El último custodio Capítulo XXII #3
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Capítulo XXII #3

—Suéltame.

—No.

—Francis.

—La casa es contigo.

Se quedó quieta, no sonreí aquella vez.

—Si quieres.

Algo en su rostro cambió.

—¿Me estás pidiendo que viva contigo?

—Estoy intentando.

—De forma terrible.

—No he practicado.

—Eso es evidente.

Me incorporé. Klara quedó sentada frente a mí con la sábana alrededor del cuerpo.

—No sé dónde —dije—. Ni cuándo exactamente. Y probablemente Thomas seguirá encontrando maneras de enviarme al otro extremo de Europa de vez en cuando.

—Probablemente.

—Pero no quiero que esto...

Busqué la palabra.

—Sea solo algo que ocurrió mientras perseguíamos gente.

Klara me observaba sin interrumpir.

—Quiero despertarme contigo cuando no haya nada que resolver.

Eso sí la hizo sonreír.

—Eso ha sido mejor.

—Gracias.

—Todavía no excelente.

—No abuses.

Klara tomó mi rostro entre las manos.

—Sí.

—¿Sí qué?

—Sí quiero la casa.

—Bien.

—Y ventanas.

—Exigente.

—Muchas.

—Empiezo a reconsiderarlo.

Me besó.

—Y una cocina.

—No sé cocinar.

—Yo tampoco.

—Entonces parece innecesaria.

—Francis.

—De acuerdo. Cocina.

Ella rio, pensé que podía acostumbrarme a aquello, no a la risa.

A causarla.

Thomas apareció a media mañana, esta vez lo dejamos entrar.

Llevaba dos sobres.

—Tengo noticias.

—Si hay un cadáver, vuelve mañana —dije.

Thomas observó a Klara, después a mí y finalmente la habitación. Su mirada resultó insoportablemente perceptiva.

—Veo que habéis tenido una noche productiva.

Klara se atragantó con el café. Lo miré.

—Voy a matarte.

—Después. Tenemos asuntos.

Dejó el primer sobre.

—Voss será trasladado fuera de Inglaterra. Sus hombres han empezado a declarar. La red que construyó dentro de las Águilas se está deshaciendo más rápido de lo esperado.

—Bien.

Segundo sobre.

—Sebastian asumirá las cuentas de Vale. Entregará a las autoridades una parte de la documentación de Lucien y destruirá el resto que pueda poner en peligro a personas inocentes.

—¿Lucien?

—Prisión, si conseguimos que los tribunales lo mantengan vivo el tiempo suficiente. Hay cargos financieros más sencillos de probar que treinta años de conspiraciones.

—Muy elegante.

—La justicia suele ser menos interesante que la venganza.

Klara tomó el café.

—¿Y Anna?

Thomas la miró.

—Quiere verte antes de partir.

Klara asintió, después Thomas dirigió los ojos hacia mí.

—Y tú vienes conmigo.

—¿Dónde?

—A caminar.

—No.

—Francis.

—Me encuentro extraordinariamente cómodo.

—Lo veo.

Klara volvió a atragantarse.

—Thomas.

Él pareció disfrutar aquello más de lo permitido.

—Cinco minutos.

Lo seguí fuera.

Thomas caminó hasta el final de la calle sin hablar.

—Si esto es una conversación paternal, pienso volver.

—Dios me libre.

—Bien.

Sacó una pequeña caja del bolsillo, me la entregó, dentro había una moneda, la reconocí, era la moneda del callejón, la que había tomado cuando tenía diecisiete años, la que me devolvió después, o creí que me había devuelto.

—Eso no es posible.

—La que te devolví era otra.

Lo miré.

—Llevas ocho años guardando mi moneda.

—Sí.

—Eso es inquietantemente sentimental.

—No se lo cuentes a nadie.

La tomé. Estaba gastada.

—¿Por qué ahora?

Thomas metió las manos en los bolsillos.

—Porque cuando te encontré, creí que necesitabas algo.

—Dinero habría ayudado.

—Disciplina.

—Menos útil.

—Propósito.

Aquello me hizo callar. Thomas miró hacia la casa.

—Después pensé durante mucho tiempo que tu propósito eran las Águilas.

—¿Y ahora?

—Ahora creo que eso habría sido demasiado fácil.

La moneda descansaba sobre mi palma.

—¿Me estás despidiendo?

—No.

—Qué pena.

—Te estoy diciendo que puedes marcharte cuando quieras.

No esperaba aquello.

—¿Y si no quiero?

Thomas se volvió.

—Entonces quédate.

La palabra, ptra vez, pero esta vez no venía de una tumba, una carta ni una profecía. Solo de él.

—Con las Águilas —añadió—. A tu manera, dentro de ciertos límites razonables que probablemente ignorarás.

—Naturalmente.

—Pero no porque me debas nada.

Miré la moneda.

—Te debo bastante.

—No.

Thomas negó.

—Eso es precisamente lo que quiero que entiendas.

Había algo difícil en su expresión.

—Cuando tenías diecisiete años pensé que te estaba dando una vida. Con los años comprendí que solo te estaba prestando una estructura hasta que fueras capaz de construir una propia.

No supe qué responder.

Así que utilicé el recurso que mejor conocía.

—Eso ha sido peligrosamente afectuoso.

—Olvida que ocurrió.

—Imposible.

Thomas me miró.

—Francis.

—Gracias.

La palabra salió antes de que pudiera burlarme. Él sostuvo mi mirada. Asintió. Eso fue todo. Para nosotros era suficiente.

Regresé hacia la casa, Klara esperaba en la puerta.

—¿Qué quería?

Le mostré la moneda.

—Devolverme algo.

—¿Qué es?

Cerré los dedos.

—Una historia larga.

—Tenemos tiempo.

La miré, aquella frase me gustó.

—Sí.

Le ofrecí el brazo, Klara lo tomó y entramos.

Todavía quedaban decisiones, heridas que tardarían más de una noche en desaparecer y versiones de nosotros mismos que tendríamos que aprender a dejar atrás, pero no necesitaba saber exactamente qué ocurriría después.

Solo sabía quién quería que estuviera allí cuando ocurriera.