldric, con una sonrisa breve y sin humor.
Fen no contestó. No sabía cuándo había nacido. Nunca lo había sabido. Pero no era momento de decirlo.
Entonces Aldric le contó lo que había callado durante meses.
Que las estrellas habían empezado a alinearse.
Que llevaba calculándolo desde la primavera, noche tras noche, desde el tejado, con una vela y un cabo de lápiz, sin decir nada a nadie hasta estar seguro.
Que ya lo estaba. Este año el Umbral se abría.
Dentro de unas pocas semanas, en la cima de la cordillera, la puerta se abriría durante una sola noche, y cuando las estrellas se apartaran de su sitio se cerraría otros cien años.
Fen se quedó muy quieto en el taburete.
Sabía, como sabía tantas cosas de las que nunca hablaba, lo que aquel Umbral significaba en las crónicas de su propio pueblo.
Fragmentos. Retazos. Palabras sueltas en libros que Aldric creía que él no entendía.
No dijo nada de eso todavía. Sólo preguntó, con una voz más pequeña que de costumbre, si pensaba cruzarlo.
Aldric se pasó una mano por la cara.
Había pensado hacerlo como lo haría cualquier persona sensata, le explicó: a pie, con meses de antelación, esperando a que pasaran las lluvias de otoño y aprovechando las semanas secas antes de las nieves.
Lo tenía todo planeado. Las provisiones, la ruta, los días de marcha.
Pero la helada lo había cambiado todo. Si la montaña estaba adelantando su invierno, los pasos se cerrarían bajo la nieve mucho antes de lo que había calculado.
Tal vez les quedaran unas semanas. Tal vez menos.
Después, ya no podría cruzar nadie hasta la próxima alineación.
—Dentro de cien años —dijo Fen.
—Dentro de cien años. Y yo…
Se detuvo. El resto de la frase parecía costarle un esfuerzo físico.
—Yo no voy a estar aquí dentro de cien años, Fen. Ni dentro de veinte, si soy honesto. Ésta es la única vez que voy a ver esa puerta abierta.
El fuego crepitó en la chimenea. Afuera, el viento golpeaba la ventana con una insistencia que no tenía nada que ver con el clima de la temporada, y la escarcha del cristal parecía brillar un poco más cada vez que una ráfaga la sacudía.
Fen se levantó del taburete.
—Iremos, entonces —dijo, con una firmeza que los sorprendió a los dos—. Empezamos mañana.
Aldric lo miró. Y por primera vez en mucho tiempo, lo que apareció en su cara no fue impaciencia ni ironía, sino algo que Fen no le había visto nunca: una especie de vergüenza contenida.
—Fen. Mírame.
Fen lo miró.
Aldric no dijo nada. Apartó despacio la manta que le cubría las rodillas y la dejó caer al suelo.
Debajo estaban sus piernas, flacas bajo la tela del pantalón, inmóviles sobre el cojín del sillón.
Aquellas piernas ya no subían escaleras sin ayuda.
Habían necesitado un bastón y un hombro para llegar hasta el borde de la colina.
Y ninguno de los dos necesitaba que nadie dijera en voz alta lo que harían ante una cordillera entera.
Cuando Aldric por fin habló, las palabras le salieron con la textura áspera de algo que llevaba mucho tiempo sin querer admitir.
—No puedo caminar esa distancia solo. Ni con bastón. Ni con la mejor de las voluntades.
Fen esperó. Entendía, sin que nadie se lo explicara, que lo que Aldric iba a decir después le costaba más que cualquier otra cosa que hubiera dicho aquel día.
Aldric le recordó lo que decían los libros: que las grietas de tiempo de Ithrengard, las que envejecían o rejuvenecían a quien las cruzaba sin guía, no tocaban a los de la especie de Fen.
Que por eso sólo alguien como él podría guiarlos entre ellas.
Y que también sólo él, literalmente, podría cargar con lo que Aldric ya no podía cargar solo.
Tendría que llevarlo a cuestas buena parte del camino. Por bosques, por rocas, por nieve.
—Te estoy pidiendo que hagas por mí algo que nunca te había pedido de esta forma —dijo al fin—. No como sirviente, Fen. Como…
No terminó la frase.
No porque no supiera la palabra. Sino porque después de treinta años nunca la había necesitado, y ahora que la necesitaba, no estaba seguro de tener derecho a usarla.
Fen no necesitó que la terminara.
—Iremos juntos, amo —dijo, y por una vez no había en su voz ni una pizca de la ligereza habitual, del humor con el que solía envolver hasta las cosas más serias—. Empezaremos a empacar esta misma tarde.
Se agachó, recogió la manta del suelo y se la volvió a poner a Aldric sobre las rodillas, remetiéndola por los lados como cada mañana. Luego echó a andar hacia el cuarto de atrás, donde guardaban las provisiones.
En la puerta se detuvo. Se quedó un instante quieto, de espaldas, como si necesitara ese segundo para poner en orden algo que llevaba mucho tiempo guardado.
—Amo.
—¿Sí?
—Gustavo tendrá que quedarse. No creo que las abejas sobrevivan a Ithrengard.
Aldric soltó una risa breve, casi involuntaria. Era la primera desde que había visto el estanque congelado.
—Gustavo estará bien, Fen. Es una abeja muy trabajadora.
Fen sonrió apenas y salió.
Pasó la tarde en el cuarto de atrás, reuniendo lo que la cabaña podía ofrecer para un viaje que ninguno de los dos sabía cómo iba a terminar.
Mantas, las pocas que no tenían agujeros.
Cuerdas viejas, que probó tirando de ellas con todas sus fuerzas.
Pan, queso, un saco de lentejas que luego decidió que pesaba demasiado.
Iba y venía por el cuarto con las manos ocupadas, haciendo montones en el suelo, deshaciéndolos, volviéndolos a hacer.
Pero sólo una parte de él pensaba en las provisiones.
La otra, la que llevaba treinta años escuchando fragmentos de crónicas antiguas sin decir nunca en voz alta lo que sabía, pensaba en algo muy distinto.
Pensaba en la leyenda de su propio pueblo.
En una puerta que se abría una vez cada cien años.
Y en la pregunta que, según contaban las crónicas más viejas, el Umbral le hacía a todo el que llegaba hasta él.
No se lo dijo a Aldric. Todavía no.
Afuera caía la tarde, y con ella el frío. La escarcha seguía extendiéndose sobre los campos, sobre el huerto, sobre el estanque helado al pie de la colina. Silenciosa y adelantada, como una promesa que ya nadie podía deshacer.