El último custodio Epílogo
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Epílogo

Seis meses después

La casa tenía doce ventanas.

Klara había pedido muchas, yo había cometido el error de no preguntar cuántas.

Estaba situada a las afueras de Viena, suficientemente lejos del centro para que las mañanas tuvieran pájaros en lugar de carruajes y suficientemente cerca para que Thomas pudiera localizarme siempre que consideraba que mi tranquilidad empezaba a resultar sospechosa.

Habíamos discutido sobre Londres, también sobre París, Klara quería Viena. Yo había señalado que Viena contenía demasiados recuerdos de cadáveres, ella respondió que también contenía nuestro primer beso. Fue un argumento irritantemente eficaz.

Así que Viena.

La casa no era grande, aunque Klara insistía en llamarla espaciosa cuando quería justificar otro mueble.

Tenía un jardín todavía desordenado, una cocina en la que ninguno de los dos había desarrollado talento alguno y una biblioteca que había empezado con treinta libros y, gracias a una incapacidad bastante preocupante de Klara para pasar frente a una librería sin entrar, ya estaba cerca de los doscientos.

Yo tenía un escritorio junto a una ventana orientada al este, ella otro frente al jardín. Habíamos descubierto pronto que querernos no significaba necesariamente querer estar en la misma habitación durante todas las horas del día.

Aquello ayudaba mucho.

Seguía trabajando con las Águilas a mi manera. Thomas había protestado durante los primeros meses contra esa expresión. Yo había continuado utilizándola hasta que dejó de protestar, que era mi método habitual para alcanzar acuerdos con él.

Ya no aceptaba cada nombre que llegaba a mi escritorio. Elegía. A veces viajaba, a veces decía que no. La primera vez, Thomas me miró durante casi un minuto antes de responder:

—Bien.

Aquello había sido tan decepcionantemente sencillo que estuve a punto de aceptar la misión solo para tener algo que discutir. No lo hice. Estaba aprendiendo.

Klara también viajaba, aunque no para Lucien, San Jerónimo ni hombres que le ofrecían respuestas a cambio de personas.

Había comenzado a ordenar los documentos de Johann y Anna, no para reconstruir lo que habían destruido, sino para devolver nombres a quienes habían vivido demasiado tiempo convertidos en expedientes.

Algunas noches hablábamos de ello, otras no.

Habíamos aprendido que una vida no tenía por qué estar compuesta exclusivamente por las cosas más importantes que habían ocurrido en ella.

También podía consistir en discutir sobre una cortina; perder un libro, olvidar comprar pan, descubrir que Klara robaba las mantas. Ella insistía en que eso era una acusación sin pruebas, yo tenía pruebas. Dormía junto a ellas.

Aquella mañana estaba leyendo junto a la ventana del salón cuando escuché a Klara maldecir desde la cocina.

Levanté la cabeza.

—¿Todo bien?

—Perfectamente.

Eso significaba que no.

Dejé el libro.

—¿Qué has hecho?

—¿Por qué asumes que he hecho algo?

—Experiencia.

Entré en la cocina. Klara estaba frente a una mesa cubierta por algo que alguna vez había pretendido ser masa.

—¿Qué es eso?

—Pan.

Lo observé.

—¿Antes o después de algún proceso químico todavía por descubrir?

Me lanzó harina, me alcanzó en la camisa. La miré. Ella intentó mantener una expresión seria, pero fracasó.

—Has cometido un error.

—Francis.

Tomé un poco de harina.

—No.

—Ni se te ocurra.

—Demasiado tarde.

Retrocedió riendo, la alcancé junto a la mesa. Klara intentó apartarme, pero terminé rodeándole la cintura mientras ella escondía el rostro contra mi cuello para protegerse.

—Eres un niño.

—Tú empezaste.

—Tenías harina en la cara.

—Por tu culpa.

—Eso no puedes probarlo.

—Hay un testigo.

