El Último de los Ilvain Capítulo 25 — Té de Ortiga #2
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Capítulo 25 — Té de Ortiga #2

Las columnas de libros que desafiaban toda lógica. La gotera del rincón, que seguía marcando el tiempo con su regularidad casi musical, gota, pausa, gota, sobre un cazo que alguien había puesto allí hacía años. El rincón de la cocina, con más ambición que resultados.

Y junto a la puerta, donde la había dejado la última noche con la expresión de quien cede una batalla pero no la guerra, una olla ennegrecida del tamaño de un torso.

El Ilvain se quedó mirándola. Luego se echó a reír. Una risa pequeña, rota, que le salió con lágrimas.

—Ganaste tú —le dijo a la olla—. Él tenía razón. No habrías sobrevivido a Ithrengard.

Luego miró el sillón.

Estaba junto a la chimenea fría, con el asiento hundido justo donde debía estar hundido y el respaldo gastado por setenta años de espalda.

Los muelles rotos asomaban por un costado.

Y a sus pies, en el suelo de piedra, había un hueco.

Un rectángulo más limpio que el resto del suelo, donde durante treinta años había estado un cojín que alguna vez había sido un abrigo.

El Ilvain no se sentó. Todavía no.

Primero, el fuego.

La leña estaba bajo el alero del norte, seca, bien apilada, tal como decía la carta.

El Ilvain cargó un brazado. Limpió la chimenea de la ceniza vieja, la que había quedado la mañana en que él mismo había echado agua sobre las brasas de catorce años.

Colocó las ramas como Aldric le había enseñado, las finas debajo y las gruesas encima. Buscó la yesca en el cajón de siempre.

Le temblaban las manos. Las manos largas y luminosas, que habían sostenido a un monstruo con una canción y a un viejo de piedra en brazos, temblaban ahora delante de una chimenea como las de un niño.

Tardó mucho en encenderlo. Casi tanto como en el bosque de Velhar, con la leña húmeda.

Pero prendió.

Primero una chispa. Luego una llama pequeña, azul en la base, que lamió las ramas finas con timidez, como quien prueba el agua con el pie.

Luego otra. Y luego, de golpe, con un chasquido, el fuego se levantó en la chimenea, naranja y dorado, crepitando, y la luz llenó la cabaña de sombras que bailaban por las columnas de libros y por las vigas del techo. El calor le dio en la cara.

El Ilvain se quedó arrodillado delante del fuego mucho tiempo.

—Ya está —susurró—. Ya está encendido. No lo voy a apagar nunca. Te lo prometo.

Aquella tarde hizo todo lo que decía la carta.

Encontró la bolsa de monedas detrás de los frascos de lentejas, en el tercer estante de la despensa. No la tocó. La dejó donde estaba.

Encontró el libro de tapas verdes en el estante de arriba.

Lo bajó con cuidado y lo abrió junto al fuego.

Era un tratado de astronomía antiguo, aburrido, lleno de tablas y números.

Pero en los márgenes, en tinta desvaída, había dibujos: estrellas pequeñas, torpes, con caras sonrientes y nombres escritos debajo en letra grande y redonda, de maestro que enseña a un niño.

Esta se llama Vela del Norte. Esta es la que guía a los pastores.

Esta es la más perezosa, siempre sale la última.

Y junto a algunos dibujos, en otra letra, más pequeña, temblorosa, de niño que aprende a escribir, respuestas: ¿Por qué es perezosa? ¿Tiene sueño? ¿Tiene mamá?

El Ilvain pasó las páginas despacio durante mucho tiempo. Luego cerró el libro y lo dejó en la repisa de la chimenea, a la vista, donde pudiera verlo siempre.

Y luego hizo té.

Salió a buscar ortiga bajo la nieve, junto al muro del huerto, donde siempre crecía. Encontró poca y mustia. La hirvió en la olla pequeña, la de siempre, no en la ennegrecida. No tenía miel: la última se había estrellado contra una pared en las Hondonadas para salvarles la vida. La hizo sin miel.

Sirvió dos tazas.

Una la dejó en el brazo del sillón. La otra se la quedó en las manos.

Luego se sentó.

No en el suelo. Lo intentó, por costumbre, pero el suelo de piedra estaba duro y frío donde antes había estado el cojín, y sus piernas largas no sabían dónde ponerse, y se sintió ridículo, doblado como una silla plegable a los pies de un sillón vacío.

Así que se levantó y, después de un momento muy largo, se sentó en el sillón.

Le quedaba pequeño. Muy pequeño. Las rodillas le llegaban a la barbilla. Los muelles rotos se le clavaban en el costado. Tuvo que doblar las piernas de lado para que cupieran.

Era lo más incómodo en que se había sentado en su vida.

Se bebió el té.

Estaba horrible.

El Ilvain se echó a reír con la taza en la mano.

Se rió tanto que el té se le derramó sobre la rodilla y siguió riéndose, y la risa se le fue volviendo otra cosa poco a poco, sin que se diera cuenta, hasta que estaba llorando en el sillón demasiado pequeño, con las rodillas en la barbilla, delante de un fuego recién encendido y de una taza de té que nadie se iba a beber.

