Capítulo 1 — Té de Ortiga y Otras Guerras Domésticas
La cabaña de Aldric Vann estaba construida a media falda de una colina que no tenía nombre, en un valle que tampoco lo tenía, y a nadie en toda la región se le había ocurrido nunca que ninguna de las dos cosas lo necesitara.
Era una casa pequeña y terca, de piedra gris como todas las de la comarca, con un techo de paja que Fen remendaba personalmente cada otoño, subido a una escalera que le quedaba tres veces más grande de lo necesario.
Tenía una sola ventana, una chimenea demasiado grande para la sala y una puerta que se atascaba en invierno. Y tenía, sobre todo, libros.
Estaban por todas partes. Se apilaban en columnas junto a las paredes, debajo de la mesa y a los pies de la cama, sobre los estantes y encima de los estantes, en torres tan altas y tan torcidas que desafiaban toda lógica.
Algunas llevaban años sin que nadie las tocara, y Fen sospechaba que se sostenían más por costumbre que por equilibrio.
En un rincón, una gotera vieja caía sobre un cazo de cobre con una regularidad casi musical: gota, pausa, gota.
Nadie la había arreglado nunca. Con el tiempo se había vuelto una especie de reloj.
Y en la chimenea ardía el fuego. Llevaba encendido, sin interrupción, catorce años. Era un pequeño orgullo silencioso de Fen, que consideraba apagar el fuego una especie de traición personal, y que en catorce inviernos no había dejado que se consumiera ni una sola noche.
Aquella mañana, como casi todas, la cabaña olía a humo de chimenea, a papel viejo y a algo quemado que nadie quería nombrar.
Aldric Vann estaba en su sillón, junto al fuego, con un libro abierto sobre las rodillas.
Llevaba tres días fingiendo leerlo. Era un hombre viejo, de barba blanca y larga, más larga de un lado que del otro porque siempre se la rascaba con la misma mano cuando pensaba, y tenía en la frente una arruga honda entre los ojos, de esas que no se hacen en un día, sino en setenta años de encontrarle a todo algún defecto.
El sillón tenía su forma exacta. Tenía también un muelle roto que asomaba por un costado y que Aldric se negaba a arreglar, porque decía que le recordaba que la comodidad era una ilusión.
El olor a quemado llegó hasta él desde el rincón de la cocina. Aldric arrugó la nariz sin levantar la vista.
—Fen —dijo—. ¿Qué es ese olor?
—El desayuno, amo —respondió una voz desde la cocina, con una seguridad absoluta.
Aldric esperó una aclaración. No llegó ninguna. Cuando por fin preguntó de quién era aquel desayuno, la voz le contestó con la misma calma, como quien enuncia una ley de la naturaleza:
—Del desayuno, amo. Simplemente eso. Un desayuno tiene derecho a oler como quiera.
Aldric bajó el libro despacio. Lo hizo con la parsimonia de un hombre que ha tenido esta misma conversación, con variaciones mínimas, durante casi treinta años, y que sabe exactamente cómo va a terminar.
Al dejarlo sobre las rodillas, las manos le temblaron un poco.
Eran manos nudosas, manchadas por décadas de tinta y hechizos menores, y aquel temblor era nuevo; había empezado a finales del verano.
Aldric prefería no mirarlo. Fen, sin decir nada, había empezado a mirarlo mucho.
Había, en la historia de la cabaña, un precedente que pesaba sobre toda aquella mañana, y era el del zapato.
Nadie lo había olvidado. Unos años atrás, Aldric se había quejado en voz alta, con el pie metido en una de sus botas viejas, de que aquel zapato le apretaba como la conciencia de un ladrón.
Fen lo había oído desde la cocina. Y tres días después, en una mañana muy parecida a ésta, le había servido un guiso espeso y humeante, de un sabor difícil de describir, que resultó contener, cortada en tiras finas y hervida con cebolla, la bota entera.
Aldric se lo recordó ahora, sin mucha esperanza.
Fen se lo discutió punto por punto desde la cocina.
Que había sido una sola vez. Que el zapato, de todos modos, ya no le servía.
Que el propio amo había dicho, y citaba textualmente, que le apretaba como la conciencia de un ladrón.