—¿Cuál?

—Yo.

—Poco fiable.

La besé para que dejara de discutir, funcionó aproximadamente cuatro segundos, después sus manos subieron hasta mi rostro y todo aquello que seis meses atrás todavía requería cuidado empezó a parecer natural.

Su pulgar pasó por mi cicatriz, ya no se detenía antes, tampoco yo.

La cicatriz era solo una cicatriz. Quizá ese había sido uno de los cambios más extraños, había dejado de ser una prueba, un símbolo, una forma de reconocerme o el recuerdo permanente de Gabriel Voss.

Era una línea blanca en mi cara, a Klara le gustaba tocarla. Eso bastaba.

—El pan —murmuró contra mi boca.

—Ya está muerto.

—No seas cruel.

—Estoy siendo compasivo.

Volví a besarla. Entonces alguien golpeó la puerta principal. Verré los ojos. Klara sonrió.

—¿Esperas a alguien?

—No.

—Quizá Thomas.

—Thomas no llama.

—Buen punto.

Golpearon otra vez. Tres veces. Después dos.

Conocía el ritmo.

Me aparté de Klara.

—No.

—¿Qué?

—No puede ser.

—Francis.

Volvieron a golpear, esta vez con más fuerza.

Klara me siguió hasta el vestíbulo.

Abrí la puerta. Benjamín Blumont estaba al otro lado, o, como prefería que lo llamáramos cuando quería resultar insoportable: Gavilán. Tenía una botella bajo el brazo, una sonrisa demasiado satisfecha y barro en las botas.

—Baincot.

Lo miré.

—No.

Benjamín parpadeó.

—¿No qué?

—Lo que sea que hayas venido a hacer.

—Qué agradable verte también.

Intenté cerrar. Puso la bota entre la puerta y el marco.

—Eso sería poco educado.

—No me preocupa.

Klara apareció detrás de mí.

—¿Quién es?

Benjamín miró por encima de mi hombro.

Su sonrisa cambió inmediatamente.

—Ah.

Odié ese sonido.

—Ni se te ocurra.

—Así que tú eres Klara.

Ella levantó una ceja.

—Eso depende de qué le haya contado Francis.

—Muy poco.

—Benjamín.

—Pero Thomas cuenta bastante.

—Voy a matar a Thomas.

Benjamín entró sin invitación. Naturalmente.

—Benjamín Blumont —dijo, inclinándose hacia Klara—. Gavilán, cuando Francis está intentando impresionarte.

—Nunca digo Gavilán.

—Porque tienes celos.

—Sal de mi casa.

Klara estaba encantada. Lo vi. Aquello era una traición distinta, pero decidí soportarla.

Benjamín dejó la botella sobre una mesa.

—Bonita casa.

—Gracias.

—Demasiadas ventanas.

Miré a Klara. Ella cruzó los brazos.

—No digas nada.

No tuve oportunidad. Volvieron a golpear. Benjamín sonrió.

Sentí algo terrible.

—¿Qué hiciste?

—Yo nada.

Abrí.

Henry Sorset estaba allí, a su lado, Héctor Copenharme. Elanus y Azor. Henry llevaba dos maletas, Héctor cargaba una caja de madera. Los miré, después miré a Benjamín.

—No.

Henry frunció el ceño.

—Benjamín dijo que había habitaciones.

Giré lentamente hacia él.

Gavilán tuvo la decencia de retroceder.

—¿Dijiste qué?

—Técnicamente Klara pidió muchas ventanas. Asumí que también habría habitaciones.

Klara empezó a reír.

—No lo animes.

Héctor me estrechó la mano.

—Francis.

—Héctor.

—¿Dónde dejamos esto?

—En el carruaje.

—Trae vino.

Miré la caja.

—En la cocina.

Cometí el error de responder. Entraron. Henry observó la casa.

—Muy doméstico.

—Henry.

—No es un insulto.