—Está horrible —dijo en voz alta, a la taza del brazo del sillón—. Tenías razón. Siempre la tuviste.

Nadie le contestó. Pero el fuego crepitó.

La primavera llegó tarde aquel año, como si le diera vergüenza aparecer después de un invierno que había empezado tan pronto.

Una mañana de sol, el Ilvain estaba sentado en el umbral de la cabaña con la puerta abierta, remendando el tejado de paja desde abajo con una escalera que ahora le quedaba ridículamente corta. Oyó un zumbido.

Levantó la vista.

Era una abeja. Gorda, dorada, con las alas zumbando.

Venía del acantilado. Volaba en línea recta hacia la cabaña, o intentaba hacerlo, porque cada pocos palmos se le iba el rumbo hacia la izquierda y tenía que corregir, y volvía a írsele, y volvía a corregir, dibujando en el aire de la mañana una línea torcida y obstinada.

El Ilvain se quedó muy quieto.

La abeja entró por la puerta abierta. Dio dos vueltas torcidas alrededor de la chimenea, donde el fuego llevaba ardiendo sin interrupción desde el invierno.

Y se posó en el borde de una taza que había en el brazo del sillón.

Una taza de té de ortiga, frío, que alguien renovaba cada mañana sin que nadie se lo bebiera nunca.

El Ilvain se acercó despacio. Se arrodilló junto al sillón. Miró la abeja, que caminaba por el borde de la taza moviendo las antenas, un poco inclinada hacia la izquierda.

Tenía una pata más corta que las otras. La del medio. La de la izquierda.

—Hola, Gustavo —dijo el Ilvain en voz muy baja.

La abeja zumbó.

—Tengo un recado para ti. —Se le quebró la voz—. De un viejo. Dice que lo siente. Que se equivocó. Que siempre supo que existías. —Tragó saliva—. Pero que un mago tiene una reputación que mantener.

Gustavo se quedó quieto en el borde de la taza un largo rato, como si escuchara.

Luego alzó el vuelo, dio una última vuelta torcida alrededor de la cabeza del Ilvain, y salió por la puerta hacia el acantilado.

Volvió al día siguiente. Y al otro. Y al otro.

Aquel verano, por primera vez en treinta años, hubo miel de verdad en la cabaña.

Dicen en los valles del sur que en una colina cerca de Vado Gris vive alguien a quien llaman el Alto de la Colina.

Nadie sabe cuántos años tiene. Los viejos del pueblo dicen que ya estaba allí cuando ellos eran niños, y que ya entonces era igual que ahora: alto como un junco, con el pelo de un color que no es ninguno y una cicatriz blanca debajo de la barbilla.

Dicen que sabe el nombre de todas las cosas.

Que fue él quien puso nombre al arroyo que baja del monte, que antes no tenía, y a la zorra vieja que ronda los gallineros, y a una estrella perezosa que siempre sale la última.

Dicen que los niños del pueblo suben a la colina en verano a que les cuente historias junto al fuego, y que él siempre les sirve té de ortiga, y que el té es horrible, y que él se ríe cuando ponen cara de asco y dice que así tiene que ser.

Dicen que en su cabaña hay un fuego que no se ha apagado nunca. Ni una sola vez. En cien años. En doscientos.

Y dicen también, aunque esto ya no lo dicen todos, que cada cien años, cuando las estrellas se ponen en fila sobre la cumbre de Ithrengard, el Alto de la Colina cierra la puerta de su cabaña, deja el fuego encendido y sube a la montaña. Solo. Y que no vuelve hasta la primavera.

Nadie sabe adónde va.

Pero si alguna vez subieras tú también, y cruzaras el bosque de Velhar sin hacer caso a las luces, y la ladera sin pararte junto al túmulo, y los pasos de piedra siguiendo el idioma del viento; si bajaras al corazón de la montaña por una espiral de tres mil doscientos once escalones, hasta una caverna inmensa llena de estatuas altas con los brazos alzados, quizá lo encontrarías allí.

Sentado en el borde de un pedestal, con las piernas largas colgando en el vacío, junto a la estatua de un viejo con la barba más larga de un lado que del otro.

Hablándole en voz baja. Contándole cien años de cosas: los nombres nuevos, los niños del pueblo, las abejas del acantilado, que ya son muchas y vuelan todas un poco torcidas hacia la izquierda.

Sirviéndole en una taza de barro, a los pies del pedestal, un té de ortiga humeante que nadie se va a beber.

Las piedras oyen. Despacio. Muy despacio. Un año de los nuestros es para ellas un latido.

Y quizá por eso, si miraras con mucha atención, como sólo se mira a quien se quiere, notarías algo en la cara de aquella estatua. Algo tan pequeño que podría ser una ilusión de la luz, o del tiempo, o de las ganas de verlo.

La arruga de fastidio entre los ojos, la honda, la de su cara buena, es un poco menos honda que hace cien años.

Y la media sonrisa de piedra, un poco más ancha.

FIN