El Último de los Ilvain
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Prólogo
Antes de que existieran los hombres para temerles, los que ahora llaman “duendes” no eran pequeños.
Las crónicas más viejas de Vaelmoor —las que solo se conservan en fragmentos, talladas en piedra por manos que ya nadie recuerda— hablan de un pueblo hecho de luz delgada, altos como juncos, que habitaban la cordillera de Ithrengard antes de que tuviera ese nombre.
Los llamaban los Ilvain, “los que no envejecen”, porque su tiempo no corría como el de los demás seres: fluía en espiral, doblándose sobre sí mismo, de modo que un Ilvain podía vivir mil años y seguir teniendo el rostro del primer día.
Nadie sabe con certeza qué guerra se libró en aquellas cumbres, ni contra quién.
Algunas versiones hablan de un pacto roto con los primeros magos; otras, de un castigo impuesto por la montaña misma, celosa de compartir su secreto con un pueblo que no le rendía tributo.
Lo único que coinciden en decir todas las crónicas es esto: los Ilvain fueron reducidos.
Su luz se contrajo hasta caber en un puño.
Su altura, hasta la de un niño pequeño. Y su voz —la que antes hacía temblar la piedra— quedó atada a una condición cruel: solo podrían hablar con libertad al servicio de otro, nunca por sí mismos.
De ese pueblo quebrado desciende Fen.
Él no conoce esta historia completa —solo fragmentos, retazos que ha juntado a lo largo de treinta años escuchando a escondidas los libros que Aldric Vann cree que no entiende.
Sabe que su especie fue grande alguna vez.
Sabe que la montaña que ahora debe cruzar es la misma que los redujo.
Y sabe, aunque nunca lo ha dicho en voz alta, que si la leyenda es cierta, el Umbral de Ceniza es la única grieta en el mundo donde un Ilvain podría, por un instante, recordar cómo se sentía ser alto.
No sabe si eso significa que podría volver a serlo.
No se ha atrevido a preguntar.
Fen ha pasado tres décadas al servicio de un mago que lo trata, la mayoría de los días, como se trata a algo querido pero nunca del todo visto: con cuidado, pero sin la costumbre de mirarlo dos veces.
Aldric Vann no es cruel —nunca lo ha sido—, pero es de esos hombres que confunden la costumbre con el cariño, y que solo notan lo que tienen cuando empiezan a perderlo.
Esta es la historia de cómo estuvo a punto de perderlo. Y de cómo, subiendo una montaña que ninguno de los dos debía sobrevivir, ambos encontraron algo que no sabían que buscaban.
Pero esa historia empieza, como casi todas las que importan, con una mañana cualquiera —una de tantas, con té de mala calidad y una abeja imaginaria llamada Gustavo— justo antes de que llegara la noticia que lo cambiaría todo: una helada, semanas antes de tiempo, y un hombre viejo que por primera vez en su vida no podría subir solo.