—Lo ha parecido.

—Porque eres susceptible.

Klara se acercó a mí.

—Me gustan.

—Todavía puedes cambiar de opinión.

—No creo.

El siguiente golpe llegó antes de que pudiera cerrar. Fred Johnson. Cooperi. Traía un saco de comida sobre un hombro como si estuviera preparando una expedición militar.

—¿Dónde está la cocina?

—¿Por qué todo el mundo conoce mi cocina?

Fred pasó junto a mí.

—Thomas dijo que ninguno de vosotros sabe cocinar.

Klara levantó un dedo.

—Eso es difamación.

Miré hacia la mesa cubierta de masa. Fred también.

—Retiro la objeción.

Ella lo señaló.

—Tú me gustas menos.

—Dale tiempo —dije.

Nuevo golpe.

George Garrett, el Spilornis. Entró con dos periódicos bajo el brazo y la expresión de un hombre que consideraba todas las reuniones sociales una investigación antropológica.

—Hay un hombre dormido en un carruaje frente a tu casa —me informó.

—Espero que sea Thomas.

—No. Filipo.

Detrás de George apareció Filipo Edimbur, Spizaetus, completamente despierto y ofendido.

—No estaba dormido.

George ni siquiera lo miró.

—Roncabas.

—Pensaba.

—Con la boca abierta.

Filipo me abrazó antes de que pudiera evitarlo. Lo aparté.

—No hagas eso.

—Te he echado de menos.

—Eso no justifica tocarme.

Klara estaba empezando a reír demasiado.

—¿Todos son así?

—No. Algunos son peores.

—Te he oído —dijo Benjamín desde el salón.

—Era la intención.

El camino frente a la casa volvió a llenarse de ruido. Tres caballos. Un carruaje. Voces. Cerré los ojos.

—No.

Klara abrió la puerta esta vez.

Edwin Scheck fue el primero en entrar, el Vocifer. Detrás apareció Adler Scheck, Heliaca, con la elegancia irritante de alguien que conseguía viajar durante horas sin arrugarse una sola prenda. Barend Scheck, Audax, llegó último.

Él sí parecía haber atravesado media Europa.

Observó la casa, la puerta abierta, los hombres entrando y saliendo y después me miró.

—Pensé que sería más grande.

—Vete.

Barend sonrió.

—También me alegra verte.

Edwin estrechó mi brazo.

—Francis.

—Edwin.

—Has engordado.

—No he engordado.

Adler me examinó.

—Un poco.

—Voy a empezar a disparar.

Klara rio.

Los Scheck la miraron, después a mí, luego otra vez a ella, detesté inmediatamente aquella coordinación.

—No —dije.

Edwin sonrió.

—No hemos dicho nada.

—Precisamente.

Klara extendió la mano.

—Klara Vogel.

Edwin la tomó.

—Vocifer.

—No le hagas caso —dije—. Su nombre es Edwin.

—Heliaca —añadió Adler.

—Adler.

Barend se inclinó.

—Audax.

—Barend.

Klara los miró, después me miró a mí.

—¿Tú no tienes nombre de ave?

El vestíbulo quedó sospechosamente silencioso.

Todos me observaban.

—No.

Benjamín apareció en la puerta del salón con una copa.

—Nunca conseguimos decidir uno.

—Porque nunca os permití hacerlo.

Henry habló desde algún lugar.

—Yo propuse Cuervo.

—Horrible.

—Milan.

—Peor.

Fred asomó la cabeza desde la cocina.

—Halcón.

—Genérico.

Filipo levantó una mano.

—Buitre.

—Estuve a punto de matarte aquella vez.

Klara estaba riendo contra mi hombro. La miré.

—No veo qué tiene de gracioso.

—Todo.

—Traición.

—Estoy empezando a entender por qué sigues con ellos.

—No sigo con ellos. Aparecen.

—Eso es amistad —dijo George.

—No te he preguntado.