Aldric replicó, con toda la dignidad que pudo reunir, que eso lo había dicho con el zapato puesto, no como invitación a que se lo hirvieran.
—Un malentendido lingüístico lamentable, amo —concluyó Fen—. Ya se lo dije en su momento.
Aldric resopló. Pero no había verdadero enojo en el gesto. Sólo la fatiga cómoda de una costumbre que llevaban tres décadas ensayando casi sin cambios, como una obra de teatro que los dos conocían de memoria y que, aun así, seguían representando cada mañana con el entusiasmo del primer día.
Entonces Fen apareció en la puerta de la cocina.
La cocina, en aquella cabaña, era un rincón con más humo que fuego y más ambición que resultados, dominado por una olla ennegrecida del tamaño de un torso que había sobrevivido a más experimentos culinarios de los que cualquier olla debería soportar.
De ese rincón salió Fen, envuelto en una nube gris, con un cuenco de madera humeante entre las manos y la expresión grave de quien lleva algo muy valioso.
Era pequeño. Tenía más o menos el tamaño de un niño de ocho años, aunque nadie con dos dedos de frente lo habría confundido jamás con uno.
Tenía las orejas largas y puntiagudas, y se le movían solas cuando algo le parecía gracioso, cosa que le ocurría con preocupante frecuencia: primero la izquierda y luego la derecha, nunca las dos a la vez.
Tenía el pelo revuelto, siempre, como si acabara de salir de una zarza.
Y tenía unos ojos grandes y oscuros, del color exacto de la corteza cuando llueve, que en ese momento brillaban con la determinación de quien está a punto de defender lo indefendible.
Cruzó la sala esquivando las columnas de libros con la soltura de treinta años de práctica, y se detuvo ante el sillón. Sostuvo el cuenco en alto. Hizo una pausa, como los heraldos antes de anunciar a un rey.
—Hoy es distinto, amo —anunció Fen—. Hoy es té de ortiga con miel de las abejas del acantilado.
Aldric lo miró por encima del cuenco. Le hizo notar, con toda la paciencia del mundo, que en el acantilado no había abejas.
Fen admitió que no había abejas. Había una. Y le aseguró que era muy trabajadora.
Lo que siguió fue una de esas discusiones que en aquella cabaña se repetían con la misma forma y distinto tema desde hacía treinta años.
Aldric dijo el nombre de Fen tres veces, cada una en un tono más grave, como quien toca tres campanas de aviso.
Fen le informó, sin inmutarse, de que la abeja se llamaba Gustavo.
Aldric quiso saber cómo demonios se podía saber el nombre de una abeja.
Y Fen le explicó, con la seriedad de un sabio que expone una verdad evidente, que él no le había puesto ese nombre: que la abeja ya se llamaba así cuando la conoció, y que le había parecido de muy mala educación cambiárselo.
Además, añadió, uno sabe esas cosas. Hay una manera de volar que sólo tienen los Gustavos del mundo.
—¿Y cómo vuela un Gustavo, si puede saberse?
Fen se lo pensó un momento.
—Un poco torcido, amo. Hacia la izquierda.
Aldric cerró los ojos. Lo hizo con la lentitud de un hombre que lleva media vida perdiendo esta clase de batallas y ha decidido, hace mucho, que perderlas con dignidad es la única forma que le queda de ganar algo. Luego extendió la mano sin decir nada más.
Fen le puso el cuenco entre los dedos.
Aldric se lo bebió.
Tosió. Hizo una mueca tan exagerada que en cualquier otra casa del mundo habría merecido una disculpa inmediata.
En aquélla sólo consiguió que a Fen se le iluminara la cara con un orgullo completamente desproporcionado al resultado.
La infusión sabía, aproximadamente, a calcetín hervido con optimismo: verde, amarga, con un fondo dulzón de miel que no terminaba de arreglar nada y un regusto final que Aldric no habría sabido nombrar ni en las lenguas muertas que conocía.
—Está horrible —dijo.
Y extendió la taza otra vez.
—Lo sé —respondió Fen, radiante—. ¿Quiere más?
—Sí.
Porque ésa era la verdad que ninguno de los dos decía en voz alta: que en algún momento de aquellas tres décadas, Aldric había aprendido que Fen preparaba las cosas más extrañas del mundo con una fe tan absoluta en que iban a salir bien que resultaba casi de mala educación no terminárselas.
