El último custodio Capítulo XXII #2
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Capítulo XXII #2

Su boca encontró la mía antes de que pudiera responder, me reí contra sus labios, después dejó de resultar divertido.

Klara tiró suavemente de mi camisa y sentí cómo el aire frío tocaba mi piel cuando sus dedos encontraron los botones.

Mis manos subieron por sus brazos, llegaron a sus hombros y se detuvieron allí.

La miré. Ella entendió.

—Sí.

No necesitaba preguntar más, aun así lo hice.

—¿Estás segura?

Klara levantó una ceja.

—Si vuelves a preguntármelo, quizá deje de estarlo.

—Encantadora.

—Cobarde.

Aquella palabra. Sonreí. Después la levanté. Klara soltó una pequeña exclamación y se aferró a mis hombros.

—¿Qué haces?

—Resolviendo el problema.

—Puedo caminar.

—Ya lo sé.

—Francis.

—Klara.

Ella rio mientras la llevaba hacia la cama, era una risa distinta, libre y durante un segundo pensé que había pasado semanas deseando algo que ni siquiera sabía nombrar: verla así, sin miedo, sin pistolas, sin ninguna razón para mirar hacia una puerta.

La dejé con cuidado.

Su cabello se soltó parcialmente, me quedé observándola, Klara apoyó los codos sobre la cama.

—No digas que soy hermosa.

—No pensaba hacerlo.

—Lo sé.

—Eso parece decepcionarte.

—Tu forma de mirarme ya es suficientemente ofensiva.

—Bien.

Me incliné sobre ella.

—Porque no tengo intención de corregirla.

La besé otra vez.

Aquella noche no hablamos demasiado después, no necesitábamos, hubo piel descubierta lentamente, cicatrices que dejaron de requerir explicaciones y manos aprendiendo lugares que hasta entonces solo habían imaginado.

Klara tocó la línea blanca de mi rostro una vez y esperó, como había empezado a hacer desde Londres.

Esta vez no retiré la cara, tomé su mano y mantuve sus dedos contra la cicatriz.

—Puedes.

Sus ojos encontraron los míos, no dijo nada, la besó, luego yo besé la cicatriz de su costado. Klara se quedó inmóvil.

—Eso es bastante injusto —murmuró.

—¿Por qué?

—La tuya es más atractiva.

—Siempre lo supe.

—Idiota.

—También.

Y después ya no hubo espacio para bromas. Solo para ella.

Desperté antes.

Durante varios segundos no recordé dónde estaba, eso era raro, después sentí el peso de un brazo sobre mi pecho y el cabello de Klara contra mi hombro.

Recordé, no me moví.

La habitación estaba oscura, excepto por la primera luz gris de Londres entrando entre las cortinas.

Klara dormía, de verdad. Sin armas cerca de la mano, sin una puerta que vigilar, su respiración era lenta, me quedé observando el techo.

Aquello era la casa, no literalmente, la habitación pertenecía a Thomas y probablemente cobraría el alquiler de alguna forma insoportable, pero era la imagen: una mañana, Klara, nadie esperando instrucciones.

Sentí una incomodidad extraña. Miedo, quizá. No el que había sentido con Voss, algo más difícil. La posibilidad de querer conservar aquello.

Klara se movió.

—Estás pensando.

Su voz estaba cargada de sueño.

—Estás dormida.

—Ya no.

—Una tragedia.

Levantó la cabeza, el cabello le caía desordenado alrededor del rostro, exactamente como había imaginado. Aquello me molestó.

—¿Qué? —preguntó.

—Nada.

—Tienes una cara.

—Otra vez con mis caras.

Klara apoyó la barbilla sobre mi pecho.

—¿Te arrepientes?

La pregunta llegó con demasiada calma.

La miré, había miedo detrás, pequeño, bien escondido.

—No.

Sus hombros se relajaron.

—Bien.

—¿Tú?

—Todavía no.

—Qué romántica.

—Dame tiempo.

La acerqué, Klara apoyó la mejilla sobre mi pecho y durante un rato escuchamos la lluvia.

—¿Qué pasará con Lucien? —preguntó finalmente.

—Sebastian decidirá cuánto de su imperio puede desmantelar sin destruir a personas que no tienen nada que ver.

—¿Y Voss?

—Thomas.

—Eso suena ominoso.

—Para Voss, espero que sí.

—¿Anna?

—Volverá a Viena con Evelyn durante un tiempo.

Klara levantó la cabeza.

—¿Juntas?

—Eso dijo Evelyn.

—No sé si me tranquiliza o me preocupa.

—Personalmente espero estar en otro país cuando discutan.

Klara sonrió.

—¿Avery?

—Thomas le dará la oportunidad de continuar como Águila.

—¿Confía en él?

—No.

—Entonces ¿por qué?

—Porque Thomas entiende bastante bien a los hombres que hicieron algo terrible y todavía pueden elegir hacer algo distinto.

Klara me observó.

—Hablas de él de otra forma.

Sabía a quién se refería.

—Thomas y yo estamos bien.

—Esa frase tiene una definición extraña en vuestra relación.

—Nos insultamos menos.

—Ayer lo echaste de la habitación.

—Con cariño.

Rio, después se quedó callada, sabía que venía algo.

—¿Y tú?

—¿Yo qué?

—¿Qué harás?

Ahí estaba otra vez.

La ausencia de misión.

—Thomas quiere que vuelva con las Águilas.

—¿Quieres?

Pensé en ello.

—Sí.

Klara no pareció decepcionada.

—Pero.

—Pero no igual.

—¿Qué significa?

—No quiero pasar el resto de mi vida esperando que Thomas me entregue un nombre y una dirección.

—Creo que a Thomas tampoco le gustará demasiado eso.

—Precisamente por eso será entretenido.

Ella trazó una línea distraída sobre mi pecho.

—¿Entonces?

—Quiero elegir qué hago.

—Eso parece razonable.

—No lo es. Estoy considerando cosas extraordinariamente poco prácticas.

—¿Como?

La miré.

—Una casa.

Klara quedó inmóvil.

—¿La de las ventanas?

—Empiezo a lamentar habértelo contado.

—Demasiado tarde.

—No dije contigo.

Su mano se detuvo.

—Ah.

Me divertí exactamente un segundo, después ella empezó a apartarse, la sujeté por la cintura.

—Klara.

—¿Qué?

—Era una broma.

Me miró con una frialdad magnífica.

—Eres un imbécil.

—Eso ha sido rápido.