Y Fen, por su parte, había aprendido que un está horrible seguido de una taza extendida era, en el idioma particular de aquel viejo, lo más parecido a un elogio que iba a escuchar jamás.
Le sirvió más con una ceremonia completamente injustificada, como si fuera vino de bodas reales.
Incluso hizo una pequeña reverencia al entregarle la taza.
Era un gesto que había repetido tantas veces a lo largo de los años que ya no resultaba irónico ni servil: era, sencillamente, suyo.
Una firma personal en medio de la rutina.
Luego se sentaron junto al fuego, como cada mañana.
Aldric en su sillón, con el muelle roto clavándosele en el costado y las piernas cubiertas por una manta de lana que Fen le acomodaba cada día sin que él se lo pidiera y sin que él, tampoco, se lo agradeciera nunca en voz alta.
Fen en el suelo, a sus pies, sobre un cojín que alguna vez había sido un abrigo y que ahora tenía la forma exacta de treinta años de uso: hundido justo donde debía estar hundido, como un molde hecho a la medida de una costumbre.
Fen se bebió su propia taza despacio, sin quejarse. A diferencia de Aldric, a él le gustaba de verdad cómo sabía el té de ortiga. Ese pequeño desacuerdo llevaba treinta años siendo, sin que ninguno de los dos lo dijera, una de las razones por las que las mañanas funcionaban.
El fuego crepitaba. En el rincón, la gotera seguía cayendo sobre el cazo de cobre.
Por la ventana entraba una luz pálida y el viento soplaba contra la paja del tejado con un sonido distinto al de otros días, más agudo, más insistente.
Ninguno de los dos se fijó. Todavía no sabían que debía preocuparles.
Al cabo de un rato, Fen se volvió hacia el sillón con esa expresión suya de quien está a punto de proponer algo descabellado con total seriedad. Aldric, que la conocía, le advirtió de antemano que nada bueno empezaba nunca así. Fen no le hizo caso.
Había pensado, le explicó, que si Gustavo hacía suficiente miel, podrían bajar a venderla al pueblo. Y con las monedas comprarían una segunda abeja. Y con dos abejas tendrían el doble de miel, y con el doble de miel, el doble de monedas, y con el doble de monedas…
—Fen.
—¿Sí, amo?
—Come tu desayuno.
—No hay desayuno, amo. Sólo el té.
—Entonces bébete tu té y deja en paz a Gustavo.
Fen sonrió, con esa sonrisa suya que le arrugaba la cara entera, orejas incluidas, y se quedó callado. En él era algo poco habitual.
Fue entonces cuando Fen miró la ventana.
La escarcha había cubierto el cristal durante la noche, y a esas horas de la mañana debería haber empezado a retirarse.
No se había retirado. Seguía allí, extendida en un dibujo de helechos blancos y plumas finas, y le pareció que había avanzado un poco desde la última vez que la había mirado.
La luz que entraba a través de ella era más fría de lo que tenía derecho a ser en aquella época del año.
—Amo.
—¿Mm?
—Hace frío para ser esta fecha.
Aldric no contestó enseguida. Miró la ventana. Luego su taza. Luego sus piernas bajo la manta, esas piernas que ya no le respondían como antes y que llevaban meses recordándole, con cada mañana que le costaba un poco más levantarse del sillón, que el tiempo no le estaba pidiendo permiso para pasar.
—Será una helada tardía —dijo al fin, aunque algo en su voz no sonaba del todo convencido—. O temprana. Nunca me acuerdo de cuál asusta más a los campesinos.
Fen no dijo nada. Pero sus orejas, esta vez, no se movieron. Se quedaron quietas, atentas, pegadas hacia atrás, como las de un animal que ha aprendido a distinguir el viento de siempre del viento que trae noticias.
Ninguno de los dos imaginaba, mientras terminaban el té y el fuego seguía ardiendo con su terquedad de catorce años, que aquélla sería una de las últimas mañanas tranquilas que tendrían en mucho, mucho tiempo.
Afuera, la escarcha seguía extendiéndose sobre el cristal, silenciosa y adelantada, como quien llega antes a una cita para asegurarse de que nadie escape.